Hace tiempo que Jonathan Haidt es uno de esos nombres que se citan cuando alguien se pone nostálgico con la vida antes de Instagram o TikTok. En ‘La generación ansiosa’ (2024), este psicólogo social denunció cómo las redes sociales estaban minando la salud mental de los jóvenes, además de su atención. El libro se convirtió en un ‘best seller’, y anticipó el movimiento político de restricción de acceso a las redes a los menores de dieciséis años, una medida que él espera que se convierta en global. Ahora, Haidt reedita en España su primer ensayo, ‘La hipótesis de la felicidad’ (Deusto, como el resto de su obra), que cumple veinte años. También señala a su nuevo enemigo: la inteligencia artificial. «Tal vez no sea compatible con la democracia liberal», señala al otro lado de la pantalla. —Han pasado veinte años… ¿Cómo ve hoy ‘La hipótesis de la felicidad’?—Bueno, es el libro de un hombre mucho más joven [sonríe]. Volví a él hace unos meses y me alegró mucho descubrir que prácticamente todo sigue teniendo sentido: por suerte, la sabiduría antigua no ha perdido relevancia; si acaso, se ha vuelto aún más relevante… Lo que más ha calado del libro es la idea de que la mente está dividida en dos partes que a veces entran en conflicto: eso ayudó a muchas personas a entender por qué hacían estupideces, por qué cometían ciertos errores. —Se ha citado mucho su metáfora del jinete y el elefante: todos llevamos dentro un jinete racional que intenta guiar a un elefante emocional de seis toneladas. —La metáfora surgió de mis propios errores, de mis estupideces, sobre todo en el amor: mi cabeza y mi corazón no estaban de acuerdo… Esa es la contribución más duradera del libro: ayudar a la gente a entender la tensión entre el jinete y el elefante. Y eso también puede aplicarse a la sociedad. —Al final del libro, ya advertía sobre los peligros de la polarización, de demonizar al adversario político… Eso tampoco ha caducado.—Es que ya en 2005 era fácil ver las señales de una polarización creciente en Estados Unidos. Ya se podía intuir que cuando un bando odia al otro, está dispuesto a saltarse la ley, a hacer cosas ilegales, porque el fin justifica los medios. Esto ha empeorado tanto que Estados Unidos corre el riesgo de colapsar, que es el destino de muchas democracias: colapsar por conflictos internos. Ahora ese es el riesgo.—Le cito: «Dado que la guerra cultural es ante todo ideológica, ambos bandos recurren al mito del mal absoluto. No se puede reconocer una parte de razón en el adversario sin incurrir en un delito de alta traición».—Así es. Y esto lo escribí cuando estaban surgiendo las redes sociales: la mayoría de la gente aún no las usaba; yo tampoco. Las redes sociales lo han empeorado todo muchísimo. Porque ahora cualquier gesto de reconocer virtudes en el bando contrario es atacado de inmediato y de forma masiva. Y esa es una de las razones por las que soy tan crítico con las redes: es muy evidente lo que han hecho a la democracia y lo que están haciendo a la salud mental.—Hablemos de las redes sociales y la democracia, entonces. —Las cosas están mucho peor que en 2022. El segundo mandato de Donald Trump es aterrador para cualquiera que se preocupe por las normas de la democracia liberal y la separación de poderes en Estados Unidos. Todo está cambiando tan rápido que quizá no pueda escribir un libro sobre ello. Ahora estoy trabajando en un artículo para ‘The Atlantic’ sobre cómo la inteligencia artificial puede que sea incompatible con la democracia liberal. La IA dificulta la supervivencia de la democracia liberal. —¿Por qué?—Porque la democracia es una conversación que requiere varias cosas. Requiere educación y una realidad compartida: la gente tiene que poder hablar de lo que está ocurriendo y tiene que poder debatir y discutir. Pero eso va a ser muy difícil en el futuro, porque la inteligencia artificial nos está volviendo a todos mucho más ignorantes, especialmente a los jóvenes. Es muy difícil aprender nada cuando puedes preguntárselo todo a la IA. La lectura está cayendo en picado: los libros no van a ser muy importantes en el futuro. No vamos a tener un electorado educado y alfabetizado en Estados Unidos. Ese es un problema. El otro es la realidad compartida. Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre, todos entendimos que habíamos sido atacados por Al Qaeda. Si eso ocurriera hoy, no lo entenderíamos así. Cada uno tendría su propia teoría. Y con la IA su propio vídeo. «La inteligencia artificial dificulta la supervivencia de la democracia liberal» Jonathan Haidt Psicólogo social—Muchas de esas teorías y bulos se fabrican desde la política. —Hay una frase famosa de uno de los asesores de Donald Trump en 2016. Le preguntaron: «¿Cómo van a lidiar con los medios?». Y respondió: «Vamos a inundarlo todo de mierda». El plan era lanzar tal cantidad de basura que lo saturara todo. Ahora la IA permite a cualquiera generar una cantidad infinita de basura de altísima calidad. Y esto va a ir a peor, porque ahora están llegando los agentes de IA, mucho más poderosos. Todo el mundo podrá dar instrucciones como: «Ve y destruye a mi enemigo», o «ve y derriba la red eléctrica de este país», o «crea un virus para mí». Eso va a traer un nivel de caos que será muy difícil de controlar para las democracias.—¿Tiene la sensación de que estamos repitiendo con la IA los mismos errores que cometimos con las redes sociales?—Sí, especialmente en lo que respecta a los niños. Y los estamos cometiendo más rápido. Las redes sociales aparecieron hacia 2003, y fue en 2008 cuando empezamos a permitir el acceso a los niños: para 2012 ya se habían apoderado de la vida social infantil. Ahora, con la inteligencia artificial, apenas llevamos tres años y ya las empresas la están introduciendo en las escuelas. Piensan que, como la IA es el futuro, hay que empezar cuanto antes. Lo que no entienden es que cuanto antes expones a los niños a la IA, antes dejan de pensar, de leer, de aprender. Es lo que muestran los estudios.—En ‘La generación ansiosa’ denunció cómo las redes sociales estaban empeorando la salud mental de las generaciones jóvenes. Se publicó en 2024 y se convirtió en un ‘best seller’. Algunos investigadores lo han criticado porque la correlación entre los problemas de salud mental y las redes sociales no implica causalidad.—Bueno, eso es cierto. Y por eso tenemos que fijarnos en otros tipos de evidencias. De hecho, muy recientemente, Zachary Rausch y yo hemos publicado un artículo de revisión en el que enumeramos siete tipos distintos de evidencias sobre este asunto, y solo uno de ellos es correlacional. Los únicos dos grupos que realmente saben lo que está pasando son los propios jóvenes, porque están directamente implicados, y las empresas tecnológicas. El hecho de que los jóvenes digan que les está perjudicando es una evidencia de causalidad, no de correlación. Meta, por ejemplo, también sabe lo que está pasando: tiene los mejores datos. Ellos mismos dicen que están perjudicando a la gente. Tenemos cientos de testimonios internos, decenas de estudios. Además, tenemos estudios longitudinales, en los que se observa la evolución a lo largo del tiempo. Y luego están los experimentos. Hay decenas de experimentos con adultos, especialmente con universitarios, que muestran que si dejas las redes sociales durante al menos una semana, tu salud mental mejora. Uno de esos estudios lo hizo Meta, por cierto. ¿Qué más se necesita?—Ahora parece que los países están empezando a legislar para proteger a los menores de las redes sociales. ¿Nos estamos moviendo en la dirección correcta? —Sí, la prohición de las redes sociales a los menores de 16 años se está convirtiendo en una norma global. Cuando Australia aprobó su ley el 10 de diciembre, hubo una gran cobertura en todo el mundo. Y gran parte de esa cobertura incluía a gente diciendo: «¿Por qué no podemos hacer eso en nuestro país? Ojalá pudiéramos hacerlo aquí». Y cuando los políticos vieron que todo el mundo estaba a favor, empezaron a actuar. Cualquier país civilizado establece límites de edad para productos de consumo que son adictivos o que exponen a los niños a pornografía extrema o a violencia extrema y real. Pero hasta ahora, ningún país lo había hecho en internet. Cualquier niño podía acceder a todo. Por fin eso está empezando a cambiar.