«Aquí comíamos todos los días». La diseñadora Tatyana von Boettinger acaricia con la mirada una mesa de madera mientras un grupo de turistas la fotografía desde todos los ángulos. Para ellos es una estancia más del recorrido. Para ella fue el lugar donde desayunaba antes de ir al colegio. No es habitual crecer en una casa que, años después, se convierte en museo. «Cuando era pequeña, la gente ya me paraba por la calle para preguntarme si podían visitarla», recuerda mientras avanzamos por un laberinto de pasadizos excavados en la roca volcánica. Habla como la propietaria (junto a su hermano) y directora de LagOmar , pero, de vez en cuando, se cuela la niña que corría por aquellas cuevas.La historia comenzó mucho antes de que este lugar recibiera visitantes de medio mundo. Su padre, el arquitecto alemán Dominik von Boettinger, navegaba desde Estados Unidos cuando conoció en la Costa del Sol a la arquitecta uruguaya Beatriz Van Hoff. Ambos llegaron a la isla en los 80 con la idea de quedarse apenas un par de años. Lo que encontraron fue una antigua cantera volcánica abandonada, que se había usado en los 60 y 70 para sacar piedras y construir fincas o edificios, como la iglesia de Teguise. «Mis padres pensaban que iba a ser un proyecto rápido, al final estuvieron ocho años construyendo la casa y aquí acabaron formando una familia».Sus padres desarrollaron la parte frontal del complejo con la colaboración de César Manrique y de quien fue durante décadas su mano derecha, el arquitecto y diseñador Jesús Soto, una figura muchas veces eclipsada y a la que hoy LagOmar dedica una sala permanente como acto de justicia histórica.Desde fuera cuesta distinguir dónde acaba la montaña y dónde empieza la casa. Muros encalados que desaparecen entre la lava, patios escondidos, escaleras que conducen a cuevas, cactus gigantes y una piscina que rompe el negro de la roca con un azul casi irreal. Todo invita a bajar el paso y a mirar despacio.El patrimonio que se perdió al bridgeY, sin embargo, basta pronunciar un nombre para que la conversación cambie de rumbo. «La perdió jugando al bridge». En Lanzarote todos conocen la historia. Los isleños la cuentan con la naturalidad de quien la ha escuchado desde niño: Omar Sharif llegó en 1973 para rodar ‘La isla misteriosa’, se enamoró de esta casa, la compró… y pocas horas después la perdió en una partida de bridge frente al mismo hombre que se la había vendido, el promotor gibraltareño Sam Benady. Cuando le pregunto por la leyenda, Tatyana sonríe antes de responder. «Mis amigos me preguntan continuamente si es verdad. Creo que precisamente ahí está el encanto: nunca se ha podido confirmar». Existen dos versiones. Una sostiene que Sharif, famoso por su pasión por el bridge, apostó la vivienda y la perdió. La otra apunta a una hábil estrategia de Sam para dar a conocer Nazaret cuando apenas era un pequeño núcleo del interior de la isla. Ninguna ha conseguido imponerse. Tampoco parece necesario. Porque quien llega hasta aquí descubre enseguida que LagOmar hace tiempo que dejó de pertenecer a Omar Sharif.En 2008, la familia abrió al público el que había sido su hogar. Desde entonces, miles de personas recorren las mismas galerías donde Tatyana y su hermano jugaron de pequeños. Hoy LagOmar es restaurante, bar, galería de arte, espacio cultural y escenario habitual de rodajes y editoriales de moda. Pedro Almodóvar eligió este laberinto de piedra para filmar escenas de su última película, ‘Amarga Navidad’. Durante el día recibe viajeros atraídos por la arquitectura; al caer la tarde, la iluminación transforma las cuevas y los patios en un paisaje completamente distinto. «Cada proyecto encuentra aquí una atmósfera diferente».Pero todos terminan formulando la misma pregunta. Quizá porque las leyendas siempre encuentran la manera de sobrevivir. O porque el propio nombre juega con el visitante. Muchos creen que LagOmar habla de un lago. Solo después descubren que también es un guiño al actor egipcio. «Queríamos conservar ese recuerdo», explica Tatyana. «Es una forma de mantener viva la historia».LagOmarEl verdadero patrimonio de LagOmar nunca ha sido la anécdota de Sharif, sino todo lo que vino después: una cantera convertida en refugio, una casa transformada en un hogar abierto al mundo y una infancia que hoy se recorre con la misma curiosidad con la que otros visitan un palacio o un castillo. Quizá esa sea la mayor victoria de este rincón de Lanzarote: haber conseguido que una leyenda atrajera a la gente y que, al marcharse, lo que recuerden sea la belleza del lugar. «Aquí