Decía Manuel Molina, sumido en el hastío de ver a esos ingenieros en los estudios de grabación, arreglando y engañando como gandules y birlongos, la falta de alma de tal cantaor… «Bueno, ¿y aquí cuándo coño se dice ole?». Viene a ser uno de los mejores ejemplos de lo que vivimos en el siglo actual, y es que el toreo está plagaíto de ingenieros de estudio a los que se refería Manuel. Tengo más que asumido que aquello que fue… no volverá. Con lo cual, vengo a decir, que ando con curiosidad de ver las cosas de hoy, ¡no aquellas que fueron!, sino esas que deben ser. Y con todo, hay algo que se le escapa al propio tiempo, y son esas cosas que fueron… son y serán para ese otro reloj del sentimiento, pues ahí no manda nadie. Me viene a la mente algo que escribí en ‘Quejíos’: «A veces voy a los toros para volver a ver esas otras corridas… las del recuerdo». Sólo así se entenderá que uno, viendo una foto de Rafael el Gallo pegando una espantá (la suya y la de nadie más) ante el morlaco perseguidor, sienta que los toreros son, antes que héroes, seres humanos, llenos de miedos y dudas, y que precisamente por superarlas, haya que decirle ole a ese Divino Calvo, un ole callado o casi susurrante, pues ésos son los mejores. Se entenderá que, ante un molinete de Juan Belmonte, uno piense que todo ha de ser eso mismo, una cuestión de arrebato emocional. Y que toda geometría sólo ha de servir para que ese brote del espíritu se haga visible. Se sentirá, cómo ante un natural de Curro Romero, toda belleza precisa de una medida, pues el fin y principio de todo arte es la búsqueda incesante de la belleza, y darle a esa belleza un estilo propio. Y se entenderá que ante un trincherazo de Rafael de Paula, algunos sabrán ver las cumbres borrascosas del fin del mundo, allí o allá, donde la tierra se perdió para confundirse con el cielo, y donde aquel eco de su cultura sigue siendo el más hondo desfiladero del arte. Decía Manuel Molina, sumido en el hastío de ver a esos ingenieros en los estudios de grabación, arreglando y engañando como gandules y birlongos, la falta de alma de tal cantaor… «Bueno, ¿y aquí cuándo coño se dice ole?». Viene a ser uno de los mejores ejemplos de lo que vivimos en el siglo actual, y es que el toreo está plagaíto de ingenieros de estudio a los que se refería Manuel. Tengo más que asumido que aquello que fue… no volverá. Con lo cual, vengo a decir, que ando con curiosidad de ver las cosas de hoy, ¡no aquellas que fueron!, sino esas que deben ser. Y con todo, hay algo que se le escapa al propio tiempo, y son esas cosas que fueron… son y serán para ese otro reloj del sentimiento, pues ahí no manda nadie. Me viene a la mente algo que escribí en ‘Quejíos’: «A veces voy a los toros para volver a ver esas otras corridas… las del recuerdo». Sólo así se entenderá que uno, viendo una foto de Rafael el Gallo pegando una espantá (la suya y la de nadie más) ante el morlaco perseguidor, sienta que los toreros son, antes que héroes, seres humanos, llenos de miedos y dudas, y que precisamente por superarlas, haya que decirle ole a ese Divino Calvo, un ole callado o casi susurrante, pues ésos son los mejores. Se entenderá que, ante un molinete de Juan Belmonte, uno piense que todo ha de ser eso mismo, una cuestión de arrebato emocional. Y que toda geometría sólo ha de servir para que ese brote del espíritu se haga visible. Se sentirá, cómo ante un natural de Curro Romero, toda belleza precisa de una medida, pues el fin y principio de todo arte es la búsqueda incesante de la belleza, y darle a esa belleza un estilo propio. Y se entenderá que ante un trincherazo de Rafael de Paula, algunos sabrán ver las cumbres borrascosas del fin del mundo, allí o allá, donde la tierra se perdió para confundirse con el cielo, y donde aquel eco de su cultura sigue siendo el más hondo desfiladero del arte.
Jesús Soto de Paula
Decía Manuel Molina, sumido en el hastío de ver a esos ingenieros en los estudios de grabación, arreglando y engañando como gandules y birlongos, la falta de alma de tal cantaor… «Bueno, ¿y aquí cuándo coño se dice ole?». Viene a ser uno de los … mejores ejemplos de lo que vivimos en el siglo actual, y es que el toreo está plagaíto de ingenieros de estudio a los que se refería Manuel. Tengo más que asumido que aquello que fue… no volverá. Con lo cual, vengo a decir, que ando con curiosidad de ver las cosas de hoy, ¡no aquellas que fueron!, sino esas que deben ser. Y con todo, hay algo que se le escapa al propio tiempo, y son esas cosas que fueron… son y serán para ese otro reloj del sentimiento, pues ahí no manda nadie. Me viene a la mente algo que escribí en ‘Quejíos’: «A veces voy a los toros para volver a ver esas otras corridas… las del recuerdo». Sólo así se entenderá que uno, viendo una foto de Rafael el Gallo pegando una espantá (la suya y la de nadie más) ante el morlaco perseguidor, sienta que los toreros son, antes que héroes, seres humanos, llenos de miedos y dudas, y que precisamente por superarlas, haya que decirle ole a ese Divino Calvo, un ole callado o casi susurrante, pues ésos son los mejores. Se entenderá que, ante un molinete de Juan Belmonte, uno piense que todo ha de ser eso mismo, una cuestión de arrebato emocional. Y que toda geometría sólo ha de servir para que ese brote del espíritu se haga visible. Se sentirá, cómo ante un natural de Curro Romero, toda belleza precisa de una medida, pues el fin y principio de todo arte es la búsqueda incesante de la belleza, y darle a esa belleza un estilo propio. Y se entenderá que ante un trincherazo de Rafael de Paula, algunos sabrán ver las cumbres borrascosas del fin del mundo, allí o allá, donde la tierra se perdió para confundirse con el cielo, y donde aquel eco de su cultura sigue siendo el más hondo desfiladero del arte.
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