El teatro de Alberto Conejero es presencia, fuerza y deseo. Lo demostró en 2015 con ‘La piedra oscura’, la obra que recuperó la figura de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y compañero sentimental de Federico García Lorca. También con ‘El mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca’, dedicada al maestro Antoni Benaiges, o con ‘La geometría del trigo’. En todas y cada una de estas piezas Alberto Conejero ha construido una dramaturgia donde la belleza y la memoria avanzan de la mano. De su teatro nadie sale ileso. Conejero ha estrenado sus textos en buena parte de Europa y América. Autor de ‘Los días de la nieve’, ‘Ushuaia’, ‘Todas las noches de un día’ o ‘En mitad de tanto’ fuego, su teatro ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Max y el Premio Ceres al Mejor Autor. También ha firmado adaptaciones de clásicos como Fuenteovejuna, Medea, Electra o Troyanas, además de publicar el poemario ‘Si descubres un incendio’ y su hermoso monólogo ‘Leonora’, que abre la temporada de la Abadía con Natalia Huarte el próximo septiembre.Este verano encuentra a Alberto Conejero volcado en la creación. Mientras una nueva edición de ‘La piedra oscura’ acaba de aparecer en Cátedra junto a ‘Ushuaia’ y ‘En mitad de tanto fuego’, su teatro ha sido cimento para ‘La bola negra’, la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, inspirada en la pieza de Conejero dedicada a Rapún y premiada en el Festival de Cannes, que vuelve a situar el universo lorquiano en el centro de la conversación cultural. Entre Shakespeare, los olivares de Jaén, las cigarras y el teatro griego, Alberto Conejero prepara la obra documental ‘Verbena, imprenta y café’ junto a Xavier Bobés, y el montaje de danza ‘Poemas para un cuerpo’ junto a Antonio Ruz, ambas en torno al legado de la Generación del 27.—¿En qué lugar empieza de verdad el verano?—En el territorio de la infancia: allí donde los veranos parecían eternos, como nuestros sueños y nuestros padres.—¿Qué libro llevaría siempre en la maleta?—Las obras completas de Shakespeare.—¿Cómo baña el sol del verano la piel de Laurencia? ¿El ocio tal y como lo conocemos ahora existiría en nuestros clásicos?—El verano es época de festivales de teatro y Laurencia tuvo noches gloriosas en Almagro en la carne y espíritu de Ana Wagener. Y recuerdo los dos primeros versos de un soneto de Lope de Vega que dicen: «Lloran la ausencia del verano hermoso / las verdes selvas, los amenos prados».—¿A qué paisaje vuelve, aunque no viaje?—Al mar de olivos que rodea Vilches, mi pueblo, con infinitos vencejos apuntalando el cielo y, en la tierra, el canto de las chicharras.—¿Con qué personaje —real o imaginario— compartiría una sobremesa?—Ya que me permites imaginar, ¿puedo reservar mesa en un café inefable con Safo, Federico García Lorca, Tennessee Williams y Lola Flores?—¿Cuál es su forma secreta de perder el tiempo?—Me gusta tumbarme mucho con mis gatas y canturrearles canciones tontas con sus nombres. Son unas santas.—¿Qué lujo pequeño se permite solo en verano?—Alimentarme de gazpacho y sopas frías de melón con hierbabuena; ser nudista de interior.—¿Qué verano le gustaría repetir?—El primer verano que estuve en Grecia y fui a Epidauro. Toda la platea quedó en silencio y se escucharon unos grillos milenarios, justo antes de que Antígona e Ismene salieran de la penumbra.—¿Qué deja atrás cuando llegan las vacaciones?—Los pantalones largos. Me temo que no mucho más.—¿Cómo está siendo el verano que va de ‘La piedra oscura’ al otoño de ‘La bola negra’?