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  Cine  Crítica de ‘Citizen vigilante’, la película prohibida en Alemania: «El fascista es usted, no la peli»
Cine

Crítica de ‘Citizen vigilante’, la película prohibida en Alemania: «El fascista es usted, no la peli»

1 de julio de 2026
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Escuché que una película fascista, ‘Citizen vigilante’, había sido prohibida en Alemania y me imaginé algo vomitivo: rapados con bombers, esvásticas y botas militares pegando palizas aleatorias a cualquiera que no fuera rubio de ojos azules. Sí, soy un poco Calparsoro. De encargarme a mí la serie ‘Salvador’, me habría salido el mismo truño que a él, porque habría recurrido a la misma sutilidad. Como si el espectador fuera tonto y hubiese que decirle todo el rato «atiende, este es el nazi y este es el bueno, que te lías». Leí luego que Elon Musk, otro nazi que compró Twitter solo por joder a los del lado bueno de la historia, la había subido íntegra a la plataforma. Así que decidí disfrutar de una nueva sesión de ultraviolencia (que diría Alex, de ‘La naranja mecánica’ ). Pero como soy un poco floja (lloro con los anuncios de coches si son bonitos), en cuanto apareció una mujer con niño comprando tranquilamente me temí lo peor. Ellos compraban chocolate y a mí se me aceleraba el corazón esperando la entrada de una panda de nefandos racistas que les darían la paliza de su vida entre latas de sopa de tomate cuyo rojo contenido se mezclaría con su sangre en una orgía de muerte y destrucción. Y estaba yo sufriendo tan ricamente con la película que me estaba montando cuando, en la película de verdad, ellos se cruzaban con un hombre negro (no sé cuál es el eufemismo correcto hoy) que, sin mediar palabra, le clavaba un cuchillo de cocina en el cuello a la mujer blanca. Esto sí que no me lo esperaba. Pensé en la chica ucraniana a la que apuñalaron en el metro en EE.UU. , en la niña china de Barcelona, en Torrepacheco hace unos días. En tantos casos aislados que ocurren últimamente y de los que ya he perdido la cuenta. Como espectadora, lo que deseaba era ver salir a alguien corriendo a por él y que le diera una somanta de palos como si esto fuera ‘John Wick 6’. Pero el agresor era negro y, presumiblemente, inmigrante. Seguro que mi deseo me convertía de facto en fascista. Qué rabia que el malo no fuera blanco y, a poder ser, empresario inmobiliario. Tras los títulos de crédito, descubrí que era la típica peli de héroe cotidiano americano (pero en Europa) que, ante un incremento de la violencia en las calles y unas fuerzas de seguridad del Estado en dejación de funciones, se toma la justicia por su mano y la convierte en venganza sin paliativos. Nada nuevo. ¿Quién no ha disfrutado como un enano con ‘Harry el Sucio’? ¿Quién no lo ha hecho con Charles Bronson? ¿Acaso acaban de inventar con esta peli el género del justiciero que aspira a restaurar el orden en un Estado quebrado? No quiero destriparla, pero el tipo lo mismo amenaza con una pistola a un chaval blanco con navaja que no paga el billete del autobús que cambia los vasos en una discoteca si ve que unos macarras también blancos echan algo en la bebida de unas chicas para abusar de ellas. El tipo está contra la inseguridad en las calles, como Clint y como Charles, no contra los inmigrantes ni los negros por su procedencia o su color de piel. Entonces… ¿Cuál es el problema? ¿Qué la convierte en fascista? Quizá es que algunas escenas remiten a actos atroces reales protagonizados por inmigrantes irregulares y a la sociedad hay que tratarla como a un niño tonto. El mensaje, pues, es que uno, para ser un ciudadano de bien, puede rechazar la violencia siempre que quien la ejerza sea alguien con tono cutáneo de fototipo bajo. En caso contrario, estimado lector, es usted un despreciable racista que