Si de algo puedo ser testigo es que Pärnu es música. Esta ciudad podría ser muchas cosas, y de hecho lo es. Los turistas con toallas en el cuello que van de las saunas a la playa ya auguran que esta ciudad es la auténtica capital del verano estonio. Pero si algo trasciende a este pueblo y su historia es, sin duda alguna, la música. trascendido de este pueblo con una historia memorable es la música. Paseando encontramos el espíritu de Sibelius, Mendelssohn y Schumann; batutas, contrabajos y trombones; músicos llegados de todos los rincones de Europa. Durante el resto del año, las bellas casas de colores descansan al ritmo pausado del río y de las olas del Báltico, pero en julio han quedado sepultadas bajo el Pärnu Music Festival, que toma la ciudad desde hace dieciséis años y la transforma por completo: los ensayos se escapan por las ventanas abiertas, los conciertos suceden desde la mañana hasta la noche, las terrazas se llenan de intérpretes con la partitura bajo el brazo y hasta los inevitables mosquitos del verano, que han hecho de nuestros brazos un festín, parecen sumarse a una celebración que convierte la música en el verdadero idioma común de Pärnu. Para quien no lo conozca, este encuentro es fruto de una historia de amor. Es el resultado del profundo vínculo de la familia Järvi; el gran maestro Neeme Järvi, su mujer, y sus hijos Paavo, Kristjan y Maarika, con esta ciudad costera. Es un lugar que durante generaciones ha sido refugio estival y que, durante la época soviética, también acogió a numerosos artistas que venían a refugiarse y buscar descanso. Sus calles lo testifican, también los «culpables» de que esto suceda cada año porque fue precisamente aquí donde un entonces joven Paavo conoció a Shostakóvich en 1973. Tras la independencia de Estonia, Paavo regresó junto a su familia para fundar la Academia Järvi en 2009 y, dos años más tarde, el festival, que hoy reúne cada verano a distintas formaciones como la Estonian Festival Orchestra, integrada por músicos de primer nivel procedentes de todo el mundo; la Järvi Academy Sinfonietta, que acompaña la formación de los jóvenes directores y la Järvi Academy Youth Orchestra, dedicada al talento emergente internacional, entre otras. A este ecosistema se han sumado cada año destacados solistas invitados por Paavo Järvi, como Hilary Hahn, Joshua Bell, Midori, Pinchas Zukerman, Khatia Buniatishvili o Fazıl Say. «Todos los conciertos se preparan aquí y no son orquestas visitantes ni grupos de cámara que llegan con el trabajo ya hecho. Todo se ensaya durante este periodo, empezamos los ensayos ya de antemano con la orquesta juvenil antes del concierto inaugural y también con la Järvi Academy antes de los primeros conciertos. Y durante el festival, cada programa se ensaya aquí», reconoce Kristjan Hallik, que está a la cabeza de este proyecto desde el principio.La ciudad de Parnü. Derecha, el concierto de los estudiantes de la Järvi Academy Kaupo Kikkas/ Taavi KullEs difícil no escuchar música en Pärnu. Hay que hacer un verdadero esfuerzo porque el festival se vive en distintos rincones de la ciudad, convirtiendo sus espacios más emblemáticos en escenarios musicales. La iglesia de Santa Isabel, del siglo XVIII, abre sus puertas para acoger pequeños conciertos, también la histórica Villa Ammende o el moderno auditorio de Pärnu, considerado uno de los recintos con mejor acústica de Estonia y sede de los principales conciertos del festival. Pero para Paavo Järvi este proyecto va mucho más allá de la programación artística: después de emigrar a Estados Unidos con su familia siendo joven, este encuentro se ha convertido en una forma de volver a sus raíces, de compartir con el mundo la riqueza cultural de su país y garantizar que ese legado continúe vivo formando a las nuevas generaciones de músicos . Y por eso, en sus calles resuena el eco de la música que siempre ha habitado en este lugar. Pero hablemos de los estonios porque son ellos los verdaderos reveladores de este amor por la música. En los conciertos hay aplausos, sí, pero también a golpes contra el suelo con sus pies eufóricos ante cada obra. En Pärnu parece que la música no es un acto impostado. Aquí no hay aplausos entre movimientos, ni conciertos de toses, aquí la música lo ha invadido todo desde el principio. «Siempre ha estado muy presente en Estonia, especialmente en forma de canto. Prácticamente cada comisaría de policía, cada banco o institución tiene su propio coro, también lo tienen las escuelas, las universidades… Cuando la gente pertenece a algún colectivo, lo habitual es que exista un coro. Es, además, una actividad profundamente social», reconoce Paavo Jarvi. La música es como el oxígeno y este respirar