¿Qué concierto comienza en 2026 con un presentador que anuncia: “Señoras y señores, por favor, den la bienvenida a…”? ¿En qué recital de una leyenda con seis décadas de carrera apenas se escuchan sus temas clásicos? ¿A quién se le ocurre salir al escenario con un traje a 38 grados a la sombra? ¿Quién canta a cinco metros del borde del escenario, parapetado entre músicos e instrumentos? Para estas preguntas existe una respuesta: Van Morrison. Ocurrió anoche en Madrid, en las Noches del Botánico.
¿Qué concierto comienza en 2026 con un presentador que anuncia: “Señoras y señores, por favor, den la bienvenida a…”? ¿En qué recital de una leyenda con seis décadas de carrera apenas se escuchan sus temas clásicos? ¿A quién se le ocurre salir al escenario con un traje a 38 grados a la sombra? ¿Quién canta a cinco metros del borde del escenario, parapetado entre músicos e instrumentos? Para estas preguntas existe una respuesta: Van Morrison. Ocurrió anoche en Madrid, en las Noches del Botánico. Seguir leyendo
¿Qué concierto comienza en 2026 con un presentador que anuncia: “Señoras y señores, por favor, den la bienvenida a…”? ¿En qué recital de una leyenda con seis décadas de carrera apenas se escuchan sus temas clásicos? ¿A quién se le ocurre salir al escenario con un traje a 38 grados a la sombra? ¿Quién canta a cinco metros del borde del escenario, parapetado entre músicos e instrumentos? Para estas preguntas existe una respuesta: Van Morrison. Ocurrió anoche en Madrid, en las Noches del Botánico.
El veterano irlandés ofreció un delicioso concierto preñado de blues y sin apenas concesiones, lo que tal vez decepcionó a algunos, que esperaban al menos una decena de sus temas emblemáticos. A cambio, puso su voz, todavía poderosa y expresiva, al servicio de un buen puñado de pantanosos y profundos temas de blues. Por momentos, el recinto pareció un local de rhythm & blues donde la gente escuchaba con los ojos cerrados, el ceño fruncido y moviendo suavemente la cabeza. Es decir, sintiendo está música ancestral que tanto araña las entrañas.
Compareció Morrison el año pasado en el ciclo Noches del Botánico y repite este con idéntico guion: dos jornadas (hoy miércoles es la segunda cita), a 4.000 personas cada una con todo agotado. Y siempre compensa invertir los 100 euros de la entrada porque su voz conserva sus rasgos distintivos y sigue sonando vigorosa y cautivadora, siempre capaz de transmitir con viveza emociones y estados de ánimos. Si esto se mantiene, siempre un concierto de Van Morrison va a ofrecer momentos memorables. Como ocurrió anoche en el Jardín Botánico de la Universidad Complutense de Madrid.
Exige el de Belfast actuar todavía con luz natural y el recital comenzó a unas inusuales 20:30, por lo que algunos espectadores llegaron con la lengua fuera después de cumplir su jornada laboral. A punto de cumplir 81 años y con el rostro afilado, síntoma de que está más delgado, daba grima verlo en el escenario, con la temperatura disparada y vestido con un traje azul, camisa de manga larga (se sabía porque salía un pedacito por los puños de la chaqueta), un sombrero blanco y unas gafas con cristales de espejos. Tipo extraño este irlandés hasta para asuntos climáticos. Cantó casi siempre aferrado con las manos al pie del micrófono. Cuando alguno de sus músicos realizaba un solo, le observaba sin preocuparse de que así daba la espalda al público. A nadie le gustaría estar en el pellejo de ese instrumentista que escrutaba aquel exigente maestro. ¿Se imaginan lo que pasaría con una nota mal dada? Algo así pasó con las coristas y el jefe no se cortó y las corrigió delante de todo el público.
Se movió poco (para qué, con esa voz) y dirigió la mirada con frecuencia hacia un atril, suponemos que con algunas letras de canciones, que ya son muchos folios escritos durante las últimas seis décadas y la memoria no puede con todo.
Basó parte de la hora y media que entregó en sus dos últimos trabajos, el notable Remembering Now, de 2025, con material propio, y Somebody Tried to Sell Me a Bridge, de 2026, integrado por versiones de blues. Comenzó con una tanda de estos últimos: Deep Blue Sea, de John Lee Hooker; Kidney Stew Blues, de Eddie Vinson; o Snatch It Back and Hold It, de Junior Wells. Tocó el saxofón y, sobre todo, la armónica, esta última soplando ante un pequeño micrófono de bala que expelía un sonido áspero, distorsionado.
A veces gruñía y sentía la música negra que siempre amó con sentencias de ánimo: “All right”. Está el irlandés cerrando el círculo, regresando a los orígenes para paladear aquellos endemoniados ritmos que le impulsaron, para felicidad del mundo, al oficio de ser músico. Porque la motivación que flotaba en la calurosa noche madrileña tuvo que ver con el paso del tiempo, la edad, el final del camino, y lo que importa: disfrutar con los gemidos de felicidad y las expresiones de dolor que nos dejaron aquellos esclavos en las plantaciones del sur de Estados Unidos que luego se electrificaron en Chicago.
Afrontó los blues de una forma serena, dando espacio a su excelente banda para que los miembros desplegaran solos y diabluras instrumentales. Hubo mucho de improvisación, como suele ocurrir en los conciertos de Morrison, que varía ostensiblemente el repertorio de una noche para otra. Era divertido ver al de Belfast ejercer de director de orquesta. Señalaba al saxofonista para que iniciara un solo, luego extendía la palma de la mano para que parase e indicaba con otro gesto que cogiese el relevo el teclista.
Cerró esta primera parte con temas, la mayoría pausados, para disfrutar de esa voz penetrante, de Remembering Now: Down to Joy, Back to Writing Love Songs, The Only Love I Ever Need Is Yours o If It Wasn’t for Ray. Seguramente el momento que se recordará dentro de unos años fue la interpretación de I Believe to My Soul, de Ray Charles, que Morrison registro en aquel colosal disco en directo de 1974, It’s Too Late to Stop Now. Su prodigiosa voz sonó ahí como en los mejores tiempos. A continuación realizó una versión de Night Time Is the Right Time, donde se lució especialmente una de las dos corista.
Una vez terminado este tema, llegó el momento divertido de la noche. “Ya está todo, amigos, ya está todo”, lanzó el cantante, cuando apenas se llevaba una hora de concierto. ¿Se despedía ya? No: su cara, hasta ese momento inexpresiva, esbozó una sonrisa. No se vayan a creer, fue leve, pero los espectadores se daban codazos con sus vecinos de butaca: “Mira, ha sonreído, está chistoso”. También concedió, todo un exceso en este hombre tacaño con los afectos, un par de “gracias” y un “muchas gracias” al final del concierto, los tres en castellano.

Se acordó de su propio repertorio ya en el último tramo para entregar Real Real Gone y una sensacional Enlightenment.Y se guardó para el final una versión muy swing de Moondance y Gloria, y dio la impresión de que consistía en un obsequio inesperado a un público erudito y amante de la música que sabe que cuando acude a un concierto de Van Morrison no se va a enfrentar a una desdibujada figura de lo que un día fue.
Como Van Morrison siempre tiene que ejercer de Van Morrison, se marchó tras Gloria mientras su grupo seguía instrumentalmente con la canción durante cinco minutos. El guitarrista casi se fracturó el cuello de tanto mirar a un lateral del escenario para ver si el jefe se dignaba a salir para cantar una estrofa final de Gloria. No lo hizo, porque a él lo que le apetecía anoche era cantar blues.
EL PAÍS
