La felicidad de Román era la de Victorino, y la de Victorino era la de todos. Aquel tercer capítulo vibró con alma propia, con una intensidad cegadora. Y eso que Gallarete, sin ese remate de su anteriores hermanos pese a su cinqueña edad, había sido protestado tras estamparse contra el burladero y echar las manos por delante. Mucho capotazo recibió, además de un desatinado tercio de varas, con el animal empujando. Hasta la pezuña sangró y pendiente de todo anduvo en banderillas. Cuando se quedó a solas con el matador -en una faena brindada a Manuel Martínez Erice, uno de los mejores tipos de este mundo taurino-, rompió a embestir. ¿Saben por qué? Porque su fondo era de bravura y porque se encontró con un torero bravo. Se creció Román con fe y, sin probaturas, regaló una luminosa serie con la derecha, que encendió la plaza entera. Tanto ardían los ánimos que en la grada del 5 estalló una pelea: era sábado sabadete, «el del cubata con triplete», y alguien olvidó que debajo había un hombre jugándose las femorales. «¡Fuera ese tío! ¡Un respeto!». Román, sereno, pedía calma mientras oxigenaba al cárdeno con inteligencia. Soberbiamente centrado, con la mente preclara, midió los tiempos y lució la embestida en acertadas distancias mientras ligaba tandas con el de la A coronada repitiendo por abajo. Hizo un amago de recular Gallerete, pero en cuanto se arrancó fue con todo. Menos recorrido se vislumbraba a babor, por lo que faltó esa serie zurda que reventase Madrid (ese pitón era mucho más deslucido), aunque el de Valencia no perdió la frescura por ningún lado. Todo lo hizo con aplastante sinceridad, con el corazón en la mano. Como hay que querer. Sonreían el ganadero, sus hijas y su nieta. Y un diente de oro asomaba en la andanada del cielo. Más en corto lo ató en el regreso a la mano de la cuchara, aguantando la miradas de un cárdeno que, pese a su gran nobleza, era dueño de esa casta que pesa para estar delante y que exige ser más torero que nunca. Y Collado lo fue con firmeza. Con un desplante rodilla en tierra abrochó antes de perfilarse en los medios para matar. Y en la suerte de recibir, ¡toma ya! Se levantó el sol. Se levantó la sombra. Toda la plaza se puso en pie como un solo hombre. Aquella estocada ya valía una oreja, más la otra que se había ganado con la franela. «Son los planes de Dios», contaban que dijo en el callejón a los micrófonos de Telemadrid. Por primera vez desorejaba a un toro capitalino. La Puerta Grande ya era suya. Una Puerta Grande de sufrimiento, en la que sonaron los tres avisos desde que lo auparon a hombros en el ruedo hasta que llegó al coche de cuadrillas mientras lo zarandeaban y casi lo tiran al suelo. Esto va de sentimiento, sí, pero también de respeto, o cualquier día va a ocurrir una desgracia. No perdió su sonrisa Román, y eso que en el sexto hizo el gesto del perdón por matar a la última a un Verdadero con la testa a la altura del palillo y desentendido. La pasión según Gallarete y Román, la de la verdad, ya se había escrito una hora antes. Román, en un derechazo de mano baja, con Galllarete humillando Emilio MéndezHabía arañado literalmente la arena Milanés, con el hocico hacia delante, en el sensacional saludo de Morenito de Aranda, lidiándolo hasta los medios. Y así humilló por el derecho en la muleta, pero le faltaba un tranco más, ese perseguir las telas hasta el final… Los tobillos acabaría buscando: echaba el freno por detrás, se ‘achancaba’ -que decía un hombre del campo andaluz- y metía riñones para revolverse. Tragó el burgalés en una honesta faena, en la que el victorino acabó recitando en latín ‘La Eneida’, con un escáner en su mirada. Qué mérito el del burgalés, pese a que la espada cayese muy tendida. A Tito Fernández, el empresario que ha levantado con categoría la Feria de Lima, brindó el cuarto, dificultoso pero con ciertas opciones. Profesional anduvo Morenito, llevándolo tapado y con algún natural de buen trazo, pero sin redondear y con la espada viajando a los sótanos. Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Sábado, 6 de junio de 2026. Vigésima sexta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victorino Martín, cuatreños 1º, 2º y 6º; cinqueños 3º, 4º y 5º, desiguales dentro de la seriedad (con menos remate 3º y 5º), de juego variado. Morenito de Aranda, de nazareno y oro: media tendidísima y dos descabellos (palmitas tras aviso); bajonazo (silencio tras aviso). Fernando Adrián, de verde esperanza y oro: estocada (pitos tras aviso); pinchazo, estocada y tres descabellos (silencio tras aviso). Román, de celeste y oro: estocada recibiendo (dos orejas); cuatro pinchazos, uno hondo atravesado y descabello (silencio). Sale a hombros. Desorden en el tercio de varas al serísimo segundo, en una lidia nada conveniente para este encaste. En cuanto se refrescaba, decía «aquí estoy yo», como si necesitase un puyazo más. Fernando Adrián brindó a Cayetana Álvarez de Toledo el complicado Buscaliebres, con poderío y protestando los de pecho, pues todo lo demandaba por abajo. Estuvo dispuesto el torero, pero faltó estructura y no brotó el acople. A favor de la emoción de Buscaliebres se posicionó la afición. Ni el tapabocas de la espada -con el ovacionado victorino tragándose bravamente la muerte- frenó los pitos a Adrián. Aquel serio ejemplar se enlotó con el más cornicorto y feote quinto, con el que sonaron palmas de tango. Traserísimo lo picaron, lo que aumentó el mosqueo. Partió la vara en el segundo encuentro y en la tercera entrada voló por los aires el picador. Se cambió el tercio sin que hubiera un segundo puyazo de verdad y arreciaron los «¡fuera del palco!». Jarretero iba y venía, pero faltó comunión en una insistente labor, con la gente ya torcida.El plan glorioso de Dios en Las Ventas era el encuentro entre Gallarete y Román, a hombros entre la multitud. La felicidad de Román era la de Victorino, y la de Victorino era la de todos. Aquel tercer capítulo vibró con alma propia, con una intensidad cegadora. Y eso que Gallarete, sin ese remate de su anteriores hermanos pese a su cinqueña edad, había sido protestado tras estamparse contra el burladero y echar las manos por delante. Mucho capotazo recibió, además de un desatinado tercio de varas, con el animal empujando. Hasta la pezuña sangró y pendiente de todo anduvo en banderillas. Cuando se quedó a solas con el matador -en una faena brindada a Manuel Martínez Erice, uno de los mejores tipos de este mundo taurino-, rompió a embestir. ¿Saben por qué? Porque su fondo era de bravura y porque se encontró con un torero bravo. Se creció Román con fe y, sin probaturas, regaló una luminosa serie con la derecha, que encendió la plaza entera. Tanto ardían los ánimos que en la grada del 5 estalló una pelea: era sábado sabadete, «el del cubata con triplete», y alguien olvidó que debajo había un hombre jugándose las femorales. «¡Fuera ese tío! ¡Un respeto!». Román, sereno, pedía calma mientras oxigenaba al cárdeno con inteligencia. Soberbiamente centrado, con la mente preclara, midió los tiempos y lució la embestida en acertadas distancias mientras ligaba tandas con el de la A coronada repitiendo por abajo. Hizo un amago de recular Gallerete, pero en cuanto se arrancó fue con todo. Menos recorrido se vislumbraba a babor, por lo que faltó esa serie zurda que reventase Madrid (ese pitón era mucho más deslucido), aunque el de Valencia no perdió la frescura por ningún lado. Todo lo hizo con aplastante sinceridad, con el corazón en la mano. Como hay que querer. Sonreían el ganadero, sus hijas y su nieta. Y un diente de oro asomaba en la andanada del cielo. Más en corto lo ató en el regreso a la mano de la cuchara, aguantando la miradas de un cárdeno que, pese a su gran nobleza, era dueño de esa casta que pesa para estar delante y que exige ser más torero que nunca. Y Collado lo fue con firmeza. Con un desplante rodilla en tierra abrochó antes de perfilarse en los medios para matar. Y en la suerte de recibir, ¡toma ya! Se levantó el sol. Se levantó la sombra. Toda la plaza se puso en pie como un solo hombre. Aquella estocada ya valía una oreja, más la otra que se había ganado con la franela. «Son los planes de Dios», contaban que dijo en el callejón a los micrófonos de Telemadrid. Por primera vez desorejaba a un toro capitalino. La Puerta Grande ya era suya. Una Puerta Grande de sufrimiento, en la que sonaron los tres avisos desde que lo auparon a hombros en el ruedo hasta que llegó al coche de cuadrillas mientras lo