Luego llegaron los problemas y los silencios pero mi padre, con mi hermana y conmigo, era afable, comprensivo, y tenía además una manera muy suya, que nos hacía reír mucho, de ponerse testarudo y fanfarrón en cosas que no importaban y que todos veíamos que no iban a ninguna parte. Para uno de los veranos que pasamos en Calella de Palafrugell , se obsesionó en sacar uno de esos títulos que sirven para navegar hasta Mallorca . Lo consiguió con más dificultades de las previstas, y no porque fuera un idiota sino porque navegar no era lo suyo, pero él estaba convencido de que nuestro gran verano sería que él nos llevara a la isla.Por supuesto alquiló también una embarcación, después de haberse pasado los meses de la primavera haciéndose el experto por lo que leía en revistas de barcos, y mi madre se ponía muy nerviosa.Llegó el verano, el medio yate que había alquilado no estaba mal, pero su modo de hacerse el lobo de mar presagiaba el desastre y nos preocupaba a todos. Tenía la idea de salir a mediodía porque quería que alcanzáramos Mallorca viendo el amanecer. Esto todavía nos preocupaba más, junto con su negativa a llevar con nosotros un capitán o por lo menos un marinero que tuviera alguna experiencia. Mi padre decía que aquellos meses había estado aprendiendo a navegar con un amigo, guiándose por las estrellas, y que sabía de sobra cómo hacerlo.Y así nos hicimos a la mar, con mi madre de muy mal humor, pero las primeras horas todos estuvimos contentos, entre la velocidad y el aire en la cara, y lo que había para comer. Por la noche la alegría familiar permaneció intacta, y mi padre nos dio algunas explicaciones sobre las estrellas que a mi hermana le encantaron, a mí no me interesaron en absoluto, y a mi madre le impacientaron, porque en ningún momento dejó de pensar que era muy probable que mi padre se lo estuviera inventando todo.A la hora que mi padre había previsto no se veía tierra firme y pensamos que sería cuestión de algunas horas más pero continuamos en medio de la nada y mi padre, en lugar de reconocer que se había perdido, daba unas absurdas explicaciones que a nadie convencían. Mi madre empezó a pedirle que hiciera la llamada de emergencia -o pulsara un botón que servía para lo mismo, no me acuerdo- y mi padre respondía que ella lo que quería era humillarlo delante de sus hijos, y que íbamos a llegar a Mallorca sin ayuda.Anocheció otra vez y mi hermana y yo cenamos en silencio; nuestros padres continuaban con los reproches, algunos muy desagradables. Todo era tenso, emocional, una pelea entre dos personas que tal como eran, no se aceptaban la una a la otra y a propósito de cualquier disputa salía todo lo que había en el fondo. El barco empezó a moverse más de la cuenta y mi padre y mi hermana se pusieron a vomitar por la borda.Fue el momento que aprovechó mi madre para pedir auxilio , y aunque mi padre quiso decirle algo, estaba tan mareado que no consiguió pronunciarlo. Nos sorprendió que la asistencia llegara tan rápido. Fueron muy educados y considerados, no dijeron nada que pudiera herir a mi padre en su fracaso, nos preguntaron a mi hermana y a mí si estábamos bien, y un médico nos realizó unas pruebas innecesarias, pero que nos dieron confianza. Y cuando uno de ellos se hizo cargo de los mandos, mi madre quiso cobrarse las facturas pendientes con mi padre y preguntó al nuevo capitán si estábamos muy lejos de Palma, a lo que el capitán respondió, sin reírse, pero con aquella gracia: «Mucho, pero en cambio estamos muy cerca de Malgrat de Mar». Luego llegaron los problemas y los silencios pero mi padre, con mi hermana y conmigo, era afable, comprensivo, y tenía además una manera muy suya, que nos hacía reír mucho, de ponerse testarudo y fanfarrón en cosas que no importaban y que todos veíamos que no iban a ninguna parte. Para uno de los veranos que pasamos en Calella de Palafrugell , se obsesionó en sacar uno de esos títulos que sirven para navegar hasta Mallorca . Lo consiguió con más dificultades de las previstas, y no porque fuera un idiota sino porque navegar no era lo suyo, pero él estaba convencido de que nuestro gran verano sería que él nos llevara a la isla.Por supuesto alquiló también una embarcación, después de haberse pasado los meses de la primavera haciéndose el experto por lo que leía en revistas de barcos, y mi madre se ponía muy nerviosa.Llegó el verano, el medio yate que había alquilado no estaba mal, pero su modo de hacerse el lobo de mar presagiaba el desastre y nos preocupaba a todos. Tenía la idea de salir a mediodía porque quería que alcanzáramos Mallorca viendo el amanecer. Esto todavía nos preocupaba más, junto con su negativa a llevar con nosotros un capitán o por lo menos un marinero que tuviera alguna experiencia. Mi padre decía que aquellos meses había estado aprendiendo a navegar con un amigo, guiándose por las estrellas, y que sabía de sobra cómo hacerlo.Y así nos hicimos a la mar, con mi madre de muy mal humor, pero las primeras horas todos estuvimos contentos, entre la velocidad y el aire en la cara, y lo que había para comer. Por la noche la alegría familiar permaneció intacta, y mi padre nos dio algunas explicaciones sobre las estrellas que a mi hermana le encantaron, a mí no me interesaron en absoluto, y a mi madre le impacientaron, porque en ningún momento dejó de pensar que era muy probable que mi padre se lo estuviera