No es que se deslizaran las lágrimas por la mejilla de El Cid, pero sí que se le vio muy disgustado cuando comprobó que su segundo toro era arrastrado por las mulillas y la presidenta no había sacado el pañuelo para concederle la oreja que parte de la plaza había solicitado. Cuando tomó la montera y el capote para responder a la ovación del público movía la cabeza dando a entender que él no aceptaba la decisión del palco. Pero el semblante le cambió cuando notó el cariño de los tendidos -muchos de los que le aplaudieron en la vuelta no habían sacado el pañuelo momentos antes-, que lo despidieron con verdadero entusiasmo, a sabiendas de que esta podía ser la última vez que El Cid hiciera el paseíllo en La Maestranza.
No es que se deslizaran las lágrimas por la mejilla de El Cid, pero sí que se le vio muy disgustado cuando comprobó que su segundo toro era arrastrado por las mulillas y la presidenta no había sacado el pañuelo para concederle la oreja que parte de la plaza había solicitado. Cuando tomó la montera y el capote para responder a la ovación del público movía la cabeza dando a entender que él no aceptaba la decisión del palco. Pero el semblante le cambió cuando notó el cariño de los tendidos -muchos de los que le aplaudieron en la vuelta no habían sacado el pañuelo momentos antes-, que lo despidieron con verdadero entusiasmo, a sabiendas de que esta podía ser la última vez que El Cid hiciera el paseíllo en La Maestranza. Seguir leyendo
No es que se deslizaran las lágrimas por la mejilla de El Cid, pero sí que se le vio muy disgustado cuando comprobó que su segundo toro era arrastrado por las mulillas y la presidenta no había sacado el pañuelo para concederle la oreja que parte de la plaza había solicitado. Cuando tomó la montera y el capote para responder a la ovación del público movía la cabeza dando a entender que él no aceptaba la decisión del palco. Pero el semblante le cambió cuando notó el cariño de los tendidos -muchos de los que le aplaudieron en la vuelta no habían sacado el pañuelo momentos antes-, que lo despidieron con verdadero entusiasmo, a sabiendas de que esta podía ser la última vez que El Cid hiciera el paseíllo en La Maestranza.
Y el torero sonrió abiertamente, se le olvidó el malestar y comprendió, quizá, que el afecto de esta plaza está por encima de un trofeo; sobre todo, cuando se trata de agradecer el esfuerzo de una figura que ha salido cuatro veces por la Puerta del Príncipe.
Pero, claro, el disgusto de El Cid tenía un componente más sentimental que taurino; su faena al cuarto de la tarde, noble y encastado, no alcanzó el nivel deseable para ser premiada. Sonó la música al finalizar la segunda tanda con la mano derecha, hilvanada con muletazos correctos, pero en los que destacó más la clase del toro que su toreo; a continuación, el animal se vino abajo, la labor perdió fuelle, y los elegantes muletazos desmayados finales no levantaron a nadie de sus asientos. Conclusión, que la petición no fue mayoritaria y la presidenta hizo bien en no mostrar el pañuelo blanco. Pero es comprensible que, tras el esfuerzo realizado, el torero quisiera pasear una oreja, quizá la última de su vida, por el ruedo de esta plaza que ha sido tan importante en su carrera.
El toro que abrió plaza fue soso y frío, y el trasteo de El Cid fue tan correcto como intrascendente; lo mismo le sucedió a Fortes en el segundo de la tarde, un animal que no se había despertado de la siesta y salió al ruedo con ganas de que no le fastidiaran el descanso.
Pero el quinto, sí; el quinto salió despierto y dispuesto a obedecer a su matador, Fortes, que comenzó la faena de muleta de rodillas en el tercio, y anduvo irregular e intermitente con ráfagas desiguales de toreo con escaso sabor. Es decir, que no estuvo mal, pero a su quehacer le faltó garra e intensidad, el mismo problema que ya había manifestado El Cid. También la petición fue minoritaria y el malagueño se conformó con una vuelta.
Ni El Cid ni Fortes estuvieron a la altura de la calidad de sus segundos toros. A ambos les faltó dar un paso más, ese que separa la corrección de la emoción, de unos muletazos de buen trazo a la ligazón y la hondura.
Un problema parecido evidenció José Garrido, en horas bajas, necesitado de un triunfo en plaza de importancia, y quizá por ello se notó que sus ganas mandaban sobre su buena concepción taurina. Veroniqueó con más brío que templanza, y con la muleta en las manos mostró más superficialidad que aroma.
Su primero le ofreció la posibilidad de un triunfo que no llegó, y el sexto, el más complicado de la tarde, brusco y áspero, le exigió que se la jugara y no lo hizo; o no pudo.
Sonrisas en las dos vueltas al ruedo, pero lágrimas invisibles, personales y sinceras cuando compruebas que el triunfo se ha escapado en una ocasión trascendental.
Toros de La Quinta, bien presentados y bonitas hechuras. No fueron picados; primero y segundo, nobles y sosos; los demás, nobles, con codicia y casta; áspero y brusco el sexto.
El Cid: estocada atravesada y un descabello (palmas); estocada perpendicular (petición y vuelta al ruedo).
Fortes: estocada (ovación); media tendida (vuelta al ruedo).
José Garrido: tres pinchazos y casi entera (ovación); estocada caída —aviso— (silencio).
Plaza de La Maestranza. 24 de abril. Decimoquinto festejo de abono de la Feria de Abril. Casi lleno. Se guardó un minuto de silencio en recuerdo de Alfonso Vázquez, mayoral de Fuente Ymbro, y el ganadero Santiago Barrero.
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