Últimamente las personas van por la vida pensando que lo que escuchan es una suerte para los demás. Podría ser que fuera una casualidad, una moda o una mera desgracia pasajera, pero me temo que no tenemos nada que hacer. Decía Peláez en una de sus miradas que los teléfonos de ahora son tan inteligentes que servirán incluso para hacer llamadas. Mientras tanto, son para todo lo demás.Hay sonidos que forman parte del paisaje de un país . El vendedor de lotería cantando un número en la puerta de un mercado. El camarero golpeando la cafetera a las siete de la mañana. El silbato del revisor cuando el tren está a punto de salir, el afilador, el chatarrero, e incluso las discusiones de una pareja en un cuarto piso abierto de par en par, siempre han tenido algo de costumbrismo. Uno que, además, terminamos aceptando porque forma parte de la banda sonora de nuestra sociedad.Luego está el ruido que no pertenece a ningún sitio y, sin embargo, aparece en todos. Ese que llega sin preguntar. El que uno no ha elegido escuchar y acaba acompañándole durante todo el trayecto porque un desconocido ha decidido convertir su teléfono móvil en un altavoz municipal. No recuerdo cuándo empezó esta costumbre. Sospecho que fue poco a poco, como llegan todas las malas educaciones. Primero apareció alguien hablando con el manos libres mientras paseaba por la calle. Nos hizo gracia porque parecía un hombre que discutía solo. Después comenzaron los vídeos de las redes sociales reproduciéndose sin auriculares. Más tarde llegaron las videollamadas en mitad del autobús, las canciones en la playa, los mensajes de voz escuchados a un volumen suficiente para que media provincia pudiera enterarse de la ruptura sentimental de una pareja de Cuenca. Y así hasta hoy, que ya forma parte de todo. Sales de casa sin saber si vas a comprar el pan o a convertirte en confidente involuntario de la vida de alguien.Hay un personaje que todos conocemos . Está sentado en el autobús dos filas más atrás. Lleva el teléfono apoyado sobre la palma de la mano como quien transporta un canapé caliente en una boda. El altavoz escupe una conversación que jamás debió abandonar la intimidad de dos personas. Él responde elevando la voz, convencido de que la distancia se mide en decibelios: —No, mamá, dile al traumatólogo que no voy porque todavía tengo la pierna inflamada y me han salido unos granos con pus que cuando doy dos pasos se estallan y dejan mi pie lleno de crema agria. Toda la línea de autobús asiente mentalmente. Algunos ya empiezan a preocuparse por ese pie. Otros esperan que el especialista le cambie el tratamiento porque, después de veinte minutos, uno termina implicándose en la historia como si formara parte de la familia.Lo sorprendente no es que hable alto. Lo sorprendente es la absoluta naturalidad con la que convierte a cincuenta desconocidos en figurantes de una conversación privada. Nadie le ha pedido participar. Nadie conoce a su madre. Nadie necesita saber si el cuñado es podólogo o si la niña aprobó matemáticas en septiembre. Pero allí estamos todos, escuchando el atroz drama por capítulos mientras miramos por la ventanilla con resignación. En verano la especie se multiplica.Basta con que se acerquen a una playa para comprobar que el Mediterráneo ya no compite con el rumor de los barcos y las olas . Ahora tiene que hacerlo con un altavoz inalámbrico que reproduce la misma lista de canciones durante seis horas seguidas. Hay quien coloca la sombrilla, extiende la toalla, unta de crema a los niños y, antes incluso de tocar la arena con los pies, considera imprescindible que cuatrocientas personas escuchen exactamente la música que él ha seleccionado esa mañana. Siempre he pensado que escuchar música es una de las cosas más íntimas que existen. Cada uno tiene una banda sonora que le devuelve a una persona, a un verano o a una calle donde fue menos infeliz. Precisamente por eso resulta tan extraño