A los veinte minutos de colocarse uno, «un intenso sarpullido cubrió el cuello, brazos y pecho» de una joven de Durango que se brindó a probar uno de los llamados ‘collares de la muerte’ en el verano de 1972. El experimento , del que se hizo eco la agencia de noticias Cifra, acabó bien. Aunque «se llevó un gran susto», en cuanto la chica se desprendió del adorno, la erupción cutánea desapareció. Y en eso, en un gran susto, quedó afortunadamente la alarma internacional que desataron estos exóticos colgantes de semillas . Adquiridos en viajes como inocentes ‘souvenirs’ o recibidos como regalos, se convirtieron de la noche a la mañana en las ‘joyas’ de las que todo el mundo hablaba, aunque no se guardaran en cajas fuertes ni alcanzaran el valor de otras hoy célebres .’ El caso de los collares envenenados ‘ bien pudo haber inspirado una novela de Agatha Christie. Al fin y al cabo, la reina del crimen recurrió en sus novelas a toxinas derivadas de plantas y semillas exóticas, como las utilizadas en los sospechosos abalorios. Procedentes de países tropicales, contenían granos de un arbusto llamado ‘ abrus precatorius ‘, «llamado así porque sirvió desde tiempo inmemorial para confeccionar rosarios», detallaba este periódico. Noticia relacionada reportaje No No Decíamos ayer El año sin verano Mónica ArrizabalagaPor su brillante color rojizo, con una mancha negra en uno de sus extremos, estas pequeñas semillas conocidas también como ‘ semillas de mariquita ‘ o ‘regaliz indio’ resultaban muy bonitas en collares. Su precio era, además, muy asequible para un ‘souvenir’. Algunos apenas costaban 50 pesetas de entonces. Sin embargo, los expertos advertían de que dentro de su dura cáscara, los granos de esta planta contienen un alcaloide tóxico conocido como ‘abrina’, «de efectos mortales muy similares a los que produce el ‘curare’ utilizado por los indios de algunas tribus para envenenar las puntas de sus lanzas y flechas», según informaba ABC.Portada de ABC del 5 de julio de 1972. ABCLa voz de alarma se dio en Inglaterra, tras la muerte de una mujer que, al parecer, había lucido durante días uno de estos collares, y pronto se notificaron otros casos en Francia, Alemania o Estados Unidos, aunque ninguno de estos resultó mortal. En España, eran numerosas las personas que tenían alguno de estos ‘collares de la muerte’ que se hicieron tan famosos, traídos de Canarias en su mayoría. Aunque en los periódicos sólo saltó una noticia de una joven que se declaró intoxicada y los médicos no encontraron síntoma alguno, bastó una denuncia para que todas las mujeres se sintieran «Cleopatras con su correspondiente áspid alrededor del cuello», según Blanco y Negro. Muchas de las propietarias de estos vistosos colgantes se apresuraron a deshacerse de ellos, entregándolos en los ayuntamientos o a la Policía. «Según opiniones autorizadas, se ha exagerado mucho », advertía este periódico, llamando a la calma mientras se analizaban las cuentas que formaban los collares. Se decía que resultaban venenosas por vía bucal, si las semillas se chupaban o masticaban, pero inofensivas al contacto. «Los monjes trapenses vienen cultivándolas desde hace un cuarto de siglo para ensartar sus rosarios y nunca han sufrido sus efectos tóxicos», recordaba María Luisa Rubio en estas páginas. La Dirección General de Sanidad analizó varios de los colgantes y tan sólo advirtió «de una manera general sobre el riesgo de una ingestión» de las semillas. «Las experimentaciones efectuadas en animales de laboratorio idóneos han demostrado ausencia total de toxicidad», señaló en una nota .Con el paso del tiempo -y la ausencia de casos- la alerta desatada por los ‘collares de la muerte’ se fue diluyendo como un azucarillo. De vez en cuando, sin embargo, las autoridades sanitarias advierten sobre la peligrosidad de objetos elaborados con semillas tóxicas, que se venden de forma ambulante o en mercadillos. Especialmente, sobre esas ‘semillas de mariquita’. Ya lo decía Rubio en 1972: «Eso de que ‘a caballo regalado no le mires el diente’ puede resultar peligroso algunas veces». Hay regalos envenenados. A