Doblaban las campanas del campo bravo. Dos duros golpes habían herido el corazón de la dehesa. Había muerto Alfonso Vázquez, mayoral y alma de Fuente Ymbro en esos Romerales por donde estudió cada embestida a caballo. El luto se extendía hasta Beas de Segura, donde había sufrido una cornada mortal el joven ganadero Santiago Barrero San Román. Un luctuoso minuto de silencio, estatua del dolor, inundó la Maestranza: los toreros, desmonterados, con la mirada apuntando al cielo; los caballos de picar, inmóviles; hasta los toros, en chiqueros, parecían respetar aquel momento. Pero la tarde tenía que comenzar como tributo los que se fueron. Era el regreso de la familia Martínez Conradi tras su ausencia de hace un año por desavenencias en los despachos. Volvió con una corrida de sevillanísimas hechuras, muy pareja -la más guapa junto con la de Alcurrucén-, cuyos pesos oscilaban entre los 535 y los 555 kilos. Seis pinturas cárdenas para colocar en un museo, tan bellas como mermadas de casta brava; eso sí, con una nobleza de convento, con esa buena calidad a la que le faltó más fondo. Los hubo con opciones de premio, uno para cada torero -tercero, cuarto y quinto-, aunque el que más cerca rozó la oreja fue El Cid. Peinaba canas el maestro, cosecha del 74, pero enseñó a los ‘jóvenes’ que el clasicismo no pasa de moda. Se reencontraba Manuel Jesús, torero de Madrid, con su Sevilla y con la divisa quinteña, con la que en 2023 escribió en Albacete una fábula, con el renglón torcido de la espada. No fue el caso de su obra a Galguero, un precioso coletero y calcetero, con los pitones blancos como la cal, con promesas cumplidas solo a medias. Con qué categoría hizo la suerte de varas Espartaco -lujosa la ovación con la que fue despedido-. Y entonces vino El Cid a explicar al que quisiera verlo el toreo de las distancias, el toreo de Antoñete, el toreo de Rincón. Larga la concedió sobre la mano derecha, apostando. Agalgado embestía con notable son y el de Salteras templó en dos series diestras que gustaron, con uno mirando al tendido mientras el de La Quinta arrastraba el hocico. Había ganas de ver su mano dorada, pero por el zurdo no era igual. Cada vez más desfondadito Galguero, con sus notas buenas, pero al que terminó costándole mucho pasar. De torero sabor el remate por abajo de El Cid antes de perfilarse en la hora de la verdad. ¡Y lo mató! Hubo abultadísima petición, pero la presidenta no lo estimó de oreja y el sevillano tuvo que conformarse con una vuelta al ruedo. Como Julio César entrando en Roma tras conquistar las Galias, saboreándola en un baño de cariño. Hasta los areneros lo aplaudían. Peor parada salió doña Macarena, que se anotó una bronca por negarle el trofeo a la veterana torería del saltereño.Su aroma ahí quedó. Como en el primero, en el que Fortes abusó en el quite, por muy despacito que lo hiciera. Aquel Ibicenco llegó con la gasolina a cuentagotas, que anda tan cara como la bravura. Con la panza de la muleta toreó El Cid sobre la diestra en una lección de tiempos y medida, con esos paseítos que necesitaba el quinteño. Tan rácano de casta andaba el cárdeno que se inventó un pase de pecho a toro parado. Buena imagen de El Cid, clásico entre los clásicos.Noticia relacionada general No No El Cid: «He dado la vuelta al ruedo como si llevara la oreja» Sergio A. ÁvilaEl mejor de la primera parte atendía al nombre de Palomito, con más ímpetu que sus hermanos anteriores. Arrebatadísimo el saludo de José Garrido a la verónica, con ese toque ferrerista del que parece poseído por momentos. Vestía el extremeño el mismo terno que lució el padrino de su confirmación hace una década, un regalo de El Juli. Muy metido en su toro, dio la orden de que apenas lo picaran. Qué feo cogió luego el santacoloma a Juan Luis Moreno: el porrazo se lo llevó, pero qué suerte tuvo de que no lo hiriera. Brindó Garrido, sabedor de que aquel cárdeno oscuro servía, y se puso a torear entre las rayas. Muy sentido siempre, pero sin reunirse, aunque su expresión caló en los tendidos. Por ambos lados se desplazaba este cuatreño, mejor a derechas, por donde hubo más acople y creció la intensidad, con toreros remates. Pinchó y se esfumó la más que posible petición. No pudo remontar con el sexto, más dificultoso. Literalmente encima del toro acabó Aitor Sánchez al echarle el palo. Qué cosas. