Incluso a los gallos que no cantan también les sale la cresta porque ser valiente es una actitud ante la vida. El surfista Aitor Francesena (Zarautz, 55 años) así lo ha demostrado antes y después de su ceguera. Apodado Gallo desde joven, por su determinación y cabezonería, es el hermano mayor de tres; después de él, están Leire y Ainhoa. Perder el sentido de la vista es un viaje en el que ha estado inmerso casi 30 años. En 1984, con 14, dejó de ver por el ojo derecho a propósito de un glaucoma y una infección: “Me habían operado. En esa época jugaba fútbol en la playa, se metió arena y lo perdí”. En 2012, con 42 años, la vida le cambió para siempre tras dos trasplantes de córnea en el ojo izquierdo: “En el primero hubo un rechazo. En el segundo todo iba bien pero había un punto que no se cerraba. Y nada, esperando al tercer trasplante me metí al mar a surfear, me caí en una ola y me reventó el globo ocular”. Su hija Uxue, que por aquel entonces tenía siete años, estaba en la playa y presenció el accidente. Fueron cerca de tres meses de recuperación en el hospital, pero cuando por fin padre e hija se reencontraron la niña le tocó la cabeza y le dijo: “Si no tienes nada. Está donde siempre”. Esta anécdota, y muchas otras, además de su historia de amor con el surf y su existencia en tierra firme aprendiendo una nueva manera de moverse, se recogen en Surfear la vida (Planeta): el libro en el que cuenta cómo el fundido a negro, en el que está inmerso desde hace casi 15 años, ha redefinido sus días.
Desde hace 14 años, este deportista de Zarautz convive con la ceguera. Una circunstancia que no le ha impedido seguir practicando surf ni dejar de vivir “a tope”. En ‘Surfear la vida’, relata, a modo de autobiografía, cómo es la existencia con un permanente fundido a negro
Incluso a los gallos que no cantan también les sale la cresta porque ser valiente es una actitud ante la vida. El surfista Aitor Francesena (Zarautz, 55 años) así lo ha demostrado antes y después de su ceguera. Apodado Gallo desde joven, por su determinación y cabezonería, es el hermano mayor de tres; después de él, están Leire y Ainhoa. Perder el sentido de la vista es un viaje en el que ha estado inmerso casi 30 años. En 1984, con 14, dejó de ver por el ojo derecho a propósito de un glaucoma y una infección: “Me habían operado. En esa época jugaba fútbol en la playa, se metió arena y lo perdí”. En 2012, con 42 años, la vida le cambió para siempre tras dos trasplantes de córnea en el ojo izquierdo: “En el primero hubo un rechazo. En el segundo todo iba bien pero había un punto que no se cerraba. Y nada, esperando al tercer trasplante me metí al mar a surfear, me caí en una ola y me reventó el globo ocular”. Su hija Uxue, que por aquel entonces tenía siete años, estaba en la playa y presenció el accidente. Fueron cerca de tres meses de recuperación en el hospital, pero cuando por fin padre e hija se reencontraron la niña le tocó la cabeza y le dijo: “Si no tienes nada. Está donde siempre”. Esta anécdota, y muchas otras, además de su historia de amor con el surf y su existencia en tierra firme aprendiendo una nueva manera de moverse, se recogen en Surfear la vida (Planeta): el libro en el que cuenta cómo el fundido a negro, en el que está inmerso desde hace casi 15 años, ha redefinido sus días.
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