se traduce en un flujo de cellos, contrabajos y trompetas que van y vienen al Pärnu Concert Hall. A cualquier hora del día es habitual cruzarse con ellos caminando por la ciudad, algunos en bici, otros en patinete, con un instrumento al hombro y la vista fija en la siguiente clase o ensayo. Por las mañanas ensayan junto al maestro y algunas tardes tienen concierto. Pero si me permiten un apunte, aquí hay una sensación que no ocurre en todos los festivales, y es que los músicos quieren estar aquí, pero de verdad, sin imposiciones u obligaciones. No es una simple invitación de Paavo Järvi, no es solo un contrato o una forma de pasar el verano, hay casi una necesidad de formar parte de este ecosistema. «Se ha convertido en una familia y quienes llegan por primera vez también perciben esa sensación, esa atmósfera especial, y terminan formando parte de ella. No es una orquesta al uso y tampoco debería serlo. Es un encuentro especial que solo ocurre una vez al año, una ocasión única», indica el maestro.Se respira música, sí, pero también un amor profundo por la patria. Esta edición, que coincide con el 35.º aniversario de la recuperación de la independencia de Estonia, ha contado con una programación que celebra la naturaleza, la riqueza de la cultura y también la identidad de un pueblo como el estonio. «La música es una historia viva escrita en notas. Es mucho más que algo bonito de escuchar. No es solo entretenimiento o un momento de disfrute , es en realidad la historia de la humanidad escrita en el lenguaje de las notas. Por eso tiene un valor mucho más profundo y ocupa un lugar esencial en el tejido cultural de un país. Hay canciones que cualquier estonio conoce y sabe lo que significan, porque las escuchó cantar a sus abuelos o a sus padres. No son simplemente melodías. Lo mismo ocurre cuando interpretamos música de Händel, Mendelssohn, Mahler, Bach o Shostakóvich: estamos conectando con la época en la que esas obras fueron creadas. La música es el reflejo del tiempo y de la sociedad que las vieron nacer », explica el maestro.Paavo Järvi junto a un estudiante de la Jarvi Academy Tõiv Jõul Enseñar el arte de dirigir Si por algo es conocida la gran familia Järvi es por la maestría de la batuta. Aunque el mismo Neeme Järvi reconoce que todo este proyecto empezó mucho antes del festival. «Empezamos hace unos cincuenta años o incluso más. Pärnu siempre ha sido una ciudad musical, siempre ha habido una orquesta, aunque durante mucho tiempo fue una formación semiprofesional o amateur. Pero, con este entorno, el buen tiempo y el ambiente del verano, siempre ha sido el lugar ideal para reunirse. La gente venía aquí y siempre había música», confiesa Neeme Järvi. Sin embargo, aunque los conciertos eran un gran atractivo para el público, que lo podía disfrutar al lado del mar, lo que más atraía a la gente era la dirección de orquesta. «Ese era el gran imán, así que empezamos a impartir aquí cursos de dirección. Como yo ya era bastante conocido internacionalmente como director, comenzamos a organizar casi cada año cursos de dirección orquestal en Pärnu», añade. De ahí que más allá de los 130 estudiantes de todo el mundo hayan querido acercarse hasta la ciudad para seguir formándose como músicos, hay 20 jóvenes que quieren estudiar dirección de orquesta. Por eso, cada año, dirigidos por Paavo, Neeme y Kristjan Järvi, junto con Leonid Grin, estos jóvenes comienzan un curso en Tallin antes de trasladarse a Pärnu para coincidir con la celebración del festival, y además de las clases magistrales diarias con orquesta, las lecciones individuales al piano y las conferencias, tienen la oportunidad de dirigir a la Järvi Academy Sinfonietta en los conciertos del festival. «La oportunidad de estudiar con directores de prestigio internacional como Neeme Järvi, Paavo Järvi, Kristjan Järvi y Leonid Grin, quien fue profesor de Paavo Järvi, ha convertido nuestras clases magistrales de dirección en un destino para jóvenes directores de todo el mundo. Independientemente de su procedencia, los directores con ambición internacional ven cada vez más Pärnu como un paso clave para construir su carrera», explica Kristjan Hallik.Pero antes de que empiecen los ensayos, lo que escuchamos no son compases de Mendelssohn, sino las risas y carcajadas de los jóvenes intérpretes que se escuchan por los pasillos. Hay quien repasa una entrada complicada con el instrumento todavía en la mano y quien aprovecha esos minutos para hacerse fotos o comentar el concierto de la noche anterior. Algunos de ellos se han conocido estas semanas, pero ya intercambian consejos, formas de abordar a Liszt o vídeos de los mejores momentos de maestros como Iván Fischer, Rattle o