Observo que los antiguos postmodernos, o ahora modernos, los Robin Hood de lo woke o de lo políticamente correcto y que repercute en su nómina, citan continuamente lo de las “lágrimas en la lluvia”, que cerraba líricamente Blade Runner, o el inicio dickensiano de “Era el mejor de los tiempos. Era el peor de los tiempos«.
Asisto al invulnerable espectáculo, a la exaltación histérica de los nacionalismos, pero lo hago con escasa pasión, como resignado ante un negocio espectacular que pretende disfrazar de apasionante juego
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Asisto al invulnerable espectáculo, a la exaltación histérica de los nacionalismos, pero lo hago con escasa pasión, como resignado ante un negocio espectacular que pretende disfrazar de apasionante juego
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Observo que los antiguos postmodernos, o ahora modernos, los Robin Hood de lo woke o de lo políticamente correcto y que repercute en su nómina, citan continuamente lo de las “lágrimas en la lluvia”, que cerraba líricamente Blade Runner, o el inicio dickensiano de “Era el mejor de los tiempos. Era el peor de los tiempos«.
Quiero imaginar que el sublime autor de Historia de dos ciudades no tendría dudas si hubiera vivido desde la aparición de la pandemia y el imperio excesivo de la tecnología, de que no hay tiempos más horribles que los actuales. El de varios individuos que no creerías posibles sin recurrir a la ciencia ficción dirigiendo o destrozando el universo. Y la certidumbre de que la casi totalidad de la gente (hasta los niños y los bebés) está convencida de que la vida solo existe a través de la pantalla de un teléfono. Absortos, vampirizados, descendientes reales de los ultracuerpos.
Y desde hace semanas la concentración del mundo está en función de si su equipo gana o pierde en el Mundial de fútbol. Bajo la grotesca tutela del indescriptible Trump, utilizando como mercenario a un enjuto fulano suizo, hombre clave para los inversores y los designios del poder. Y asisto al invulnerable espectáculo, a la exaltación histérica de los nacionalismos, pero lo hago con escasa pasión, como resignado ante un negocio espectacular que pretende disfrazar de apasionante juego.
Y la odiosa publicidad lo inunda todo. Hay mucha de los bancos, contándole a los mirones idiotas que lo único que les preocupa a ellos es su felicidad. Siempre fueron fraudulentos y asquerosos los bancos, comprensible objetivo de algo muy fugaz que se llamó anarquismo. Pero los bancos siempre han sido los dueños del universo con la protección incondicional de la casta política. Y es bochornoso sufrir sus procedimientos. Para los que no queremos saber nada acerca de esa cosa imperial llamada online, de la obligatoriedad de las odiosas máquinas, de intentar comunicarte mediante la palabra con sus empleadores y constatar el trato más despreciativo que recibe el cliente. Y los gánsteres legitimados y ancestrales seguirán invirtiendo en publicidad para convencer a sus clientes más lerdos de que solo les interesa su bienestar.
Es la forma de robo, junto a la de los gobiernos, más antigua y feroz que conozco. Y cuentan sus empleados que sin ellos no existirían ni la civilización ni el progreso. Por mi parte, que les den por donde les quepa a ambos. Hablo de la tecnología rigiendo el universo y de los templos del poder absoluto, de los guardianes de la pasta ajena.
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