comíamos todos los días». La diseñadora Tatyana von Boettinger acaricia con la mirada una mesa de madera mientras un grupo de turistas la fotografía desde todos los ángulos. Para ellos es una estancia más del recorrido. Para ella fue el lugar donde desayunaba antes de ir al colegio. No es habitual crecer en una casa que, años después, se convierte en museo. «Cuando era pequeña, la gente ya me paraba por la calle para preguntarme si podían visitarla», recuerda mientras avanzamos por un laberinto de pasadizos excavados en la roca volcánica. Habla como la propietaria (junto a su hermano) y directora de LagOmar , pero, de vez en cuando, se cuela la niña que corría por aquellas cuevas.La historia comenzó mucho antes de que este lugar recibiera visitantes de medio mundo. Su padre, el arquitecto alemán Dominik von Boettinger, navegaba desde Estados Unidos cuando conoció en la Costa del Sol a la arquitecta uruguaya Beatriz Van Hoff. Ambos llegaron a la isla en los 80 con la idea de quedarse apenas un par de años. Lo que encontraron fue una antigua cantera volcánica abandonada, que se había usado en los 60 y 70 para sacar piedras y construir fincas o edificios, como la iglesia de Teguise. «Mis padres pensaban que iba a ser un proyecto rápido, al final estuvieron ocho años construyendo la casa y aquí acabaron formando una familia».Sus padres desarrollaron la parte frontal del complejo con la colaboración de César Manrique y de quien fue durante décadas su mano derecha, el arquitecto y diseñador Jesús Soto, una figura muchas veces eclipsada y a la que hoy LagOmar dedica una sala permanente como acto de justicia histórica.Desde fuera cuesta distinguir dónde acaba la montaña y dónde empieza la casa. Muros encalados que desaparecen entre la lava, patios escondidos, escaleras que conducen a cuevas, cactus gigantes y una piscina que rompe el negro de la roca con un azul casi irreal. Todo invita a bajar el paso y a mirar despacio.El patrimonio que se perdió al bridgeY, sin embargo, basta pronunciar un nombre para que la conversación cambie de rumbo. «La perdió jugando al bridge». En Lanzarote todos conocen la historia. Los isleños la cuentan con la naturalidad de quien la ha escuchado desde niño: Omar Sharif llegó en 1973 para rodar ‘La isla misteriosa’, se enamoró de esta casa, la compró… y pocas horas después la perdió en una partida de bridge frente al mismo hombre que se la había vendido, el promotor gibraltareño Sam Benady. Cuando le pregunto por la leyenda, Tatyana sonríe antes de responder. «Mis amigos me preguntan continuamente si es verdad. Creo que precisamente ahí está el encanto: nunca se ha podido confirmar». Existen dos versiones. Una sostiene que Sharif, famoso por su pasión por el bridge, apostó la vivienda y la perdió. La otra apunta a una hábil estrategia de Sam para dar a conocer Nazaret cuando apenas era un pequeño núcleo del interior de la isla. Ninguna ha conseguido imponerse. Tampoco parece necesario. Porque quien llega hasta aquí descubre enseguida que LagOmar hace tiempo que dejó de pertenecer a Omar Sharif.En 2008, la familia abrió al público el que había sido su hogar. Desde entonces, miles de personas recorren las mismas galerías donde Tatyana y su hermano jugaron de pequeños. Hoy LagOmar es restaurante, bar, galería de arte, espacio cultural y escenario habitual de rodajes y editoriales de moda. Pedro Almodóvar eligió este laberinto de piedra para filmar escenas de su última película, ‘Amarga Navidad’. Durante el día recibe viajeros atraídos por la arquitectura; al caer la tarde, la iluminación transforma las cuevas y los patios en un paisaje completamente distinto. «Cada proyecto encuentra aquí una atmósfera diferente».Pero todos terminan formulando la misma pregunta. Quizá porque las leyendas siempre encuentran la manera de sobrevivir. O porque el propio nombre juega con el visitante. Muchos creen que LagOmar habla de un lago. Solo después descubren que también es un guiño al actor egipcio. «Queríamos conservar ese recuerdo», explica Tatyana. «Es una forma de mantener viva la historia».LagOmarEl verdadero patrimonio de LagOmar nunca ha sido la anécdota de Sharif, sino todo lo que vino después: una cantera convertida en refugio, una casa transformada en un hogar abierto al mundo y una infancia que hoy se recorre con la misma curiosidad con la que otros visitan un palacio o un castillo. Quizá esa sea la mayor victoria de este rincón de Lanzarote: haber conseguido que una leyenda atrajera a la gente y que, al marcharse, lo que recuerden sea la belleza del lugar.