Barenboim. Aunque la admiración por Paavo Järvi es inconfundible. También por su padre, por su hermano, por esta familia que ha puesto su casa al servicio de todos ellos. Un ejemplo de esta mano amiga es el concierto, un formato nuevo en esta edición, en el que la orquesta del festival ha tocado junto a jóvenes talentos como Paloma So (violín), Anaëlle Tourret (arpa) y Tähe-Lee Liiv (piano). «Considero que mi trabajo consiste más en facilitar el acceso a compositores y jóvenes músicos a los que puedo ayudar porque en algún momento alguien me ayudó a mí. Todos necesitamos que alguien nos abra las puertas, y ahora me toca a mí», asegura Paavo Järvi.Es una de las grandes batutas de nuestro tiempo. Director musical de la Tonhalle-Orchester Zürich desde 2019 y director artístico de la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen desde 2004, ha desarrollado una carrera internacional que lo ha llevado a ponerse al frente de algunas de las orquestas más prestigiosas del mundo, como la Berliner Philharmoniker, la Royal Concertgebouw Orchestra o la New York Philharmonic. Y si de algo es consciente es todo lo que conlleva desplazarse constantemente por el mundo. «Una de las cosas más difíciles es crear una red de amistades musicales, personas a las que puedas llamar y decirles ‘voy a ir a Holanda, ¿quedamos?’. Aquí se crea una red de amigos que va mucho más allá de una relación profesional. Se genera un vínculo emocional. A veces los músicos se acostumbran demasiado a una forma de trabajar muy rígida y la música también debería ser diversión. Espero que se marchen con esa sensación de alegría y que recuerden lo que significa ser joven», confiesa el maestro.Aunque la música aquí tampoco termina cuando cae la noche. Porque mientras Sibelius resuena en el auditorio, también lo hace, ya de madrugada, en una habitación del Wasa Resort. En la habitación 203, una joven violinista repite una y otra vez el primer movimiento del Concierto para violín del compositor, sin apenas concederse un descanso. Más tarde fuimos conscientes de que era Paloma So, quién brilló en el concierto de jóvenes promesas bajo la batuta de Paavo Järvi. Un instante de la Estonian Festival Orchestra durante un concierto Kaupo KikkasLas risas y confidencias que había en los instantes previos a los ensayos se repiten, pero esta vez fuera del auditorio, en el Passion Cafe, donde cada noche los jóvenes salen con sus instrumentos y toman algo. Las mesas se llenan poco a poco en cuanto terminan los conciertos y, durante un rato, resulta difícil distinguir quién acaba de bajar del escenario y quién simplemente ha ido a escuchar. Entre ellos es frecuente ver al mismo Paavo, con su gorra y su chaqueta, entre risas con los chicos cada noche. No ocupa un lugar protagonista; más bien se mezcla en las conversaciones, saluda a unos, escucha a otros y acaba compartiendo la noche como uno más. Es discreto, pero eso no quita la huella que deja en estos jóvenes. Lo mismo ocurre con el festival: pese a que el crecimiento en calidad ha sido exponencial año tras año, no tiene una ambición desmedida de querer ser gigante. Se trata más bien de seguir custodiando este lugar privilegiado y su historia a través de la música, cultura e identidad que hoy, más que nunca, abrazan. Si de algo puedo ser testigo es que Pärnu es música. Esta ciudad podría ser muchas cosas, y de hecho lo es. Los turistas con toallas en el cuello que van de las saunas a la playa ya auguran que esta ciudad es la auténtica capital del verano estonio. Pero si algo trasciende a este pueblo y su historia es, sin duda alguna, la música. trascendido de este pueblo con una historia memorable es la música. Paseando encontramos el espíritu de Sibelius, Mendelssohn y Schumann; batutas, contrabajos y trombones; músicos llegados de todos los rincones de Europa. Durante el resto del año, las bellas casas de colores descansan al ritmo pausado del río y de las olas del Báltico, pero en julio han quedado sepultadas bajo el Pärnu Music Festival, que toma la ciudad desde hace dieciséis años y la transforma por completo: los ensayos se escapan por las ventanas abiertas, los conciertos suceden desde la mañana hasta la noche, las terrazas se llenan de intérpretes con la partitura bajo el brazo y hasta los inevitables mosquitos del verano, que han hecho de nuestros brazos un festín, parecen sumarse a una celebración que convierte la música en el verdadero idioma común de Pärnu. Para quien no lo conozca, este encuentro es fruto de una historia de amor. Es el resultado del profundo vínculo de la familia Järvi; el gran maestro Neeme Järvi, su mujer, y sus hijos Paavo, Kristjan y Maarika, con esta ciudad costera. Es un lugar que durante