Resulta curiosa -y poco creíble, para que nos vamos a engañar- la fascinación que provocan hoy algunas obras de Lorca en toda clase de espectadores. Hablo de las que más se representan, claro, porque hay títulos del escritor granadino que algunos “fans” no han visto ni leído en su vida.
Desde luego, llama la atención que, en estos tiempos, en los que poco o nada interesa la mayoría de autores del pasado, porque se ha decidido de manera simplista y frívola que “ya no están vigentes”, se considere taxativamente, por el contrario, que Lorca sí lo está. Se han borrado de un plumazo los siglos XVIII y XIX al completo, y buena parte del XX. Algunos están tratando incluso de revisar el Siglo de Oro aplicando de manera bastante torpe y arbitraria ese cansino criterio de la “vigencia”. Pero Lorca, sin embargo, no entra en la ecuación. Parece ser que las tramas de sus tres tragedias más populares, cada cual más tremendista, siguen interesando mucho porque son muy atemporales y universales, a pesar del entorno tan constreñido -y tan manipulado con fines poéticos- que reflejan. Me refiero a la historia de una mujer que no puede tener hijos y acaba matando a su marido por la deshonra y la insatisfacción que esa esterilidad le provocan. Y a la de otra mujer a la que la viudez ha convertido en un ser autoritario hasta límites insospechados y que recluye de manera tiránica a sus cinco hijas para preservar la honra de todas ellas erradicando cualquier contacto con los hombres y con el mundo exterior en general. Y a la de otra mujer que, en la noche de su boda, llevada por la pasión, huye con su antiguo amante para terminar a continuación, dominada por la culpa, llorando la muerte de este y de su novio, que se matan a navajazos.
La “vigente” aportación de Lorca en estas tres obras a nuestra era ‘Me Too’, desde el punto de vista sociológico, es la de presentarnos unos personajes femeninos incapaces de rebelarse contra el patriarcado -algo que sí hacían ya los del Siglo de Oro- y cuya libertad de acción y pensamiento está limitada a las coordenadas de un destino funesto y castigador que ya ha sido escrito. Exactamente igual que en la tragedia griega; una tragedia griega que hoy, curiosamente, tampoco interesa mucho a los fans de Lorca, aunque fuese para él, en verdad, su gran fuente de inspiración, como bien supo ver, entre otros, la profesora y escritora Lilia Boscán de Lombardi.
Y eso por no hablar de otro teatro que el propio Lorca calificó de “irrepresentable” y que también causa furor hoy entre los culturetas consagrados y entre los que aspiran a serlo. Nadie se entera de nada de lo que ocurre en el escenario cada vez que se monta ‘El público’, ‘Así que pasen cinco años’ o la inclusa ‘Comedia sin título’. Pero casi todos los espectadores salen de la sala atravesados por una suerte de éxtasis místico para el que no estamos preparados otros humildes mortales. Afortunadamente, consuela saber que, entre estos, ha habido -y habrá siempre, imagino- gente ajena a la impostura de la talla de Manuel Altolaguirre, por ejemplo, que, al término de la primera representación de ‘El público’, que se hizo en un salón privado para un grupo de espectadores escogidos, se dirigió a su gran amigo Lorca y le dijo sin tapujos: “Mira, Federico, yo de esto no he entendido absolutamente nada”. Se conoce que Altolaguirre no estaba a la altura.
Seamos un poquito honestos, por favor, y dejémonos de fervores religiosos: Lorca tiene incontables virtudes como dramaturgo y como poeta -una de ellas, precisamente, es haber sabido unir con exquisita elegancia y originalidad estas dos facetas-; pero basta ya de hablar de su “vigencia” y de lo mucho que sus obras “nos interpelan hoy”, porque, en ese aspecto, lo siento mucho, no está por delante de tantos otros autores que han sido condenados absurda y caprichosamente al olvido.
