Desde que en abril de 2024, hace dos años, Pedro Sánchez hizo lo posible por empequeñecer a Luis Martín Santos, con motivo de la magnífica exposición dedicada al autor en la Biblioteca Nacional , los lectores estábamos esperando una ocasión para redimir la grandeza de ‘Tiempo de silencio’ de todas las excrecencias de la pequeña política. El PSOE se pasó mucho de frenada. El discurso presidencial de la inauguración fue en clave de guerra cultural y celebraba más al conmilitón que a una figura de las letras universal, más a ‘uno de los nuestros’ llamado a marcar los cimientos del muro contra la extrema derecha que a un gran novelista de todos. Flaco favor, pensé. Parecía que, de tanto tamborilear sobre la ‘memoria democrática’, sacrificaban la prosa de Martín Santos en los altarcillos de los discursos del politiqueo que necesitan setecientos asesores para arrancar. La letra pequeña de la política de aquel día se apagó, porque es efímera, y el autor volvió a crecer en la mente de sus lectores , que conocemos las penurias y crueldades de la dictadura mejor a través de sus páginas que de cualquier discurso. Estos días vuelve a ser noticia por la polémica de la edición definitiva de sus obras, de las que habrá que eliminar los últimos rastros de la censura franquista , precisamente, y algunas inercias editoriales y errores que su familia está corrigiendo -como publicaba en estas páginas Karina Sáinz Borgo-, al respaldar una edición duradera y canónica, que tal vez se demore aún cierto tiempo para desesperación de algunos investigadores entusiastas que han adelantado ya algunos hallazgos, pero quedará. Es bueno que se hable de literatura y no de la letrina política en su nombre. No dejemos que nadie más se contagie por aquello y denunciemos, en nombre de su buena prosa, los soberbios alcázares de la pobreza partidista. Desde que en abril de 2024, hace dos años, Pedro Sánchez hizo lo posible por empequeñecer a Luis Martín Santos, con motivo de la magnífica exposición dedicada al autor en la Biblioteca Nacional , los lectores estábamos esperando una ocasión para redimir la grandeza de ‘Tiempo de silencio’ de todas las excrecencias de la pequeña política. El PSOE se pasó mucho de frenada. El discurso presidencial de la inauguración fue en clave de guerra cultural y celebraba más al conmilitón que a una figura de las letras universal, más a ‘uno de los nuestros’ llamado a marcar los cimientos del muro contra la extrema derecha que a un gran novelista de todos. Flaco favor, pensé. Parecía que, de tanto tamborilear sobre la ‘memoria democrática’, sacrificaban la prosa de Martín Santos en los altarcillos de los discursos del politiqueo que necesitan setecientos asesores para arrancar. La letra pequeña de la política de aquel día se apagó, porque es efímera, y el autor volvió a crecer en la mente de sus lectores , que conocemos las penurias y crueldades de la dictadura mejor a través de sus páginas que de cualquier discurso. Estos días vuelve a ser noticia por la polémica de la edición definitiva de sus obras, de las que habrá que eliminar los últimos rastros de la censura franquista , precisamente, y algunas inercias editoriales y errores que su familia está corrigiendo -como publicaba en estas páginas Karina Sáinz Borgo-, al respaldar una edición duradera y canónica, que tal vez se demore aún cierto tiempo para desesperación de algunos investigadores entusiastas que han adelantado ya algunos hallazgos, pero quedará. Es bueno que se hable de literatura y no de la letrina política en su nombre. No dejemos que nadie más se contagie por aquello y denunciemos, en nombre de su buena prosa, los soberbios alcázares de la pobreza partidista.
Desde que en abril de 2024, hace dos años, Pedro Sánchez hizo lo posible por empequeñecer a Luis Martín Santos, con motivo de la magnífica exposición dedicada al autor en la Biblioteca Nacional, los lectores estábamos esperando una ocasión para redimir la grandeza de ‘ … Tiempo de silencio’ de todas las excrecencias de la pequeña política.
El PSOE se pasó mucho de frenada. El discurso presidencial de la inauguración fue en clave de guerra cultural y celebraba más al conmilitón que a una figura de las letras universal, más a ‘uno de los nuestros’ llamado a marcar los cimientos del muro contra la extrema derecha que a un gran novelista de todos. Flaco favor, pensé.
Parecía que, de tanto tamborilear sobre la ‘memoria democrática’, sacrificaban la prosa de Martín Santos en los altarcillos de los discursos del politiqueo que necesitan setecientos asesores para arrancar.
La letra pequeña de la política de aquel día se apagó, porque es efímera, y el autor volvió a crecer en la mente de sus lectores, que conocemos las penurias y crueldades de la dictadura mejor a través de sus páginas que de cualquier discurso.
Estos días vuelve a ser noticia por la polémica de la edición definitiva de sus obras, de las que habrá que eliminar los últimos rastros de la censura franquista, precisamente, y algunas inercias editoriales y errores que su familia está corrigiendo -como publicaba en estas páginas Karina Sáinz Borgo-, al respaldar una edición duradera y canónica, que tal vez se demore aún cierto tiempo para desesperación de algunos investigadores entusiastas que han adelantado ya algunos hallazgos, pero quedará.
Es bueno que se hable de literatura y no de la letrina política en su nombre. No dejemos que nadie más se contagie por aquello y denunciemos, en nombre de su buena prosa, los soberbios alcázares de la pobreza partidista.
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