generaciones ha sido refugio estival y que, durante la época soviética, también acogió a numerosos artistas que venían a refugiarse y buscar descanso. Sus calles lo testifican, también los «culpables» de que esto suceda cada año porque fue precisamente aquí donde un entonces joven Paavo conoció a Shostakóvich en 1973. Tras la independencia de Estonia, Paavo regresó junto a su familia para fundar la Academia Järvi en 2009 y, dos años más tarde, el festival, que hoy reúne cada verano a distintas formaciones como la Estonian Festival Orchestra, integrada por músicos de primer nivel procedentes de todo el mundo; la Järvi Academy Sinfonietta, que acompaña la formación de los jóvenes directores y la Järvi Academy Youth Orchestra, dedicada al talento emergente internacional, entre otras. A este ecosistema se han sumado cada año destacados solistas invitados por Paavo Järvi, como Hilary Hahn, Joshua Bell, Midori, Pinchas Zukerman, Khatia Buniatishvili o Fazıl Say. «Todos los conciertos se preparan aquí y no son orquestas visitantes ni grupos de cámara que llegan con el trabajo ya hecho. Todo se ensaya durante este periodo, empezamos los ensayos ya de antemano con la orquesta juvenil antes del concierto inaugural y también con la Järvi Academy antes de los primeros conciertos. Y durante el festival, cada programa se ensaya aquí», reconoce Kristjan Hallik, que está a la cabeza de este proyecto desde el principio.La ciudad de Parnü. Derecha, el concierto de los estudiantes de la Järvi Academy Kaupo Kikkas/ Taavi KullEs difícil no escuchar música en Pärnu. Hay que hacer un verdadero esfuerzo porque el festival se vive en distintos rincones de la ciudad, convirtiendo sus espacios más emblemáticos en escenarios musicales. La iglesia de Santa Isabel, del siglo XVIII, abre sus puertas para acoger pequeños conciertos, también la histórica Villa Ammende o el moderno auditorio de Pärnu, considerado uno de los recintos con mejor acústica de Estonia y sede de los principales conciertos del festival. Pero para Paavo Järvi este proyecto va mucho más allá de la programación artística: después de emigrar a Estados Unidos con su familia siendo joven, este encuentro se ha convertido en una forma de volver a sus raíces, de compartir con el mundo la riqueza cultural de su país y garantizar que ese legado continúe vivo formando a las nuevas generaciones de músicos . Y por eso, en sus calles resuena el eco de la música que siempre ha habitado en este lugar. Pero hablemos de los estonios porque son ellos los verdaderos reveladores de este amor por la música. En los conciertos hay aplausos, sí, pero también a golpes contra el suelo con sus pies eufóricos ante cada obra. En Pärnu parece que la música no es un acto impostado. Aquí no hay aplausos entre movimientos, ni conciertos de toses, aquí la música lo ha invadido todo desde el principio. «Siempre ha estado muy presente en Estonia, especialmente en forma de canto. Prácticamente cada comisaría de policía, cada banco o institución tiene su propio coro, también lo tienen las escuelas, las universidades… Cuando la gente pertenece a algún colectivo, lo habitual es que exista un coro. Es, además, una actividad profundamente social», reconoce Paavo Jarvi. La música es como el oxígeno y este respirar se traduce en un flujo de cellos, contrabajos y trompetas que van y vienen al Pärnu Concert Hall. A cualquier hora del día es habitual cruzarse con ellos caminando por la ciudad, algunos en bici, otros en patinete, con un instrumento al hombro y la vista fija en la siguiente clase o ensayo. Por las mañanas ensayan junto al maestro y algunas tardes tienen concierto. Pero si me permiten un apunte, aquí hay una sensación que no ocurre en todos los festivales, y es que los músicos quieren estar aquí, pero de verdad, sin imposiciones u obligaciones. No es una simple invitación de Paavo Järvi, no es solo un contrato o una forma de pasar el verano, hay casi una necesidad de formar parte de este ecosistema. «Se ha convertido en una familia y quienes llegan por primera vez también perciben esa sensación, esa atmósfera especial, y terminan formando parte de ella. No es una orquesta al uso y tampoco debería serlo. Es un encuentro especial que solo ocurre una vez al año, una ocasión única», indica el maestro.Se respira música, sí, pero también un amor profundo por la patria. Esta edición, que coincide con el 35.