Conservo recuerdos muy nítidos de mis primeros años, cuando finalizado el curso continuaba yendo todavía unos días al parvulario. Estaba en la avenida Pearson, se llamaba Parvulario Pedralbes y tenía este subtítulo: Hotel para niños.Lo primero que recuerdo es la gran alegría, la prisa por ir. También que nos bañábamos en una piscina que parecía secreta, porque estaba como escondida entre pinos y encinas. El sol le tocaba poco y el agua estaba fría. Sabíamos que teníamos que salir cuando las camareras en su batas grises y delantales blancos llegaban con bandejas de vasitos de consomé de pollo. La monitoria envolviendo con una toalla mi cuerpo pequeño, mojado y frío, y la camarera dándome el caldito, son mis primeras imágenes del lujo.Pero hay una sensación de más esplendor todavía, que también está asociada a mi parvulario, y tiene que ver con la hora del recreo. Era un patio tan bonito y en el que yo jugaba tan a gusto que nunca tenía ganas de irme. En aquella edad, los 2 o los 3 años, es un logro de cada niño controlar sus esfínteres y no necesitar pañales. Yo pronto pude tener este control pero me dejaban los pañales porque los continuaba mojando. A pesar de que notaba que tenía que ir al baño, prefería quedarme en aquel patio tan fantástico y además la sensación de mearme era muy placentera y todo quedaba absorbido al instante.Pero empezó a ser un escándalo que lo otro también me lo hiciera encima. No era falta de control, era que estaba jugando en mi patio y no tenía por qué dejar de hacerlo si igualmente luego una maestra iba a limpiarme y ponerme ropa nueva. Antes he escrito que el caldito en la piscina es mi primer recuerdo del lujo, y lo es, pero entonces no lo habría distinguido porque yo no tuve una infancia de lujo, ni siquiera consentida, sino una infancia de monarca absoluto: fui el centro de cada espacio que ocupé y nunca hubo en mí desidia, sino la naturalidad que da la costumbre. Nunca fui tratado como un señorito sino como un niño querido, con dedicación y ternura.Todo se enrareció el mediodía que una profesora cuya mirada recuerdo perfectamente -y cómo se llamaba, Teresa Ortega- me advirtió que si volvía a hacerme caca me restregaría los calzoncillos por la cara. Me impresionó que me amenazara pero no lo suficiente para cambiar de actitud, y pasó lo que exactamente dijo. Recuerdo la sensación de la cara manchada, pero no la de ninguna humillación, porque sabía que aquello tendría consecuencias mucho peores para ella que para mí. Era muy pequeño, y no habría sabido formularlo como ahora, pero el poder es algo que asumes muy instintivamente cuando lo tienes, y notas cuando tu interlocutor carece de él. La dueña del parvulario, la maravillosa Montserrat Leyta, echó a Teresa y a mí me fue relatado como que habían matado al lobo.Aquella tarde nos hicieron ‘puchinelis’, que era lo que más me fascinaba, y sentí ganas e instintivamente me levanté y fui al baño. Y para mí lujo murió cuando fui a hacer caca al váter. La gente cree que fue un aprendizaje civilizatorio pero fue una capitulación y mis castillos de Rey-Dios fueron tomados. Yo era perfectamente consciente de mis necesidades y de dónde tenía que hacerlas. Pero mi parvulario se llamaba a sí mismo un hotel, Leyta no era la directora sino la propietaria y yo era un cliente y no un alumno. Eran detalles que tampoco entonces habría sabido explicar, pero que tenía perfectamente interiorizados y por eso, más allá de llevar o no llevar pañales, yo pertenecía a la civilización superior de saber lo que a cada momento era importante y de dejar que el servicio se ocupara de los detalles. Conservo recuerdos muy nítidos de mis primeros años, cuando finalizado el curso continuaba yendo todavía unos días al parvulario. Estaba en la avenida Pearson, se llamaba Parvulario Pedralbes y tenía este subtítulo: Hotel para niños.Lo primero que recuerdo es la gran alegría, la prisa por ir. También que nos bañábamos en una piscina que parecía secreta, porque estaba como escondida entre pinos y encinas. El sol le tocaba poco y el agua estaba fría. Sabíamos que teníamos que salir cuando las camareras en su batas grises y delantales blancos llegaban con bandejas de vasitos de consomé de pollo. La monitoria envolviendo con una toalla mi cuerpo pequeño, mojado y frío, y la camarera dándome el caldito, son mis primeras imágenes del lujo.Pero hay una sensación de más esplendor todavía, que también está asociada a mi parvulario, y tiene que ver con la hora del recreo. Era un patio tan bonito y en el que yo jugaba tan a gusto que nunca tenía ganas de irme. En aquella edad, los 2 o los 3 años, es un logro de cada niño controlar sus esfínteres y no necesitar pañales. Yo pronto pude tener este control pero me dejaban los pañales porque los continuaba mojando. A pesar de que notaba que tenía que ir al baño, prefería quedarme en aquel patio tan fantástico y además la sensación de mearme era muy placentera y todo quedaba absorbido al instante.Pero empezó a ser un escándalo que lo otro también me lo hiciera encima. No era falta de control, era que estaba jugando en mi patio y no tenía por qué dejar de hacerlo si igualmente luego una maestra iba a limpiarme y ponerme ropa nueva. Antes he escrito que el caldito en la piscina es mi primer recuerdo del lujo, y lo es, pero entonces no lo habría distinguido porque yo no tuve una infancia de lujo, ni siquiera consentida, sino una infancia de monarca absoluto: fui el centro de cada espacio que ocupé y