En el verano de 1933, Marcel Duchamp viajaba por primera vez a Cadaqués para huir de las tensiones y tentaciones parisinas. Instigado por su amigo, el pintor Salvador Dalí , cayó en la trampa de dejarse seducir por la belleza y el ambiente tranquilo y cercano de un pueblo pesquero de casas blancas y sinuosas callejuelas. Aunque fue la espectacularidad rocosa del cabo de Creus lo que más el llamó la atención. Precisamente allí fue donde Duchamp, Gala y Dalí se detuvieron a finales de julio a celebrar un picnic. Hasta los genios de las vanguardias realizaban actividades anodinas y populares, como el resto de los mortales.En esa escapada, Gala conversaba con su particular flirteo con Duchamp, que la escuchaba con atención. Ella iba en bañador, con la espalda al sol, él la rodeaba con un brazo, y ambos se fueron quemando la piel hasta quedar roja, contraste absoluto a su habitual palidez. Algo en el interior de Dalí se encendió ante esa imagen. Los celos, por supuesto. Hasta los genios de vanguardia tienen emociones mundanas. Aunque su manifestación fue un poco más rara que la del resto de los mortales. El olor a brasa que le llegaba desde la hoguera de unos pescadores que preparaban la comida le hizo ver a Gala como una langosta a la brasa. Esto dio pie al texto ‘Je menge Gala’ (Yo me comí a Gala).El escrito, que custodia la Fundación Gala-Dalí , muestra cómo Dalí sublimaba a través de emociones recreativas unos celos agresivos por su mujer. Ya sabemos que los surrealistas se lo tomaban todo con humor y relativizaban cualquiera de sus emociones como piezas que mover en un tablero de ajedrez, pero la rabia y el fastidio estaban ahí. Eso sí, a Dalí le salían textos paranoico delirantes y no una agresividad malsana, así que algo hemos ganado. En el texto, afirmaba cómo de repente le entraron ganas de devorar a Gala y ‘orinarse encima’, clara parodia al célebre orinal de Duchamp. Dalí siempre fue pasivo agresivo con sus emociones, lo que le fue muy útil para canalizarlas en su obra artística.Por ejemplo, de esta anécdota surgieron dibujos de Dalí masturbándose detrás de una roca o el célebre cuadro ‘Retrato de Gala con dos costillas de cordero en equilibrio sobre su hombro’ , de ese mismo año y que también conserva la Fundación Gala-Dalí. Además, un poco después pintaría ‘Dos trozos de pan expresando el sentimiento del amor’, donde dos mendrugos aparecen en un espacio desolado custodiados de cerca por la ficha de un peón, homenaje a Duchamp y su obsesión por el ajedrez. Duchamp, con ganas de respirar un poco lejos de las metáforas surrealistas de Dalí y los enigmas de Gala, escribió a su amigo, el fotógrafo Man Ray, para que compartiera aquel verano con ellos. En una carta del 21 de agosto puso: «Un clima ideal y unas deliciosas pesetas… Dalí está aquí con Gala y los vemos a menudo». El pintor catalán preparaba un artículo para la revista ‘Minotaure’ titulado ‘De la beauté comestible et terrifiante du modern style’ (De la belleza comestible y terrorífica del ‘modern style’), dando vueltas otra vez a su obsesión ‘caníbal-afectiva’. «Man Ray ha sabido desvelar el secreto erotismo y el canibalismo latente de la obra de Gaudí» Salvador DalíMan Ray no lo dudó un segundo y se marchó a Cadaqués al instante. Los surrealistas odiaban el modernismo por considerarlo burgués y decadente, así que Man Ray, Dalí y Duchamp se reunían por las tardes ideando en cierta manera un complot para cambiar de opinión a Breton y compañía. La idea era conseguir que las fotografías de Man Ray enfatizaran el erotismo de las formas y su carácter de imitador de la naturaleza de Gaudí. Lo cierto es que lo consiguió y la opinión sobre la obra del arquitecto de Reus empezó a cambiar en la intelectualidad parisina.La revista salió en diciembre de 1933 y se podía ver las fotografías del Parc Güell, los balcones y las chimeneas de la Pedrera o los ventanales de la Casa Batlló , siempre desde la inusual perspectiva de Man Ray. El fotógrafo había conseguido transformar aquellos edificios en entidades vivas, y lo mejor de todo, amenazantes como