Hay una regla no escrita, siempre hablando desde la generalización, que parece vincular el estrellato a poseer un nombre llamativo. Y es que no parece casualidad que Shakira, Beyoncé y Rihanna ostenten también en sus documentos identificativos esos apelativos.
Patricia Domínguez no tuvo la suerte de recibir uno tan original, pero Lucho Ferruzzo, su mentor, fallecido el año pasado, le pidió que buscara un apodo con el que darse a conocer ante el público. «Patricia me parecía que poseía mucha fuerza, por lo que tenía que tirar por otro lado», explica. Teniendo como referente a Jorge Donn, bailarín de ballet argentino, cogió prestado su apellido, fonéticamente parecido al suyo. Además, le agradaba que aportara a su faceta como bailaora una visión más global y multidisciplinar. «El flamenco es algo que asociamos mucho a lo nuestro, mientras que yo busco algo más internacional», comenta la ya bautizada como Patricia Donn.
Puede que el simple acto de desearlo (el «duende», ese sentimiento intangible que acompaña al baile más tradicional de Andalucía, haría de las suyas) ayudara a que se labrara un camino en su sector. De hecho, el año pasado recorrió destinos transcontinentales en una gira por Norteamérica. Su itinerario le llevó a lugares tan distanciados de los usos ibéricos como Houston, Filadelfia o Montreal. «Es gracioso, porque cuando haces algo que gusta, en vez de escuchar desde las butacas “olé”, oyes un “wow”», recuerda entre risas sus periplos por esas tierras. También aprecia la pasión con la que lo viven, alegando que «aquí ya estamos acostumbrados a ello, allí al ser algo nuevo lo viven con más intensidad».
Nacida en Granollers, a media hora de Barcelona, Patricia Ponn no sabe muy bien por qué escogió el flamenco como su sello. Sí que lo asocia a que su abuelo, que emigró de la sierra onubense, era forofo de la disciplina, pero nunca se dedicó a ella. Reconoce que la reivindicación de la palabra «charnego», utilizada tanto como insulto como símbolo de orgullo para hablar de aquellos nacidos en Cataluña pero con raíces en otros rincones, le causa pereza. «Yo soy catalana, española y del mundo. Todas estas terminologías me parecen simplemente formas de entretenerse para no hacer otras cosas», finiquita el debate identitario.
«Es gracioso que en EEUU, cuando te ven actuar, dicen “wow” en vez de “olé”»
Patricia Donn
Hace cinco años se asentó en Madrid, casi los mismos desde que se subió por primera vez al escenario de un teatro. En esta ciudad está ahora haciendo una «residencia», siendo su domicilio el Gran Teatro Pavón. En el centro dramático de la calle Embajadores presentó en septiembre su último espectáculo, «A cuerda y tacón», con el que pretende sumergir al asistente en un limbo entre la creación flamenca ortodoxa y su unión con un estilo más contemporáneo. «Un flamenco del siglo XXI», lo resume ella. «Me parece muy importante que la gente se de cuenta de que no va a ver un show clásico, sino uno que coge elementos tradicionales que son llevados a nuestros tiempos», continúa.
Labrarse una carrera en «la Cenicienta de las artes»
En esa búsqueda de la originalidad, la hora durante la cual la joven actúa está llena de peculiaridades. Siguiendo la coreografía montada por Antonio «el Bailarín», interpreta el «Zapateado», pieza compuesta por el director de orquesta navarro Pablo Sarasate. Así, se convierte en la primera mujer en cumplimentar esa hazaña. «Siempre me ha gustado más trabajar con pantalón, pues no me mato en el estudio a ensayar para que después no se vea mi técnica por llevar un vestido de volantes. En una ocasión, Joaquín de Luz (director artístico de Veranos de la Villa, la programación cultural madrileña para el periodo estival) me dijo que el “Zapateado” podría quedarme bien», señala sobre su relación con este movimiento.
Y, por si no fuera suficiente diferenciación, sigue innovando con su zapateado sobre puntas, ejercicio sin parangón en el flamenco. «Pues nunca me había planteado patentarlo, pero quizá debería hacerlo», contesta sobre la posibilidad de registrarlo como invento de su autoría. Con ese paso, permite la ansiada fusión entre el arte flamenco y otras formas, pues la idea de mover sus gemelos de arriba a abajo nace del claqué.
Patricia Ponn tiene claro que para hacerse un hueco debe de buscar la «transformación», elemento central del disco de 2022 «Motomami», de Rosalía. De ella admira que ha conseguido «universalizar el flamenco con un estilo fresco», lo que considera que ha propiciado que cada vez más jóvenes asistan a tablaos. En ese sentido, también destaca la labor de Yerai Cortés, que protagonizó el debut cinematográfico de C. Tangana titulado «La guitarra flamenca de Yerai Cortés».
Desafortunadamente, esta carrera también está empolvada por el albero. Referenciando una frase de su estimado Ferruzzo, Ponn estima que «la danza es la Cenicienta de las artes en España». «Como país, tenemos una gran riqueza de bailes. No es que no haya público para ir a verlos, es que no sé están programando», se lamenta la bailaora. Aunque no encuentre una explicación a esta supuesta infravaloración, su espectáculo es señal de que los ritmos de su corazón pueden llegar al de muchos otros. Y, de este modo, convertirse en una «leyenda del tiempo».
