Hay tardes que se recuerdan por un nombre propio. Y otras —las que de verdad importan— que quedan fijadas en la memoria por la obra colectiva de una ganadería. La novillada de Alejandro Talavante en Sevilla fue de esas. Extraordinaria en su conjunto, con clase, fondo y emoción. Pero también con algo más difícil de explicar: con alma.Porque esta novillada no empezó a las seis y media. Empezó una semana antes, en la Real Venta de Antequera, donde los animales aguardaron, se enseñaron y se dejaron ver sin prisas. Donde el aficionado pudo medirlos en el silencio del corral. Y quizá por eso llegaron a la Maestranza con otro poso. Con otra verdad.No fue una novillada más. Fue una de esas que reconcilian. Que devuelven la fe en el género. Que le dicen al aficionado que merece la pena. Hubo variedad, comportamiento y una constante: la embestida con sentido. Sin vulgaridad. Sin engaños.El segundo, con un pitón derecho extraordinario, y el tercero, con un izquierdo de cartel, componían ese novillo perfecto que casi nunca aparece. Y la novillada no se cayó ahí. El quinto fue un gran novillo, completo y exigente, de los de dos orejas. El sexto, tras un inicio incierto, terminó rompiendo con calidad. Incluso los menos claros mantuvieron el interés. Fue una obra medida, con argumento de principio a fin.En ese escenario, los novilleros tuvieron que estar. Julio Norte entendió la dimensión de lo que tenía delante. Supo templar, alargar la embestida y dejar muletazos con poso, especialmente al natural. Cortó una oreja a cada oponente y se fue a hombros por la Puerta de Cuadrillas, con ese sabor que deja Sevilla cuando se roza lo grande.Tomás Bastos también se encontró con un lote de Puerta del Príncipe. Toreó con gusto, con pulso, conectando con el tendido. Pero le faltó rematar con la espada lo que el novillo le puso en bandeja, especialmente en el quinto, que fue de los de romper la tarde.Emiliano Osornio, por su parte, dejó detalles de concepto ante un lote más complicado. Se le vio intención, querer hacer las cosas bien, pero sin la continuidad necesaria para redondear.Porque al final, de eso se trata. De salir de la plaza hablando del novillo. De comentar un pitón, una embestida, un tranco. De sentir que lo que ha pasado en el ruedo tiene verdad y no es un decorado. Sevilla no pide milagros. Pide esto. Una novillada como la de Talavante: hecha, con alma y con criterio. De las que no engañan. De las que se recuerdan. De las que, cuando pasan, reconcilian al aficionado con todo lo demás, porque se emociona y se divierte. Y eso —aunque no siempre se mida en trofeos— es lo más importante que puede ocurrir en una plaza.RevoleraDiversión: El público, que llenó a medias los tendidos maestrantes, se divirtió de verdad en una de las novilladas más completas y redondas de los últimos tiempos. Los primeros: Joaquín Oliveira y Fernando Sánchez se convirtieron en los primeros subalternos en desmonterarse en esta Feria de Abril, tras firmar un tercio de banderillas de gran nivel al quinto. Talavante: Va siendo momento de dejar de ver novilladas de Talavante para empezar a ver corridas de toros de Talavante en plazas de máxima responsabilidad. Hay tardes que se recuerdan por un nombre propio. Y otras —las que de verdad importan— que quedan fijadas en la memoria por la obra colectiva de una ganadería. La novillada de Alejandro Talavante en Sevilla fue de esas. Extraordinaria en su conjunto, con clase, fondo y emoción. Pero también con algo más difícil de explicar: con alma.Porque esta novillada no empezó a las seis y media. Empezó una semana antes, en la Real Venta de Antequera, donde los animales aguardaron, se enseñaron y se dejaron ver sin prisas. Donde el aficionado pudo medirlos en el silencio del corral. Y quizá por eso llegaron a la Maestranza con otro poso. Con otra verdad.No fue una novillada más. Fue una de esas que reconcilian. Que devuelven la fe en el género. Que le dicen al aficionado que merece la pena. Hubo variedad, comportamiento y una constante: la embestida con sentido. Sin vulgaridad. Sin engaños.El segundo, con un pitón derecho extraordinario, y el tercero, con un izquierdo de cartel, componían ese novillo perfecto que casi nunca aparece. Y la novillada no se cayó ahí. El quinto fue un gran novillo, completo y exigente, de los de dos orejas. El sexto, tras un inicio incierto, terminó rompiendo con calidad. Incluso los menos claros mantuvieron el interés. Fue una obra medida, con argumento de principio a fin.En ese escenario, los novilleros tuvieron que estar. Julio Norte entendió la dimensión de lo que tenía delante. Supo templar, alargar la embestida y dejar muletazos con poso, especialmente al natural. Cortó una oreja a cada oponente y se fue a hombros por la Puerta de Cuadrillas, con ese sabor que deja Sevilla cuando se roza lo grande.Tomás Bastos también se encontró con un lote de