Festival de Aix-en-Provence ‘Die Frau ohne Schatten’ Música: Richard Strauss Libreto: Hugo von Hofmannsthal Intérpretes: Michael Spyres (El emperador), Vida Miknevičiūtė (La emperatriz), Nina Stemme (La nodriza), Brian Mulligan (Barak, un tintorero), Ambur Braid (La mujer del tintorero), Jean-Sébastien Bou (El mensajero, Voz del halcón), Tomasz Kumięga (Un tuerto), Daniel Miroslaw (Un manco), Robert Lewis (Un jorobado, Aparición de un joven hermoso), Ella Taylor (Voz del halcón, Guardián del templo), Héloïse Mas (Una voz de lo alto), Laurence Pouderoux, Eugénie Lefebvre, Laura Jarrell (sirvientes), Coro y Orchestre de Paris Director de escena: Barrie Kosky Director musical: Klaus Mäkelä Lugar: Grand Théâtre de Provence, Aix-en-Provence Fecha: 3 de julioLa renqueante inauguración del Festival de Aix-en-Provence, materializada en una insustancial versión musical y teatral de ‘La flauta mágica’ a cargo de Leonardo García-Alarcón y Clément Cogitore, ha adquirido una perspectiva radicalmente distinta ante ‘ La mujer sin sombra ‘ de Richard Strauss. Klaus Mäkelä, Barrie Kosky y un reparto excepcional han dado forma a una de las óperas más complejas y penetrantes del repertorio internacional, presentada a partir de una nueva producción de Aix junto con La Monnaie / De Munt en Bruselas y la Ópera Nacional Griega. Señalar que la versión propuesta ensalza los valores de la obra, centrados en perspectivas muy diversas que van desde el cuento mágico a la fábula mitológica y lo inconsciente, apenas revela el encaje de una producción rica en símbolos y elipsis, entrelazados sobre una narración coherente con la dramaturgia de la propia obra: tres días es el plazo que se le concede a la Emperatriz para que consiga la sombra que perdió, so pena de volver al hogar paterno y convertir al Emperador en piedra. Obligada a entrar en el mundo de los humanos, descubrirá que la crueldad y el dolor, pero también la amabilidad y la generosidad, son partes antagónicas de un universo transformador.El Festival de Aix mantiene una larga vinculación con el director de orquesta Klaus Mäkelä , quien hace ahora su debut oficial en un foso. Apenas hay rastro en su biografía de actividad operística más allá de la pertenencia desde los siete años al coro infantil de la Ópera Nacional de Finlandia, en Helsinki, donde —así lo cuenta— quedó fascinado tras ver el primer espectáculo: ‘Carmen’, de Bizet. Un debut anecdótico en la misma ópera finlandesa, en noviembre de 2017, cuando tenía veintiún años y dirigió ‘La flauta mágica’, le coloca ahora en el foso del Grand Théâtre de Provence afrontando una partitura temeraria. Junto a Mäkelä está la Orchestre de Paris, de la que ha sido titular desde 2020 y que deja esta temporada para asumir simultáneamente la dirección de la Sinfónica de Chicago y Concertgebouw de Ámsterdam.El talento de Mäkelä es indiscutible. Desde la perspectiva técnica alcanza la dimensión de lo sobresaliente. No hay un gesto sin una inmediata correspondencia; no hay intención que no tenga como fin la creación de un sonido emocionante. ‘La mujer sin sombra’ nace de texturas orquestales ingrávidas que se contraponen a lo expresionista, con incursiones en guiños instrumentales y descriptivos muy característicos del cáustico Strauss. Lo áspero y lo directo frente a la recreación impresionista marcan los extremos de la obra y de la excepcional propuesta de Mäkelä junto a su no menos extraordinaria Orchestre de Paris, capaz de aglomerar una sonoridad de la que emergen formidables solos.Noticia relacionada general No No CRÍTICA DE TEATRO Una ‘flauta’ que acaba de ser inaugura el Festival de Aix-en-Provence Alberto González LapuenteEn una entrevista incluida en el programa de mano, Mäkelä señala que la versión de Aix adopta los cortes que hacía el director Karl Böhm y que Richard Strauss reconoció. Con ello apunta al hecho de que ‘La mujer sin sombra’, y en Aix se ha confirmado, es una ópera abierta , en el sentido semiótico definido por Umberto Eco en referencia a las obras que se completan en el acto de la recepción, como estructura dinámica espacios pendientes y no bajo el principio de manipulación defendido por el deconstructivismo. En ellos se insertan, y así lo ha reflejado