«Aquí comíamos todos los días». La diseñadora Tatyana von Boettinger acaricia con la mirada una mesa de madera mientras un grupo de turistas la fotografía desde todos los ángulos. Para ellos es una estancia más del recorrido. Para ella fue el lugar donde desayunaba … antes de ir al colegio. No es habitual crecer en una casa que, años después, se convierte en museo. «Cuando era pequeña, la gente ya me paraba por la calle para preguntarme si podían visitarla», recuerda mientras avanzamos por un laberinto de pasadizos excavados en la roca volcánica. Habla como la propietaria (junto a su hermano) y directora de LagOmar, pero, de vez en cuando, se cuela la niña que corría por aquellas cuevas.
La historia comenzó mucho antes de que este lugar recibiera visitantes de medio mundo. Su padre, el arquitecto alemán Dominik von Boettinger, navegaba desde Estados Unidos cuando conoció en la Costa del Sol a la arquitecta uruguaya Beatriz Van Hoff. Ambos llegaron a la isla en los 80 con la idea de quedarse apenas un par de años. Lo que encontraron fue una antigua cantera volcánica abandonada, que se había usado en los 60 y 70 para sacar piedras y construir fincas o edificios, como la iglesia de Teguise. «Mis padres pensaban que iba a ser un proyecto rápido, al final estuvieron ocho años construyendo la casa y aquí acabaron formando una familia».
Sus padres desarrollaron la parte frontal del complejo con la colaboración de César Manrique y de quien fue durante décadas su mano derecha, el arquitecto y diseñador Jesús Soto, una figura muchas veces eclipsada y a la que hoy LagOmar dedica una sala permanente como acto de justicia histórica.
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Preslava Boneva
Desde fuera cuesta distinguir dónde acaba la montaña y dónde empieza la casa. Muros encalados que desaparecen entre la lava, patios escondidos, escaleras que conducen a cuevas, cactus gigantes y una piscina que rompe el negro de la roca con un azul casi irreal. Todo invita a bajar el paso y a mirar despacio.
El patrimonio que se perdió al bridge
Y, sin embargo, basta pronunciar un nombre para que la conversación cambie de rumbo. «La perdió jugando al bridge». En Lanzarote todos conocen la historia. Los isleños la cuentan con la naturalidad de quien la ha escuchado desde niño: Omar Sharif llegó en 1973 para rodar ‘La isla misteriosa’, se enamoró de esta casa, la compró… y pocas horas después la perdió en una partida de bridge frente al mismo hombre que se la había vendido, el promotor gibraltareño Sam Benady.
Cuando le pregunto por la leyenda, Tatyana sonríe antes de responder. «Mis amigos me preguntan continuamente si es verdad. Creo que precisamente ahí está el encanto: nunca se ha podido confirmar». Existen dos versiones. Una sostiene que Sharif, famoso por su pasión por el bridge, apostó la vivienda y la perdió. La otra apunta a una hábil estrategia de Sam para dar a conocer Nazaret cuando apenas era un pequeño núcleo del interior de la isla. Ninguna ha conseguido imponerse. Tampoco parece necesario. Porque quien llega hasta aquí descubre enseguida que LagOmar hace tiempo que dejó de pertenecer a Omar Sharif.
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En 2008, la familia abrió al público el que había sido su hogar. Desde entonces, miles de personas recorren las mismas galerías donde Tatyana y su hermano jugaron de pequeños. Hoy LagOmar es restaurante, bar, galería de arte, espacio cultural y escenario habitual de rodajes y editoriales de moda. Pedro Almodóvar eligió este laberinto de piedra para filmar escenas de su última película, ‘Amarga Navidad’. Durante el día recibe viajeros atraídos por la arquitectura; al caer la tarde, la iluminación transforma las cuevas y los patios en un paisaje completamente distinto. «Cada proyecto encuentra aquí una atmósfera diferente».
Pero todos terminan formulando la misma pregunta. Quizá porque las leyendas siempre encuentran la manera de sobrevivir. O porque el propio nombre juega con el visitante. Muchos creen que LagOmar habla de un lago. Solo después descubren que también es un guiño al actor egipcio. «Queríamos conservar ese recuerdo», explica Tatyana. «Es una forma de mantener viva la historia».
El verdadero patrimonio de LagOmar nunca ha sido la anécdota de Sharif, sino todo lo que vino después: una cantera convertida en refugio, una casa transformada en un hogar abierto al mundo y una infancia que hoy se recorre con la misma curiosidad con la que otros visitan un palacio o un castillo. Quizá esa sea la mayor victoria de este rincón de Lanzarote: haber conseguido que una leyenda atrajera a la gente y que, al marcharse, lo que recuerden sea la belleza del lugar.
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