El bailarín y coreógrafo sevillano David Coria (43 años) ha estrenado en la Bienal de Flamenco de Sevilla su quinta obra desde que en 2017 presentara la pieza El encuentro con una compañía propia. Una mirada a sus anteriores creaciones revela su fe en el trabajo grupal, que ha llevado a la práctica con más o menos componentes para adquirir en este nuevo espectáculo, Babel. Torre viva, su mayor dimensión al rodearse en escena con cuatro bailarinas y dos bailarines de seis nacionalidades distintas, para trasladar un mensaje que invierte el de la historia bíblica.
El bailarín y coreógrafo sevillano David Coria (43 años) ha estrenado en la Bienal de Flamenco de Sevilla su quinta obra desde que en 2017 presentara la pieza El encuentro con una compañía propia. Una mirada a sus anteriores creaciones revela su fe en el trabajo grupal, que ha llevado a la práctica con más o menos componentes para adquirir en este nuevo espectáculo, Babel. Torre viva, su mayor dimensión al rodearse en escena con cuatro bailarinas y dos bailarines de seis nacionalidades distintas, para trasladar un mensaje que invierte el de la historia bíblica. Seguir leyendo
El bailarín y coreógrafo sevillano David Coria (43 años) ha estrenado en la Bienal de Flamenco de Sevilla su quinta obra desde que en 2017 presentara la pieza El encuentro con una compañía propia. Una mirada a sus anteriores creaciones revela su fe en el trabajo grupal, que ha llevado a la práctica con más o menos componentes para adquirir en este nuevo espectáculo, Babel. Torre viva, su mayor dimensión al rodearse en escena con cuatro bailarinas y dos bailarines de seis nacionalidades distintas, para trasladar un mensaje que invierte el de la historia bíblica.
Esa elección suya por los proyectos corales es, sin duda, herencia de su dilatada experiencia en compañías y de una precocidad escénica que lo llevó con 18 años al Ballet Nacional de España, lo que le dio la oportunidad de coincidir con maestros como José Granero o Antonio Gades y con la maestra Pilar López. Coria, que respondió a un cuestionario antes del estreno, reconoce cómo esos artistas, ya históricos, lo marcaron: “La personalidad artística tan definida de cada uno de ellos, mismo oficio, distintas maneras de entenderlo, son cosas que llevas incorporadas sin que te des cuenta y que están en mi manera de trabajar, en mi exigencia y en mi respeto por la escena”.
Tras esa iniciática estancia, la experiencia coral se prolongaría en su etapa posterior de trabajos con agrupaciones privadas, Estévez/Paños y Compañía, Rafaela Carrasco o Rubén Olmo, con los que ahondaría en el ejercicio de la disciplina antes de incorporarse al Ballet Flamenco de Andalucía, donde llegó a ser primer bailarín solista bajo la dirección, precisamente, de Carrasco. Admite así que esa trayectoria le ha enseñado mucho, especialmente a cómo se construye un grupo: “Ahora que dirijo, veo lo que me ha ayudado, porque siempre vi que se buscaba sentir confianza y, a la vez, tener algo que aportar. Como director soy exigente, pero dirigir implica también saber escuchar y, en ocasiones, cambiar por completo lo que tenías pensado, porque alguien te propone algo que hace crecer la obra”. “Para mí es importante que todos los integrantes del grupo sientan que están construyendo algo”, concluye al respecto.
Esa manera de entender la creación se fue plasmando en obras como Anónimo (2017), ¡Fandango! (2020) y Los bailes robados (2023), estas dos últimas con una mayor dimensión grupal y un exigente trabajo colectivo, algo muy importante en su manera de crear: “Me encanta ver cómo los cuerpos pueden construir una misma imagen y, de pronto, se abren lecturas completamente diferentes. El grupo tiene una riqueza de composición que me atrae muchísimo. Es muy emocionante ver cómo diferentes personas pueden compartir un mismo impulso y, en Babel, eso está en el centro de la obra, construyendo algo, pero conservando la diferencia”, adelantaba sobre su nueva creación.