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Sábado, 25 de abril de 2026. Penúltima de la feria. Lleno aparente. Toros de La Quinta, de bellísima lámina y de noble juego en conjunto, pero mermados de casta y fondo; mejores 3º, 4º y 5º; el más difícil fue el 6º. Manuel Jesús ‘El Cid’, de verde hoja y oro: estocada muy trasera atravesada y descabello (palmas); estocada (petición de oreja, bronca al palco y vuelta al ruedo): Saúl Jiménez Fortes, de turquesa y oro: estocada trasera (saludos por su cuenta); media tendida (petición minoritaria y vuelta al ruedo). José Garrido de verde botella y oro: tres pinchazos y estocada (saludos); estocada baja (silencio). Otra vez saltó al ruedo un Secretario con opciones, aunque ni a años luz de la bravura sostenida del parralejo al que David de Miranda cuajó una obra de dos orejas en los medios. Salió en quinto lugar, repuchado en el peto. Buscaba con ahínco el triunfo Fortes y se plantó de rodillas, con el animal doliéndose por las banderillas. Hasta que lo recogió el malagueño de esa guisa, de hinojos, en una estupenda apertura. Se lo pasó más cerca que ninguno, pero faltó ritmo cuando se rebrincaba el animal. De uno en uno brotaron los naturales más lujosos mientras Secretario humillaba. Hasta ralentizar una mexicana embestida, muy suavona. Trepó la intensidad en una ronda diestra de buen pulso, con un cambio de mano y un firme pectoral. Mientras eso sucedía, dos tontos muy tontos aparecieron en el rellano de la grada y se perfilaron en busca de su propia foto entre las quejas de los demás. A tomar por donde amargan los pepinos mandaron a la gente, que, por cierto, no terminó de meterse del todo en la faena y la petición fue muy minoritaria. Paseó Saúl el anillo. El otro, sin empuje ni poder, se negó a embestir y, para colmo, pareció lastimarse la mano izquierda. Doblaban las campanas del campo bravo. Dos duros golpes habían herido el corazón de la dehesa. Había muerto Alfonso Vázquez, mayoral y alma de Fuente Ymbro en esos Romerales por donde estudió cada embestida a caballo. El luto se extendía hasta Beas de Segura, donde había sufrido una cornada mortal el joven ganadero Santiago Barrero San Román. Un luctuoso minuto de silencio, estatua del dolor, inundó la Maestranza: los toreros, desmonterados, con la mirada apuntando al cielo; los caballos de picar, inmóviles; hasta los toros, en chiqueros, parecían respetar aquel momento. Pero la tarde tenía que comenzar como tributo los que se fueron. Era el regreso de la familia Martínez Conradi tras su ausencia de hace un año por desavenencias en los despachos. Volvió con una corrida de sevillanísimas hechuras, muy pareja -la más guapa junto con la de Alcurrucén-, cuyos pesos oscilaban entre los 535 y los 555 kilos. Seis pinturas cárdenas para colocar en un museo, tan bellas como mermadas de casta brava; eso sí, con una nobleza de convento, con esa buena calidad a la que le faltó más fondo. Los hubo con opciones de premio, uno para cada torero -tercero, cuarto y quinto-, aunque el que más cerca rozó la oreja fue El Cid. Peinaba canas el maestro, cosecha del 74, pero enseñó a los ‘jóvenes’ que el clasicismo no pasa de moda. Se reencontraba Manuel Jesús, torero de Madrid, con su Sevilla y