«Las redes sociales han dañado a más jóvenes que todos los accidentes industriales de la historia combinados» Jonathan Haidt Psicólogo social—¿Cree que el daño es reversible?—Para los niños que ahora tienen veintitantos años será muy difícil. Para los niños que aún no han llegado a la pubertad, sí, es completamente reversible. Si revertimos la infancia basada en el teléfono móvil, si devolvemos a los niños una infancia en el mundo real con mucha independencia y juego, entonces estarán bien.—¿Y los de veintitantos? ¿Son una generación perdida? —Creo que podemos hablar de una generación mermada. Durante gran parte del siglo XX, el coeficiente intelectual fue aumentando. Luego empezó a estabilizarse. Y ahora hay indicios de que está bajando entre la gente más joven. Es algo completamente nuevo. Solo hay unos pocos años de datos y no estamos seguros del todo, pero hay señales de que el CI está descendiendo. Sabemos también que los resultados en PISA están bajando. No en todos los países, pero sí en promedio. Y la caída es especialmente pronunciada entre los peores estudiantes, el 50% inferior en rendimiento académico. Son los más afectados. Así que sí: las personas nacidas en el mundo desarrollado después de 1996 están mermadas.—Usted ha señalado siempre a las empresas como principales responsables de esta crisis.—Es que estamos hablando de productos de consumo diseñado para generar adicción. Un producto para el que, según los propios creadores, los controles parentales no funcionan realmente, que la mayoría de la gente no los usa, y que cuando se intentan usar, no funcionan bien. Estamos ante un producto de consumo que ha dañado literalmente a millones de niños. Cualquier otro producto habría sido prohibido, retirado del mercado, y los fabricantes habrían sido demandados. Pero durante 20 años nadie pudo tocarlos: en Estados Unidos tenían protección legal. Ahora, por primera vez, los abogados han encontrado una vía para sortear esa protección legal, centrándose en el diseño del producto, no en el contenido. Cuando se mira el número de personas afectadas, el número de personas dañadas, estamos hablando de entre un 10% y un 30% de todos los jóvenes. Eso son decenas de millones de personas. Es una cifra mayor que todos los accidentes industriales de todos los países del mundo a lo largo de toda la historia. Las redes sociales han dañado a más jóvenes que todos los accidentes industriales de la historia combinados. Hace tiempo que Jonathan Haidt es uno de esos nombres que se citan cuando alguien se pone nostálgico con la vida antes de Instagram o TikTok. En ‘La generación ansiosa’ (2024), este psicólogo social denunció cómo las redes sociales estaban minando la salud mental de los jóvenes, además de su atención. El libro se convirtió en un ‘best seller’, y anticipó el movimiento político de restricción de acceso a las redes a los menores de dieciséis años, una medida que él espera que se convierta en global. Ahora, Haidt reedita en España su primer ensayo, ‘La hipótesis de la felicidad’ (Deusto, como el resto de su obra), que cumple veinte años. También señala a su nuevo enemigo: la inteligencia artificial. «Tal vez no sea compatible con la democracia liberal», señala al otro lado de la pantalla. —Han pasado veinte años… ¿Cómo ve hoy ‘La hipótesis de la felicidad’?