Una obra monumental, impresionante, narcótica, asombrosa y de la que hay que prevenir a su posible espectador, pues su ambición, su original narrativa y sus pretensiones artísticas suponen un desafío para cualquier mirada y cualquier entendimiento que quiera bucear en su enigma argumental. El director, el chino Bi Gan , sorprendió en el pasado Festival de Cannes con ella, tan larga, tan estilizada, tan hermosa y tan empapada de ensueño, lenguaje y técnica, y con una puesta en escena hipnótica y llena de alusivas imágenes y atmósferas del siglo y cuarto que llevamos de séptimo arte.’Resurrection’ encuentra una figura casi borgiana , ‘el delirante’, y a través de ella cuenta varias historias que no tienen relación entre sí, sino con diversas miradas, estilos y personajes de la historia del cine, de tal modo que ahí se encuentran destellos de ‘El regador regado’, del misterio del cine mudo, la huella de Fritz Lang y el expresionismo, el clima del cine negro o la idea del vampiro. Esos llamados delirantes son aquellos que han renunciado a la vida eterna a cambio de continuar soñando, y la gran y última huella del sueño, de lo onírico, es la pisada del cine. Sin tener exactamente una estructura capitular, el relato salta de un cuento a otro, de un movimiento cinematográfico a otro, de las citas o puntadas de una película a otra.La historia atraviesa el mudo en un escenario irreproducible en palabras, con un juego de planos, alturas y luces que son un asombro constante, y Bi Gan continúa su trayecto, su argumento, sin preocuparse por dejarse atrás al espectador, aún embobado en esa ‘pantalla’ cuando la película salta a otra, igual de confusa y brillante, pero con citas visuales que traen varios ecos, como ‘La dama de Shanghái’, de Orson Welles; y de ahí, a otra… Y de los borbotones de fantasía, se va a poner los pies en el suelo con una preciosa historia de un buscavidas y una niña adivinadora de cartas por el olor y el talento de descifrar el contenido de una carta escrita y quemada hace mucho tiempo con solo oler sus cenizas, lo que le otorga al cuento un enorme poso poético.Se aprecia en todo momento el gran esfuerzo que supone ver esta película, a la que su director le ha dedicado nueve años de trabajo y el espectador volcado en ella le dedicará 160 minutos de caída en trance. Un esfuerzo cinematográfico que tiene su mayor sustento en una larguísimo plano en el que se narra otro de sus capítulos, un plano secuencia imposible y lleno de fascinación oriental con las luchas, persecuciones, música y personajes, y con ‘el delirante’ protagonista justo en el cruce del milenio (ocurre en 1999) de donde saldrá a un amanecer romántico y vampírico. Solamente este relato, el prodigio de su puesta en escena con la acción siempre adelante y sin corte en una especie de parpadeo y te lo pierdes, tuvo que ser un auténtico infierno de preparación y rodaje, y desde luego una obligación para el que lo vea de agachar la cabeza y hacer una reverencia.¿El problema?, fácil y tal vez, o con suerte, inexistente: encontrar la rendija para acceder a las emociones y las reflexiones que busca Bi Gan, ocultas entre el fogonazo de su gran contenido estético y la riada de alusiones cinéfilas y precisiones técnicas. Saber dejarse embaucar por la sinfonía de un cine pionero y a la vez vanguardista; un cine en el que sueñan los que van a desaparecer, gente iluminada que se desvanece antes de que todo eso se convierta en escombros. Tarda mucho en terminar y no se tarda nada en querer volverla a ver. Una obra monumental, impresionante, narcótica, asombrosa y de la que hay que prevenir a su posible espectador, pues su ambición, su original narrativa y sus pretensiones artísticas suponen un desafío para cualquier mirada y cualquier entendimiento que quiera bucear en su enigma argumental. El director, el chino Bi Gan , sorprendió en el pasado Festival de Cannes con ella, tan larga, tan estilizada, tan hermosa y tan empapada de ensueño, lenguaje y técnica, y con una puesta en escena hipnótica y llena de alusivas imágenes y atmósferas del siglo y cuarto que llevamos de séptimo arte.’Resurrection’ encuentra una figura casi borgiana , ‘el delirante’, y a través de ella cuenta varias historias que no tienen relación entre sí, sino con diversas miradas, estilos y personajes de la historia del cine, de tal modo que ahí se encuentran destellos de ‘El regador regado’, del misterio del cine mudo, la huella de Fritz Lang y el expresionismo, el clima del cine negro o la idea del vampiro. Esos llamados delirantes son aquellos que han renunciado a la vida eterna a cambio de continuar soñando, y la gran y última huella del sueño, de lo onírico, es la pisada del cine. Sin tener exactamente una estructura capitular, el relato salta de un cuento a otro, de un movimiento cinematográfico a otro, de las citas o puntadas de una película a otra.La historia atraviesa el mudo en un escenario irreproducible en palabras, con un juego de planos, alturas y luces que son un asombro constante, y Bi Gan continúa su trayecto, su argumento, sin preocuparse por dejarse atrás al espectador, aún embobado en esa ‘pantalla’ cuando la película salta a otra, igual de confusa y brillante, pero con citas visuales que traen varios ecos, como ‘La dama de Shanghái’, de Orson Welles; y de ahí, a otra… Y de