zarandeaban y casi lo tiran al suelo. Esto va de sentimiento, sí, pero también de respeto, o cualquier día va a ocurrir una desgracia. No perdió su sonrisa Román, y eso que en el sexto hizo el gesto del perdón por matar a la última a un Verdadero con la testa a la altura del palillo y desentendido. La pasión según Gallarete y Román, la de la verdad, ya se había escrito una hora antes. Román, en un derechazo de mano baja, con Galllarete humillando Emilio MéndezHabía arañado literalmente la arena Milanés, con el hocico hacia delante, en el sensacional saludo de Morenito de Aranda, lidiándolo hasta los medios. Y así humilló por el derecho en la muleta, pero le faltaba un tranco más, ese perseguir las telas hasta el final… Los tobillos acabaría buscando: echaba el freno por detrás, se ‘achancaba’ -que decía un hombre del campo andaluz- y metía riñones para revolverse. Tragó el burgalés en una honesta faena, en la que el victorino acabó recitando en latín ‘La Eneida’, con un escáner en su mirada. Qué mérito el del burgalés, pese a que la espada cayese muy tendida. A Tito Fernández, el empresario que ha levantado con categoría la Feria de Lima, brindó el cuarto, dificultoso pero con ciertas opciones. Profesional anduvo Morenito, llevándolo tapado y con algún natural de buen trazo, pero sin redondear y con la espada viajando a los sótanos. Feria de San Isidro Monumental de las Ventas Sábado, 6 de junio de 2026. Vigésima sexta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victorino Martín, cuatreños 1º, 2º y 6º; cinqueños 3º, 4º y 5º, desiguales dentro de la seriedad (con menos remate 3º y 5º), de juego variado. Morenito de Aranda, de nazareno y oro: media tendidísima y dos descabellos (palmitas tras aviso); bajonazo (silencio tras aviso). Fernando Adrián, de verde esperanza y oro: estocada (pitos tras aviso); pinchazo, estocada y tres descabellos (silencio tras aviso). Román, de celeste y oro: estocada recibiendo (dos orejas); cuatro pinchazos, uno hondo atravesado y descabello (silencio). Sale a hombros. Desorden en el tercio de varas al serísimo segundo, en una lidia nada conveniente para este encaste. En cuanto se refrescaba, decía «aquí estoy yo», como si necesitase un puyazo más. Fernando Adrián brindó a Cayetana Álvarez de Toledo el complicado Buscaliebres, con poderío y protestando los de pecho, pues todo lo demandaba por abajo. Estuvo dispuesto el torero, pero faltó estructura y no brotó el acople. A favor de la emoción de Buscaliebres se posicionó la afición. Ni el tapabocas de la espada -con el ovacionado victorino tragándose bravamente la muerte- frenó los pitos a Adrián. Aquel serio ejemplar se enlotó con el más cornicorto y feote quinto, con el que sonaron palmas de tango. Traserísimo lo picaron, lo que aumentó el mosqueo. Partió la vara en el segundo encuentro y en la tercera entrada voló por los aires el picador. Se cambió el tercio sin que hubiera un segundo puyazo de verdad y arreciaron los «¡fuera del palco!». Jarretero iba y venía, pero faltó comunión en una insistente labor, con la gente ya torcida.El plan glorioso de Dios en Las Ventas era el encuentro entre Gallarete y Román, a hombros entre la multitud.
La felicidad de Román era la de Victorino, y la de Victorino era la de todos. Aquel tercer capítulo vibró con alma propia, con una intensidad cegadora. Y eso que Gallarete, sin ese remate de su anteriores hermanos pese a su cinqueña edad, había sido … protestado tras estamparse contra el burladero y echar las manos por delante. Mucho capotazo recibió, además de un desatinado tercio de varas, con el animal empujando. Hasta la pezuña sangró y pendiente de todo anduvo en banderillas. Cuando se quedó a solas con el matador -en una faena brindada a Manuel Martínez Erice, uno de los mejores tipos de este mundo taurino-, rompió a embestir. ¿Saben por qué? Porque su fondo era de bravura y porque se encontró con un torero bravo. Se creció Román con fe y, sin probaturas, regaló una luminosa serie con la derecha, que encendió la plaza entera. Tanto ardían los ánimos que en la grada del 5 estalló una pelea: era sábado sabadete, «el del cubata con triplete», y alguien olvidó que debajo había un hombre jugándose las femorales. «¡Fuera ese tío! ¡Un respeto!».