—Bueno, es el libro de un hombre mucho más joven [sonríe]. Volví a él hace unos meses y me alegró mucho descubrir que prácticamente todo sigue teniendo sentido: por suerte, la sabiduría antigua no ha perdido relevancia; si acaso, se ha vuelto aún más relevante… Lo que más ha calado del libro es la idea de que la mente está dividida en dos partes que a veces entran en conflicto: eso ayudó a muchas personas a entender por qué hacían estupideces, por qué cometían ciertos errores. —Se ha citado mucho su metáfora del jinete y el elefante: todos llevamos dentro un jinete racional que intenta guiar a un elefante emocional de seis toneladas. —La metáfora surgió de mis propios errores, de mis estupideces, sobre todo en el amor: mi cabeza y mi corazón no estaban de acuerdo… Esa es la contribución más duradera del libro: ayudar a la gente a entender la tensión entre el jinete y el elefante. Y eso también puede aplicarse a la sociedad. —Al final del libro, ya advertía sobre los peligros de la polarización, de demonizar al adversario político… Eso tampoco ha caducado.—Es que ya en 2005 era fácil ver las señales de una polarización creciente en Estados Unidos. Ya se podía intuir que cuando un bando odia al otro, está dispuesto a saltarse la ley, a hacer cosas ilegales, porque el fin justifica los medios. Esto ha empeorado tanto que Estados Unidos corre el riesgo de colapsar, que es el destino de muchas democracias: colapsar por conflictos internos. Ahora ese es el riesgo.—Le cito: «Dado que la guerra cultural es ante todo ideológica, ambos bandos recurren al mito del mal absoluto. No se puede reconocer una parte de razón en el adversario sin incurrir en un delito de alta traición».—Así es. Y esto lo escribí cuando estaban surgiendo las redes sociales: la mayoría de la gente aún no las usaba; yo tampoco. Las redes sociales lo han empeorado todo muchísimo. Porque ahora cualquier gesto de reconocer virtudes en el bando contrario es atacado de inmediato y de forma masiva. Y esa es una de las razones por las que soy tan crítico con las redes: es muy evidente lo que han hecho a la democracia y lo que están haciendo a la salud mental.—Hablemos de las redes sociales y la democracia, entonces. —Las cosas están mucho peor que en 2022. El segundo mandato de Donald Trump es aterrador para cualquiera que se preocupe por las normas de la democracia liberal y la separación de poderes en Estados Unidos. Todo está cambiando tan rápido que quizá no pueda escribir un libro sobre ello. Ahora estoy trabajando en un artículo para ‘The Atlantic’ sobre cómo la inteligencia artificial puede que sea incompatible con la democracia liberal. La IA dificulta la supervivencia de la democracia liberal. —¿Por qué?—Porque la democracia es una conversación que requiere varias cosas. Requiere educación y una realidad compartida: la gente tiene que poder hablar de lo que está ocurriendo y tiene que poder debatir y discutir. Pero eso va a ser muy difícil en el futuro, porque la inteligencia artificial nos está volviendo a todos mucho más ignorantes, especialmente a los jóvenes. Es muy difícil aprender nada cuando puedes preguntárselo todo a la IA. La lectura está cayendo en picado: los libros no van a ser muy importantes en el futuro. No vamos a tener un electorado educado y alfabetizado en Estados Unidos. Ese es un problema. El otro es la realidad compartida. Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre, todos entendimos que habíamos sido atacados por Al Qaeda. Si eso ocurriera hoy, no lo entenderíamos así. Cada uno tendría su propia teoría. Y con la IA su propio vídeo. «La inteligencia artificial dificulta la supervivencia de la democracia liberal» Jonathan Haidt Psicólogo social—Muchas de esas teorías y bulos se fabrican desde la política. —Hay una frase famosa de uno de los asesores de Donald Trump en 2016. Le preguntaron: «¿Cómo van a lidiar con los medios?». Y respondió: «Vamos a inundarlo todo de mierda». El plan era lanzar tal cantidad de basura que lo saturara todo. Ahora la IA permite a cualquiera generar una cantidad infinita de basura de altísima calidad. Y esto va a ir a peor, porque ahora están llegando los agentes de IA, mucho más poderosos. Todo el mundo podrá dar instrucciones como: «Ve y destruye a mi enemigo», o «ve y derriba la red eléctrica de este país», o «crea un virus para mí». Eso va a traer un nivel de caos que será muy difícil de controlar para las democracias.