La bailaora catalana trae a Madrid su último espectáculo, «A cuerda y tacón», con el que pretende dinamizar el flamenco a través de un cruce con otras disciplinas artísticas
Hay una regla no escrita, siempre hablando desde la generalización, que parece vincular el estrellato a poseer un nombre llamativo. Y es que no parece casualidad que Shakira, Beyoncé y Rihanna ostenten también en sus documentos identificativos esos apelativos.
Patricia Domínguez no tuvo la suerte de recibir uno tan original, pero Lucho Ferruzzo, su mentor, fallecido el año pasado, le pidió que buscara un apodo con el que darse a conocer ante el público. «Patricia me parecía que poseía mucha fuerza, por lo que tenía que tirar por otro lado», explica. Teniendo como referente a Jorge Donn, bailarín de ballet argentino, cogió prestado su apellido, fonéticamente parecido al suyo. Además, le agradaba que aportara a su faceta como bailaora una visión más global y multidisciplinar. «El flamenco es algo que asociamos mucho a lo nuestro, mientras que yo busco algo más internacional», comenta la ya bautizada como Patricia Donn.
Puede que el simple acto de desearlo (el «duende», ese sentimiento intangible que acompaña al baile más tradicional de Andalucía, haría de las suyas) ayudara a que se labrara un camino en su sector. De hecho, el año pasado recorrió destinos transcontinentales en una gira por Norteamérica. Su itinerario le llevó a lugares tan distanciados de los usos ibéricos como Houston, Filadelfia o Montreal. «Es gracioso, porque cuando haces algo que gusta, en vez de escuchar desde las butacas “olé”, oyes un “wow”», recuerda entre risas sus periplos por esas tierras. También aprecia la pasión con la que lo viven, alegando que «aquí ya estamos acostumbrados a ello, allí al ser algo nuevo lo viven con más intensidad».
Nacida en Granollers, a media hora de Barcelona, Patricia Ponn no sabe muy bien por qué escogió el flamenco como su sello. Sí que lo asocia a que su abuelo, que emigró de la sierra onubense, era forofo de la disciplina, pero nunca se dedicó a ella. Reconoce que la reivindicación de la palabra «charnego», utilizada tanto como insulto como símbolo de orgullo para hablar de aquellos nacidos en Cataluña pero con raíces en otros rincones, le causa pereza. «Yo soy catalana, española y del mundo. Todas estas terminologías me parecen simplemente formas de entretenerse para no hacer otras cosas», finiquita el debate identitario.
«Es gracioso que en EEUU, cuando te ven actuar, dicen “wow” en vez de “olé”»
Hace cinco años se asentó en Madrid, casi los mismos desde que se subió por primera vez al escenario de un teatro. En esta ciudad está ahora haciendo una «residencia», siendo su domicilio el Gran Teatro Pavón. En el centro dramático de la calle Embajadores presentó en septiembre su último espectáculo, «A cuerda y tacón», con el que pretende sumergir al asistente en un limbo entre la creación flamenca ortodoxa y su unión con un estilo más contemporáneo. «Un flamenco del siglo XXI», lo resume ella. «Me parece muy importante que la gente se de cuenta de que no va a ver un show clásico, sino uno que coge elementos tradicionales que son llevados a nuestros tiempos», continúa.
En esa búsqueda de la originalidad, la hora durante la cual la joven actúa está llena de peculiaridades. Siguiendo la coreografía montada por Antonio «el Bailarín», interpreta el «Zapateado», pieza compuesta por el director de orquesta navarro Pablo Sarasate. Así, se convierte en la primera mujer en cumplimentar esa hazaña. «Siempre me ha gustado más trabajar con pantalón, pues no me mato en el estudio a ensayar para que después no se vea mi técnica por llevar un vestido de volantes. En una ocasión, Joaquín de Luz (director artístico de Veranos de la Villa, la programación cultural madrileña para el periodo estival) me dijo que el “Zapateado” podría quedarme bien», señala sobre su relación con este movimiento.
Y, por si no fuera suficiente diferenciación, sigue innovando con su zapateado sobre puntas, ejercicio sin parangón en el flamenco. «Pues nunca me había planteado patentarlo, pero quizá debería hacerlo», contesta sobre la posibilidad de registrarlo como invento de su autoría. Con ese paso, permite la ansiada fusión entre el arte flamenco y otras formas, pues la idea de mover sus gemelos de arriba a abajo nace del claqué.
Patricia Ponn tiene claro que para hacerse un hueco debe de buscar la «transformación», elemento central del disco de 2022 «Motomami», de Rosalía. De ella admira que ha conseguido «universalizar el flamenco con un estilo fresco», lo que considera que ha propiciado que cada vez más jóvenes asistan a tablaos. En ese sentido, también destaca la labor de Yerai Cortés, que protagonizó el debut cinematográfico de C. Tangana titulado «La guitarra flamenca de Yerai Cortés».
Desafortunadamente, esta carrera también está empolvada por el albero. Referenciando una frase de su estimado Ferruzzo, Ponn estima que «la danza es la Cenicienta de las artes en España». «Como país, tenemos una gran riqueza de bailes. No es que no haya público para ir a verlos, es que no sé están programando», se lamenta la bailaora. Aunque no encuentre una explicación a esta supuesta infravaloración, su espectáculo es señal de que los ritmos de su corazón pueden llegar al de muchos otros. Y, de este modo, convertirse en una «leyenda del tiempo».
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