con la divisa quinteña, con la que en 2023 escribió en Albacete una fábula, con el renglón torcido de la espada. No fue el caso de su obra a Galguero, un precioso coletero y calcetero, con los pitones blancos como la cal, con promesas cumplidas solo a medias. Con qué categoría hizo la suerte de varas Espartaco -lujosa la ovación con la que fue despedido-. Y entonces vino El Cid a explicar al que quisiera verlo el toreo de las distancias, el toreo de Antoñete, el toreo de Rincón. Larga la concedió sobre la mano derecha, apostando. Agalgado embestía con notable son y el de Salteras templó en dos series diestras que gustaron, con uno mirando al tendido mientras el de La Quinta arrastraba el hocico. Había ganas de ver su mano dorada, pero por el zurdo no era igual. Cada vez más desfondadito Galguero, con sus notas buenas, pero al que terminó costándole mucho pasar. De torero sabor el remate por abajo de El Cid antes de perfilarse en la hora de la verdad. ¡Y lo mató! Hubo abultadísima petición, pero la presidenta no lo estimó de oreja y el sevillano tuvo que conformarse con una vuelta al ruedo. Como Julio César entrando en Roma tras conquistar las Galias, saboreándola en un baño de cariño. Hasta los areneros lo aplaudían. Peor parada salió doña Macarena, que se anotó una bronca por negarle el trofeo a la veterana torería del saltereño.Su aroma ahí quedó. Como en el primero, en el que Fortes abusó en el quite, por muy despacito que lo hiciera. Aquel Ibicenco llegó con la gasolina a cuentagotas, que anda tan cara como la bravura. Con la panza de la muleta toreó El Cid sobre la diestra en una lección de tiempos y medida, con esos paseítos que necesitaba el quinteño. Tan rácano de casta andaba el cárdeno que se inventó un pase de pecho a toro parado. Buena imagen de El Cid, clásico entre los clásicos.Noticia relacionada general No No El Cid: «He dado la vuelta al ruedo como si llevara la oreja» Sergio A. ÁvilaEl mejor de la primera parte atendía al nombre de Palomito, con más ímpetu que sus hermanos anteriores. Arrebatadísimo el saludo de José Garrido a la verónica, con ese toque ferrerista del que parece poseído por momentos. Vestía el extremeño el mismo terno que lució el padrino de su confirmación hace una década, un regalo de El Juli. Muy metido en su toro, dio la orden de que apenas lo picaran. Qué feo cogió luego el santacoloma a Juan Luis Moreno: el porrazo se lo llevó, pero qué suerte tuvo de que no lo hiriera. Brindó Garrido, sabedor de que aquel cárdeno oscuro servía, y se puso a torear entre las rayas. Muy sentido siempre, pero sin reunirse, aunque su expresión caló en los tendidos. Por ambos lados se desplazaba este cuatreño, mejor a derechas, por donde hubo más acople y creció la intensidad, con toreros remates. Pinchó y se esfumó la más que posible petición. No pudo remontar con el sexto, más dificultoso. Literalmente encima del toro acabó Aitor Sánchez al echarle el palo. Qué cosas. Feria de Abril Real Maestranza de Sevilla Sábado, 25 de abril de 2026. Penúltima de la feria. Lleno aparente. Toros de La Quinta, de bellísima lámina y de noble juego en conjunto, pero mermados de casta y fondo; mejores 3º, 4º y 5º; el más difícil fue el 6º. Manuel Jesús ‘El Cid’, de verde hoja y oro: estocada muy trasera atravesada y descabello (palmas); estocada (petición de oreja, bronca al palco y vuelta al ruedo): Saúl Jiménez Fortes, de turquesa y oro: estocada trasera (saludos por su cuenta); media tendida (petición minoritaria y vuelta al ruedo). José Garrido de verde botella y oro: tres pinchazos y estocada (saludos); estocada baja (silencio). Otra vez saltó al ruedo un Secretario con opciones, aunque ni a años luz de la bravura sostenida del parralejo al que David de Miranda cuajó una obra de dos orejas en los medios. Salió