º aniversario de la recuperación de la independencia de Estonia, ha contado con una programación que celebra la naturaleza, la riqueza de la cultura y también la identidad de un pueblo como el estonio. «La música es una historia viva escrita en notas. Es mucho más que algo bonito de escuchar. No es solo entretenimiento o un momento de disfrute , es en realidad la historia de la humanidad escrita en el lenguaje de las notas. Por eso tiene un valor mucho más profundo y ocupa un lugar esencial en el tejido cultural de un país. Hay canciones que cualquier estonio conoce y sabe lo que significan, porque las escuchó cantar a sus abuelos o a sus padres. No son simplemente melodías. Lo mismo ocurre cuando interpretamos música de Händel, Mendelssohn, Mahler, Bach o Shostakóvich: estamos conectando con la época en la que esas obras fueron creadas. La música es el reflejo del tiempo y de la sociedad que las vieron nacer », explica el maestro.Paavo Järvi junto a un estudiante de la Jarvi Academy Tõiv Jõul Enseñar el arte de dirigir Si por algo es conocida la gran familia Järvi es por la maestría de la batuta. Aunque el mismo Neeme Järvi reconoce que todo este proyecto empezó mucho antes del festival. «Empezamos hace unos cincuenta años o incluso más. Pärnu siempre ha sido una ciudad musical, siempre ha habido una orquesta, aunque durante mucho tiempo fue una formación semiprofesional o amateur. Pero, con este entorno, el buen tiempo y el ambiente del verano, siempre ha sido el lugar ideal para reunirse. La gente venía aquí y siempre había música», confiesa Neeme Järvi. Sin embargo, aunque los conciertos eran un gran atractivo para el público, que lo podía disfrutar al lado del mar, lo que más atraía a la gente era la dirección de orquesta. «Ese era el gran imán, así que empezamos a impartir aquí cursos de dirección. Como yo ya era bastante conocido internacionalmente como director, comenzamos a organizar casi cada año cursos de dirección orquestal en Pärnu», añade. De ahí que más allá de los 130 estudiantes de todo el mundo hayan querido acercarse hasta la ciudad para seguir formándose como músicos, hay 20 jóvenes que quieren estudiar dirección de orquesta. Por eso, cada año, dirigidos por Paavo, Neeme y Kristjan Järvi, junto con Leonid Grin, estos jóvenes comienzan un curso en Tallin antes de trasladarse a Pärnu para coincidir con la celebración del festival, y además de las clases magistrales diarias con orquesta, las lecciones individuales al piano y las conferencias, tienen la oportunidad de dirigir a la Järvi Academy Sinfonietta en los conciertos del festival. «La oportunidad de estudiar con directores de prestigio internacional como Neeme Järvi, Paavo Järvi, Kristjan Järvi y Leonid Grin, quien fue profesor de Paavo Järvi, ha convertido nuestras clases magistrales de dirección en un destino para jóvenes directores de todo el mundo. Independientemente de su procedencia, los directores con ambición internacional ven cada vez más Pärnu como un paso clave para construir su carrera», explica Kristjan Hallik.Pero antes de que empiecen los ensayos, lo que escuchamos no son compases de Mendelssohn, sino las risas y carcajadas de los jóvenes intérpretes que se escuchan por los pasillos. Hay quien repasa una entrada complicada con el instrumento todavía en la mano y quien aprovecha esos minutos para hacerse fotos o comentar el concierto de la noche anterior. Algunos de ellos se han conocido estas semanas, pero ya intercambian consejos, formas de abordar a Liszt o vídeos de los mejores momentos de maestros como Iván Fischer, Rattle o Barenboim. Aunque la admiración por Paavo Järvi es inconfundible. También por su padre, por su hermano, por esta familia que ha puesto su casa al servicio de todos ellos. Un ejemplo de esta mano amiga es el concierto, un formato nuevo en esta edición, en el que la orquesta del festival ha tocado junto a jóvenes talentos como Paloma So (violín), Anaëlle Tourret (arpa) y Tähe-Lee Liiv (piano). «Considero que mi trabajo consiste más en facilitar el acceso a compositores y jóvenes músicos a los que puedo ayudar porque en algún momento alguien me ayudó a mí. Todos necesitamos que alguien nos abra las puertas, y ahora me toca a mí», asegura Paavo Järvi.Es una de las grandes batutas de nuestro tiempo. Director musical de la Tonhalle-Orchester Zürich desde 2019 y director artístico de la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen desde 2004, ha desarrollado una carrera internacional que lo ha llevado a ponerse al frente de algunas de las orquestas más prestigiosas del mundo, como la Berliner Philharmoniker, la Royal Concertgebouw Orchestra o la New York Philharmonic. Y si de algo es consciente es todo lo que conlleva desplazarse constantemente por el mundo. «Una de las cosas más difíciles es crear una red de amistades musicales, personas a las que puedas llamar y decirles ‘voy a ir a Holanda, ¿quedamos?’