En esta, como todas las anteriores, la compañía exhibió una claridad escénica y una pulcritud formal que son producto de un largo proceso de decantación y de un implacable trabajo físico, que se muestra sin tregua para construir movimientos y coreografías grupales de exquisita plasticidad. El coreógrafo piensa que el esfuerzo transforma al intérprete: “El cansancio y la exigencia pueden provocar la aparición de estados que me interesan mucho”, declara. Cohesionando todo ese movimiento y la labor coreográfica también, siempre ha estado el flamenco, que reconoce como su lenguaje y como su manera de relacionarse con el mundo artístico: “Es donde nací y donde me construí”, afirmaba.
Desde ¡Fandango!, Coria comparte la dirección musical con el cantaor jerezano David Lagos. De hecho, en ese trabajo fue primero la música, la grabación Hodierno de Lagos, quien, sobre su función en la obra, piensa que, más que dirigir, coordina: “Soy el puente entre los músicos y el baile. Todo dentro de un trabajo colectivo, en equipo”. De este destaca sus importantes aportaciones individuales, “al servicio siempre de una visión conceptual y coreográfica, porque se trata de una obra visual y sonora”, recalca. Coria confía el acento a Lagos y este se considera el ancla del bailarín: “Le pongo los pies en el flamenco”, bromea, a la vez que asegura que detrás de sus aportaciones “siempre habrá un estilo tradicional”.
También en sus creaciones Coria ha buscado un relato cohesionador, pero con una intención abierta: “La danza tiene la capacidad de comunicar, a veces, algo muy concreto, pero a mí me atrae muchísimo dejar su significado sin cerrar. Juego así a que el público interprete y saque sus propias conclusiones, y eso me parece muy enriquecedor”. En Babel, la pregunta se trasladaba a la comunidad: “Qué me permite construir juntos y qué fuerzas intervienen para separarnos”. Porque, en esta nueva creación, confirmaba que perseguía un mensaje de convivencia y de celebración de la diferencia frente al poder que divide: “Para mí es una parte nuclear de la obra. He llegado a la conclusión de que todas las culturas están muy cerca unas de otras y que, para entendernos, no necesitamos ser iguales”. Y lanza una pregunta: “¿Qué tiene de amenazante para el poder que un pueblo se entienda? Porque, en el mito, la división llega precisamente cuando la comunidad está construyendo algo junta”. “Babel parte de esa tensión y de la posibilidad de que la diferencia sea una riqueza compartida y no una amenaza”, concluye.
En su presentación en el teatro Lope de Vega de Sevilla, esos valores y presupuestos dancísticos cobraron vida de múltiples formas, todas ellas con intensidad y equilibrio. El movimiento grupal, siempre dinámico y armónico, no impidió los lucimientos y las aportaciones individuales, porque a cada bailarín o bailarina se le podía encontrar su personalidad, su diferencia, como se pudo ver en las bulerías y en la seguiriya que Lagos le cantó a Coria. Antes, este se había marcado un impecable y completo baile de la caña en solitario, además de componer un paso a dos casi imposible. El relato no se entendería sin la aportación de la música, ya fuera grabada o en directo. Así, el cante de David Lagos, bien insertado y siempre dicho con toda su intención, la variedad de vientos que exhibe Juan M. Jiménez o el versátil y flamenco bajo de Juanfe Pérez. Todos fundamentales para marcar los tiempos y reforzar la narración.
Los brazos, que se alzaban imprecando al poder al inicio, se terminan enlazando al final en un círculo que ejemplifica la unión de todos los protagonistas por medio del baile y su compás interno. Quizás porque, como dejó escrito Alberto Conejero en sus notas al programa, “si todavía existe en nuestro mundo la posibilidad de un lenguaje común, sin duda este se parecería mucho al de la música y de la danza”.
EL PAÍS