inventando todo.A la hora que mi padre había previsto no se veía tierra firme y pensamos que sería cuestión de algunas horas más pero continuamos en medio de la nada y mi padre, en lugar de reconocer que se había perdido, daba unas absurdas explicaciones que a nadie convencían. Mi madre empezó a pedirle que hiciera la llamada de emergencia -o pulsara un botón que servía para lo mismo, no me acuerdo- y mi padre respondía que ella lo que quería era humillarlo delante de sus hijos, y que íbamos a llegar a Mallorca sin ayuda.Anocheció otra vez y mi hermana y yo cenamos en silencio; nuestros padres continuaban con los reproches, algunos muy desagradables. Todo era tenso, emocional, una pelea entre dos personas que tal como eran, no se aceptaban la una a la otra y a propósito de cualquier disputa salía todo lo que había en el fondo. El barco empezó a moverse más de la cuenta y mi padre y mi hermana se pusieron a vomitar por la borda.Fue el momento que aprovechó mi madre para pedir auxilio , y aunque mi padre quiso decirle algo, estaba tan mareado que no consiguió pronunciarlo. Nos sorprendió que la asistencia llegara tan rápido. Fueron muy educados y considerados, no dijeron nada que pudiera herir a mi padre en su fracaso, nos preguntaron a mi hermana y a mí si estábamos bien, y un médico nos realizó unas pruebas innecesarias, pero que nos dieron confianza. Y cuando uno de ellos se hizo cargo de los mandos, mi madre quiso cobrarse las facturas pendientes con mi padre y preguntó al nuevo capitán si estábamos muy lejos de Palma, a lo que el capitán respondió, sin reírse, pero con aquella gracia: «Mucho, pero en cambio estamos muy cerca de Malgrat de Mar».
Luego llegaron los problemas y los silencios pero mi padre, con mi hermana y conmigo, era afable, comprensivo, y tenía además una manera muy suya, que nos hacía reír mucho, de ponerse testarudo y fanfarrón en cosas que no importaban y que todos veíamos que … no iban a ninguna parte.
Para uno de los veranos que pasamos en Calella de Palafrugell, se obsesionó en sacar uno de esos títulos que sirven para navegar hasta Mallorca. Lo consiguió con más dificultades de las previstas, y no porque fuera un idiota sino porque navegar no era lo suyo, pero él estaba convencido de que nuestro gran verano sería que él nos llevara a la isla.
Por supuesto alquiló también una embarcación, después de haberse pasado los meses de la primavera haciéndose el experto por lo que leía en revistas de barcos, y mi madre se ponía muy nerviosa.
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Llegó el verano, el medio yate que había alquilado no estaba mal, pero su modo de hacerse el lobo de mar presagiaba el desastre y nos preocupaba a todos. Tenía la idea de salir a mediodía porque quería que alcanzáramos Mallorca viendo el amanecer. Esto todavía nos preocupaba más, junto con su negativa a llevar con nosotros un capitán o por lo menos un marinero que tuviera alguna experiencia. Mi padre decía que aquellos meses había estado aprendiendo a navegar con un amigo, guiándose por las estrellas, y que sabía de sobra cómo hacerlo.
Y así nos hicimos a la mar, con mi madre de muy mal humor, pero las primeras horas todos estuvimos contentos, entre la velocidad y el aire en la cara, y lo que había para comer. Por la noche la alegría familiar permaneció intacta, y mi padre nos dio algunas explicaciones sobre las estrellas que a mi hermana le encantaron, a mí no me interesaron en absoluto, y a mi madre le impacientaron, porque en ningún momento dejó de pensar que era muy probable que mi padre se lo estuviera inventando todo.
A la hora que mi padre había previsto no se veía tierra firme y pensamos que sería cuestión de algunas horas más pero continuamos en medio de la nada y mi padre, en lugar de reconocer que se había perdido, daba unas absurdas explicaciones que a nadie convencían. Mi madre empezó a pedirle que hiciera la llamada de emergencia -o pulsara un botón que servía para lo mismo, no me acuerdo- y mi padre respondía que ella lo que quería era humillarlo delante de sus hijos, y que íbamos a llegar a Mallorca sin ayuda.
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Anocheció otra vez y mi hermana y yo cenamos en silencio; nuestros padres continuaban con los reproches, algunos muy desagradables. Todo era tenso, emocional, una pelea entre dos personas que tal como eran, no se aceptaban la una a la otra y a propósito de cualquier disputa salía todo lo que había en el fondo. El barco empezó a moverse más de la cuenta y mi padre y mi hermana se pusieron a vomitar por la borda.
Fue el momento que aprovechó mi madre para pedir auxilio, y aunque mi padre quiso decirle algo, estaba tan mareado que no consiguió pronunciarlo. Nos sorprendió que la asistencia llegara tan rápido. Fueron muy educados y considerados, no dijeron nada que pudiera herir a mi padre en su fracaso, nos preguntaron a mi hermana y a mí si estábamos bien, y un médico nos realizó unas pruebas innecesarias, pero que nos dieron confianza.
Y cuando uno de ellos se hizo cargo de los mandos, mi madre quiso cobrarse las facturas pendientes con mi padre y preguntó al nuevo capitán si estábamos muy lejos de Palma, a lo que el capitán respondió, sin reírse, pero con aquella gracia: «Mucho, pero en cambio estamos muy cerca de Malgrat de Mar».
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