los veinte minutos de colocarse uno, «un intenso sarpullido cubrió el cuello, brazos y pecho» de una joven de Durango que se brindó a probar uno de los llamados ‘collares de la muerte’ en el verano de 1972. El experimento , del que se hizo eco la agencia de noticias Cifra, acabó bien. Aunque «se llevó un gran susto», en cuanto la chica se desprendió del adorno, la erupción cutánea desapareció. Y en eso, en un gran susto, quedó afortunadamente la alarma internacional que desataron estos exóticos colgantes de semillas . Adquiridos en viajes como inocentes ‘souvenirs’ o recibidos como regalos, se convirtieron de la noche a la mañana en las ‘joyas’ de las que todo el mundo hablaba, aunque no se guardaran en cajas fuertes ni alcanzaran el valor de otras hoy célebres .’ El caso de los collares envenenados ‘ bien pudo haber inspirado una novela de Agatha Christie. Al fin y al cabo, la reina del crimen recurrió en sus novelas a toxinas derivadas de plantas y semillas exóticas, como las utilizadas en los sospechosos abalorios. Procedentes de países tropicales, contenían granos de un arbusto llamado ‘ abrus precatorius ‘, «llamado así porque sirvió desde tiempo inmemorial para confeccionar rosarios», detallaba este periódico. Noticia relacionada reportaje No No Decíamos ayer El año sin verano Mónica ArrizabalagaPor su brillante color rojizo, con una mancha negra en uno de sus extremos, estas pequeñas semillas conocidas también como ‘ semillas de mariquita ‘ o ‘regaliz indio’ resultaban muy bonitas en collares. Su precio era, además, muy asequible para un ‘souvenir’. Algunos apenas costaban 50 pesetas de entonces. Sin embargo, los expertos advertían de que dentro de su dura cáscara, los granos de esta planta contienen un alcaloide tóxico conocido como ‘abrina’, «de efectos mortales muy similares a los que produce el ‘curare’ utilizado por los indios de algunas tribus para envenenar las puntas de sus lanzas y flechas», según informaba ABC.Portada de ABC del 5 de julio de 1972. ABCLa voz de alarma se dio en Inglaterra, tras la muerte de una mujer que, al parecer, había lucido durante días uno de estos collares, y pronto se notificaron otros casos en Francia, Alemania o Estados Unidos, aunque ninguno de estos resultó mortal. En España, eran numerosas las personas que tenían alguno de estos ‘collares de la muerte’ que se hicieron tan famosos, traídos de Canarias en su mayoría. Aunque en los periódicos sólo saltó una noticia de una joven que se declaró intoxicada y los médicos no encontraron síntoma alguno, bastó una denuncia para que todas las mujeres se sintieran «Cleopatras con su correspondiente áspid alrededor del cuello», según Blanco y Negro. Muchas de las propietarias de estos vistosos colgantes se apresuraron a deshacerse de ellos, entregándolos en los ayuntamientos o a la Policía. «Según opiniones autorizadas, se ha exagerado mucho », advertía este periódico, llamando a la calma mientras se analizaban las cuentas que formaban los collares. Se decía que resultaban venenosas por vía bucal, si las semillas se chupaban o masticaban, pero inofensivas al contacto. «Los monjes trapenses vienen cultivándolas desde hace un cuarto de siglo para ensartar sus rosarios y nunca han sufrido sus efectos tóxicos», recordaba María Luisa Rubio en estas páginas. La Dirección General de Sanidad analizó varios de los colgantes y tan sólo advirtió «de una manera general sobre el riesgo de una ingestión» de las semillas. «Las experimentaciones efectuadas en animales de laboratorio idóneos han demostrado ausencia total de toxicidad», señaló en una nota .Con el paso del tiempo -y la ausencia de casos- la alerta desatada por los ‘collares de la muerte’ se fue diluyendo como un azucarillo. De vez en cuando, sin embargo, las autoridades sanitarias advierten sobre la peligrosidad de objetos elaborados con semillas tóxicas, que se venden de forma ambulante o en mercadillos. Especialmente, sobre esas ‘semillas de mariquita’. Ya lo decía Rubio en 1972: «Eso de que ‘a caballo regalado no le mires el diente’ puede resultar peligroso algunas veces». Hay regalos envenenados.