no quiere seguridad en sus calles sino sus calles sin negros. La película no se prohíbe porque sea fascista: la película se prohíbe porque los fascistas somos nosotros. Escuché que una película fascista, ‘Citizen vigilante’, había sido prohibida en Alemania y me imaginé algo vomitivo: rapados con bombers, esvásticas y botas militares pegando palizas aleatorias a cualquiera que no fuera rubio de ojos azules. Sí, soy un poco Calparsoro. De encargarme a mí la serie ‘Salvador’, me habría salido el mismo truño que a él, porque habría recurrido a la misma sutilidad. Como si el espectador fuera tonto y hubiese que decirle todo el rato «atiende, este es el nazi y este es el bueno, que te lías». Leí luego que Elon Musk, otro nazi que compró Twitter solo por joder a los del lado bueno de la historia, la había subido íntegra a la plataforma. Así que decidí disfrutar de una nueva sesión de ultraviolencia (que diría Alex, de ‘La naranja mecánica’ ). Pero como soy un poco floja (lloro con los anuncios de coches si son bonitos), en cuanto apareció una mujer con niño comprando tranquilamente me temí lo peor. Ellos compraban chocolate y a mí se me aceleraba el corazón esperando la entrada de una panda de nefandos racistas que les darían la paliza de su vida entre latas de sopa de tomate cuyo rojo contenido se mezclaría con su sangre en una orgía de muerte y destrucción. Y estaba yo sufriendo tan ricamente con la película que me estaba montando cuando, en la película de verdad, ellos se cruzaban con un hombre negro (no sé cuál es el eufemismo correcto hoy) que, sin mediar palabra, le clavaba un cuchillo de cocina en el cuello a la mujer blanca. Esto sí que no me lo esperaba. Pensé en la chica ucraniana a la que apuñalaron en el metro en EE.UU. , en la niña china de Barcelona, en Torrepacheco hace unos días. En tantos casos aislados que ocurren últimamente y de los que ya he perdido la cuenta. Como espectadora, lo que deseaba era ver salir a alguien corriendo a por él y que le diera una somanta de palos como si esto fuera ‘John Wick 6’. Pero el agresor era negro y, presumiblemente, inmigrante. Seguro que mi deseo me convertía de facto en fascista. Qué rabia que el malo no fuera blanco y, a poder ser, empresario inmobiliario. Tras los títulos de crédito, descubrí que era la típica peli de héroe cotidiano americano (pero en Europa) que, ante un incremento de la violencia en las calles y unas fuerzas de seguridad del Estado en dejación de funciones, se toma la justicia por su mano y la convierte en venganza sin paliativos. Nada nuevo. ¿Quién no ha disfrutado como un enano con ‘Harry el Sucio’? ¿Quién no lo ha hecho con Charles Bronson? ¿Acaso acaban de inventar con esta peli el género del justiciero que aspira a restaurar el orden en un Estado quebrado? No quiero destriparla, pero el tipo lo mismo amenaza con una pistola a un chaval blanco con navaja que no paga el billete del autobús que cambia los vasos en una discoteca si ve que unos macarras también blancos echan algo en la bebida de unas chicas para abusar de ellas. El tipo está contra la inseguridad en las calles, como Clint y como Charles, no contra los inmigrantes ni los negros por su procedencia o su color de piel. Entonces… ¿Cuál es el problema? ¿Qué la convierte en fascista? Quizá es que algunas escenas remiten a actos atroces reales protagonizados por inmigrantes irregulares y a la sociedad hay que tratarla como a un niño tonto. El mensaje, pues, es que uno, para ser un ciudadano de bien, puede rechazar la violencia siempre que quien la ejerza sea alguien con tono cutáneo de fototipo bajo. En caso contrario, estimado lector, es usted un despreciable racista que no quiere seguridad en sus calles sino sus calles sin negros. La película no se prohíbe porque sea fascista: la película se prohíbe porque los fascistas somos nosotros.  