Román, sereno, pedía calma mientras oxigenaba al cárdeno con inteligencia. Soberbiamente centrado, con la mente preclara, midió los tiempos y lució la embestida en acertadas distancias mientras ligaba tandas con el de la A coronada repitiendo por abajo. Hizo un amago de recular Gallerete, pero en cuanto se arrancó fue con todo. Menos recorrido se vislumbraba a babor, pero el valenciano no perdió su frescura, aunque faltase esa serie zurda para compactar la obra y reventar Madrid (el pitón era mucho más deslucido). Aun así, todo lo hizo con aplastante sinceridad, con el corazón en la mano. Como hay que querer. Sonreían el ganadero, sus hijas y su nieta. Y un diente de oro asomaba en la andanada del cielo. Más en corto lo ató en el regreso a la mano de la cuchara, aguantando la miradas de un cárdeno que, pese a su gran nobleza, era dueño de esa casta que pesa para estar delante y que exige ser más torero que nunca. Y Collado lo fue con firmeza. Abrochó con un desplante rodilla en tierra antes de perfilarse en los medios para matar. Y en la suerte de recibir, ¡toma ya! Se levantó el sol. Se levantó la sombra. Toda la plaza se puso en pie como un solo hombre. Aquella estocada ya valía una oreja, más la otra que se ganó con la franela .«Son los planes de Dios», contaban que dijo en el callejón a los micrófonos de Telemadrid. Por primera vez desorejaba a un toro capitalino. La Puerta Grande ya era suya. Una Puerta Grande de sufrimiento, en la que sonaron los tres avisos desde que lo auparon a hombros en el ruedo hasta que llegó al coche de cuadrillas mientras lo zarandeaban y casi lo tiran al suelo. Esto va de sentimiento, sí, pero también de respeto, o cualquier día va a ocurrir una desgracia. No perdió su sonrisa Román, y eso que en el sexto hizo el gesto del perdón por matar a la última a un Verdadero con la testa a la altura del palillo y desentendido. La pasión según Gallarete y Román, la de la verdad, ya se había escrito una hora antes.

(Emilio Méndez)
Había arañado literalmente la arena Milanés, con el hocico hacia delante, en el sensacional saludo de Morenito de Aranda, lidiándolo hasta los medios. Y así humilló por el derecho en la muleta, pero le faltaba un tranco más, ese perseguir las telas hasta el final… Los tobillos acabaría buscando: echaba el freno por detrás, se ‘achancaba’ -que decía un hombre del campo andaluz- y metía riñones para revolverse. Tragó el burgalés en una honesta faena, en la que Milanés acabó recitando en latín ‘La Eneida’, con un escáner en su mirada. Qué mérito el del burgalés, pese a que la espada cayese muy tendida. A Tito Fernández, el empresario que ha levantado con categoría la Feria de Lima, brindó el cuarto, dificultoso pero con ciertas opciones. Profesional anduvo Morenito, llevándolo tapado y con algún natural de buen son, pero sin redondear y con la espada viajando a los sótanos.
Feria de San Isidro
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Monumental de las Ventas
Sábado, 6 de junio de 2026. Vigésima sexta corrida. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Victorino Martín, cuatreños 1º, 2º y 6º; cinqueños 3º, 4º y 5º, desiguales dentro de la seriedad (con menos remate 3º y 5º), de juego variado.
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Morenito de Aranda,
de nazareno y oro: media tendidísima y dos descabellos (palmitas tras aviso); bajonazo (silencio tras aviso). -
Fernando Adrián,
de verde esperanza y oro: estocada (pitos); pinchazo, estocada y tres descabellos (pitos tras aviso). -
Román,
de celeste y oro: estocada recibiendo (dos orejas); cuatro pinchazos, un hondo atravesado y descabello (silencio). Sale a hombros.
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Desorden en el tercio de varas al serísimo segundo, en una lidia nada conveniente para este encaste. En cuanto se refrescaba, decía «aquí estoy yo», como si necesitase un puyazo más. Fernando Adrián brindó a Cayetana Álvarez de Toledo el complicado Buscaliebres, con poderío y protestando los de pecho, pues todo lo demandaba por abajo. Estuvo dispuesto el torero, pero faltó estructura y no brotó el acople. A favor de la emoción de Buscaliebres se posicionó la afición. Ni el tapabocas de la espada -con el ovacionado victorino tragándose bravamente la muerte- frenó los pitos a Adrián. Aquel serio ejemplar se enlotó con el más cornicorto y feote quinto, con el que sonaron palmas de tango. Traserísimo lo picaron, lo que aumentó el mosqueo. Partió la vara en el segundo encuentro y en la tercera entrada voló por los aires el picador. Se cambió el tercio sin que hubiera un segundo puyazo de verdad y arreciaron los «¡fuera del palco!» Jarretero iba y venía, pero faltó comunión en una insistente labor.
Los planes de Dios en Las Ventas eran el encuentro entre Gallarete y Román, a hombros entre la multitud.
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