A los veinte minutos de colocarse uno, «un intenso sarpullido cubrió el cuello, brazos y pecho» de una joven de Durango que se brindó a probar uno de los llamados ‘collares de la muerte’ en el verano de 1972. El experimento, del que se … hizo eco la agencia de noticias Cifra, acabó bien. Aunque «se llevó un gran susto», en cuanto la chica se desprendió del adorno, la erupción cutánea desapareció. Y en eso, en un gran susto, quedó afortunadamente la alarma internacional que desataron estos exóticos colgantes de semillas. Adquiridos en viajes como inocentes ‘souvenirs’ o recibidos como regalos, se convirtieron de la noche a la mañana en las ‘joyas’ de las que todo el mundo hablaba, aunque no se guardaran en cajas fuertes ni alcanzaran el valor de otras hoy célebres.
‘El caso de los collares envenenados‘ bien pudo haber inspirado una novela de Agatha Christie. Al fin y al cabo, la reina del crimen recurrió en sus novelas a toxinas derivadas de plantas y semillas exóticas, como las utilizadas en los sospechosos abalorios. Procedentes de países tropicales, contenían granos de un arbusto llamado ‘abrus precatorius‘, «llamado así porque sirvió desde tiempo inmemorial para confeccionar rosarios», detallaba este periódico.
Noticia relacionada
Por su brillante color rojizo, con una mancha negra en uno de sus extremos, estas pequeñas semillas conocidas también como ‘semillas de mariquita‘ o ‘regaliz indio’ resultaban muy bonitas en collares. Su precio era, además, muy asequible para un ‘souvenir’. Algunos apenas costaban 50 pesetas de entonces. Sin embargo, los expertos advertían de que dentro de su dura cáscara, los granos de esta planta contienen un alcaloide tóxico conocido como ‘abrina’, «de efectos mortales muy similares a los que produce el ‘curare’ utilizado por los indios de algunas tribus para envenenar las puntas de sus lanzas y flechas», según informaba ABC.

(ABC)
La voz de alarma se dio en Inglaterra, tras la muerte de una mujer que, al parecer, había lucido durante días uno de estos collares, y pronto se notificaron otros casos en Francia, Alemania o Estados Unidos, aunque ninguno de estos resultó mortal. En España, eran numerosas las personas que tenían alguno de estos ‘collares de la muerte’ que se hicieron tan famosos, traídos de Canarias en su mayoría. Aunque en los periódicos sólo saltó una noticia de una joven que se declaró intoxicada y los médicos no encontraron síntoma alguno, bastó una denuncia para que todas las mujeres se sintieran «Cleopatras con su correspondiente áspid alrededor del cuello», según Blanco y Negro. Muchas de las propietarias de estos vistosos colgantes se apresuraron a deshacerse de ellos, entregándolos en los ayuntamientos o a la Policía.
«Según opiniones autorizadas, se ha exagerado mucho», advertía este periódico, llamando a la calma mientras se analizaban las cuentas que formaban los collares. Se decía que resultaban venenosas por vía bucal, si las semillas se chupaban o masticaban, pero inofensivas al contacto. «Los monjes trapenses vienen cultivándolas desde hace un cuarto de siglo para ensartar sus rosarios y nunca han sufrido sus efectos tóxicos», recordaba María Luisa Rubio en estas páginas. La Dirección General de Sanidad analizó varios de los colgantes y tan sólo advirtió «de una manera general sobre el riesgo de una ingestión» de las semillas. «Las experimentaciones efectuadas en animales de laboratorio idóneos han demostrado ausencia total de toxicidad», señaló en una nota.
Newsletter
Con el paso del tiempo -y la ausencia de casos- la alerta desatada por los ‘collares de la muerte’ se fue diluyendo como un azucarillo. De vez en cuando, sin embargo, las autoridades sanitarias advierten sobre la peligrosidad de objetos elaborados con semillas tóxicas, que se venden de forma ambulante o en mercadillos. Especialmente, sobre esas ‘semillas de mariquita’. Ya lo decía Rubio en 1972: «Eso de que ‘a caballo regalado no le mires el diente’ puede resultar peligroso algunas veces». Hay regalos envenenados.
RSS de noticias de cultura