en quinto lugar, repuchado en el peto. Buscaba con ahínco el triunfo Fortes y se plantó de rodillas, con el animal doliéndose por las banderillas. Hasta que lo recogió el malagueño de esa guisa, de hinojos, en una estupenda apertura. Se lo pasó más cerca que ninguno, pero faltó ritmo cuando se rebrincaba el animal. De uno en uno brotaron los naturales más lujosos mientras Secretario humillaba. Hasta ralentizar una mexicana embestida, muy suavona. Trepó la intensidad en una ronda diestra de buen pulso, con un cambio de mano y un firme pectoral. Mientras eso sucedía, dos tontos muy tontos aparecieron en el rellano de la grada y se perfilaron en busca de su propia foto entre las quejas de los demás. A tomar por donde amargan los pepinos mandaron a la gente, que, por cierto, no terminó de meterse del todo en la faena y la petición fue muy minoritaria. Paseó Saúl el anillo. El otro, sin empuje ni poder, se negó a embestir y, para colmo, pareció lastimarse la mano izquierda.
Doblaban las campanas del campo bravo. Dos duros golpes habían herido el corazón de la dehesa. Había muerto Alfonso Vázquez, mayoral y alma de Fuente Ymbro en esos Romerales por donde estudió cada embestida a caballo. El luto se extendía hasta Beas de Segura, donde … había sufrido una cornada mortal el joven ganadero Santiago Barrero San Román. Un luctuoso minuto de silencio, estatua del dolor, inundó la Maestranza: los toreros, desmonterados, con la mirada apuntando al cielo; los caballos de picar, inmóviles; hasta los toros, en chiqueros, parecían respetar aquel momento. Pero la tarde tenía que comenzar como gran homenaje a los que se fueron. Era el regreso de la familia Martínez Conradi tras su ausencia de hace un año por desavenencias en los despachos. Volvió con una corrida de sevillanísimas hechuras, muy pareja -la más guapa junto con la de Alcurrucén-, cuyos pesos oscilaban entre los 535 y los 555 kilos. Seis pinturas cárdenas para colocar en un museo, tan bellas como mermadas de casta brava; eso sí, con una nobleza de convento, con esa buena calidad a la que le faltó más fondo. Los hubo con opciones de premio, uno para cada torero -tercero, cuarto y quinto-, aunque el que más cerca rozó la oreja fue El Cid. Peinaba canas el maestro, cosecha del 74, pero enseñó a los jóvenes (es un decir) que el clasicismo no pasa de moda.
Se reencontraba Manuel Jesús, torero de Madrid, con su Sevilla y con la divisa quinteña, con la que en 2023 escribió en Albacete una fábula, con el renglón torcido de la espada. No fue el caso de su obra a Galguero, un precioso coletero y calcetero, con los pitones blancos como la cal, con promesas cumplidas solo a medias. Con qué categoría lo toreó a caballo Espartaco -lujosa la ovación con la que fue despedido-. Y entonces vino El Cid a explicar al que quisiera verlo el toreo de las distancias, el toreo de Antoñete, el toreo de Rincón. Larga la concedió sobre la mano derecha, apostando. Agalgado embestía con notable son y el de Salteras templó en dos series diestras que gustaron, con uno mirando al tendido mientras el de La Quinta arrastraba el hocico. Había ganas de ver su mano dorada, pero por el zurdo no era igual. Cada vez más desfondadito Galguero, con sus notas buenas, pero al que terminó costándole pasar. De torero sabor el remate por abajo de El Cid antes de perfilarse en la hora de la verdad. ¡Y lo mató! Hubo abultada petición, pero la presidenta no lo estimó de oreja y el sevillano tuvo que conformase con una vuelta al ruedo. Como Julio César entrando en Roma tras conquistar las Galias, saboreándola en un baño de cariño. Hasta los areneros lo aplaudían. Peor parada salió doña Macarena, que se anotó una bronca. Aunque el de Salteras querría amarrar la oreja, más torero fue el paseo el anillo que un trofeo discutible.