—Estoy expectante e ilusionado, aunque el texto teatral que debo entregar en septiembre no permite separarme mucho del suelo. El teatro de Alberto Conejero es presencia, fuerza y deseo. Lo demostró en 2015 con ‘La piedra oscura’, la obra que recuperó la figura de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y compañero sentimental de Federico García Lorca. También con ‘El mar. Visión de unos niños que no lo han visto nunca’, dedicada al maestro Antoni Benaiges, o con ‘La geometría del trigo’. En todas y cada una de estas piezas Alberto Conejero ha construido una dramaturgia donde la belleza y la memoria avanzan de la mano. De su teatro nadie sale ileso. Conejero ha estrenado sus textos en buena parte de Europa y América. Autor de ‘Los días de la nieve’, ‘Ushuaia’, ‘Todas las noches de un día’ o ‘En mitad de tanto’ fuego, su teatro ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Max y el Premio Ceres al Mejor Autor. También ha firmado adaptaciones de clásicos como Fuenteovejuna, Medea, Electra o Troyanas, además de publicar el poemario ‘Si descubres un incendio’ y su hermoso monólogo ‘Leonora’, que abre la temporada de la Abadía con Natalia Huarte el próximo septiembre.Este verano encuentra a Alberto Conejero volcado en la creación. Mientras una nueva edición de ‘La piedra oscura’ acaba de aparecer en Cátedra junto a ‘Ushuaia’ y ‘En mitad de tanto fuego’, su teatro ha sido cimento para ‘La bola negra’, la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, inspirada en la pieza de Conejero dedicada a Rapún y premiada en el Festival de Cannes, que vuelve a situar el universo lorquiano en el centro de la conversación cultural. Entre Shakespeare, los olivares de Jaén, las cigarras y el teatro griego, Alberto Conejero prepara la obra documental ‘Verbena, imprenta y café’ junto a Xavier Bobés, y el montaje de danza ‘Poemas para un cuerpo’ junto a Antonio Ruz, ambas en torno al legado de la Generación del 27.—¿En qué lugar empieza de verdad el verano?—En el territorio de la infancia: allí donde los veranos parecían eternos, como nuestros sueños y nuestros padres.—¿Qué libro llevaría siempre en la maleta?—Las obras completas de Shakespeare.—¿Cómo baña el sol del verano la piel de Laurencia? ¿El ocio tal y como lo conocemos ahora existiría en nuestros clásicos?—El verano es época de festivales de teatro y Laurencia tuvo noches gloriosas en Almagro en la carne y espíritu de Ana Wagener. Y recuerdo los dos primeros versos de un soneto de Lope de Vega que dicen: «Lloran la ausencia del verano hermoso / las verdes selvas, los amenos prados».—¿A qué paisaje vuelve, aunque no viaje?—Al mar de olivos que rodea Vilches, mi pueblo, con infinitos vencejos apuntalando el cielo y, en la tierra, el canto de las chicharras.—¿Con qué personaje —real o imaginario— compartiría una sobremesa?—Ya que me permites imaginar, ¿puedo reservar mesa en un café inefable con Safo, Federico García Lorca, Tennessee Williams y Lola Flores?—¿Cuál es su forma secreta de perder el tiempo?—Me gusta tumbarme mucho con mis gatas y canturrearles canciones tontas con sus nombres. Son unas santas.—¿Qué lujo pequeño se permite solo en verano?—Alimentarme de gazpacho y sopas frías de melón con hierbabuena; ser nudista de interior.—¿Qué verano le gustaría repetir?—El primer verano que estuve en Grecia y fui a Epidauro. Toda la platea quedó en silencio y se escucharon unos grillos milenarios, justo antes de que Antígona e Ismene salieran de la penumbra.—¿Qué deja atrás cuando llegan las vacaciones?—Los pantalones largos. Me temo que no mucho más.—¿Cómo está siendo el verano que va de ‘La piedra oscura’ al otoño de ‘La bola negra’?—Estoy expectante e ilusionado, aunque el texto teatral que debo entregar en septiembre no permite separarme mucho del suelo.