—¿Tiene la sensación de que estamos repitiendo con la IA los mismos errores que cometimos con las redes sociales?—Sí, especialmente en lo que respecta a los niños. Y los estamos cometiendo más rápido. Las redes sociales aparecieron hacia 2003, y fue en 2008 cuando empezamos a permitir el acceso a los niños: para 2012 ya se habían apoderado de la vida social infantil. Ahora, con la inteligencia artificial, apenas llevamos tres años y ya las empresas la están introduciendo en las escuelas. Piensan que, como la IA es el futuro, hay que empezar cuanto antes. Lo que no entienden es que cuanto antes expones a los niños a la IA, antes dejan de pensar, de leer, de aprender. Es lo que muestran los estudios.—En ‘La generación ansiosa’ denunció cómo las redes sociales estaban empeorando la salud mental de las generaciones jóvenes. Se publicó en 2024 y se convirtió en un ‘best seller’. Algunos investigadores lo han criticado porque la correlación entre los problemas de salud mental y las redes sociales no implica causalidad.—Bueno, eso es cierto. Y por eso tenemos que fijarnos en otros tipos de evidencias. De hecho, muy recientemente, Zachary Rausch y yo hemos publicado un artículo de revisión en el que enumeramos siete tipos distintos de evidencias sobre este asunto, y solo uno de ellos es correlacional. Los únicos dos grupos que realmente saben lo que está pasando son los propios jóvenes, porque están directamente implicados, y las empresas tecnológicas. El hecho de que los jóvenes digan que les está perjudicando es una evidencia de causalidad, no de correlación. Meta, por ejemplo, también sabe lo que está pasando: tiene los mejores datos. Ellos mismos dicen que están perjudicando a la gente. Tenemos cientos de testimonios internos, decenas de estudios. Además, tenemos estudios longitudinales, en los que se observa la evolución a lo largo del tiempo. Y luego están los experimentos. Hay decenas de experimentos con adultos, especialmente con universitarios, que muestran que si dejas las redes sociales durante al menos una semana, tu salud mental mejora. Uno de esos estudios lo hizo Meta, por cierto. ¿Qué más se necesita?—Ahora parece que los países están empezando a legislar para proteger a los menores de las redes sociales. ¿Nos estamos moviendo en la dirección correcta? —Sí, la prohición de las redes sociales a los menores de 16 años se está convirtiendo en una norma global. Cuando Australia aprobó su ley el 10 de diciembre, hubo una gran cobertura en todo el mundo. Y gran parte de esa cobertura incluía a gente diciendo: «¿Por qué no podemos hacer eso en nuestro país? Ojalá pudiéramos hacerlo aquí». Y cuando los políticos vieron que todo el mundo estaba a favor, empezaron a actuar. Cualquier país civilizado establece límites de edad para productos de consumo que son adictivos o que exponen a los niños a pornografía extrema o a violencia extrema y real. Pero hasta ahora, ningún país lo había hecho en internet. Cualquier niño podía acceder a todo. Por fin eso está empezando a cambiar.«Las redes sociales han dañado a más jóvenes que todos los accidentes industriales de la historia combinados» Jonathan Haidt Psicólogo social—¿Cree que el daño es reversible?—Para los niños que ahora tienen veintitantos años será muy difícil. Para los niños que aún no han llegado a la pubertad, sí, es completamente reversible. Si revertimos la infancia basada en el teléfono móvil, si devolvemos a los niños una infancia en el mundo real con mucha independencia y juego, entonces estarán bien.—¿Y los de veintitantos? ¿Son una generación perdida? —Creo que podemos hablar de una generación mermada. Durante gran parte del siglo XX, el coeficiente intelectual fue aumentando. Luego empezó a estabilizarse. Y ahora hay indicios de que está bajando entre la gente más joven. Es algo completamente nuevo. Solo hay unos pocos años de datos y no estamos seguros del todo, pero hay señales de que el CI está descendiendo. Sabemos también que los resultados en PISA están bajando. No en todos los países, pero sí en promedio. Y la caída es especialmente pronunciada entre los peores estudiantes, el 50% inferior en rendimiento académico. Son los más afectados. Así que sí: las personas nacidas en el mundo desarrollado después de 1996 están mermadas.