Llama la atención que, en estos tiempos, en los que poco o nada interesa la mayoría de autores del pasado, porque se ha decidido de manera simplista y frívola que “ya no están vigentes”, se considere taxativamente, por el contrario, que Lorca sí lo está
Resulta curiosa -y poco creíble, para que nos vamos a engañar- la fascinación que provocan hoy algunas obras de Lorca en toda clase de espectadores. Hablo de las que más se representan, claro, porque hay títulos del escritor granadino que algunos “fans” no han visto ni leído en su vida.
Desde luego, llama la atención que, en estos tiempos, en los que poco o nada interesa la mayoría de autores del pasado, porque se ha decidido de manera simplista y frívola que “ya no están vigentes”, se considere taxativamente, por el contrario, que Lorca sí lo está. Se han borrado de un plumazo los siglos XVIII y XIX al completo, y buena parte del XX. Algunos están tratando incluso de revisar el Siglo de Oro aplicando de manera bastante torpe y arbitraria ese cansino criterio de la “vigencia”. Pero Lorca, sin embargo, no entra en la ecuación. Parece ser que las tramas de sus tres tragedias más populares, cada cual más tremendista, siguen interesando mucho porque son muy atemporales y universales, a pesar del entorno tan constreñido -y tan manipulado con fines poéticos- que reflejan. Me refiero a la historia de una mujer que no puede tener hijos y acaba matando a su marido por la deshonra y la insatisfacción que esa esterilidad le provocan. Y a la de otra mujer a la que la viudez ha convertido en un ser autoritario hasta límites insospechados y que recluye de manera tiránica a sus cinco hijas para preservar la honra de todas ellas erradicando cualquier contacto con los hombres y con el mundo exterior en general. Y a la de otra mujer que, en la noche de su boda, llevada por la pasión, huye con su antiguo amante para terminar a continuación, dominada por la culpa, llorando la muerte de este y de su novio, que se matan a navajazos.
La “vigente” aportación de Lorca en estas tres obras a nuestra era ‘Mee Too’, desde el punto de vista sociológico, es la de presentarnos unos personajes femeninos incapaces de rebelarse contra el patriarcado -algo que sí hacían ya los del Siglo de Oro- y cuya libertad de acción y pensamiento está limitada a las coordenadas de un destino funesto y castigador que ya ha sido escrito. Exactamente igual que en la tragedia griega; una tragedia griega que hoy, curiosamente, tampoco interesa mucho a los fans de Lorca, aunque fuese para él, en verdad, su gran fuente de inspiración, como bien supo ver, entre otros, la profesora y escritora Lilia Boscán de Lombardi.
Y eso por no hablar de otro teatro que el propio Lorca calificó de “irrepresentable” y que también causa furor hoy entre los culturetas consagrados y entre los que aspiran a serlo. Nadie se entera de nada de lo que ocurre en el escenario cada vez que se monta ‘El público’, ‘Así que pasen cinco años’ o la inclusa ‘Comedia sin título’. Pero casi todos los espectadores salen de la sala atravesados por una suerte de éxtasis místico para el que no estamos preparados otros humildes mortales. Afortunadamente, consuela saber que, entre estos, ha habido -y habrá siempre, imagino- gente ajena a la impostura de la talla de Manuel Altolaguirre, por ejemplo, que, al término de la primera representación de ‘El público’, que se hizo en un salón privado para un grupo de espectadores escogidos, se dirigió a su gran amigo Lorca y le dijo sin tapujos: “Mira, Federico, yo de esto no he entendido absolutamente nada”. Se conoce que Altolaguirre no estaba a la altura.
Seamos un poquito honestos, por favor, y dejémonos de fervores religiosos: Lorca tiene incontables virtudes como dramaturgo y como poeta -una de ellas, precisamente, es haber sabido unir con exquisita elegancia y originalidad estas dos facetas-; pero basta ya de hablar de su “vigencia” y de lo mucho que sus obras “nos interpelan hoy”, porque, en ese aspecto, lo siento mucho, no está por delante de muchos otros autores que están siendo condenados absurda y caprichosamente al olvido.
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