Zelda Sayre, hija de una familia adinerada de Alabama, conoció a Scott Fitzgerald en el verano de 1918. El aún no era escritor. Ella ya era un huracán. Criada por un juez del Tribunal Supremo de Alabama y una madre alcahueta, Zelda desarrolló una personalidad indomable y magnética. Se casó con Fitzgerald el 3 de abril de 1920, apenas una semana después de que él hubiese publicado su primera novela, ‘A este lado del paraíso’. Tras el matrimonio, la pareja se muda a Nueva York y posteriormente a Europa. Comparten una vida hedonista de fiestas, lujo y alcohol, convirtiéndose ambos en joyas absolutas de la corona de la ‘Generación perdida’, un retrato exacto de aquellos años adquirió forma en ‘Resérvame ese baile’, escrita por Zelda en apenas una semanas durante su ingreso en sanatorio psiquiátrico Johns Hopkins de Baltimore, en 1932. En aquella novela Zelda narra la vida Alabama Beggs, una joven bella, rebelde e inconformista que crece en el sur de Estados Unidos y se casa con David Knight, un ambicioso y exitoso pintor que le sirvió a Zelda como alter ego de su pareja. Cuando Scott Fitzgerald se enteró de la existencia de aquella historia, se enfureció enormemente porque consideraba que Zelda estaba «robando» el material de sus vidas compartidas, que él planeaba utilizar para su propia novela, ‘Suave es la noche’. Después de larguísimas revisiones, y tras no pocos reveses y celos profesionales, Scott Fitzgerald envió el manuscrito de Zelda a Maxwell Perkins, editor suyo y de Hemingway. «Aquí está la novela de Zelda. Es una buena novela ahora —se refería al resultado tras sus revisiones e intervenciones—. Tiene los defectos y virtudes de una primera novela. Es algo absolutamente nuevo, y debería vender». La obra de Zelda fue apagándose con el paso del tiempo, no así su personaje. Sus cuentos, su novela, sus artículos, todo ha ido quedando en el olvido, así lo piensan quienes han estudiado a fondo la vida de esta mujer, entre ellos el novelista francés Gilles Leroy, quien en su novela ‘Alabama Song’ (RBA) , ganadora del Goncourt en 2007, reconstruyó la vida de Zelda en primera persona. Ella y Scott Fiztgerald fueron rivales de un infierno doméstico dominado por la celebridad, el alcohol y la locura. En todos sus años de internamiento psiquiátrico en distintas clínicas en Europa y Estados Unidos, Zelda le escribe a Fitzgerald una correspondencia a mitad de camino entre el amor y el arrebato. «Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor», se despide en una carta fechada en otoño de 1934 en el Hospital Sheppard-Enoch Pratt. En una de las misivas de Scott Fitzgerald, recogida en Cartas de amor y de guerra (1919-1940) , le escribe a su esposa: «Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano». Ese promisorio verano nunca llegó para ninguno de los dos. Padres de una única hija, tuvieron ambos un final terrible. Él murió en 1944 de un infarto, ella en un incendio en el psiquiátrico de Asheville, en Carolina del Norte. Hasta 1975 no serían enterrados en la misma tumba, en Rockville, Maryland. Su epitafio es el final de ‘El gran Gatsby’ : «Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado». Su vida fue una tormenta, un remolino, un exceso. Un ardiente verano. Zelda Sayre, hija de una familia adinerada de Alabama, conoció a Scott Fitzgerald en el verano de 1918. El aún no era escritor. Ella ya era un huracán. Criada por un juez del Tribunal Supremo de Alabama y una madre alcahueta, Zelda desarrolló una personalidad indomable y magnética. Se casó con Fitzgerald el 3 de abril de 1920, apenas una semana después de que él hubiese publicado su primera novela, ‘A este lado del paraíso’. Tras el matrimonio, la pareja se muda a Nueva York y posteriormente a Europa. Comparten una vida hedonista de fiestas, lujo y alcohol, convirtiéndose ambos en joyas absolutas de la corona de la ‘Generación perdida’, un retrato exacto de aquellos años adquirió forma en ‘Resérvame ese baile’, escrita por Zelda en apenas una semanas durante su ingreso en sanatorio psiquiátrico Johns Hopkins de Baltimore, en 1932. En aquella novela Zelda narra la vida Alabama Beggs, una joven bella, rebelde e inconformista que crece en el sur de Estados Unidos y se casa con David Knight, un ambicioso y exitoso pintor que le sirvió a Zelda como alter ego de su pareja. Cuando Scott Fitzgerald se enteró de la existencia de aquella historia, se enfureció enormemente porque consideraba que Zelda estaba «robando» el material de sus vidas compartidas, que él planeaba utilizar para su propia novela, ‘Suave es la noche’. Después de larguísimas revisiones, y tras no pocos reveses y celos profesionales, Scott Fitzgerald envió el manuscrito de Zelda a Maxwell Perkins, editor suyo y de Hemingway. «Aquí está la novela de Zelda. Es una buena novela ahora —se refería al resultado tras sus revisiones e intervenciones—. Tiene los defectos y