. Aquí se crea una red de amigos que va mucho más allá de una relación profesional. Se genera un vínculo emocional. A veces los músicos se acostumbran demasiado a una forma de trabajar muy rígida y la música también debería ser diversión. Espero que se marchen con esa sensación de alegría y que recuerden lo que significa ser joven», confiesa el maestro.Aunque la música aquí tampoco termina cuando cae la noche. Porque mientras Sibelius resuena en el auditorio, también lo hace, ya de madrugada, en una habitación del Wasa Resort. En la habitación 203, una joven violinista repite una y otra vez el primer movimiento del Concierto para violín del compositor, sin apenas concederse un descanso. Más tarde fuimos conscientes de que era Paloma So, quién brilló en el concierto de jóvenes promesas bajo la batuta de Paavo Järvi. Un instante de la Estonian Festival Orchestra durante un concierto Kaupo KikkasLas risas y confidencias que había en los instantes previos a los ensayos se repiten, pero esta vez fuera del auditorio, en el Passion Cafe, donde cada noche los jóvenes salen con sus instrumentos y toman algo. Las mesas se llenan poco a poco en cuanto terminan los conciertos y, durante un rato, resulta difícil distinguir quién acaba de bajar del escenario y quién simplemente ha ido a escuchar. Entre ellos es frecuente ver al mismo Paavo, con su gorra y su chaqueta, entre risas con los chicos cada noche. No ocupa un lugar protagonista; más bien se mezcla en las conversaciones, saluda a unos, escucha a otros y acaba compartiendo la noche como uno más. Es discreto, pero eso no quita la huella que deja en estos jóvenes. Lo mismo ocurre con el festival: pese a que el crecimiento en calidad ha sido exponencial año tras año, no tiene una ambición desmedida de querer ser gigante. Se trata más bien de seguir custodiando este lugar privilegiado y su historia a través de la música, cultura e identidad que hoy, más que nunca, abrazan.
Si de algo puedo ser testigo es que Pärnu es música. Esta ciudad podría ser muchas cosas, y de hecho lo es. Los turistas con toallas en el cuello que van de las saunas a la playa ya auguran que esta ciudad es la auténtica … capital del verano estonio. Pero si algo trasciende a este pueblo y su historia es, sin duda alguna, la música. trascendido de este pueblo con una historia memorable es la música. Paseando encontramos el espíritu de Sibelius, Mendelssohn y Schumann; batutas, contrabajos y trombones; músicos llegados de todos los rincones de Europa. Durante el resto del año, las bellas casas de colores descansan al ritmo pausado del río y de las olas del Báltico, pero en julio han quedado sepultadas bajo el Pärnu Music Festival, que toma la ciudad desde hace dieciséis años y la transforma por completo: los ensayos se escapan por las ventanas abiertas, los conciertos suceden desde la mañana hasta la noche, las terrazas se llenan de intérpretes con la partitura bajo el brazo y hasta los inevitables mosquitos del verano, que han hecho de nuestros brazos un festín, parecen sumarse a una celebración que convierte la música en el verdadero idioma común de Pärnu.
Para quien no lo conozca, este encuentro es fruto de una historia de amor. Es el resultado del profundo vínculo de la familia Järvi; el gran maestro Neeme Järvi, su mujer, y sus hijos Paavo, Kristjan y Maarika, con esta ciudad costera. Es un lugar que durante generaciones ha sido refugio estival y que, durante la época soviética, también acogió a numerosos artistas que venían a refugiarse y buscar descanso. Sus calles lo testifican, también los «culpables» de que esto suceda cada año porque fue precisamente aquí donde un entonces joven Paavo conoció a Shostakóvich en 1973. Tras la independencia de Estonia, Paavo regresó junto a su familia para fundar la Academia Järvi en 2009 y, dos años más tarde, el festival, que hoy reúne cada verano a distintas formaciones como la Estonian Festival Orchestra, integrada por músicos de primer nivel procedentes de todo el mundo; la Järvi Academy Sinfonietta, que acompaña la formación de los jóvenes directores y la Järvi Academy Youth Orchestra, dedicada al talento emergente internacional, entre otras. A este ecosistema se han sumado cada año destacados solistas invitados por Paavo Järvi, como Hilary Hahn, Joshua Bell, Midori, Pinchas Zukerman, Khatia Buniatishvili o Fazıl Say. «Todos los conciertos se preparan aquí y no son orquestas visitantes ni grupos de cámara que llegan con el trabajo ya hecho. Todo se ensaya durante este periodo, empezamos los ensayos ya de antemano con la orquesta juvenil antes del concierto inaugural y también con la Järvi Academy antes de los primeros conciertos. Y durante el festival, cada programa se ensaya aquí», reconoce Kristjan Hallik, que está a la cabeza de este proyecto desde el principio.