Mäkelä, las sonoridades rarificadas que acompañan a la Emperatriz en el juicio final; el tamaño de una orquesta gigantesca que se reduce a lo camerístico y jamás enturbia el papel de los cantantes; las transiciones orquestales, cuyo potencial descriptivo se asocia a su superficie matérica y que, aún, se completa con nidos sonoros en los que habitan la ultratumba y refinamientos sonoros de carácter paradisíaco. Que Mäkelä y sus músicos sean capaces de ofrecer todo esto demuestra el calado de la versión musical escuchada en Aix, hoy por hoy, digna de situarse en una posición referencial.Es difícil imaginar un reparto más redondo . La soprano lituana Vida Miknevičiūtė asume el papel de la Emperatriz. Su debut operístico en España fue con el papel de Salomé, en mayo, en el Palau de les Arts de Valencia. Al margen de otras intervenciones menores en concierto, poco después participó en la interpretación del primer acto de ‘La valquiria’ con la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Desde lo delicado y lo etéreo a lo heroico en el final, la actuación de Miknevičiūtė es un prodigio de facultades . La voz aguda y penetrante y la potencia vocal en un cuerpo de apariencia frágil son singularidades que dan forma a una interpretación intensamente dramática, que adquiere en el final, cuando rechaza salvarse robando la sombra de la Tintorera, la dimensión de lo brutal, caminando sobre el registro extremo con una potencia y resistencia magníficas. El papel corre en paralelo al de esta por la exigencia dramática, la vehemencia y la voluntad emocional, en este caso más cerca de una verosímil humanidad. La soprano Tamara Wilson fue sustituida a última hora por la canadiense Ambur Braid —habitual en las producciones de Kosky—, quien deja una impresión que marca su trayectoria futura. No hay descanso en una interpretación que gestiona, con similar acierto, la ira y el desasosiego. Una actuación realmente desasosegante.El trío femenino y protagonista incluye a la Nodriza, un papel de resistencia y desgaste, que Nina Stemme interpreta con pujanza, voz oscura, cuerpo y persuasión. Su autoritaria presencia eleva el personaje a un estadio superior. La figura es persistente a lo largo de la obra desde el mismo arranque cuando sobre el negro y oscuro escenario aparece sentada en una mecedora que define el inalienable horizonte de la obra: la vuelta a la infancia, el autoconsuelo, la revisión de un conflicto que marca el infinito balanceo de la silla. La réplica la ponen los protagonistas masculinos. El Emperador, que Michael Spyres canta defendiendo su condición lírica y autoridad, incluso en la formidable escena en la que se muestra atormentado por la sospecha sobre su esposa mientras monta un gigantesco caballo balancín, en un ejemplo escénico de falsa supremacía y de regresión. Barak, el tintorero, queda en manos del barítono estadounidense Brian Mulligan , defendiendo uno de sus papeles predilectos. Lo hace con nobleza, calidez humana y paciencia. Es el papel más real en un mundo de engaños y apariencias.Para representarlo está Barrie Kosky, sin duda una de las mentes más preclaras del actual panorama teatral y, como tal, alguien con capacidad para mantener viva la narración y enriquecerla de alegorías. En este caso, la habilidad escenográfica corre en paralelo a su dimensión significante representada en escenas de una sencillez inmediata como los efectos espaciales con el mensajero cantando desde la altura y las trompetas en posición igualmente enfrentada. Mientras, en el escenario, la oscuridad inicial toma forma sobre una escenografía que se esconde y aparece en el interior de un prisma que se desplaza como un ascensor. El juego de la transformación deja al descubierto la casa de Barak, un caos en el interior de un andamio de naturaleza industrial en el que todo sucede con tono esperpéntico. No se puede hacer una ópera ordenada si se quiere escenificar ‘La mujer sin sombra’, dice Kosky y, sin embargo, su trabajo es milimétrico ante lo real y en el manejo de los elementos fantásticos: desde la cabeza gigante y de juguete —una marca de la casa— que camina y de la que asoman por los ojos y la boca puñales, los ratones, los bailarines sin cabeza y el