encontrar individuos empeñados en imponer la suya a todo el mundo. Es como entrar en una biblioteca repartiendo fotografías de la primera comunión de los hijos.Lo mismo sucede en las terrazas . Hay mesas enteras donde cada vídeo empieza con el volumen al máximo. Da igual que el camarero esté tomando nota, que la pareja de al lado intente conversar o que una mujer lea el periódico después de comer. El algoritmo de un desconocido ha adquirido más importancia que la tranquilidad del resto. El teléfono inteligente nos permite hablar con cualquier rincón del planeta mientras olvidamos que a medio metro hay otra persona.No creo que esto tenga que ver con la tecnología. Tampoco con la edad. He visto chavales quitarse un auricular para no molestar y jubilados viendo vídeos de recetas como si estuvieran inaugurando la megafonía de Barajas. La educación nunca ha dependido de los años. Depende de esa vieja costumbre de levantar la vista y comprobar si alrededor hay alguien más a quien se puede dar el coñazo.Quizá el verdadero lujo de nuestro tiempo ya no sea una casa frente al mar ni tiempo para disfrutarla. Empieza a parecerse mucho más a encontrar diez minutos de silencio en un mundo donde cada persona está convencida de que su conversación, su vídeo o su canción merecen convertirse en la banda sonora de la vida de los demás. Y cuando una sociedad pierde el respeto por el silencio, casi siempre es porque antes ha perdido algo mucho más importante: la conciencia de que no estamos solos, ¡maldito coñazo! Últimamente las personas van por la vida pensando que lo que escuchan es una suerte para los demás. Podría ser que fuera una casualidad, una moda o una mera desgracia pasajera, pero me temo que no tenemos nada que hacer. Decía Peláez en una de sus miradas que los teléfonos de ahora son tan inteligentes que servirán incluso para hacer llamadas. Mientras tanto, son para todo lo demás.Hay sonidos que forman parte del paisaje de un país . El vendedor de lotería cantando un número en la puerta de un mercado. El camarero golpeando la cafetera a las siete de la mañana. El silbato del revisor cuando el tren está a punto de salir, el afilador, el chatarrero, e incluso las discusiones de una pareja en un cuarto piso abierto de par en par, siempre han tenido algo de costumbrismo. Uno que, además, terminamos aceptando porque forma parte de la banda sonora de nuestra sociedad.Luego está el ruido que no pertenece a ningún sitio y, sin embargo, aparece en todos. Ese que llega sin preguntar. El que uno no ha elegido escuchar y acaba acompañándole durante todo el trayecto porque un desconocido ha decidido convertir su teléfono móvil en un altavoz municipal. No recuerdo cuándo empezó esta costumbre. Sospecho que fue poco a poco, como llegan todas las malas educaciones. Primero apareció alguien hablando con el manos libres mientras paseaba por la calle. Nos hizo gracia porque parecía un hombre que discutía solo. Después comenzaron los vídeos de las redes sociales reproduciéndose sin auriculares. Más tarde llegaron las videollamadas en mitad del autobús, las canciones en la playa, los mensajes de voz escuchados a un volumen suficiente para que media provincia pudiera enterarse de la ruptura sentimental de una pareja de Cuenca. Y así hasta hoy, que ya forma parte de todo. Sales de casa sin saber si vas a comprar el pan o a convertirte en confidente involuntario de la vida de alguien.Hay un personaje que todos conocemos . Está sentado en el autobús dos filas más atrás. Lleva el teléfono apoyado sobre la palma de la mano como quien transporta un canapé caliente en una boda. El altavoz escupe una conversación que jamás debió abandonar la intimidad de dos personas. Él responde elevando la voz, convencido de que la distancia se mide en decibelios: —No, mamá, dile al traumatólogo que no voy porque todavía tengo la pierna inflamada y me han salido unos granos con pus que cuando doy dos