(Kaupo Kikkas/ Taavi Kull)
Es difícil no escuchar música en Pärnu. Hay que hacer un verdadero esfuerzo porque el festival se vive en distintos rincones de la ciudad, convirtiendo sus espacios más emblemáticos en escenarios musicales. La iglesia de Santa Isabel, del siglo XVIII, abre sus puertas para acoger pequeños conciertos, también la histórica Villa Ammende o el moderno auditorio de Pärnu, considerado uno de los recintos con mejor acústica de Estonia y sede de los principales conciertos del festival. Pero para Paavo Järvi este proyecto va mucho más allá de la programación artística: después de emigrar a Estados Unidos con su familia siendo joven, este encuentro se ha convertido en una forma de volver a sus raíces, de compartir con el mundo la riqueza cultural de su país y garantizar que ese legado continúe vivo formando a las nuevas generaciones de músicos.
Y por eso, en sus calles resuena el eco de la música que siempre ha habitado en este lugar. Pero hablemos de los estonios porque son ellos los verdaderos reveladores de este amor por la música. En los conciertos hay aplausos, sí, pero también a golpes contra el suelo con sus pies eufóricos ante cada obra. En Pärnu parece que la música no es un acto impostado. Aquí no hay aplausos entre movimientos, ni conciertos de toses, aquí la música lo ha invadido todo desde el principio. «Siempre ha estado muy presente en Estonia, especialmente en forma de canto. Prácticamente cada comisaría de policía, cada banco o institución tiene su propio coro, también lo tienen las escuelas, las universidades… Cuando la gente pertenece a algún colectivo, lo habitual es que exista un coro. Es, además, una actividad profundamente social», reconoce Paavo Jarvi.
La música es como el oxígeno y este respirar se traduce en un flujo de cellos, contrabajos y trompetas que van y vienen al Pärnu Concert Hall. A cualquier hora del día es habitual cruzarse con ellos caminando por la ciudad, algunos en bici, otros en patinete, con un instrumento al hombro y la vista fija en la siguiente clase o ensayo. Por las mañanas ensayan junto al maestro y algunas tardes tienen concierto. Pero si me permiten un apunte, aquí hay una sensación que no ocurre en todos los festivales, y es que los músicos quieren estar aquí, pero de verdad, sin imposiciones u obligaciones. No es una simple invitación de Paavo Järvi, no es solo un contrato o una forma de pasar el verano, hay casi una necesidad de formar parte de este ecosistema. «Se ha convertido en una familia y quienes llegan por primera vez también perciben esa sensación, esa atmósfera especial, y terminan formando parte de ella. No es una orquesta al uso y tampoco debería serlo. Es un encuentro especial que solo ocurre una vez al año, una ocasión única», indica el maestro.
Se respira música, sí, pero también un amor profundo por la patria. Esta edición, que coincide con el 35.º aniversario de la recuperación de la independencia de Estonia, ha contado con una programación que celebra la naturaleza, la riqueza de la cultura y también la identidad de un pueblo como el estonio. «La música es una historia viva escrita en notas. Es mucho más que algo bonito de escuchar. No es solo entretenimiento o un momento de disfrute, es en realidad la historia de la humanidad escrita en el lenguaje de las notas. Por eso tiene un valor mucho más profundo y ocupa un lugar esencial en el tejido cultural de un país. Hay canciones que cualquier estonio conoce y sabe lo que significan, porque las escuchó cantar a sus abuelos o a sus padres. No son simplemente melodías. Lo mismo ocurre cuando interpretamos música de Händel, Mendelssohn, Mahler, Bach o Shostakóvich: estamos conectando con la época en la que esas obras fueron creadas. La música es el reflejo del tiempo y de la sociedad que las vieron nacer», explica el maestro.

(Tõiv Jõul)
Enseñar el arte de dirigir
Si por algo es conocida la gran familia Järvi es por la maestría de la batuta. Aunque el mismo Neeme Järvi reconoce que todo este proyecto empezó mucho antes del festival. «Empezamos hace unos cincuenta años o incluso más. Pärnu siempre ha sido una ciudad musical, siempre ha habido una orquesta, aunque durante mucho tiempo fue una formación semiprofesional o amateur. Pero, con este entorno, el buen tiempo y el ambiente del verano, siempre ha sido el lugar ideal para reunirse. La gente venía aquí y siempre había música», confiesa Neeme Järvi. Sin embargo, aunque los conciertos eran un gran atractivo para el público, que lo podía disfrutar al lado del mar, lo que más atraía a la gente era la dirección de orquesta. «Ese era el gran imán, así que empezamos a impartir aquí cursos de dirección. Como yo ya era bastante conocido internacionalmente como director, comenzamos a organizar casi cada año cursos de dirección orquestal en Pärnu», añade.