—Usted ha señalado siempre a las empresas como principales responsables de esta crisis.—Es que estamos hablando de productos de consumo diseñado para generar adicción. Un producto para el que, según los propios creadores, los controles parentales no funcionan realmente, que la mayoría de la gente no los usa, y que cuando se intentan usar, no funcionan bien. Estamos ante un producto de consumo que ha dañado literalmente a millones de niños. Cualquier otro producto habría sido prohibido, retirado del mercado, y los fabricantes habrían sido demandados. Pero durante 20 años nadie pudo tocarlos: en Estados Unidos tenían protección legal. Ahora, por primera vez, los abogados han encontrado una vía para sortear esa protección legal, centrándose en el diseño del producto, no en el contenido. Cuando se mira el número de personas afectadas, el número de personas dañadas, estamos hablando de entre un 10% y un 30% de todos los jóvenes. Eso son decenas de millones de personas. Es una cifra mayor que todos los accidentes industriales de todos los países del mundo a lo largo de toda la historia. Las redes sociales han dañado a más jóvenes que todos los accidentes industriales de la historia combinados.
Hace tiempo que Jonathan Haidt es uno de esos nombres que se citan cuando alguien se pone nostálgico con la vida antes de Instagram o TikTok. En ‘La generación ansiosa’ (2024), este psicólogo social denunció cómo las redes sociales estaban minando la salud mental de … los jóvenes, además de su atención. El libro se convirtió en un ‘best seller’, y anticipó el movimiento político de restricción de acceso a las redes a los menores de dieciséis años, una medida que él espera que se convierta en global. Ahora, Haidt reedita en España su primer ensayo, ‘La hipótesis de la felicidad’ (Deusto, como el resto de su obra), que cumple veinte años. También señala a su nuevo enemigo: la inteligencia artificial. «Tal vez no sea compatible con la democracia liberal», señala al otro lado de la pantalla.
—Han pasado veinte años… ¿Cómo ve hoy ‘La hipótesis de la felicidad’?
—Bueno, es el libro de un hombre mucho más joven [sonríe]. Volví a él hace unos meses y me alegró mucho descubrir que prácticamente todo sigue teniendo sentido: por suerte, la sabiduría antigua no ha perdido relevancia; si acaso, se ha vuelto aún más relevante… Lo que más ha calado del libro es la idea de que la mente está dividida en dos partes que a veces entran en conflicto: eso ayudó a muchas personas a entender por qué hacían estupideces, por qué cometían ciertos errores.
—Se ha citado mucho su metáfora del jinete y el elefante: todos llevamos dentro un jinete racional que intenta guiar a un elefante emocional de seis toneladas.
—La metáfora surgió de mis propios errores, de mis estupideces, sobre todo en el amor: mi cabeza y mi corazón no estaban de acuerdo… Esa es la contribución más duradera del libro: ayudar a la gente a entender la tensión entre el jinete y el elefante. Y eso también puede aplicarse a la sociedad.
—Al final del libro, ya advertía sobre los peligros de la polarización, de demonizar al adversario político… Eso tampoco ha caducado.
—Es que ya en 2005 era fácil ver las señales de una polarización creciente en Estados Unidos. Ya se podía intuir que cuando un bando odia al otro, está dispuesto a saltarse la ley, a hacer cosas ilegales, porque el fin justifica los medios. Esto ha empeorado tanto que Estados Unidos corre el riesgo de colapsar, que es el destino de muchas democracias: colapsar por conflictos internos. Ahora ese es el riesgo.
—Le cito: «Dado que la guerra cultural es ante todo ideológica, ambos bandos recurren al mito del mal absoluto. No se puede reconocer una parte de razón en el adversario sin incurrir en un delito de alta traición».