monstruos antediluvianos. «Ha sabido desvelar el secreto erótico y el canibalismo latente de Gaudí. Sus fotografías no retratan monumentos, sino carne petrificada, desnudeces biológicas y delirios comestibles. Bajo su lente, la arquitectura se desprende de la razón burguesa para convertirse en el fetiche supremo del subconsciente», escribiría Dalí.Duchamp, ajedrez y Man Ray; rocasLo cierto es que Man Ray siempre iba con su cámara a cuestas. La gente local de Cadaqués no entendía qué hacía siempre fotografiando rocas deformes en el Cap de Creus . Lo tenían por un excéntrico americano que no les despertaban ninguna simpatía, siempre distante y algo altivo. Lo contrario que Duchamp, que se quedaba horas y horas de la tarde en el bar Meliton jugando al ajedrez. Le llegaron a bautizar como ‘El extranjero’ de forma cariñosa. Agradecían su compañía porque trataba a todos los vecinos por igual. La reunión sólo duró unas semanas. Los tres tomaron su propio rumbo, pero lo cierto es que en los años 50 los tres volverían a coincidir todos los veranos en Cadaqués. Duchamp decía que era su sitio de sobra, sorprendido porque el resto perdiera el tiempo poniéndose bajo el sol. En 1968, el artista conceptual abandonaba Cadaqués después de un intenso verano. El 2 de octubre fallecía después de un ataque al corazón súbito. Tenía 81 años y Cadaqués acabaría por echarle de menos. En el verano de 1933, Marcel Duchamp viajaba por primera vez a Cadaqués para huir de las tensiones y tentaciones parisinas. Instigado por su amigo, el pintor Salvador Dalí , cayó en la trampa de dejarse seducir por la belleza y el ambiente tranquilo y cercano de un pueblo pesquero de casas blancas y sinuosas callejuelas. Aunque fue la espectacularidad rocosa del cabo de Creus lo que más el llamó la atención. Precisamente allí fue donde Duchamp, Gala y Dalí se detuvieron a finales de julio a celebrar un picnic. Hasta los genios de las vanguardias realizaban actividades anodinas y populares, como el resto de los mortales.En esa escapada, Gala conversaba con su particular flirteo con Duchamp, que la escuchaba con atención. Ella iba en bañador, con la espalda al sol, él la rodeaba con un brazo, y ambos se fueron quemando la piel hasta quedar roja, contraste absoluto a su habitual palidez. Algo en el interior de Dalí se encendió ante esa imagen. Los celos, por supuesto. Hasta los genios de vanguardia tienen emociones mundanas. Aunque su manifestación fue un poco más rara que la del resto de los mortales. El olor a brasa que le llegaba desde la hoguera de unos pescadores que preparaban la comida le hizo ver a Gala como una langosta a la brasa. Esto dio pie al texto ‘Je menge Gala’ (Yo me comí a Gala).El escrito, que custodia la Fundación Gala-Dalí , muestra cómo Dalí sublimaba a través de emociones recreativas unos celos agresivos por su mujer. Ya sabemos que los surrealistas se lo tomaban todo con humor y relativizaban cualquiera de sus emociones como piezas que mover en un tablero de ajedrez, pero la rabia y el fastidio estaban ahí. Eso sí, a Dalí le salían textos paranoico delirantes y no una agresividad malsana, así que algo hemos ganado. En el texto, afirmaba cómo de repente le entraron ganas de devorar a Gala y ‘orinarse encima’, clara parodia al célebre orinal de Duchamp. Dalí siempre fue pasivo agresivo con sus emociones, lo que le fue muy útil para canalizarlas en su obra artística.Por ejemplo, de esta anécdota surgieron dibujos de Dalí masturbándose detrás de una roca o el célebre cuadro ‘Retrato de Gala con dos costillas de cordero en equilibrio sobre su hombro’ , de ese mismo año y que también conserva la Fundación Gala-Dalí. Además, un poco después pintaría ‘Dos trozos de pan expresando el sentimiento del amor’, donde dos mendrugos aparecen en un espacio desolado custodiados de cerca por la ficha de un peón, homenaje a Duchamp y su obsesión por el ajedrez. Duchamp, con ganas de respirar un poco lejos de las metáforas surrealistas de Dalí y los enigmas de Gala, escribió a su amigo, el fotógrafo Man Ray, para que compartiera aquel verano con