Escuché que una película fascista, ‘Citizen vigilante’, había sido prohibida en Alemania y me imaginé algo vomitivo: rapados con bombers, esvásticas y botas militares pegando palizas aleatorias a cualquiera que no fuera rubio de ojos azules. Sí, soy un poco Calparsoro. De encargarme … a mí la serie ‘Salvador’, me habría salido el mismo truño que a él, porque habría recurrido a la misma sutilidad. Como si el espectador fuera tonto y hubiese que decirle todo el rato «atiende, este es el nazi y este es el bueno, que te lías».

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Leí luego que Elon Musk, otro nazi que compró Twitter solo por joder a los del lado bueno de la historia, la había subido íntegra a la plataforma. Así que decidí disfrutar de una nueva sesión de ultraviolencia (que diría Alex, de ‘La naranja mecánica’). Pero como soy un poco floja (lloro con los anuncios de coches si son bonitos), en cuanto apareció una mujer con niño comprando tranquilamente me temí lo peor.

Ellos compraban chocolate y a mí se me aceleraba el corazón esperando la entrada de una panda de nefandos racistas que les darían la paliza de su vida entre latas de sopa de tomate cuyo rojo contenido se mezclaría con su sangre en una orgía de muerte y destrucción. Y estaba yo sufriendo tan ricamente con la película que me estaba montando cuando, en la película de verdad, ellos se cruzaban con un hombre negro (no sé cuál es el eufemismo correcto hoy) que, sin mediar palabra, le clavaba un cuchillo de cocina en el cuello a la mujer blanca. Esto sí que no me lo esperaba. Pensé en la chica ucraniana a la que apuñalaron en el metro en EE.UU., en la niña china de Barcelona, en Torrepacheco hace unos días. En tantos casos aislados que ocurren últimamente y de los que ya he perdido la cuenta.

Como espectadora, lo que deseaba era ver salir a alguien corriendo a por él y que le diera una somanta de palos como si esto fuera ‘John Wick 6’. Pero el agresor era negro y, presumiblemente, inmigrante. Seguro que mi deseo me convertía de facto en fascista. Qué rabia que el malo no fuera blanco y, a poder ser, empresario inmobiliario. Tras los títulos de crédito, descubrí que era la típica peli de héroe cotidiano americano (pero en Europa) que, ante un incremento de la violencia en las calles y unas fuerzas de seguridad del Estado en dejación de funciones, se toma la justicia por su mano y la convierte en venganza sin paliativos. Nada nuevo. ¿Quién no ha disfrutado como un enano con ‘Harry el Sucio’? ¿Quién no lo ha hecho con Charles Bronson? ¿Acaso acaban de inventar con esta peli el género del justiciero que aspira a restaurar el orden en un Estado quebrado?

No quiero destriparla, pero el tipo lo mismo amenaza con una pistola a un chaval blanco con navaja que no paga el billete del autobús que cambia los vasos en una discoteca si ve que unos macarras también blancos echan algo en la bebida de unas chicas para abusar de ellas. El tipo está contra la inseguridad en las calles, como Clint y como Charles, no contra los inmigrantes ni los negros por su procedencia o su color de piel. Entonces… ¿Cuál es el problema? ¿Qué la convierte en fascista? Quizá es que algunas escenas remiten a actos atroces reales protagonizados por inmigrantes irregulares y a la sociedad hay que tratarla como a un niño tonto.

El mensaje, pues, es que uno, para ser un ciudadano de bien, puede rechazar la violencia siempre que quien la ejerza sea alguien con tono cutáneo de fototipo bajo. En caso contrario, estimado lector, es usted un despreciable racista que no quiere seguridad en sus calles sino sus calles sin negros. La película no se prohíbe porque sea fascista: la película se prohíbe porque los fascistas somos nosotros.

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