—Así es. Y esto lo escribí cuando estaban surgiendo las redes sociales: la mayoría de la gente aún no las usaba; yo tampoco. Las redes sociales lo han empeorado todo muchísimo. Porque ahora cualquier gesto de reconocer virtudes en el bando contrario es atacado de inmediato y de forma masiva. Y esa es una de las razones por las que soy tan crítico con las redes: es muy evidente lo que han hecho a la democracia y lo que están haciendo a la salud mental.
—Hablemos de las redes sociales y la democracia, entonces.
—Las cosas están mucho peor que en 2022. El segundo mandato de Donald Trump es aterrador para cualquiera que se preocupe por las normas de la democracia liberal y la separación de poderes en Estados Unidos. Todo está cambiando tan rápido que quizá no pueda escribir un libro sobre ello. Ahora estoy trabajando en un artículo para ‘The Atlantic’ sobre cómo la inteligencia artificial puede que sea incompatible con la democracia liberal. La IA dificulta la supervivencia de la democracia liberal.
—¿Por qué?
—Porque la democracia es una conversación que requiere varias cosas. Requiere educación y una realidad compartida: la gente tiene que poder hablar de lo que está ocurriendo y tiene que poder debatir y discutir. Pero eso va a ser muy difícil en el futuro, porque la inteligencia artificial nos está volviendo a todos mucho más ignorantes, especialmente a los jóvenes. Es muy difícil aprender nada cuando puedes preguntárselo todo a la IA. La lectura está cayendo en picado: los libros no van a ser muy importantes en el futuro. No vamos a tener un electorado educado y alfabetizado en Estados Unidos. Ese es un problema. El otro es la realidad compartida. Cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre, todos entendimos que habíamos sido atacados por Al Qaeda. Si eso ocurriera hoy, no lo entenderíamos así. Cada uno tendría su propia teoría. Y con la IA su propio vídeo.
«La inteligencia artificial dificulta la supervivencia de la democracia liberal»
Jonathan Haidt
Psicólogo social
—Muchas de esas teorías y bulos se fabrican desde la política.
—Hay una frase famosa de uno de los asesores de Donald Trump en 2016. Le preguntaron: «¿Cómo van a lidiar con los medios?». Y respondió: «Vamos a inundarlo todo de mierda». El plan era lanzar tal cantidad de basura que lo saturara todo. Ahora la IA permite a cualquiera generar una cantidad infinita de basura de altísima calidad. Y esto va a ir a peor, porque ahora están llegando los agentes de IA, mucho más poderosos. Todo el mundo podrá dar instrucciones como: «Ve y destruye a mi enemigo», o «ve y derriba la red eléctrica de este país», o «crea un virus para mí». Eso va a traer un nivel de caos que será muy difícil de controlar para las democracias.
—¿Tiene la sensación de que estamos repitiendo con la IA los mismos errores que cometimos con las redes sociales?
—Sí, especialmente en lo que respecta a los niños. Y los estamos cometiendo más rápido. Las redes sociales aparecieron hacia 2003, y fue en 2008 cuando empezamos a permitir el acceso a los niños: para 2012 ya se habían apoderado de la vida social infantil. Ahora, con la inteligencia artificial, apenas llevamos tres años y ya las empresas la están introduciendo en las escuelas. Piensan que, como la IA es el futuro, hay que empezar cuanto antes. Lo que no entienden es que cuanto antes expones a los niños a la IA, antes dejan de pensar, de leer, de aprender. Es lo que muestran los estudios.
—En ‘La generación ansiosa’ denunció cómo las redes sociales estaban empeorando la salud mental de las generaciones jóvenes. Se publicó en 2024 y se convirtió en un ‘best seller’. Algunos investigadores lo han criticado porque la correlación entre los problemas de salud mental y las redes sociales no implica causalidad.