solista. Son sombras negras vestidas con cientos de cristales diamantinos. Y de lo negro a la prisión blanca y deslumbrante final donde se encuentran Barak y su esposa, y los emperadores: una caja de paredes lisas que llena todo el escenario y donde la vida cierra su curso.Porque es en ese espacio donde se reafirma el último propósito en relación con un parámetro imprescindible: el tiempo . La mecedora lo aclaraba al comenzar la representación en una imagen que evoca a la madre de Norman Bates en ‘Psicosis’, la película de Alfred Hitchcock. A partir de ahí, la escenografía en vertical se eleva y desciende colocando el argumento en el ámbito de las pulsiones fálicas que aspiran a escaparse de lo terrenal. Kosky interpreta, y así lo señala en la entrevista que también se incluye en el programa de mano, el legado ‘camp’ de Strauss que aquí surge por doquier en muchos detalles escenográficos. Pero la visión actual y también espectacular que se propone no es, ni mucho menos, decorativa: frente a la verticalidad se contrapone la blancura horizontal final como desarrollo de una muerte inmediata, cuando ya el tiempo es irrecuperable. La aparición de cinco niños/muñecos que dan la mano a los protagonistas y cuyas cabezas les representan absolutamente envejecidos, es la última decisión de una producción inteligente, poderosa y que deja una impresión imperecedera. El canal Arte difundirá ‘La mujer sin sombra’ el 9 de julio y algunas radios, miembros de la UER, lo harán el 13. Festival de Aix-en-Provence ‘Die Frau ohne Schatten’ Música: Richard Strauss Libreto: Hugo von Hofmannsthal Intérpretes: Michael Spyres (El emperador), Vida Miknevičiūtė (La emperatriz), Nina Stemme (La nodriza), Brian Mulligan (Barak, un tintorero), Ambur Braid (La mujer del tintorero), Jean-Sébastien Bou (El mensajero, Voz del halcón), Tomasz Kumięga (Un tuerto), Daniel Miroslaw (Un manco), Robert Lewis (Un jorobado, Aparición de un joven hermoso), Ella Taylor (Voz del halcón, Guardián del templo), Héloïse Mas (Una voz de lo alto), Laurence Pouderoux, Eugénie Lefebvre, Laura Jarrell (sirvientes), Coro y Orchestre de Paris Director de escena: Barrie Kosky Director musical: Klaus Mäkelä Lugar: Grand Théâtre de Provence, Aix-en-Provence Fecha: 3 de julioLa renqueante inauguración del Festival de Aix-en-Provence, materializada en una insustancial versión musical y teatral de ‘La flauta mágica’ a cargo de Leonardo García-Alarcón y Clément Cogitore, ha adquirido una perspectiva radicalmente distinta ante ‘ La mujer sin sombra ‘ de Richard Strauss. Klaus Mäkelä, Barrie Kosky y un reparto excepcional han dado forma a una de las óperas más complejas y penetrantes del repertorio internacional, presentada a partir de una nueva producción de Aix junto con La Monnaie / De Munt en Bruselas y la Ópera Nacional Griega. Señalar que la versión propuesta ensalza los valores de la obra, centrados en perspectivas muy diversas que van desde el cuento mágico a la fábula mitológica y lo inconsciente, apenas revela el encaje de una producción rica en símbolos y elipsis, entrelazados sobre una narración coherente con la dramaturgia de la propia obra: tres días es el plazo que se le concede a la Emperatriz para que consiga la sombra que perdió, so pena de volver al hogar paterno y convertir al Emperador en piedra. Obligada a entrar en el mundo de los humanos, descubrirá que la crueldad y el dolor, pero también la amabilidad y la generosidad, son partes antagónicas de un universo transformador.El Festival de Aix mantiene una larga vinculación con el director de orquesta Klaus Mäkelä , quien hace ahora su debut oficial en un foso. Apenas hay rastro en su biografía de actividad operística más allá de la pertenencia desde los siete años al coro infantil de la Ópera Nacional de Finlandia, en Helsinki, donde —así lo cuenta— quedó fascinado tras ver el primer espectáculo: ‘Carmen’, de Bizet. Un debut anecdótico en la misma ópera finlandesa, en noviembre de 2017, cuando tenía veintiún años y dirigió ‘La flauta mágica’, le coloca ahora en el foso del Grand Théâtre de Provence afrontando una partitura temeraria. Junto a Mäkelä está la Orchestre de Paris, de la que ha sido titular desde 2020 y que deja esta temporada