Segunda vez en Mérida; y segunda vez que estrena en las ruinas romanas de la mano de Plauto. Entonces, en 2022, fue ‘Miles Gloriosus’; y ahora, ‘La comedia de la olla’. «Soy amigo de la comedia y soy amigo de Plauto», resume Carlos Sobera sobre un hombre que inspiró a dramaturgos como Shakespeare y Molière. De hecho, continúa el intérprete, es la obra que presenta este miércoles el antecedente directo de ‘El avaro’ del autor francés.
Es esta una muestra de que no todo en el antiguo mundo clásico fue una tragedia. También tuvieron tiempo para la risa. «Hubo muchísima comedia», puntualiza el actor y presentador. Y es que esta pieza no solo es una precuela del texto de Molière, sino que es una descripción de la propia historia del hombre: «La historia de esa avaricia nos persigue. Dinero y poder, que al final es lo mismo. Ostentación. Preocuparse más de tener que de ser, que dicen los modernos».
Asegura Sobera que los clásicos ya «lo descubrieron todo y escribieron sobre ello». Y así se expone en esta ‘Comedia de la olla’ que ahora dirige José Luis Iborra en el Festival de Mérida; y que, pese a las risas, «no está exenta de una reflexión sin pretensiones, que es lo bueno de los clásicos: que no son pretenciosos», apunta.
–¿Y cuál es su propia reflexión?
–El mensaje de Plauto, que también es el de Molière, es que el hombre tiene que preocuparse mucho más por cómo es y cuáles son sus valores morales y éticos, que por lo que acumula, ya sea riqueza o poder. Eso solo puede conducir a perder lo más importante que hay en la vida, que es el amor y el respeto de los demás.
El suyo, Euclión, es «un personaje odiado», reconoce: «Cuanto más tienes y acumulas, más rechazado eres por los demás y, probablemente, en muchos casos con una grandísima razón».
–Los autores clásicos vienen repitiéndolo certezas desde hace más de 2.000 años, pero no aprendemos. ¿Por qué? ¿Somos analfabetos o nos hacemos los orejas?
–Llevo días haciéndome esta pregunta a raíz de los incendios Toledo, Ávila y Madrid. ¿Cómo se puede repetir lo que ocurrió el año pasado, y el anterior, y el anterior, y el anterior…? El discurso siempre es el mismo: vamos a poner más medios, vamos a cuidar más el monte, es nuestro patrimonio… Pero seguimos igual: sin el suficiente número de aviones y de efectivos; y sin medidas preventivas. Entonces te das cuenta de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos y 200 millones de veces con la misma piedra. A un zorro que le pillan en una trampa no le pillan dos. Igual muere en la primera, pero si se salva, no vuelve a caer en su vida. Se supone que contamos con grandes dosis de inteligencia y desarrollo, pero no sabemos utilizarlas. Es impresionante.
–¿Y, a nivel personal, cuál es su piedra?
–El exceso de trabajo. Hay que trabajar mucho, pero con cierto grado de cuidado para dedicar mucho tiempo a familia, amigos y uno mismo. Y consejos doy que para mí no tengo porque tropiezo constantemente en esta piedra.
–Entra en edad de jubilación, ya sabe…
–La ventaja que tenemos los comunicadores y, sobre todo, los actores es que hasta que no morimos no paramos. No sabemos ver la vida de otra manera. Según cumplimos años evolucionamos hacia otro tipo de papeles. Pronto me ofrecerán hacer del abuelo de Heidi en una versión para el cine [ríe]. Y hasta que no llega tu último estertor no paras. No pienso nunca en la jubilación, aunque sí en moderar mi exposición y mi nivel de horas de trabajo. Pero ese es el sueño que tenemos todos los seres humanos y casi nunca lo cumplimos.
–¿Cuándo te empezaste a considerar un privilegiado de la profesión?
–Desde el primer momento porque el privilegio es trabajar. No hay trabajo pequeño aunque se pague con poco dinero. Nunca hay poco dinero. Es difícil encontrar la oportunidad y progresar. Es difícil vivir de esta profesión. Solo hay que ver el número de actores que necesitan complementar sus ingresos con otras actividades. Por todo eso me llevo sintiendo un privilegiado desde hace más de treinta años.
–»Nunca hay poco dinero»: esa frase podría ser de su personaje.
–Sí, pero todo el dinero que uno recibe por trabajar es digno. No me gusta la gente que protesta permanentemente por lo que le pagan o dejan de pagar… siempre que se haya aceptado con libertad.
–¿Quién es este Euclión?