—Bueno, eso es cierto. Y por eso tenemos que fijarnos en otros tipos de evidencias. De hecho, muy recientemente, Zachary Rausch y yo hemos publicado un artículo de revisión en el que enumeramos siete tipos distintos de evidencias sobre este asunto, y solo uno de ellos es correlacional. Los únicos dos grupos que realmente saben lo que está pasando son los propios jóvenes, porque están directamente implicados, y las empresas tecnológicas. El hecho de que los jóvenes digan que les está perjudicando es una evidencia de causalidad, no de correlación. Meta, por ejemplo, también sabe lo que está pasando: tiene los mejores datos. Ellos mismos dicen que están perjudicando a la gente. Tenemos cientos de testimonios internos, decenas de estudios. Además, tenemos estudios longitudinales, en los que se observa la evolución a lo largo del tiempo. Y luego están los experimentos. Hay decenas de experimentos con adultos, especialmente con universitarios, que muestran que si dejas las redes sociales durante al menos una semana, tu salud mental mejora. Uno de esos estudios lo hizo Meta, por cierto. ¿Qué más se necesita?
—Ahora parece que los países están empezando a legislar para proteger a los menores de las redes sociales. ¿Nos estamos moviendo en la dirección correcta?
—Sí, la prohición de las redes sociales a los menores de 16 años se está convirtiendo en una norma global. Cuando Australia aprobó su ley el 10 de diciembre, hubo una gran cobertura en todo el mundo. Y gran parte de esa cobertura incluía a gente diciendo: «¿Por qué no podemos hacer eso en nuestro país? Ojalá pudiéramos hacerlo aquí». Y cuando los políticos vieron que todo el mundo estaba a favor, empezaron a actuar. Cualquier país civilizado establece límites de edad para productos de consumo que son adictivos o que exponen a los niños a pornografía extrema o a violencia extrema y real. Pero hasta ahora, ningún país lo había hecho en internet. Cualquier niño podía acceder a todo. Por fin eso está empezando a cambiar.
«Las redes sociales han dañado a más jóvenes que todos los accidentes industriales de la historia combinados»
Jonathan Haidt
Psicólogo social
—¿Cree que el daño es reversible?
—Para los niños que ahora tienen veintitantos años será muy difícil. Para los niños que aún no han llegado a la pubertad, sí, es completamente reversible. Si revertimos la infancia basada en el teléfono móvil, si devolvemos a los niños una infancia en el mundo real con mucha independencia y juego, entonces estarán bien.
—¿Y los de veintitantos? ¿Son una generación perdida?
—Creo que podemos hablar de una generación mermada. Durante gran parte del siglo XX, el coeficiente intelectual fue aumentando. Luego empezó a estabilizarse. Y ahora hay indicios de que está bajando entre la gente más joven. Es algo completamente nuevo. Solo hay unos pocos años de datos y no estamos seguros del todo, pero hay señales de que el CI está descendiendo. Sabemos también que los resultados en PISA están bajando. No en todos los países, pero sí en promedio. Y la caída es especialmente pronunciada entre los peores estudiantes, el 50% inferior en rendimiento académico. Son los más afectados. Así que sí: las personas nacidas en el mundo desarrollado después de 1996 están mermadas.
—Usted ha señalado siempre a las empresas como principales responsables de esta crisis.
—Es que estamos hablando de productos de consumo diseñado para generar adicción. Un producto para el que, según los propios creadores, los controles parentales no funcionan realmente, que la mayoría de la gente no los usa, y que cuando se intentan usar, no funcionan bien. Estamos ante un producto de consumo que ha dañado literalmente a millones de niños. Cualquier otro producto habría sido prohibido, retirado del mercado, y los fabricantes habrían sido demandados. Pero durante 20 años nadie pudo tocarlos: en Estados Unidos tenían protección legal. Ahora, por primera vez, los abogados han encontrado una vía para sortear esa protección legal, centrándose en el diseño del producto, no en el contenido. Cuando se mira el número de personas afectadas, el número de personas dañadas, estamos hablando de entre un 10% y un 30% de todos los jóvenes. Eso son decenas de millones de personas. Es una cifra mayor que todos los accidentes industriales de todos los países del mundo a lo largo de toda la historia. Las redes sociales han dañado a más jóvenes que todos los accidentes industriales de la historia combinados.
RSS de noticias de cultura