para asumir simultáneamente la dirección de la Sinfónica de Chicago y Concertgebouw de Ámsterdam.El talento de Mäkelä es indiscutible. Desde la perspectiva técnica alcanza la dimensión de lo sobresaliente. No hay un gesto sin una inmediata correspondencia; no hay intención que no tenga como fin la creación de un sonido emocionante. ‘La mujer sin sombra’ nace de texturas orquestales ingrávidas que se contraponen a lo expresionista, con incursiones en guiños instrumentales y descriptivos muy característicos del cáustico Strauss. Lo áspero y lo directo frente a la recreación impresionista marcan los extremos de la obra y de la excepcional propuesta de Mäkelä junto a su no menos extraordinaria Orchestre de Paris, capaz de aglomerar una sonoridad de la que emergen formidables solos.Noticia relacionada general No No CRÍTICA DE TEATRO Una ‘flauta’ que acaba de ser inaugura el Festival de Aix-en-Provence Alberto González LapuenteEn una entrevista incluida en el programa de mano, Mäkelä señala que la versión de Aix adopta los cortes que hacía el director Karl Böhm y que Richard Strauss reconoció. Con ello apunta al hecho de que ‘La mujer sin sombra’, y en Aix se ha confirmado, es una ópera abierta , en el sentido semiótico definido por Umberto Eco en referencia a las obras que se completan en el acto de la recepción, como estructura dinámica espacios pendientes y no bajo el principio de manipulación defendido por el deconstructivismo. En ellos se insertan, y así lo ha reflejado Mäkelä, las sonoridades rarificadas que acompañan a la Emperatriz en el juicio final; el tamaño de una orquesta gigantesca que se reduce a lo camerístico y jamás enturbia el papel de los cantantes; las transiciones orquestales, cuyo potencial descriptivo se asocia a su superficie matérica y que, aún, se completa con nidos sonoros en los que habitan la ultratumba y refinamientos sonoros de carácter paradisíaco. Que Mäkelä y sus músicos sean capaces de ofrecer todo esto demuestra el calado de la versión musical escuchada en Aix, hoy por hoy, digna de situarse en una posición referencial.Es difícil imaginar un reparto más redondo . La soprano lituana Vida Miknevičiūtė asume el papel de la Emperatriz. Su debut operístico en España fue con el papel de Salomé, en mayo, en el Palau de les Arts de Valencia. Al margen de otras intervenciones menores en concierto, poco después participó en la interpretación del primer acto de ‘La valquiria’ con la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Desde lo delicado y lo etéreo a lo heroico en el final, la actuación de Miknevičiūtė es un prodigio de facultades . La voz aguda y penetrante y la potencia vocal en un cuerpo de apariencia frágil son singularidades que dan forma a una interpretación intensamente dramática, que adquiere en el final, cuando rechaza salvarse robando la sombra de la Tintorera, la dimensión de lo brutal, caminando sobre el registro extremo con una potencia y resistencia magníficas. El papel corre en paralelo al de esta por la exigencia dramática, la vehemencia y la voluntad emocional, en este caso más cerca de una verosímil humanidad. La soprano Tamara Wilson fue sustituida a última hora por la canadiense Ambur Braid —habitual en las producciones de Kosky—, quien deja una impresión que marca su trayectoria futura. No hay descanso en una interpretación que gestiona, con similar acierto, la ira y el desasosiego. Una actuación realmente desasosegante.El trío femenino y protagonista incluye a la Nodriza, un papel de resistencia y desgaste, que Nina Stemme interpreta con pujanza, voz oscura, cuerpo y persuasión. Su autoritaria presencia eleva el personaje a un estadio superior. La figura es persistente a lo largo de la obra desde el mismo arranque cuando sobre el negro y oscuro escenario aparece sentada en una mecedora que define el inalienable horizonte de la obra: la vuelta a la infancia, el autoconsuelo, la revisión de un conflicto que marca el infinito balanceo de la silla. La réplica la ponen los protagonistas masculinos. El Emperador, que Michael Spyres canta defendiendo su condición lírica y autoridad, incluso en la formidable escena en la que se muestra atormentado por la sospecha sobre su esposa mientras monta