Conducir por las carreteras que cosen las montañas que asolaron los incendios de la sierra oeste de Madrid, el Valle de Iruelas y Burgohondo es lo más parecido a atravesar un océano de ceniceros llenos de tierra negra y marrón y ocre y muerta. La experiencia es aterradora también porque pone fin a un paisaje que ya solo existe en la memoria, como aquellos veranos de infancia en el pueblo. Es extraño pensar que lo que ayer era un vergel hoy existe únicamente en los recuerdos y en las viejas grabaciones. Quizá eso es la vida y quizá por eso el cine ha resistido y resistirá: las imágenes siempre están dispuestas a devolver a su verdor original lo que estuvo vivo un día.Garci ha contado un millón de veces aquello de que aprendimos a besar con las películas. También a bailar, a saltar (solo hay que ver las imágenes de Archivo de los saltitos con los que los futbolistas celebraban los goles en los 50 y cómo ‘farmean aura’ ahora), incluso el cine nos enseñó a pelear, a discutir, a llorar. Las grandes cosas de la vida se entienden mejor en una pantalla grande que transforma lo inasible en algo comprensible , manejable. Hay otras que difícilmente pueden entenderse a través de su representación visual. Como los restos de un incendio. Oliver Laxe metió la cámara en el corazón del fuego en ‘O que arde’ (disponible en Movistar Plus), pero es imposible abarcar la inmensidad de la desolación real. Y si el cine no alcanza a contarlo, las televisiones ya ni lo intentan. Porque el fuego dibuja una distancia insalvable entre lo efímero —el reportaje, el directo, la urgencia de la actualidad— y lo perenne: la ceniza que cubre un suelo que ya no volverá a ser el mismo. Este verano no sólo ardió la sierra oeste de Madrid, el valle de Iruelas –una increíble reserva natural– y la sierra del pantano de Burgohondo, también se perdieron entre las llamas los recuerdos de miles de personas cuyos lamentos apenas llenaron unas cuantas horas de televisión. Ahora empieza el nuevo curso y las cadenas vuelven a lo de siempre, a los políticos en Madrid y a la crisis de turno de las periferias, a las que se va a contar lo extraordinario para irse de allí en cuanto salga otra cosa más urgente. Lo que permanece, meses después, son las vidas de los vecinos entre cenizas y olor a quemado. Rescoldos y recuerdos. Y quién sabe si el cine podrá enseñarnos algo nuevo. Conducir por las carreteras que cosen las montañas que asolaron los incendios de la sierra oeste de Madrid, el Valle de Iruelas y Burgohondo es lo más parecido a atravesar un océano de ceniceros llenos de tierra negra y marrón y ocre y muerta. La experiencia es aterradora también porque pone fin a un paisaje que ya solo existe en la memoria, como aquellos veranos de infancia en el pueblo. Es extraño pensar que lo que ayer era un vergel hoy existe únicamente en los recuerdos y en las viejas grabaciones. Quizá eso es la vida y quizá por eso el cine ha resistido y resistirá: las imágenes siempre están dispuestas a devolver a su verdor original lo que estuvo vivo un día.Garci ha contado un millón de veces aquello de que aprendimos a besar con las películas. También a bailar, a saltar (solo hay que ver las imágenes de Archivo de los saltitos con los que los futbolistas celebraban los goles en los 50 y cómo ‘farmean aura’ ahora), incluso el cine nos enseñó a pelear, a discutir, a llorar. Las grandes cosas de la vida se entienden mejor en una pantalla grande que transforma lo inasible en algo comprensible , manejable. Hay otras que difícilmente pueden entenderse a través de su representación visual. Como los restos de un incendio. Oliver Laxe metió la cámara en el corazón del fuego en ‘O que arde’ (disponible en Movistar Plus), pero es imposible abarcar la inmensidad de la desolación real. Y si el cine no alcanza a contarlo, las televisiones ya ni lo intentan. Porque el fuego dibuja una distancia insalvable entre lo efímero —el reportaje, el directo, la urgencia de la actualidad— y lo perenne: la ceniza que cubre un suelo que ya no volverá a ser el mismo. Este verano no sólo ardió la sierra oeste de Madrid, el valle de Iruelas –una increíble reserva natural– y la sierra del pantano de Burgohondo, también se perdieron entre las llamas los recuerdos de miles de personas cuyos lamentos apenas llenaron unas cuantas horas de televisión. Ahora empieza el nuevo curso y las cadenas vuelven a lo de siempre, a los políticos en Madrid y a la crisis de turno de las periferias, a las que se va a contar lo extraordinario para irse de allí en cuanto salga otra cosa más urgente. Lo que permanece, meses después, son las vidas de los vecinos entre cenizas y olor a quemado. Rescoldos y recuerdos. Y quién sabe si el cine podrá enseñarnos algo nuevo.

Conducir por las carreteras que cosen las montañas que asolaron los incendios de la sierra oeste de Madrid, el Valle de Iruelas y Burgohondo es lo más parecido a atravesar un océano de ceniceros llenos de tierra negra y marrón y ocre y muerta. La experiencia es aterradora también porque pone fin a un paisaje que ya solo existe en la memoria, como aquellos veranos de infancia en el pueblo. Es extraño pensar que lo que ayer era un vergel hoy existe únicamente en los recuerdos y en las viejas grabaciones. Quizá eso es la vida y quizá por eso el cine ha resistido y resistirá: las imágenes siempre están dispuestas a devolver a su verdor original lo que estuvo vivo un día.
Garci ha contado un millón de veces aquello de que aprendimos a besar con las películas. También a bailar, a saltar (solo hay que ver las imágenes de Archivo de los saltitos con los que los futbolistas celebraban los goles en los 50 y cómo ‘farmean aura’ ahora), incluso el cine nos enseñó a pelear, a discutir, a llorar. Las grandes cosas de la vida se entienden mejor en una pantalla grande que transforma lo inasible en algo comprensible, manejable. Hay otras que difícilmente pueden entenderse a través de su representación visual. Como los restos de un incendio. Oliver Laxe metió la cámara en el corazón del fuego en ‘O que arde’ (disponible en Movistar Plus), pero es imposible abarcar la inmensidad de la desolación real. Y si el cine no alcanza a contarlo, las televisiones ya ni lo intentan. Porque el fuego dibuja una distancia insalvable entre lo efímero —el reportaje, el directo, la urgencia de la actualidad— y lo perenne: la ceniza que cubre un suelo que ya no volverá a ser el mismo.
Este verano no sólo ardió la sierra oeste de Madrid, el valle de Iruelas –una increíble reserva natural– y la sierra del pantano de Burgohondo, también se perdieron entre las llamas los recuerdos de miles de personas cuyos lamentos apenas llenaron unas cuantas horas de televisión. Ahora empieza el nuevo curso y las cadenas vuelven a lo de siempre, a los políticos en Madrid y a la crisis de turno de las periferias, a las que se va a contar lo extraordinario para irse de allí en cuanto salga otra cosa más urgente. Lo que permanece, meses después, son las vidas de los vecinos entre cenizas y olor a quemado. Rescoldos y recuerdos. Y quién sabe si el cine podrá enseñarnos algo nuevo.
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