ellos. En una carta del 21 de agosto puso: «Un clima ideal y unas deliciosas pesetas… Dalí está aquí con Gala y los vemos a menudo». El pintor catalán preparaba un artículo para la revista ‘Minotaure’ titulado ‘De la beauté comestible et terrifiante du modern style’ (De la belleza comestible y terrorífica del ‘modern style’), dando vueltas otra vez a su obsesión ‘caníbal-afectiva’. «Man Ray ha sabido desvelar el secreto erotismo y el canibalismo latente de la obra de Gaudí» Salvador DalíMan Ray no lo dudó un segundo y se marchó a Cadaqués al instante. Los surrealistas odiaban el modernismo por considerarlo burgués y decadente, así que Man Ray, Dalí y Duchamp se reunían por las tardes ideando en cierta manera un complot para cambiar de opinión a Breton y compañía. La idea era conseguir que las fotografías de Man Ray enfatizaran el erotismo de las formas y su carácter de imitador de la naturaleza de Gaudí. Lo cierto es que lo consiguió y la opinión sobre la obra del arquitecto de Reus empezó a cambiar en la intelectualidad parisina.La revista salió en diciembre de 1933 y se podía ver las fotografías del Parc Güell, los balcones y las chimeneas de la Pedrera o los ventanales de la Casa Batlló , siempre desde la inusual perspectiva de Man Ray. El fotógrafo había conseguido transformar aquellos edificios en entidades vivas, y lo mejor de todo, amenazantes como monstruos antediluvianos. «Ha sabido desvelar el secreto erótico y el canibalismo latente de Gaudí. Sus fotografías no retratan monumentos, sino carne petrificada, desnudeces biológicas y delirios comestibles. Bajo su lente, la arquitectura se desprende de la razón burguesa para convertirse en el fetiche supremo del subconsciente», escribiría Dalí.Duchamp, ajedrez y Man Ray; rocasLo cierto es que Man Ray siempre iba con su cámara a cuestas. La gente local de Cadaqués no entendía qué hacía siempre fotografiando rocas deformes en el Cap de Creus . Lo tenían por un excéntrico americano que no les despertaban ninguna simpatía, siempre distante y algo altivo. Lo contrario que Duchamp, que se quedaba horas y horas de la tarde en el bar Meliton jugando al ajedrez. Le llegaron a bautizar como ‘El extranjero’ de forma cariñosa. Agradecían su compañía porque trataba a todos los vecinos por igual. La reunión sólo duró unas semanas. Los tres tomaron su propio rumbo, pero lo cierto es que en los años 50 los tres volverían a coincidir todos los veranos en Cadaqués. Duchamp decía que era su sitio de sobra, sorprendido porque el resto perdiera el tiempo poniéndose bajo el sol. En 1968, el artista conceptual abandonaba Cadaqués después de un intenso verano. El 2 de octubre fallecía después de un ataque al corazón súbito. Tenía 81 años y Cadaqués acabaría por echarle de menos.
En el verano de 1933, Marcel Duchamp viajaba por primera vez a Cadaqués para huir de las tensiones y tentaciones parisinas. Instigado por su amigo, el pintor Salvador Dalí, cayó en la trampa de dejarse seducir por la belleza y el ambiente tranquilo … y cercano de un pueblo pesquero de casas blancas y sinuosas callejuelas. Aunque fue la espectacularidad rocosa del cabo de Creus lo que más el llamó la atención. Precisamente allí fue donde Duchamp, Gala y Dalí se detuvieron a finales de julio a celebrar un picnic. Hasta los genios de las vanguardias realizaban actividades anodinas y populares, como el resto de los mortales.
En esa escapada, Gala conversaba con su particular flirteo con Duchamp, que la escuchaba con atención. Ella iba en bañador, con la espalda al sol, él la rodeaba con un brazo, y ambos se fueron quemando la piel hasta quedar roja, contraste absoluto a su habitual palidez. Algo en el interior de Dalí se encendió ante esa imagen. Los celos, por supuesto. Hasta los genios de vanguardia tienen emociones mundanas. Aunque su manifestación fue un poco más rara que la del resto de los mortales. El olor a brasa que le llegaba desde la hoguera de unos pescadores que preparaban la comida le hizo ver a Gala como una langosta a la brasa. Esto dio pie al texto ‘Je menge Gala’ (Yo me comí a Gala).