pasos se estallan y dejan mi pie lleno de crema agria. Toda la línea de autobús asiente mentalmente. Algunos ya empiezan a preocuparse por ese pie. Otros esperan que el especialista le cambie el tratamiento porque, después de veinte minutos, uno termina implicándose en la historia como si formara parte de la familia.Lo sorprendente no es que hable alto. Lo sorprendente es la absoluta naturalidad con la que convierte a cincuenta desconocidos en figurantes de una conversación privada. Nadie le ha pedido participar. Nadie conoce a su madre. Nadie necesita saber si el cuñado es podólogo o si la niña aprobó matemáticas en septiembre. Pero allí estamos todos, escuchando el atroz drama por capítulos mientras miramos por la ventanilla con resignación. En verano la especie se multiplica.Basta con que se acerquen a una playa para comprobar que el Mediterráneo ya no compite con el rumor de los barcos y las olas . Ahora tiene que hacerlo con un altavoz inalámbrico que reproduce la misma lista de canciones durante seis horas seguidas. Hay quien coloca la sombrilla, extiende la toalla, unta de crema a los niños y, antes incluso de tocar la arena con los pies, considera imprescindible que cuatrocientas personas escuchen exactamente la música que él ha seleccionado esa mañana. Siempre he pensado que escuchar música es una de las cosas más íntimas que existen. Cada uno tiene una banda sonora que le devuelve a una persona, a un verano o a una calle donde fue menos infeliz. Precisamente por eso resulta tan extraño encontrar individuos empeñados en imponer la suya a todo el mundo. Es como entrar en una biblioteca repartiendo fotografías de la primera comunión de los hijos.Lo mismo sucede en las terrazas . Hay mesas enteras donde cada vídeo empieza con el volumen al máximo. Da igual que el camarero esté tomando nota, que la pareja de al lado intente conversar o que una mujer lea el periódico después de comer. El algoritmo de un desconocido ha adquirido más importancia que la tranquilidad del resto. El teléfono inteligente nos permite hablar con cualquier rincón del planeta mientras olvidamos que a medio metro hay otra persona.No creo que esto tenga que ver con la tecnología. Tampoco con la edad. He visto chavales quitarse un auricular para no molestar y jubilados viendo vídeos de recetas como si estuvieran inaugurando la megafonía de Barajas. La educación nunca ha dependido de los años. Depende de esa vieja costumbre de levantar la vista y comprobar si alrededor hay alguien más a quien se puede dar el coñazo.Quizá el verdadero lujo de nuestro tiempo ya no sea una casa frente al mar ni tiempo para disfrutarla. Empieza a parecerse mucho más a encontrar diez minutos de silencio en un mundo donde cada persona está convencida de que su conversación, su vídeo o su canción merecen convertirse en la banda sonora de la vida de los demás. Y cuando una sociedad pierde el respeto por el silencio, casi siempre es porque antes ha perdido algo mucho más importante: la conciencia de que no estamos solos, ¡maldito coñazo!
Últimamente las personas van por la vida pensando que lo que escuchan es una suerte para los demás. Podría ser que fuera una casualidad, una moda o una mera desgracia pasajera, pero me temo que no tenemos nada que hacer. Decía Peláez en una de … sus miradas que los teléfonos de ahora son tan inteligentes que servirán incluso para hacer llamadas. Mientras tanto, son para todo lo demás.
Hay sonidos que forman parte del paisaje de un país. El vendedor de lotería cantando un número en la puerta de un mercado. El camarero golpeando la cafetera a las siete de la mañana. El silbato del revisor cuando el tren está a punto de salir, el afilador, el chatarrero, e incluso las discusiones de una pareja en un cuarto piso abierto de par en par, siempre han tenido algo de costumbrismo. Uno que, además, terminamos aceptando porque forma parte de la banda sonora de nuestra sociedad.
