Cáceres, Almagro, Alcalá, Guadalajara… y, ahora, Olmedo (y lo que queda de una gira por toda España que apenas acaba de comenzar). Es la ruta veraniega que lleva a sus espaldas Borja Rodríguez, director de una pieza que le brotó entre las manos casi por sorpresa. Él asegura que tenía entre ceja y ceja a ‘Los enamorados’ de Goldoni, pero que, sin quererlo, reapareció en su vida una obra que ya había estudiado en la carrera como es este ‘El lindo don Diego’ (con versión de Fernando Sansegundo) y no pudo resistirse: «Tiene una estructura más trepidante y más rica«. Así, entre bromas y certezas, el director apunta a esta pieza de Agustín Moreto como «un Goldoni evolucionado».
De este modo presenta la compañía MIC Producciones «un texto que nos habla de nuestro culto a la imagen». Hace cuatro siglos que el dramaturgo madrileño de la escuela de Calderón ya nos advertía de que «estamos yendo a caer muy enfermitos», sonríe Rodríguez: «Habla de la distorsión de la realidad bastante grave que sufrimos».
La peligrosa individualización del ciudadano
Moreto construye una estructura en la que destaca la «individualización del ciudadano para mirarse solo a sí mismo y el daño que esto puede hacer. Nos dice que hemos dejado de hacer cosas juntos, que nos estamos mirando solo en el reflejo del espejo y que no admitimos ni una mancha. Necesitamos nuestra imagen de vuelta de una manera superpulida y esto, al final, es una distorsión como la que sufre don Diego«. Y en esas, la versión de Sansegundo apuesta por presentar «a un antagonista de una acción que ya había arrancado«, destaca el director. En esta ocasión, no se hace títere del protagonista, como en otras adaptaciones. No hay comedia de figurón. Este personaje, interpretado por Alfonso Lara, se opone a lo escrito. «Entra como un elefante en una cacharrería en el seno de una familia donde lo único lo que querían era ser felices; lo que nos interpela a la sociedad de hoy por esa pérdida de la realidad que nos lleva hacia la infelicidad antes o después«.
Don Diego ya no es un tipo estirado, ni rancio, ni vive apartado de la sociedad. «Incluso puede caer bien», sostiene Rodríguez. «Es empático, es un osito de peluche».
Aun así, el director apunta a otros dos «personajes principales»: los criados Mosquito y Beatriz, «que son el pueblo y con los que el público se identifica muchísimo«. Guiados por ellos, la platea entra en el juego, pero a su vez «se va sacando un texto que plantea grandes preguntas encima del escenario» como, entre otras muchas, la de quién tiene la culpa de la pandemia de narcisismo que nos rodea: «El pensar en el individuo y no en la sociedad como colectivo. Aquí es don Diego contra toda una familia y toda una familia contra don Diego. Moreto nos hace ver que la culpa está en la individualización de nuestra sociedad», insiste un Rodríguez que asegura que ha alejado la trama del Siglo de Oro para darle la «distancia« necesaria. En concreto, ha situado la acción en 1940, «al último suceso más o menos parecido; en el auge de la moda y del culto a la imagen, igual que nos está pasando ahora. Del periodo de entreguerras nos vienen a la cabeza un montón de firmas comerciales, iconos, dandis, estrellas del cine… En nuestra obra don Diego viene de la sofisticación del norte de Italia, de Milán, y se enfrenta a una familia napolitana. Norte contra sur: los del sur solo quieren ser felices con sus amoríos y que les dejen en paz; y de pronto, llega don Diego a romperlo todo. Es decir, abajo se hacen cosas en grupo, arriba estamos superindividualizados«.
Cómo dejar de ser felices dentro de una mentira
¿Y cuál es el peligro de perder esas redes comunitarias? «Dejar de ser felices y vivir en una mentira. Nos lo viene diciendo la historia de la literatura desde ‘El traje nuevo del emperador‘, desde Eco y Narciso… Se pierde la toma de contacto con la tierra. Nosotros mismos pasamos parte de nuestro ocio viendo cómo alguien cocina un huevo y hay otro que lo juzga. Ese juicio constante sobre la persona te lleva a distorsionar la realidad. Y la factura de esto es dejar de ser felices«, señala.
Para Borja Rodríguez, un buen ejemplo de los tiempos fue aquella frase de 2020 que aseguraba que del Covid saldríamos siendo «mejores personas«… Mentira, afirma: «Se coló la estupidez como gran valor de esta sociedad. Se ha instalado en el poder. Se la venera«. ¿Y qué tiene Donald Trump de don Diego? «En esta obra vemos cómo el personaje se inventa un final o lo reinterpreta cuando la escena le va mal. Eso mismo tiene Trump. Aunque el mundo vaya como el culo para él, reinterpretará las reglas aunque tenga que joder al resto del mundo«.