El escrito, que custodia la Fundación Gala-Dalí, muestra cómo Dalí sublimaba a través de emociones recreativas unos celos agresivos por su mujer. Ya sabemos que los surrealistas se lo tomaban todo con humor y relativizaban cualquiera de sus emociones como piezas que mover en un tablero de ajedrez, pero la rabia y el fastidio estaban ahí. Eso sí, a Dalí le salían textos paranoico delirantes y no una agresividad malsana, así que algo hemos ganado. En el texto, afirmaba cómo de repente le entraron ganas de devorar a Gala y ‘orinarse encima’, clara parodia al célebre orinal de Duchamp. Dalí siempre fue pasivo agresivo con sus emociones, lo que le fue muy útil para canalizarlas en su obra artística.
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Por ejemplo, de esta anécdota surgieron dibujos de Dalí masturbándose detrás de una roca o el célebre cuadro ‘Retrato de Gala con dos costillas de cordero en equilibrio sobre su hombro’, de ese mismo año y que también conserva la Fundación Gala-Dalí. Además, un poco después pintaría ‘Dos trozos de pan expresando el sentimiento del amor’, donde dos mendrugos aparecen en un espacio desolado custodiados de cerca por la ficha de un peón, homenaje a Duchamp y su obsesión por el ajedrez.
Duchamp, con ganas de respirar un poco lejos de las metáforas surrealistas de Dalí y los enigmas de Gala, escribió a su amigo, el fotógrafo Man Ray, para que compartiera aquel verano con ellos. En una carta del 21 de agosto puso: «Un clima ideal y unas deliciosas pesetas… Dalí está aquí con Gala y los vemos a menudo». El pintor catalán preparaba un artículo para la revista ‘Minotaure’ titulado ‘De la beauté comestible et terrifiante du modern style’ (De la belleza comestible y terrorífica del ‘modern style’), dando vueltas otra vez a su obsesión ‘caníbal-afectiva’.
«Man Ray ha sabido desvelar el secreto erotismo y el canibalismo latente de la obra de Gaudí»
Salvador Dalí
Man Ray no lo dudó un segundo y se marchó a Cadaqués al instante. Los surrealistas odiaban el modernismo por considerarlo burgués y decadente, así que Man Ray, Dalí y Duchamp se reunían por las tardes ideando en cierta manera un complot para cambiar de opinión a Breton y compañía. La idea era conseguir que las fotografías de Man Ray enfatizaran el erotismo de las formas y su carácter de imitador de la naturaleza de Gaudí. Lo cierto es que lo consiguió y la opinión sobre la obra del arquitecto de Reus empezó a cambiar en la intelectualidad parisina.
La revista salió en diciembre de 1933 y se podía ver las fotografías del Parc Güell, los balcones y las chimeneas de la Pedrera o los ventanales de la Casa Batlló, siempre desde la inusual perspectiva de Man Ray. El fotógrafo había conseguido transformar aquellos edificios en entidades vivas, y lo mejor de todo, amenazantes como monstruos antediluvianos. «Ha sabido desvelar el secreto erótico y el canibalismo latente de Gaudí. Sus fotografías no retratan monumentos, sino carne petrificada, desnudeces biológicas y delirios comestibles. Bajo su lente, la arquitectura se desprende de la razón burguesa para convertirse en el fetiche supremo del subconsciente», escribiría Dalí.
Duchamp, ajedrez y Man Ray; rocas
Lo cierto es que Man Ray siempre iba con su cámara a cuestas. La gente local de Cadaqués no entendía qué hacía siempre fotografiando rocas deformes en el Cap de Creus. Lo tenían por un excéntrico americano que no les despertaban ninguna simpatía, siempre distante y algo altivo. Lo contrario que Duchamp, que se quedaba horas y horas de la tarde en el bar Meliton jugando al ajedrez. Le llegaron a bautizar como ‘El extranjero’ de forma cariñosa. Agradecían su compañía porque trataba a todos los vecinos por igual.
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La reunión sólo duró unas semanas. Los tres tomaron su propio rumbo, pero lo cierto es que en los años 50 los tres volverían a coincidir todos los veranos en Cadaqués. Duchamp decía que era su sitio de sobra, sorprendido porque el resto perdiera el tiempo poniéndose bajo el sol. En 1968, el artista conceptual abandonaba Cadaqués después de un intenso verano. El 2 de octubre fallecía después de un ataque al corazón súbito. Tenía 81 años y Cadaqués acabaría por echarle de menos.
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