Puerta del Príncipe. Toreó con gusto, con pulso, conectando con el tendido. Pero le faltó rematar con la espada lo que el novillo le puso en bandeja, especialmente en el quinto, que fue de los de romper la tarde.Emiliano Osornio, por su parte, dejó detalles de concepto ante un lote más complicado. Se le vio intención, querer hacer las cosas bien, pero sin la continuidad necesaria para redondear.Porque al final, de eso se trata. De salir de la plaza hablando del novillo. De comentar un pitón, una embestida, un tranco. De sentir que lo que ha pasado en el ruedo tiene verdad y no es un decorado. Sevilla no pide milagros. Pide esto. Una novillada como la de Talavante: hecha, con alma y con criterio. De las que no engañan. De las que se recuerdan. De las que, cuando pasan, reconcilian al aficionado con todo lo demás, porque se emociona y se divierte. Y eso —aunque no siempre se mida en trofeos— es lo más importante que puede ocurrir en una plaza.RevoleraDiversión: El público, que llenó a medias los tendidos maestrantes, se divirtió de verdad en una de las novilladas más completas y redondas de los últimos tiempos. Los primeros: Joaquín Oliveira y Fernando Sánchez se convirtieron en los primeros subalternos en desmonterarse en esta Feria de Abril, tras firmar un tercio de banderillas de gran nivel al quinto. Talavante: Va siendo momento de dejar de ver novilladas de Talavante para empezar a ver corridas de toros de Talavante en plazas de máxima responsabilidad.
Hay tardes que se recuerdan por un nombre propio. Y otras —las que de verdad importan— que quedan fijadas en la memoria por la obra colectiva de una ganadería. La novillada de Alejandro Talavante en Sevilla fue de esas. Extraordinaria en su conjunto, con clase, … fondo y emoción. Pero también con algo más difícil de explicar: con alma.
Porque esta novillada no empezó a las seis y media. Empezó una semana antes, en la Real Venta de Antequera, donde los animales aguardaron, se enseñaron y se dejaron ver sin prisas. Donde el aficionado pudo medirlos en el silencio del corral. Y quizá por eso llegaron a la Maestranza con otro poso. Con otra verdad.
No fue una novillada más. Fue una de esas que reconcilian. Que devuelven la fe en el género. Que le dicen al aficionado que merece la pena. Hubo variedad, comportamiento y una constante: la embestida con sentido. Sin vulgaridad. Sin engaños.
El segundo, con un pitón derecho extraordinario, y el tercero, con un izquierdo de cartel, componían ese novillo perfecto que casi nunca aparece. Y la novillada no se cayó ahí. El quinto fue un gran novillo, completo y exigente, de los de dos orejas. El sexto, tras un inicio incierto, terminó rompiendo con calidad. Incluso los menos claros mantuvieron el interés. Fue una obra medida, con argumento de principio a fin.
En ese escenario, los novilleros tuvieron que estar. Julio Norte entendió la dimensión de lo que tenía delante. Supo templar, alargar la embestida y dejar muletazos con poso, especialmente al natural. Cortó una oreja a cada oponente y se fue a hombros por la Puerta de Cuadrillas, con ese sabor que deja Sevilla cuando se roza lo grande.
Tomás Bastos también se encontró con un lote de Puerta del Príncipe. Toreó con gusto, con pulso, conectando con el tendido. Pero le faltó rematar con la espada lo que el novillo le puso en bandeja, especialmente en el quinto, que fue de los de romper la tarde.
Emiliano Osornio, por su parte, dejó detalles de concepto ante un lote más complicado. Se le vio intención, querer hacer las cosas bien, pero sin la continuidad necesaria para redondear.
Porque al final, de eso se trata. De salir de la plaza hablando del novillo. De comentar un pitón, una embestida, un tranco. De sentir que lo que ha pasado en el ruedo tiene verdad y no es un decorado. Sevilla no pide milagros. Pide esto. Una novillada como la de Talavante: hecha, con alma y con criterio. De las que no engañan. De las que se recuerdan. De las que, cuando pasan, reconcilian al aficionado con todo lo demás, porque se emociona y se divierte. Y eso —aunque no siempre se mida en trofeos— es lo más importante que puede ocurrir en una plaza.
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Diversión: El público, que llenó a medias los tendidos maestrantes, se divirtió de verdad en una de las novilladas más completas y redondas de los últimos tiempos.
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Los primeros: Joaquín Oliveira y Fernando Sánchez se convirtieron en los primeros subalternos en desmonterarse en esta Feria de Abril, tras firmar un tercio de banderillas de gran nivel al quinto.
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Talavante: Va siendo momento de dejar de ver novilladas de Talavante para empezar a ver corridas de toros de Talavante en plazas de máxima responsabilidad.
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