virtudes de una primera novela. Es algo absolutamente nuevo, y debería vender». La obra de Zelda fue apagándose con el paso del tiempo, no así su personaje. Sus cuentos, su novela, sus artículos, todo ha ido quedando en el olvido, así lo piensan quienes han estudiado a fondo la vida de esta mujer, entre ellos el novelista francés Gilles Leroy, quien en su novela ‘Alabama Song’ (RBA) , ganadora del Goncourt en 2007, reconstruyó la vida de Zelda en primera persona. Ella y Scott Fiztgerald fueron rivales de un infierno doméstico dominado por la celebridad, el alcohol y la locura. En todos sus años de internamiento psiquiátrico en distintas clínicas en Europa y Estados Unidos, Zelda le escribe a Fitzgerald una correspondencia a mitad de camino entre el amor y el arrebato. «Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor», se despide en una carta fechada en otoño de 1934 en el Hospital Sheppard-Enoch Pratt. En una de las misivas de Scott Fitzgerald, recogida en Cartas de amor y de guerra (1919-1940) , le escribe a su esposa: «Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano». Ese promisorio verano nunca llegó para ninguno de los dos. Padres de una única hija, tuvieron ambos un final terrible. Él murió en 1944 de un infarto, ella en un incendio en el psiquiátrico de Asheville, en Carolina del Norte. Hasta 1975 no serían enterrados en la misma tumba, en Rockville, Maryland. Su epitafio es el final de ‘El gran Gatsby’ : «Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado». Su vida fue una tormenta, un remolino, un exceso. Un ardiente verano.

Zelda Sayre, hija de una familia adinerada de Alabama, conoció a Scott Fitzgerald en el verano de 1918. El aún no era escritor. Ella ya era un huracán. Criada por un juez del Tribunal Supremo de Alabama y una madre alcahueta, Zelda desarrolló una personalidad … indomable y magnética. Se casó con Fitzgerald el 3 de abril de 1920, apenas una semana después de que él hubiese publicado su primera novela, ‘A este lado del paraíso’. Tras el matrimonio, la pareja se muda a Nueva York y posteriormente a Europa. Comparten una vida hedonista de fiestas, lujo y alcohol, convirtiéndose ambos en joyas absolutas de la corona de la ‘Generación perdida’, un retrato exacto de aquellos años adquirió forma en ‘Resérvame ese baile’, escrita por Zelda en apenas una semanas durante su ingreso en sanatorio psiquiátrico Johns Hopkins de Baltimore, en 1932. En aquella novela Zelda narra la vida Alabama Beggs, una joven bella, rebelde e inconformista que crece en el sur de Estados Unidos y se casa con David Knight, un ambicioso y exitoso pintor que le sirvió a Zelda como alter ego de su pareja. Cuando Scott Fitzgerald se enteró de la existencia de aquella historia, se enfureció enormemente porque consideraba que Zelda estaba «robando» el material de sus vidas compartidas, que él planeaba utilizar para su propia novela, ‘Suave es la noche’. Después de larguísimas revisiones, y tras no pocos reveses y celos profesionales, Scott Fitzgerald envió el manuscrito de Zelda a Maxwell Perkins, editor suyo y de Hemingway. «Aquí está la novela de Zelda. Es una buena novela ahora —se refería al resultado tras sus revisiones e intervenciones—. Tiene los defectos y virtudes de una primera novela. Es algo absolutamente nuevo, y debería vender».
La obra de Zelda fue apagándose con el paso del tiempo, no así su personaje. Sus cuentos, su novela, sus artículos, todo ha ido quedando en el olvido, así lo piensan quienes han estudiado a fondo la vida de esta mujer, entre ellos el novelista francés Gilles Leroy, quien en su novela ‘Alabama Song’ (RBA), ganadora del Goncourt en 2007, reconstruyó la vida de Zelda en primera persona. Ella y Scott Fiztgerald fueron rivales de un infierno doméstico dominado por la celebridad, el alcohol y la locura. En todos sus años de internamiento psiquiátrico en distintas clínicas en Europa y Estados Unidos, Zelda le escribe a Fitzgerald una correspondencia a mitad de camino entre el amor y el arrebato. «Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor. Ven a verme, por favor», se despide en una carta fechada en otoño de 1934 en el Hospital Sheppard-Enoch Pratt. En una de las misivas de Scott Fitzgerald, recogida en Cartas de amor y de guerra (1919-1940), le escribe a su esposa: «Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano». Ese promisorio verano nunca llegó para ninguno de los dos. Padres de una única hija, tuvieron ambos un final terrible. Él murió en 1944 de un infarto, ella en un incendio en el psiquiátrico de Asheville, en Carolina del Norte. Hasta 1975 no serían enterrados en la misma tumba, en Rockville, Maryland. Su epitafio es el final de ‘El gran Gatsby’: «Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado». Su vida fue una tormenta, un remolino, un exceso. Un ardiente verano.
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