De ahí que más allá de los 130 estudiantes de todo el mundo hayan querido acercarse hasta la ciudad para seguir formándose como músicos, hay 20 jóvenes que quieren estudiar dirección de orquesta. Por eso, cada año, dirigidos por Paavo, Neeme y Kristjan Järvi, junto con Leonid Grin, estos jóvenes comienzan un curso en Tallin antes de trasladarse a Pärnu para coincidir con la celebración del festival, y además de las clases magistrales diarias con orquesta, las lecciones individuales al piano y las conferencias, tienen la oportunidad de dirigir a la Järvi Academy Sinfonietta en los conciertos del festival. «La oportunidad de estudiar con directores de prestigio internacional como Neeme Järvi, Paavo Järvi, Kristjan Järvi y Leonid Grin, quien fue profesor de Paavo Järvi, ha convertido nuestras clases magistrales de dirección en un destino para jóvenes directores de todo el mundo. Independientemente de su procedencia, los directores con ambición internacional ven cada vez más Pärnu como un paso clave para construir su carrera», explica Kristjan Hallik.
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Pero antes de que empiecen los ensayos, lo que escuchamos no son compases de Mendelssohn, sino las risas y carcajadas de los jóvenes intérpretes que se escuchan por los pasillos. Hay quien repasa una entrada complicada con el instrumento todavía en la mano y quien aprovecha esos minutos para hacerse fotos o comentar el concierto de la noche anterior. Algunos de ellos se han conocido estas semanas, pero ya intercambian consejos, formas de abordar a Liszt o vídeos de los mejores momentos de maestros como Iván Fischer, Rattle o Barenboim. Aunque la admiración por Paavo Järvi es inconfundible. También por su padre, por su hermano, por esta familia que ha puesto su casa al servicio de todos ellos. Un ejemplo de esta mano amiga es el concierto, un formato nuevo en esta edición, en el que la orquesta del festival ha tocado junto a jóvenes talentos como Paloma So (violín), Anaëlle Tourret (arpa) y Tähe-Lee Liiv (piano). «Considero que mi trabajo consiste más en facilitar el acceso a compositores y jóvenes músicos a los que puedo ayudar porque en algún momento alguien me ayudó a mí. Todos necesitamos que alguien nos abra las puertas, y ahora me toca a mí», asegura Paavo Järvi.
Es una de las grandes batutas de nuestro tiempo. Director musical de la Tonhalle-Orchester Zürich desde 2019 y director artístico de la Deutsche Kammerphilharmonie Bremen desde 2004, ha desarrollado una carrera internacional que lo ha llevado a ponerse al frente de algunas de las orquestas más prestigiosas del mundo, como la Berliner Philharmoniker, la Royal Concertgebouw Orchestra o la New York Philharmonic. Y si de algo es consciente es todo lo que conlleva desplazarse constantemente por el mundo. «Una de las cosas más difíciles es crear una red de amistades musicales, personas a las que puedas llamar y decirles ‘voy a ir a Holanda, ¿quedamos?’. Aquí se crea una red de amigos que va mucho más allá de una relación profesional. Se genera un vínculo emocional. A veces los músicos se acostumbran demasiado a una forma de trabajar muy rígida y la música también debería ser diversión. Espero que se marchen con esa sensación de alegría y que recuerden lo que significa ser joven», confiesa el maestro.
Aunque la música aquí tampoco termina cuando cae la noche. Porque mientras Sibelius resuena en el auditorio, también lo hace, ya de madrugada, en una habitación del Wasa Resort. En la habitación 203, una joven violinista repite una y otra vez el primer movimiento del Concierto para violín del compositor, sin apenas concederse un descanso. Más tarde fuimos conscientes de que era Paloma So, quién brilló en el concierto de jóvenes promesas bajo la batuta de Paavo Järvi.

(Kaupo Kikkas)
Las risas y confidencias que había en los instantes previos a los ensayos se repiten, pero esta vez fuera del auditorio, en el Passion Cafe, donde cada noche los jóvenes salen con sus instrumentos y toman algo. Las mesas se llenan poco a poco en cuanto terminan los conciertos y, durante un rato, resulta difícil distinguir quién acaba de bajar del escenario y quién simplemente ha ido a escuchar. Entre ellos es frecuente ver al mismo Paavo, con su gorra y su chaqueta, entre risas con los chicos cada noche. No ocupa un lugar protagonista; más bien se mezcla en las conversaciones, saluda a unos, escucha a otros y acaba compartiendo la noche como uno más. Es discreto, pero eso no quita la huella que deja en estos jóvenes. Lo mismo ocurre con el festival: pese a que el crecimiento en calidad ha sido exponencial año tras año, no tiene una ambición desmedida de querer ser gigante. Se trata más bien de seguir custodiando este lugar privilegiado y su historia a través de la música, cultura e identidad que hoy, más que nunca, abrazan.
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