–Un hombre con la escala de valores totalmente torcida. Su única preocupación es acumular dinero, el único bien que le reporta satisfacción. Él lo dice: «Cuanto más dinero se tiene, más feliz se es». La vida luego le demuestra que no es así. El dinero no es igual a felicidad. Y lo aprende de una manera descarnada, como siempre lo hacen los clásicos. Se convierte en objeto de mofa y sufre las consecuencias de su ambición desmedida y egoísmo. No cree en el amor, ni en el cariño, ni en el respeto a los demás. Solo valora a las personas por lo que tienen y no por lo que son.
–¿La imagen de este avaro escondiendo su olla de monedas de oro nos puede recordar a ciertas joyas de las que nadie tenía conocimiento hasta hace dos meses?
–La actualidad siempre pesa y habrá quien se acuerde de estas cosas. Pero yo creo que la lección de Plauto va mucho más allá de los casos puntuales. Pero bueno, esos casos puntuales demuestran lo que decíamos de que pasa el tiempo y seguimos cayendo en los mismos errores, incluso personas que se supone que tienen una formación y una ética importante.
–¿Dónde guarda usted su olla con el oro?
–No tengo ni olla ni monedas de oro.
–¿Y su olla metafórica?
–Sería la cultural: la olla de hacer teatro y audiovisual. Pero, sobre todo, el teatro me produce una gran satisfacción. Me siento muy pagado, pletórico, realizado, cuando estoy preparando una función. Ahí sí que mi ambición no tiene límites. Hago una y ya estoy pensando en la siguiente.
–Disfruta usted… y el público. Porque sale su nombre y las entradas vuelan.
–Siento ese cariño en primera persona. La gente se gasta su dinero en verte y por eso no puedo decir que no a una foto. Me piden perdón por pararme y les digo que de eso nada, que es una manera mínima de devolverles el cariño y el respeto que tienen por mí y por mi trabajo.
–Ya dijo Concha Velasco en una situación similar, además en Mérida, que «de estas vivimos».
–Porque la mayor recompensa que puede tener un profesional es el cariño y el respeto del público. Ellos son los que te sitúan en tu lugar. Cuando la gente disfruta con tu trabajo, como pasaba con Concha, te conviertes en una persona de interés para los productores, para las cadenas televisivas y para los teatros. Y eso es lo que hace que te contraten. Entonces, nuestro contratante fundamental siempre es el público. Nuestro principal éxito es el aplauso del público, mucho más que incluso un Goya.
Regresa a las ruinas del Festival de Mérida convertido en avaro para hacer reír a los más de 3.000 espectadores de cada función
Segunda vez en Mérida; y segunda vez que estrena en las ruinas romanas de la mano de Plauto. Entonces, en 2022, fue ‘Miles Gloriosus’; y ahora, ‘La comedia de la olla’. «Soy amigo de la comedia y soy amigo de Plauto», resume Carlos Sobera sobre un hombre que inspiró a dramaturgos como Shakespeare y Molière. De hecho, continúa el intérprete, es la obra que presenta este miércoles el antecedente directo de ‘El avaro’ del autor francés.
Es esta una muestra de que no todo en el antiguo mundo clásico fue una tragedia. También tuvieron tiempo para la risa. «Hubo muchísima comedia», puntualiza el actor y presentador. Y es que esta pieza no solo es una precuela del texto de Molière, sino que es una descripción de la propia historia del hombre: «La historia de esa avaricia nos persigue. Dinero y poder, que al final es lo mismo. Ostentación. Preocuparse más de tener que de ser, que dicen los modernos».
Asegura Sobera que los clásicos ya «lo descubrieron todo y escribieron sobre ello». Y así se expone en esta ‘Comedia de la olla’ que ahora dirige José Luis Iborra en el Festival de Mérida; y que, pese a las risas, «no está exenta de una reflexión sin pretensiones, que es lo bueno de los clásicos: que no son pretenciosos», apunta.
–¿Y cuál es su propia reflexión?
–El mensaje de Plauto, que también es el de Molière, es que el hombre tiene que preocuparse mucho más por cómo es y cuáles son sus valores morales y éticos, que por lo que acumula, ya sea riqueza o poder. Eso solo puede conducir a perder lo más importante que hay en la vida, que es el amor y el respeto de los demás.
El suyo, Euclión, es «un personaje odiado», reconoce: «Cuanto más tienes y acumulas, más rechazado eres por los demás y, probablemente, en muchos casos con una grandísima razón».
–Los autores clásicos vienen repitiéndolo certezas desde hace más de 2.000 años, pero no aprendemos. ¿Por qué? ¿Somos analfabetos o nos hacemos los orejas?