un gigantesco caballo balancín, en un ejemplo escénico de falsa supremacía y de regresión. Barak, el tintorero, queda en manos del barítono estadounidense Brian Mulligan , defendiendo uno de sus papeles predilectos. Lo hace con nobleza, calidez humana y paciencia. Es el papel más real en un mundo de engaños y apariencias.Para representarlo está Barrie Kosky, sin duda una de las mentes más preclaras del actual panorama teatral y, como tal, alguien con capacidad para mantener viva la narración y enriquecerla de alegorías. En este caso, la habilidad escenográfica corre en paralelo a su dimensión significante representada en escenas de una sencillez inmediata como los efectos espaciales con el mensajero cantando desde la altura y las trompetas en posición igualmente enfrentada. Mientras, en el escenario, la oscuridad inicial toma forma sobre una escenografía que se esconde y aparece en el interior de un prisma que se desplaza como un ascensor. El juego de la transformación deja al descubierto la casa de Barak, un caos en el interior de un andamio de naturaleza industrial en el que todo sucede con tono esperpéntico. No se puede hacer una ópera ordenada si se quiere escenificar ‘La mujer sin sombra’, dice Kosky y, sin embargo, su trabajo es milimétrico ante lo real y en el manejo de los elementos fantásticos: desde la cabeza gigante y de juguete —una marca de la casa— que camina y de la que asoman por los ojos y la boca puñales, los ratones, los bailarines sin cabeza y el solista. Son sombras negras vestidas con cientos de cristales diamantinos. Y de lo negro a la prisión blanca y deslumbrante final donde se encuentran Barak y su esposa, y los emperadores: una caja de paredes lisas que llena todo el escenario y donde la vida cierra su curso.Porque es en ese espacio donde se reafirma el último propósito en relación con un parámetro imprescindible: el tiempo . La mecedora lo aclaraba al comenzar la representación en una imagen que evoca a la madre de Norman Bates en ‘Psicosis’, la película de Alfred Hitchcock. A partir de ahí, la escenografía en vertical se eleva y desciende colocando el argumento en el ámbito de las pulsiones fálicas que aspiran a escaparse de lo terrenal. Kosky interpreta, y así lo señala en la entrevista que también se incluye en el programa de mano, el legado ‘camp’ de Strauss que aquí surge por doquier en muchos detalles escenográficos. Pero la visión actual y también espectacular que se propone no es, ni mucho menos, decorativa: frente a la verticalidad se contrapone la blancura horizontal final como desarrollo de una muerte inmediata, cuando ya el tiempo es irrecuperable. La aparición de cinco niños/muñecos que dan la mano a los protagonistas y cuyas cabezas les representan absolutamente envejecidos, es la última decisión de una producción inteligente, poderosa y que deja una impresión imperecedera. El canal Arte difundirá ‘La mujer sin sombra’ el 9 de julio y algunas radios, miembros de la UER, lo harán el 13.
La renqueante inauguración del Festival de Aix-en-Provence, materializada en una insustancial versión musical y teatral de ‘La flauta mágica’ a cargo de Leonardo García-Alarcón y Clément Cogitore, ha adquirido una perspectiva radicalmente distinta ante ‘La mujer sin sombra‘ de Richard … Strauss. Klaus Mäkelä, Barrie Kosky y un reparto excepcional han dado forma a una de las óperas más complejas y penetrantes del repertorio internacional, presentada a partir de una nueva producción de Aix junto con La Monnaie / De Munt en Bruselas y la Ópera Nacional Griega. Señalar que la versión propuesta ensalza los valores de la obra, centrados en perspectivas muy diversas que van desde el cuento mágico a la fábula mitológica y lo inconsciente, apenas revela el encaje de una producción rica en símbolos y elipsis, entrelazados sobre una narración coherente con la dramaturgia de la propia obra: tres días es el plazo que se le concede a la Emperatriz para que consiga la sombra que perdió, so pena de volver al hogar paterno y convertir al Emperador en piedra. Obligada a entrar en el mundo de los humanos, descubrirá que la crueldad y el dolor, pero también la amabilidad y la generosidad, son partes antagónicas de un universo transformador.