Su aroma ahí quedó. Como en el primero, en el que Fortes abusó en el quite, por muy despacito que lo hiciera. Aquel Ibicenco llegó con la gasolina a cuentagotas, que anda tan cara como la bravura. Con la panza de la muleta toreó El Cid sobre la diestra en una lección de tiempos y medida, con esos paseítos que necesitaba el quinteño. Tan rácano de casta andaba el cárdeno que se inventó un pase de pecho a toro parado. Buena imagen de El Cid, clásico entre los clásicos.
El mejor de la primera parte atendía al nombre de Palomito, con más ímpetu que sus hermanos anteriores. Arrebatadísimo el saludo de José Garrido a la verónica, con ese toque ferrerista del que parece poseído por momentos. Vestía el extremeño el mismo terno que lució el padrino de su confirmación hace una década, un regalo de El Juli. Muy metido en su toro, dio la orden de que apenas lo picaran. Qué feo cogió luego el santacoloma a Juan Luis Moreno: el porrazo se lo llevó, pero qué suerte tuvo de que no lo hiriera. Brindó Garrido, sabedor de que aquel cárdeno oscuro servía, y se puso a torear entre las rayas. Muy sentido siempre, pero sin reunirse, auqnue su expresión caló en los tendidos. Por ambos lados se desplazaba este cuatreño, mejor por esa mano de la cuchara por donde hubo más acople y creció la intensidad, con toreros remates. Pinchó y se esfumó la más que posible petición. No pudo remontar con el sexto, más dificultoso. Literalmente encima del toro acabó Aitor Sánchez al echarle el palo. Qué cosas.
Feria de Abril
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Real Maestranza de Sevilla
Sábado, 25 de abril de 2026. Penúltima de la feria. Lleno aparente. Toros de La Quinta, de bellísima lámina y de noble juego en conjunto, pero mermados de casta y fondo; mejores 3º, 4º y 5º; el más difícil fue el 6º.
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Manuel Jesús ‘El Cid’,
de verde hoja y oro: estocada muy trasera atravesada y descabello (palmas); estocada (petición de oreja, bronca al palco y vuelta al ruedo): -
Saúl Jiménez Fortes,
de turquesa y oro: estocada trasera (saludos por su cuenta); media tendida (petición minoritaria y vuelta al ruedo). -
José Garrido
de verde botella y oro: tres pinchazos y estocada (saludos); estocada baja (silencio).
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Otra vez saltó al ruedo un Secretario con opciones, aunque ni a años luz de la bravura sostenida del parralejo al que David de Miranda cuajó una obra de dos orejas en la mismísima boca de riego. Salió en quinto lugar, repuchado en el peto. Buscaba con ahínco el triunfo Fortes y se plantó de rodillas, con el animal doliéndose por las banderillas. Hasta que lo recogió el malagueño de esa guisa, de hinojos, en una estupenda apertura. Se lo pasó más cerca que ninguno, pero faltó ritmo cuando se rebrincaba el animal. De uno en uno brotaron los naturales mientras Secretario humillaba. Hasta ralentizar una mexicana embestida, muy suavona. Trepó la intensidad en una ronda diestra de buen pulso, con un cambio de mano y un firme pectoral. Mientras eso sucedía, dos tontos muy tontos aparecieron en el rellano de la grada y se perfilaron en busca de su propia foto: igual le daban las quejas. A tomar por donde amargan los pepinos mandaron a la gente, que por cierto no terminó de meterse del todo en la faena y la petición fue muy minoritaria. Paseó Saúl el anillo. El otro marmolillo se negó a embestir y, para colmo, pareció lastimarse la mano izquierda.
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