El teatro de Alberto Conejero es presencia, fuerza y deseo. Lo demostró en 2015 con ‘La piedra oscura’, la obra que recuperó la figura de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y compañero sentimental de Federico García Lorca. También con ‘El mar. … Visión de unos niños que no lo han visto nunca’, dedicada al maestro Antoni Benaiges, o con ‘La geometría del trigo’. En todas y cada una de estas piezas Alberto Conejero ha construido una dramaturgia donde la belleza y la memoria avanzan de la mano.
De su teatro nadie sale ileso. Conejero ha estrenado sus textos en buena parte de Europa y América. Autor de ‘Los días de la nieve’, ‘Ushuaia’, ‘Todas las noches de un día’ o ‘En mitad de tanto’ fuego, su teatro ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Max y el Premio Ceres al Mejor Autor. También ha firmado adaptaciones de clásicos como Fuenteovejuna, Medea, Electra o Troyanas, además de publicar el poemario ‘Si descubres un incendio’ y su hermoso monólogo ‘Leonora’, que abre la temporada de la Abadía con Natalia Huarte el próximo septiembre.
Este verano encuentra a Alberto Conejero volcado en la creación. Mientras una nueva edición de ‘La piedra oscura’ acaba de aparecer en Cátedra junto a ‘Ushuaia’ y ‘En mitad de tanto fuego’, su teatro ha sido cimento para ‘La bola negra’, la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, inspirada en la pieza de Conejero dedicada a Rapún y premiada en el Festival de Cannes, que vuelve a situar el universo lorquiano en el centro de la conversación cultural. Entre Shakespeare, los olivares de Jaén, las cigarras y el teatro griego, Alberto Conejero prepara la obra documental ‘Verbena, imprenta y café’ junto a Xavier Bobés, y el montaje de danza ‘Poemas para un cuerpo’ junto a Antonio Ruz, ambas en torno al legado de la Generación del 27.
—¿En qué lugar empieza de verdad el verano?
—En el territorio de la infancia: allí donde los veranos parecían eternos, como nuestros sueños y nuestros padres.
—¿Qué libro llevaría siempre en la maleta?
—Las obras completas de Shakespeare.
—¿Cómo baña el sol del verano la piel de Laurencia? ¿El ocio tal y como lo conocemos ahora existiría en nuestros clásicos?
—El verano es época de festivales de teatro y Laurencia tuvo noches gloriosas en Almagro en la carne y espíritu de Ana Wagener. Y recuerdo los dos primeros versos de un soneto de Lope de Vega que dicen: «Lloran la ausencia del verano hermoso / las verdes selvas, los amenos prados».
—¿A qué paisaje vuelve, aunque no viaje?
—Al mar de olivos que rodea Vilches, mi pueblo, con infinitos vencejos apuntalando el cielo y, en la tierra, el canto de las chicharras.
—¿Con qué personaje —real o imaginario— compartiría una sobremesa?
—Ya que me permites imaginar, ¿puedo reservar mesa en un café inefable con Safo, Federico García Lorca, Tennessee Williams y Lola Flores?
—¿Cuál es su forma secreta de perder el tiempo?
—Me gusta tumbarme mucho con mis gatas y canturrearles canciones tontas con sus nombres. Son unas santas.
—¿Qué lujo pequeño se permite solo en verano?
—Alimentarme de gazpacho y sopas frías de melón con hierbabuena; ser nudista de interior.
—¿Qué verano le gustaría repetir?
—El primer verano que estuve en Grecia y fui a Epidauro. Toda la platea quedó en silencio y se escucharon unos grillos milenarios, justo antes de que Antígona e Ismene salieran de la penumbra.
—¿Qué deja atrás cuando llegan las vacaciones?
—Los pantalones largos. Me temo que no mucho más.
—¿Cómo está siendo el verano que va de ‘La piedra oscura’ al otoño de ‘La bola negra’?
—Estoy expectante e ilusionado, aunque el texto teatral que debo entregar en septiembre no permite separarme mucho del suelo.
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