El Festival de Aix mantiene una larga vinculación con el director de orquesta Klaus Mäkelä, quien hace ahora su debut oficial en un foso. Apenas hay rastro en su biografía de actividad operística más allá de la pertenencia desde los siete años al coro infantil de la Ópera Nacional de Finlandia, en Helsinki, donde —así lo cuenta— quedó fascinado tras ver el primer espectáculo: ‘Carmen’, de Bizet. Un debut anecdótico en la misma ópera finlandesa, en noviembre de 2017, cuando tenía veintiún años y dirigió ‘La flauta mágica’, le coloca ahora en el foso del Grand Théâtre de Provence afrontando una partitura temeraria. Junto a Mäkelä está la Orchestre de Paris, de la que ha sido titular desde 2020 y que deja esta temporada para asumir simultáneamente la dirección de la Sinfónica de Chicago y Concertgebouw de Ámsterdam.
El talento de Mäkelä es indiscutible. Desde la perspectiva técnica alcanza la dimensión de lo sobresaliente. No hay un gesto sin una inmediata correspondencia; no hay intención que no tenga como fin la creación de un sonido emocionante. ‘La mujer sin sombra’ nace de texturas orquestales ingrávidas que se contraponen a lo expresionista, con incursiones en guiños instrumentales y descriptivos muy característicos del cáustico Strauss. Lo áspero y lo directo frente a la recreación impresionista marcan los extremos de la obra y de la excepcional propuesta de Mäkelä junto a su no menos extraordinaria Orchestre de Paris, capaz de aglomerar una sonoridad de la que emergen formidables solos.
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CRÍTICA DE TEATRO
Alberto González Lapuente
En una entrevista incluida en el programa de mano, Mäkelä señala que la versión de Aix adopta los cortes que hacía el director Karl Böhm y que Richard Strauss reconoció. Con ello apunta al hecho de que ‘La mujer sin sombra’, y en Aix se ha confirmado, es una ópera abierta, en el sentido semiótico definido por Umberto Eco en referencia a las obras que se completan en el acto de la recepción, como estructura dinámica espacios pendientes y no bajo el principio de manipulación defendido por el deconstructivismo. En ellos se insertan, y así lo ha reflejado Mäkelä, las sonoridades rarificadas que acompañan a la Emperatriz en el juicio final; el tamaño de una orquesta gigantesca que se reduce a lo camerístico y jamás enturbia el papel de los cantantes; las transiciones orquestales, cuyo potencial descriptivo se asocia a su superficie matérica y que, aún, se completa con nidos sonoros en los que habitan la ultratumba y refinamientos sonoros de carácter paradisíaco. Que Mäkelä y sus músicos sean capaces de ofrecer todo esto demuestra el calado de la versión musical escuchada en Aix, hoy por hoy, digna de situarse en una posición referencial.
Es difícil imaginar un reparto más redondo. La soprano lituana Vida Miknevičiūtė asume el papel de la Emperatriz. Su debut operístico en España fue con el papel de Salomé, en mayo, en el Palau de les Arts de Valencia. Al margen de otras intervenciones menores en concierto, poco después participó en la interpretación del primer acto de ‘La valquiria’ con la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Desde lo delicado y lo etéreo a lo heroico en el final, la actuación de Miknevičiūtė es un prodigio de facultades. La voz aguda y penetrante y la potencia vocal en un cuerpo de apariencia frágil son singularidades que dan forma a una interpretación intensamente dramática, que adquiere en el final, cuando rechaza salvarse robando la sombra de la Tintorera, la dimensión de lo brutal, caminando sobre el registro extremo con una potencia y resistencia magníficas. El papel corre en paralelo al de esta por la exigencia dramática, la vehemencia y la voluntad emocional, en este caso más cerca de una verosímil humanidad. La soprano Tamara Wilson fue sustituida a última hora por la canadiense Ambur Braid —habitual en las producciones de Kosky—, quien deja una impresión que marca su trayectoria futura. No hay descanso en una interpretación que gestiona, con similar acierto, la ira y el desasosiego. Una actuación realmente desasosegante.