MIC Producciones continúa su gira veraniega en Olmedo Clásico el 20 de julio, donde se podrá ver de nuevo el texto de Agustín Moreto
Cáceres, Almagro, Alcalá, Guadalajara… y, ahora, Olmedo (y lo que queda de una gira por toda España que apenas acaba de comenzar). Es la ruta veraniega que lleva a sus espaldas Borja Rodríguez, director de una pieza que le brotó entre las manos casi por sorpresa. Él asegura que tenía entre ceja y ceja a ‘Los enamorados’ de Goldoni, pero que, sin quererlo, reapareció en su vida una obra que ya había estudiado en la carrera como es este ‘El lindo don Diego’ (con versión de Fernando Sansegundo)y no pudo resistirse: «Tiene una estructura más trepidante y más rica». Así, entre bromas y certezas, el director apunta a esta pieza de Agustín Moreto como «un Goldoni evolucionado».
De este modo presenta la compañía MIC Producciones «un texto que nos habla de nuestro culto a la imagen». Hace cuatro siglos que el dramaturgo madrileño de la escuela de Calderón ya nos advertía de que «estamos yendo a caer muy enfermitos», sonríe Rodríguez: «Habla de la distorsión de la realidad bastante grave que sufrimos».
La peligrosa individualización del ciudadano
Moreto construye una estructura en la que destaca la «individualización del ciudadano para mirarse solo a sí mismo y el daño que esto puede hacer.Nos dice que hemos dejado de hacer cosas juntos, que nos estamos mirando solo en el reflejo del espejo y que no admitimos ni una mancha.Necesitamos nuestra imagen devuelta de una manera superpulida y esto, al final, es una distorsión como la que sufre don Diego». Y en esas, la versión de Sansegundoapuesta por presentar «a un antagonista de una acción que ya había arrancado», destaca el director. En esta ocasión, no se hace títere del protagonista, como en otras adaptaciones. No hay comedia de figurón. Este personaje, interpretado por Alfonso Lara, se opone a lo escrito. «Entra como un elefante en una cacharrería en el seno de una familia donde lo único lo que querían era ser felices;lo que nos interpela a la sociedad de hoy por esa pérdida de la realidad que nos lleva hacia la infelicidad antes o después».
Don Diego ya no es un tipo estirado, ni rancio, ni vive apartado de la sociedad. «Incluso puede caer bien», sostiene Rodríguez. «Es empático, es un osito de peluche».
Aun así, el director apunta a otros dos «personajes principales»: los criados Mosquito y Beatriz, «que son el pueblo y con los que el público se identifica muchísimo». Guiados por ellos, la platea entra en el juego, pero a su vez «se va sacando un texto que plantea grandes preguntas encima del escenario» como, entre otras muchas, la de quién tiene la culpa de la pandemia de narcisismo que nos rodea: «El pensar en el individuo y no en la sociedad como colectivo. Aquí es don Diego contra toda una familia y toda una familia contra don Diego. Moreto nos hace ver que la culpa está en la individualización de nuestra sociedad», insiste un Rodríguez que asegura que ha alejado la trama del Siglo de Oro para darle la «distancia» necesaria. En concreto, ha situado la acción en 1940, «al último suceso más o menos parecido; en el auge de la moda y del culto a la imagen, igual que nos está pasando ahora. Del periodo de entreguerras nos vienen a la cabeza un montón de firmas comerciales, iconos, dandis, estrellas del cine… En nuestra obra don Diego viene de la sofisticación del norte de Italia, de Milán, y se enfrenta a una familia napolitana. Norte contra sur: los del sur solo quieren ser felices con sus amoríos y que les dejen en paz; y de pronto, llega don Diego a romperlo todo. Es decir, abajo se hacen cosas en grupo, arriba estamos superindividualizados«.
Cómo dejar de ser felices dentro de una mentira
¿Y cuál es el peligro de perder esas redes comunitarias? «Dejar de ser felices y vivir en una mentira. Nos lo viene diciendo la historia de la literatura desde ‘El traje nuevo del emperador’, desde Eco y Narciso… Se pierde la toma de contacto con la tierra. Nosotros mismos pasamos parte de nuestro ocio viendo cómo alguien cocina un huevo y hay otro que lo juzga. Ese juicio constante sobre la persona te lleva a distorsionar la realidad. Y la factura de esto es dejar de ser felices», señala.
Para Borja Rodríguez, un buen ejemplo de los tiempos fue aquella frase de 2020 que aseguraba que del Covid saldríamos siendo «mejores personas»… Mentira, afirma: «Se coló la estupidez como gran valor de esta sociedad. Se ha instalado en el poder. Se la venera». ¿Y qué tiene Donald Trump de don Diego? «En esta obra vemoscómo el personaje se inventa un final o lo reinterpreta cuando la escena le va mal. Eso mismo tiene Trump. Aunque el mundo vaya como el culo para él, reinterpretará lasreglasaunque tenga que joderal resto del mundo».
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