Sara Hussein, archivista de museo y madre reciente de gemelos, es detenida en el aeropuerto de Los Ángeles por un crimen que todavía no ha cometido, y enviada a un centro de observación forense para una evaluación y corrección. Como Josef K., el protagonista de El proceso, Sara no puede defenderse de las acusaciones porque nadie le explica la naturaleza de su delito. Los indicios han sido generados por un oscuro algoritmo, a partir de cientos de datos recogidos por un ecosistema de dispositivos comerciales de vigilancia masiva, instalados y mantenidos de forma voluntaria por la población. Una suma de infracciones ha elevado su índice de riesgo por encima de lo permitido, aunque por un margen muy pequeño. Sara sospecha que muchas de esas infracciones son en realidad malentendidos, errores de identificación, pero no puede contestarlos sin saber de dónde vienen. Su destino se tuerce en el momento en el que se deja llevar por el agotamiento y la frustración y dice algo que no debe. Ese momento en que la voluntad de un pequeño burócrata puede transformar la vida de un simple mortal.
Sara Hussein, archivista de museo y madre reciente de gemelos, es detenida en el aeropuerto de Los Ángeles por un crimen que todavía no ha cometido, y enviada a un centro de observación forense para una evaluación y corrección. Como Josef K., el protagonista de El proceso, Sara no puede defenderse de las acusaciones porque nadie le explica la naturaleza de su delito. Los indicios han sido generados por un oscuro algoritmo, a partir de cientos de datos recogidos por un ecosistema de dispositivos comerciales de vigilancia masiva, instalados y mantenidos de forma voluntaria por la población. Una suma de infracciones ha elevado su índice de riesgo por encima de lo permitido, aunque por un margen muy pequeño. Sara sospecha que muchas de esas infracciones son en realidad malentendidos, errores de identificación, pero no puede contestarlos sin saber de dónde vienen. Su destino se tuerce en el momento en el que se deja llevar por el agotamiento y la frustración y dice algo que no debe. Ese momento en que la voluntad de un pequeño burócrata puede transformar la vida de un simple mortal. Seguir leyendo
Sara Hussein, archivista de museo y madre reciente de gemelos, es detenida en el aeropuerto de Los Ángeles por un crimen que todavía no ha cometido, y enviada a un centro de observación forense para una evaluación y corrección. Como Josef K., el protagonista de El proceso, Sara no puede defenderse de las acusaciones porque nadie le explica la naturaleza de su delito. Los indicios han sido generados por un oscuro algoritmo, a partir de cientos de datos recogidos por un ecosistema de dispositivos comerciales de vigilancia masiva, instalados y mantenidos de forma voluntaria por la población. Una suma de infracciones ha elevado su índice de riesgo por encima de lo permitido, aunque por un margen muy pequeño. Sara sospecha que muchas de esas infracciones son en realidad malentendidos, errores de identificación, pero no puede contestarlos sin saber de dónde vienen. Su destino se tuerce en el momento en el que se deja llevar por el agotamiento y la frustración y dice algo que no debe. Ese momento en que la voluntad de un pequeño burócrata puede transformar la vida de un simple mortal.
Cualquiera que haya visto su maleta coger la bifurcación en la cinta de seguridad del aeropuerto, o haya necesitado con urgencia un documento del registro civil, conoce bien el escenario. La ansiedad de la espera se transforma en la indignación de ser retenido o rechazado sin motivo aparente. Uno hace lo que sea para llamar la atención de un funcionario y explicarle la situación. Sólo cuando por fin lo consigue, se da cuenta de que ha cometido un grave error. De nada sirven ya la súplica y el arrepentimiento. El funcionario que estaba ejecutado mecánicamente su tarea participa ahora en el proceso de forma activa, y su voluntad casi nunca nos beneficia. Esta burocracia represiva, donde denunciar una injusticia o defender nuestros derechos nos convierte en la amenaza que justifica el castigo inicial, es la protagonista del famoso relato de Kafka. El hotel de los sueños, la última novela de la escritora marroquí Laila Lalami, adapta El proceso a nuestra era de la vigilancia total.
Lalami cuenta en sus entrevistas que empezó a escribirla en 2013, después de recibir una notificación de Google. Decía: “Si sales ahora, llegarás a YogaWorks a las 7:28”. La nota tenía razón, pero ella nunca había puesto su clase de yoga en el calendario. Google había inferido su rutina a partir de sus datos de localización. “Como sigamos así, lo único privado que quedará serán los sueños”, le dijo a su marido. Después llegaron los anillos inteligentes para gestionar el sueño, y Neuralink.
La novela tiene tres escenarios: el aeropuerto, el centro de observación donde la internan y la cabeza de Sara, donde trata de resolver las incógnitas del proceso con pensamientos obsesivos sobre su propia contribución al sistema que la acusa. No solo esa “obediencia anticipada” de la que habla Timothy Snyder, ceder a los pequeños abusos cuando sólo parecían molestias, o pequeñas indignidades que afectan principalmente a otros. La predisposición a introducir tecnologías cada vez más intrusivas en todos los entornos de su vida a cambio de comodidad y eficacia, incluyendo neuroprótesis que mejoran la calidad del trabajo ayudando a dormir mejor. El pensamiento circular que experimenta Sara, junto con las mujeres retenidas con ella, invoca otra clase de culpa, más insidiosa y sutil. Lalami empezó a escribir con un hombre como protagonista, pero pronto cambió de opinión. El hombre no es el objeto original de vigilancia permanente. Esos son el extranjero y la mujer.
“Ser mujer significaba observarte a ti misma no solo a través de tus propios ojos, sino también a través de los ojos de los demás”, observa la protagonista, que admira y envidia la espontaneidad de su marido, “libre de cualquier juicio que no fuera el suyo propio”. La asimetría de ambas condiciones construye su propia catedral del mal. La sombra de su apellido señala lo que no se puede nombrar.
Lalami ya ha sido nominada a todos los grandes premios de habla inglesa (Booker, Pulitzer, National Book Awards) por novelas que analizan la experiencia del inmigrante marroquí en los Estados Unidos. Esta última combina la premonición de Gilead, la república teocrática y misógina de El cuento de la criada con la certeza de un lenguaje administrativo legal que aparece en todas las grandes novelas distópicas, de 1984 a Fahrenheit 451 pasando por Un mundo feliz. El lenguaje esquivo y deliberadamente ambiguo del autoritarismo aparece transformado en el código de las grandes plataformas tecnológicas, que se repite como un eco mecánico por los grandes medios de comunicación. Pero la Burocracia que describe con B mayúscula es la de siempre. La que llega poco a poco, en forma de pequeños ajustes y soluciones de conveniencia para mejorar la eficiencia y proteger a la sociedad, hasta que un acontecimiento extremo acelera y consolida su llegada al poder.

Laila Lalami
Traducción de Esther Cruz Santaella
Sexto Piso, 2026
400 páginas. 24,90 euros
EL PAÍS
