Cuando algo funciona mejor no tocarlo. Esta sobada máxima lo es también para alguien tan sorprendente como David Byrne, que en el Festival Cruïlla de 2018 dejó pasmado al público con un concierto que en nada se parecía a las demás actuaciones. En la noche de ayer viernes, ocho años más tarde y en el mismo recinto, el artista (nacido escocés y con triple nacionalidad, británica, norteamericana e irlandesa) exprimió de nuevo su concepto escénico para resituar el papel del músico en escena y reducir los efectos al mínimo. Centrar la música como argumento del que resulta difícil despegarse y permitir que los ojos no fueran asaltados por los estímulos que habitualmente hacen de los conciertos de pop una orgía audiovisual. En su momento, Byrne paró, pensó y obtuvo material conceptual para dos giras, American Utopia y la actual Who Is The Sky, donde las variaciones de repertorio son apenas destacables en cantidad. Y sigue sorprendiendo, haciendo bailar y atrapando la mirada sin “nada” más que un esfuerzo conceptual que le impide caminar por sendas transitadas. Byrne es un explorador.
Cuando algo funciona mejor no tocarlo. Esta sobada máxima lo es también para alguien tan sorprendente como David Byrne, que en el Festival Cruïlla de 2018 dejó pasmado al público con un concierto que en nada se parecía a las demás actuaciones. En la noche de ayer viernes, ocho años más tarde y en el mismo recinto, el artista (nacido escocés y con triple nacionalidad, británica, norteamericana e irlandesa) exprimió de nuevo su concepto escénico para resituar el papel del músico en escena y reducir los efectos al mínimo. Centrar la música como argumento del que resulta difícil despegarse y permitir que los ojos no fueran asaltados por los estímulos que habitualmente hacen de los conciertos de pop una orgía audiovisual. En su momento, Byrne paró, pensó y obtuvo material conceptual para dos giras, American Utopia y la actual Who Is The Sky, donde las variaciones de repertorio son apenas destacables en cantidad. Y sigue sorprendiendo, haciendo bailar y atrapando la mirada sin “nada” más que un esfuerzo conceptual que le impide caminar por sendas transitadas. Byrne es un explorador. Seguir leyendo
Cuando algo funciona mejor no tocarlo. Esta sobada máxima lo es también para alguien tan sorprendente como David Byrne, que en el Festival Cruïlla de 2018 dejó pasmado al público con un concierto que en nada se parecía a las demás actuaciones. En la noche de ayer viernes, ocho años más tarde y en el mismo recinto, el artista (nacido escocés y con triple nacionalidad, británica, norteamericana e irlandesa) exprimió de nuevo su concepto escénico para resituar el papel del músico en escena y reducir los efectos al mínimo. Centrar la música como argumento del que resulta difícil despegarse y permitir que los ojos no fueran asaltados por los estímulos que habitualmente hacen de los conciertos de pop una orgía audiovisual. En su momento, Byrne paró, pensó y obtuvo material conceptual para dos giras, American Utopia y la actual Who Is The Sky, donde las variaciones de repertorio son apenas destacables en cantidad. Y sigue sorprendiendo, haciendo bailar y atrapando la mirada sin “nada” más que un esfuerzo conceptual que le impide caminar por sendas transitadas. Byrne es un explorador.
¿Se puede montar un show que evoque simultáneamente disciplina casi marcial y ambiente de guardería? Parecen cuestiones antitéticas, pero Byrne lo volvió a lograr. El escenario era una caja vacía –ni cables, ni instrumentos, ni tarimas, ni altavoces- con pantallas en la parte posterior y por él desfilaron, caminaron, interactuaron y se rieron doce acompañantes. Músicos que eran bailarines ejecutando movimientos pautados mientras tocaban sus instrumentos portátiles -sujetos por arneses- y bailarines y bailarinas que también cantaban y se movían al compás de los músicos, ora infiltrándose entre ellos, ora ocupando lugares destacados en primera línea. De repente la separación de tareas se difuminaba ante la vista y Byrne, vestido como los demás, en este caso de azul, actuó como si fuese un actor que canta o un cantante que actúa, aunque sin aspavientos, sin acentuaciones forzadas, mostrando el humor de alguien que no pierde los deseos de jugar pese a las fealdades que nos rodean. “Este es nuestro cielo”, dijo tras acabar Heavenmirando a una proyección en pantalla de la Tierra en el espacio, “el único que tenemos”. No dijo nada más. Bastó para comprender la idea.
Esa mezcla de humor, alegría y conciencia movió todo el concierto, agitado por un pop que bebía de muchas fuentes, con guitarras africanas en Nothing But Flowers, funk en Strange Overtones, la composición firmada junto a Brian Eno, violín y chelo en la inicial Heaven, el aire mariachi de What Is The Reason For It? o la paranoia post-punk-new-wave-funk de Psycho Killer,un tema recuperado tras pasarse 20 años en el armario del olvido y no ser tocado en directo. Todo fue jolgorio rítmico para hacer bailar conciencias, pop para no anestesiar, letras para no olvidar dónde y cómo vivimos.
En los conciertos largos de esta gira, Byrne suele tocar hasta seis temas de su último trabajo, que en formato de concierto más corto, como el del Cruïlla,quedaron reducidos a tres, un canto al optimismo no abobado en Everybods Laughs,el citado Nothing But Flowers y When We Are Singing, una suerte de oda al poder de la voz que fue ambientada por bocas y narices que se asomaban a la pantallas. En ellas no hubo imágenes para pasmar, sino para resaltar: el Mercat de Sant Antoni y los productos de alimentación que ofrece un mercado mediterráneo, el ICE cargando contra ciudadanos en Life During The Wartime,tonos naranjas quizás aludiendo al calor que nos asfixia cada día más o la misma banda replicada en pantalla con cabezas de animales en Like Human Do,tema que salpimienta con ironía nuestras humanas cosillas.
Esa mirada en el fondo humana y comprensiva, sabedora de que errores, pasiones, sentimientos y deseos desencaminados que nos asaltan a todos, es la que armonizó con la presentación festiva del concierto. Evocó por momentos una marcha callejera, por momentos un acto coreografiado y teatral y siempre una fiesta visible en la sonrisa divertida de los músicos, elemento escenográfico central. Las luces, por lo general en tonos homogéneos, funcionaron con sobriedad, más con la intención de recalcar que de deslumbrar. Y ya sólo faltó recurrir a la docena de temas de Talking Heads para dejar claro que el pasado es reinterpretable y que el tiempo puede no restarle pertinencia artística. Se cerró la noche por todo lo alto, y Once In A Lifetime siguió sonando tan experimental, sugestiva y extrañamente sincopada, auspiciando la idea de que en la vida nos hemos de mantener vigilantes. Es lo que lleva haciendo David Byrne desde siempre, jugar. Así lo aprendemos casi todo los animales.
EL PAÍS