El trío femenino y protagonista incluye a la Nodriza, un papel de resistencia y desgaste, que Nina Stemme interpreta con pujanza, voz oscura, cuerpo y persuasión. Su autoritaria presencia eleva el personaje a un estadio superior. La figura es persistente a lo largo de la obra desde el mismo arranque cuando sobre el negro y oscuro escenario aparece sentada en una mecedora que define el inalienable horizonte de la obra: la vuelta a la infancia, el autoconsuelo, la revisión de un conflicto que marca el infinito balanceo de la silla. La réplica la ponen los protagonistas masculinos. El Emperador, que Michael Spyres canta defendiendo su condición lírica y autoridad, incluso en la formidable escena en la que se muestra atormentado por la sospecha sobre su esposa mientras monta un gigantesco caballo balancín, en un ejemplo escénico de falsa supremacía y de regresión. Barak, el tintorero, queda en manos del barítono estadounidense Brian Mulligan, defendiendo uno de sus papeles predilectos. Lo hace con nobleza, calidez humana y paciencia. Es el papel más real en un mundo de engaños y apariencias.
Para representarlo está Barrie Kosky, sin duda una de las mentes más preclaras del actual panorama teatral y, como tal, alguien con capacidad para mantener viva la narración y enriquecerla de alegorías. En este caso, la habilidad escenográfica corre en paralelo a su dimensión significante representada en escenas de una sencillez inmediata como los efectos espaciales con el mensajero cantando desde la altura y las trompetas en posición igualmente enfrentada. Mientras, en el escenario, la oscuridad inicial toma forma sobre una escenografía que se esconde y aparece en el interior de un prisma que se desplaza como un ascensor. El juego de la transformación deja al descubierto la casa de Barak, un caos en el interior de un andamio de naturaleza industrial en el que todo sucede con tono esperpéntico. No se puede hacer una ópera ordenada si se quiere escenificar ‘La mujer sin sombra’, dice Kosky y, sin embargo, su trabajo es milimétrico ante lo real y en el manejo de los elementos fantásticos: desde la cabeza gigante y de juguete —una marca de la casa— que camina y de la que asoman por los ojos y la boca puñales, los ratones, los bailarines sin cabeza y el solista. Son sombras negras vestidas con cientos de cristales diamantinos. Y de lo negro a la prisión blanca y deslumbrante final donde se encuentran Barak y su esposa, y los emperadores: una caja de paredes lisas que llena todo el escenario y donde la vida cierra su curso.
Porque es en ese espacio donde se reafirma el último propósito en relación con un parámetro imprescindible: el tiempo. La mecedora lo aclaraba al comenzar la representación en una imagen que evoca a la madre de Norman Bates en ‘Psicosis’, la película de Alfred Hitchcock. A partir de ahí, la escenografía en vertical se eleva y desciende colocando el argumento en el ámbito de las pulsiones fálicas que aspiran a escaparse de lo terrenal. Kosky interpreta, y así lo señala en la entrevista que también se incluye en el programa de mano, el legado ‘camp’ de Strauss que aquí surge por doquier en muchos detalles escenográficos. Pero la visión actual y también espectacular que se propone no es, ni mucho menos, decorativa: frente a la verticalidad se contrapone la blancura horizontal final como desarrollo de una muerte inmediata, cuando ya el tiempo es irrecuperable. La aparición de cinco niños/muñecos que dan la mano a los protagonistas y cuyas cabezas les representan absolutamente envejecidos, es la última decisión de una producción inteligente, poderosa y que deja una impresión imperecedera. El canal Arte difundirá ‘La mujer sin sombra’ el 9 de julio y algunas radios, miembros de la UER, lo harán el 13.
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