nunca hubo en mí desidia, sino la naturalidad que da la costumbre. Nunca fui tratado como un señorito sino como un niño querido, con dedicación y ternura.Todo se enrareció el mediodía que una profesora cuya mirada recuerdo perfectamente -y cómo se llamaba, Teresa Ortega- me advirtió que si volvía a hacerme caca me restregaría los calzoncillos por la cara. Me impresionó que me amenazara pero no lo suficiente para cambiar de actitud, y pasó lo que exactamente dijo. Recuerdo la sensación de la cara manchada, pero no la de ninguna humillación, porque sabía que aquello tendría consecuencias mucho peores para ella que para mí. Era muy pequeño, y no habría sabido formularlo como ahora, pero el poder es algo que asumes muy instintivamente cuando lo tienes, y notas cuando tu interlocutor carece de él. La dueña del parvulario, la maravillosa Montserrat Leyta, echó a Teresa y a mí me fue relatado como que habían matado al lobo.Aquella tarde nos hicieron ‘puchinelis’, que era lo que más me fascinaba, y sentí ganas e instintivamente me levanté y fui al baño. Y para mí lujo murió cuando fui a hacer caca al váter. La gente cree que fue un aprendizaje civilizatorio pero fue una capitulación y mis castillos de Rey-Dios fueron tomados. Yo era perfectamente consciente de mis necesidades y de dónde tenía que hacerlas. Pero mi parvulario se llamaba a sí mismo un hotel, Leyta no era la directora sino la propietaria y yo era un cliente y no un alumno. Eran detalles que tampoco entonces habría sabido explicar, pero que tenía perfectamente interiorizados y por eso, más allá de llevar o no llevar pañales, yo pertenecía a la civilización superior de saber lo que a cada momento era importante y de dejar que el servicio se ocupara de los detalles.
Conservo recuerdos muy nítidos de mis primeros años, cuando finalizado el curso continuaba yendo todavía unos días al parvulario. Estaba en la avenida Pearson, se llamaba Parvulario Pedralbes y tenía este subtítulo: Hotel para niños.
Lo primero que recuerdo es la gran alegría, la prisa … por ir. También que nos bañábamos en una piscina que parecía secreta, porque estaba como escondida entre pinos y encinas. El sol le tocaba poco y el agua estaba fría. Sabíamos que teníamos que salir cuando las camareras en su batas grises y delantales blancos llegaban con bandejas de vasitos de consomé de pollo. La monitoria envolviendo con una toalla mi cuerpo pequeño, mojado y frío, y la camarera dándome el caldito, son mis primeras imágenes del lujo.
Pero hay una sensación de más esplendor todavía, que también está asociada a mi parvulario, y tiene que ver con la hora del recreo. Era un patio tan bonito y en el que yo jugaba tan a gusto que nunca tenía ganas de irme. En aquella edad, los 2 o los 3 años, es un logro de cada niño controlar sus esfínteres y no necesitar pañales. Yo pronto pude tener este control pero me dejaban los pañales porque los continuaba mojando. A pesar de que notaba que tenía que ir al baño, prefería quedarme en aquel patio tan fantástico y además la sensación de mearme era muy placentera y todo quedaba absorbido al instante.
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Pero empezó a ser un escándalo que lo otro también me lo hiciera encima. No era falta de control, era que estaba jugando en mi patio y no tenía por qué dejar de hacerlo si igualmente luego una maestra iba a limpiarme y ponerme ropa nueva. Antes he escrito que el caldito en la piscina es mi primer recuerdo del lujo, y lo es, pero entonces no lo habría distinguido porque yo no tuve una infancia de lujo, ni siquiera consentida, sino una infancia de monarca absoluto: fui el centro de cada espacio que ocupé y nunca hubo en mí desidia, sino la naturalidad que da la costumbre. Nunca fui tratado como un señorito sino como un niño querido, con dedicación y ternura.
Todo se enrareció el mediodía que una profesora cuya mirada recuerdo perfectamente -y cómo se llamaba, Teresa Ortega- me advirtió que si volvía a hacerme caca me restregaría los calzoncillos por la cara. Me impresionó que me amenazara pero no lo suficiente para cambiar de actitud, y pasó lo que exactamente dijo. Recuerdo la sensación de la cara manchada, pero no la de ninguna humillación, porque sabía que aquello tendría consecuencias mucho peores para ella que para mí. Era muy pequeño, y no habría sabido formularlo como ahora, pero el poder es algo que asumes muy instintivamente cuando lo tienes, y notas cuando tu interlocutor carece de él. La dueña del parvulario, la maravillosa Montserrat Leyta, echó a Teresa y a mí me fue relatado como que habían matado al lobo.
Aquella tarde nos hicieron ‘puchinelis’, que era lo que más me fascinaba, y sentí ganas e instintivamente me levanté y fui al baño. Y para mí lujo murió cuando fui a hacer caca al váter. La gente cree que fue un aprendizaje civilizatorio pero fue una capitulación y mis castillos de Rey-Dios fueron tomados. Yo era perfectamente consciente de mis necesidades y de dónde tenía que hacerlas. Pero mi parvulario se llamaba a sí mismo un hotel, Leyta no era la directora sino la propietaria y yo era un cliente y no un alumno. Eran detalles que tampoco entonces habría sabido explicar, pero que tenía perfectamente interiorizados y por eso, más allá de llevar o no llevar pañales, yo pertenecía a la civilización superior de saber lo que a cada momento era importante y de dejar que el servicio se ocupara de los detalles.
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