Luego está el ruido que no pertenece a ningún sitio y, sin embargo, aparece en todos. Ese que llega sin preguntar. El que uno no ha elegido escuchar y acaba acompañándole durante todo el trayecto porque un desconocido ha decidido convertir su teléfono móvil en un altavoz municipal. No recuerdo cuándo empezó esta costumbre. Sospecho que fue poco a poco, como llegan todas las malas educaciones. Primero apareció alguien hablando con el manos libres mientras paseaba por la calle. Nos hizo gracia porque parecía un hombre que discutía solo. Después comenzaron los vídeos de las redes sociales reproduciéndose sin auriculares. Más tarde llegaron las videollamadas en mitad del autobús, las canciones en la playa, los mensajes de voz escuchados a un volumen suficiente para que media provincia pudiera enterarse de la ruptura sentimental de una pareja de Cuenca. Y así hasta hoy, que ya forma parte de todo. Sales de casa sin saber si vas a comprar el pan o a convertirte en confidente involuntario de la vida de alguien.
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Hay un personaje que todos conocemos. Está sentado en el autobús dos filas más atrás. Lleva el teléfono apoyado sobre la palma de la mano como quien transporta un canapé caliente en una boda. El altavoz escupe una conversación que jamás debió abandonar la intimidad de dos personas. Él responde elevando la voz, convencido de que la distancia se mide en decibelios: —No, mamá, dile al traumatólogo que no voy porque todavía tengo la pierna inflamada y me han salido unos granos con pus que cuando doy dos pasos se estallan y dejan mi pie lleno de crema agria.
Toda la línea de autobús asiente mentalmente. Algunos ya empiezan a preocuparse por ese pie. Otros esperan que el especialista le cambie el tratamiento porque, después de veinte minutos, uno termina implicándose en la historia como si formara parte de la familia.
Lo sorprendente no es que hable alto. Lo sorprendente es la absoluta naturalidad con la que convierte a cincuenta desconocidos en figurantes de una conversación privada. Nadie le ha pedido participar. Nadie conoce a su madre. Nadie necesita saber si el cuñado es podólogo o si la niña aprobó matemáticas en septiembre. Pero allí estamos todos, escuchando el atroz drama por capítulos mientras miramos por la ventanilla con resignación. En verano la especie se multiplica.
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Basta con que se acerquen a una playa para comprobar que el Mediterráneo ya no compite con el rumor de los barcos y las olas. Ahora tiene que hacerlo con un altavoz inalámbrico que reproduce la misma lista de canciones durante seis horas seguidas. Hay quien coloca la sombrilla, extiende la toalla, unta de crema a los niños y, antes incluso de tocar la arena con los pies, considera imprescindible que cuatrocientas personas escuchen exactamente la música que él ha seleccionado esa mañana. Siempre he pensado que escuchar música es una de las cosas más íntimas que existen. Cada uno tiene una banda sonora que le devuelve a una persona, a un verano o a una calle donde fue menos infeliz. Precisamente por eso resulta tan extraño encontrar individuos empeñados en imponer la suya a todo el mundo. Es como entrar en una biblioteca repartiendo fotografías de la primera comunión de los hijos.
Lo mismo sucede en las terrazas. Hay mesas enteras donde cada vídeo empieza con el volumen al máximo. Da igual que el camarero esté tomando nota, que la pareja de al lado intente conversar o que una mujer lea el periódico después de comer. El algoritmo de un desconocido ha adquirido más importancia que la tranquilidad del resto. El teléfono inteligente nos permite hablar con cualquier rincón del planeta mientras olvidamos que a medio metro hay otra persona.
No creo que esto tenga que ver con la tecnología. Tampoco con la edad. He visto chavales quitarse un auricular para no molestar y jubilados viendo vídeos de recetas como si estuvieran inaugurando la megafonía de Barajas. La educación nunca ha dependido de los años. Depende de esa vieja costumbre de levantar la vista y comprobar si alrededor hay alguien más a quien se puede dar el coñazo.
Quizá el verdadero lujo de nuestro tiempo ya no sea una casa frente al mar ni tiempo para disfrutarla. Empieza a parecerse mucho más a encontrar diez minutos de silencio en un mundo donde cada persona está convencida de que su conversación, su vídeo o su canción merecen convertirse en la banda sonora de la vida de los demás. Y cuando una sociedad pierde el respeto por el silencio, casi siempre es porque antes ha perdido algo mucho más importante: la conciencia de que no estamos solos, ¡maldito coñazo!
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