los borbotones de fantasía, se va a poner los pies en el suelo con una preciosa historia de un buscavidas y una niña adivinadora de cartas por el olor y el talento de descifrar el contenido de una carta escrita y quemada hace mucho tiempo con solo oler sus cenizas, lo que le otorga al cuento un enorme poso poético.Se aprecia en todo momento el gran esfuerzo que supone ver esta película, a la que su director le ha dedicado nueve años de trabajo y el espectador volcado en ella le dedicará 160 minutos de caída en trance. Un esfuerzo cinematográfico que tiene su mayor sustento en una larguísimo plano en el que se narra otro de sus capítulos, un plano secuencia imposible y lleno de fascinación oriental con las luchas, persecuciones, música y personajes, y con ‘el delirante’ protagonista justo en el cruce del milenio (ocurre en 1999) de donde saldrá a un amanecer romántico y vampírico. Solamente este relato, el prodigio de su puesta en escena con la acción siempre adelante y sin corte en una especie de parpadeo y te lo pierdes, tuvo que ser un auténtico infierno de preparación y rodaje, y desde luego una obligación para el que lo vea de agachar la cabeza y hacer una reverencia.¿El problema?, fácil y tal vez, o con suerte, inexistente: encontrar la rendija para acceder a las emociones y las reflexiones que busca Bi Gan, ocultas entre el fogonazo de su gran contenido estético y la riada de alusiones cinéfilas y precisiones técnicas. Saber dejarse embaucar por la sinfonía de un cine pionero y a la vez vanguardista; un cine en el que sueñan los que van a desaparecer, gente iluminada que se desvanece antes de que todo eso se convierta en escombros. Tarda mucho en terminar y no se tarda nada en querer volverla a ver.
Una obra monumental, impresionante, narcótica, asombrosa y de la que hay que prevenir a su posible espectador, pues su ambición, su original narrativa y sus pretensiones artísticas suponen un desafío para cualquier mirada y cualquier entendimiento que quiera bucear en su enigma argumental. El director, … el chino Bi Gan, sorprendió en el pasado Festival de Cannes con ella, tan larga, tan estilizada, tan hermosa y tan empapada de ensueño, lenguaje y técnica, y con una puesta en escena hipnótica y llena de alusivas imágenes y atmósferas del siglo y cuarto que llevamos de séptimo arte.
‘Resurrection’ encuentra una figura casi borgiana, ‘el delirante’, y a través de ella cuenta varias historias que no tienen relación entre sí, sino con diversas miradas, estilos y personajes de la historia del cine, de tal modo que ahí se encuentran destellos de ‘El regador regado’, del misterio del cine mudo, la huella de Fritz Lang y el expresionismo, el clima del cine negro o la idea del vampiro. Esos llamados delirantes son aquellos que han renunciado a la vida eterna a cambio de continuar soñando, y la gran y última huella del sueño, de lo onírico, es la pisada del cine. Sin tener exactamente una estructura capitular, el relato salta de un cuento a otro, de un movimiento cinematográfico a otro, de las citas o puntadas de una película a otra.
La historia atraviesa el mudo en un escenario irreproducible en palabras, con un juego de planos, alturas y luces que son un asombro constante, y Bi Gan continúa su trayecto, su argumento, sin preocuparse por dejarse atrás al espectador, aún embobado en esa ‘pantalla’ cuando la película salta a otra, igual de confusa y brillante, pero con citas visuales que traen varios ecos, como ‘La dama de Shanghái’, de Orson Welles; y de ahí, a otra… Y de los borbotones de fantasía, se va a poner los pies en el suelo con una preciosa historia de un buscavidas y una niña adivinadora de cartas por el olor y el talento de descifrar el contenido de una carta escrita y quemada hace mucho tiempo con solo oler sus cenizas, lo que le otorga al cuento un enorme poso poético.
Se aprecia en todo momento el gran esfuerzo que supone ver esta película, a la que su director le ha dedicado nueve años de trabajo y el espectador volcado en ella le dedicará 160 minutos de caída en trance. Un esfuerzo cinematográfico que tiene su mayor sustento en una larguísimo plano en el que se narra otro de sus capítulos, un plano secuencia imposible y lleno de fascinación oriental con las luchas, persecuciones, música y personajes, y con ‘el delirante’ protagonista justo en el cruce del milenio (ocurre en 1999) de donde saldrá a un amanecer romántico y vampírico. Solamente este relato, el prodigio de su puesta en escena con la acción siempre adelante y sin corte en una especie de parpadeo y te lo pierdes, tuvo que ser un auténtico infierno de preparación y rodaje, y desde luego una obligación para el que lo vea de agachar la cabeza y hacer una reverencia.
¿El problema?, fácil y tal vez, o con suerte, inexistente: encontrar la rendija para acceder a las emociones y las reflexiones que busca Bi Gan, ocultas entre el fogonazo de su gran contenido estético y la riada de alusiones cinéfilas y precisiones técnicas. Saber dejarse embaucar por la sinfonía de un cine pionero y a la vez vanguardista; un cine en el que sueñan los que van a desaparecer, gente iluminada que se desvanece antes de que todo eso se convierta en escombros. Tarda mucho en terminar y no se tarda nada en querer volverla a ver.
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