–Llevo días haciéndome esta pregunta a raíz de los incendios Toledo, Ávila y Madrid. ¿Cómo se puede repetir lo que ocurrió el año pasado, y el anterior, y el anterior, y el anterior…? El discurso siempre es el mismo: vamos a poner más medios, vamos a cuidar más el monte, es nuestro patrimonio… Pero seguimos igual: sin el suficiente número de aviones y de efectivos; y sin medidas preventivas. Entonces te das cuenta de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos y 200 millones de veces con la misma piedra. A un zorro que le pillan en una trampa no le pillan dos. Igual muere en la primera, pero si se salva, no vuelve a caer en su vida. Se supone que contamos con grandes dosis de inteligencia y desarrollo, pero no sabemos utilizarlas. Es impresionante.
–¿Y, a nivel personal, cuál es su piedra?
–El exceso de trabajo. Hay que trabajar mucho, pero con cierto grado de cuidado para dedicar mucho tiempo a familia, amigos y uno mismo. Y consejos doy que para mí no tengo porque tropiezo constantemente en esta piedra.
–Entra en edad de jubilación, ya sabe…
–La ventaja que tenemos los comunicadores y, sobre todo, los actores es que hasta que no morimos no paramos. No sabemos ver la vida de otra manera. Según cumplimos años evolucionamos hacia otro tipo de papeles. Pronto me ofrecerán hacer del abuelo de Heidi en una versión para el cine [ríe]. Y hasta que no llega tu último estertor no paras. No pienso nunca en la jubilación, aunque sí en moderar mi exposición y mi nivel de horas de trabajo. Pero ese es el sueño que tenemos todos los seres humanos y casi nunca lo cumplimos.
–¿Cuándo te empezaste a considerar un privilegiado de la profesión?
–Desde el primer momento porque el privilegio es trabajar. No hay trabajo pequeño aunque se pague con poco dinero. Nunca hay poco dinero. Es difícil encontrar la oportunidad y progresar. Es difícil vivir de esta profesión. Solo hay que ver el número de actores que necesitan complementar sus ingresos con otras actividades. Por todo eso me llevo sintiendo un privilegiado desde hace más de treinta años.
–»Nunca hay poco dinero»: esa frase podría ser de su personaje.
–Sí, pero todo el dinero que uno recibe por trabajar es digno. No me gusta la gente que protesta permanentemente por lo que le pagan o dejan de pagar… siempre que se haya aceptado con libertad.
–¿Quién es este Euclión?
–Un hombre con la escala de valores totalmente torcida. Su única preocupación es acumular dinero, el único bien que le reporta satisfacción. Él lo dice: «Cuanto más dinero se tiene, más feliz se es». La vida luego le demuestra que no es así. El dinero no es igual a felicidad. Y lo aprende de una manera descarnada, como siempre lo hacen los clásicos. Se convierte en objeto de mofa y sufre las consecuencias de su ambición desmedida y egoísmo. No cree en el amor, ni en el cariño, ni en el respeto a los demás. Solo valora a las personas por lo que tienen y no por lo que son.
–¿La imagen de este avaro escondiendo su olla de monedas de oro nos puede recordar a ciertas joyas de las que nadie tenía conocimiento hasta hace dos meses?
–La actualidad siempre pesa y habrá quien se acuerde de estas cosas. Pero yo creo que la lección de Plauto va mucho más allá de los casos puntuales. Pero bueno, esos casos puntuales demuestran lo que decíamos de que pasa el tiempo y seguimos cayendo en los mismos errores, incluso personas que se supone que tienen una formación y una ética importante.
–¿Dónde guarda usted su olla con el oro?
–No tengo ni olla ni monedas de oro.
–¿Y su olla metafórica?
–Sería la cultural: la olla de hacer teatro y audiovisual. Pero, sobre todo, el teatro me produce una gran satisfacción. Me siento muy pagado, pletórico, realizado, cuando estoy preparando una función. Ahí sí que mi ambición no tiene límites. Hago una y ya estoy pensando en la siguiente.
–Disfruta usted… y el público. Porque sale su nombre y las entradas vuelan.
–Siento ese cariño en primera persona. La gente se gasta su dinero en verte y por eso no puedo decir que no a una foto. Me piden perdón por pararme y les digo que de eso nada, que es una manera mínima de devolverles el cariño y el respeto que tienen por mí y por mi trabajo.
–Ya dijo Concha Velasco en una situación similar, además en Mérida, que «de estas vivimos».
–Porque la mayor recompensa que puede tener un profesional es el cariño y el respeto del público. Ellos son los que te sitúan en tu lugar. Cuando la gente disfruta con tu trabajo, como pasaba con Concha, te conviertes en una persona de interés para los productores, para las cadenas televisivas y para los teatros. Y eso es lo que hace que te contraten. Entonces, nuestro contratante fundamental siempre es el público. Nuestro principal éxito es el aplauso del público, mucho más que incluso un Goya.
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