La conocí el verano de sus 25 años y yo tenía casi el doble. Ella iba a lo que iba –porque aunque no me crean, escribir nos sostiene con su mano victoriosa pese a los naufragios del cuerpo– y nos acostumbramos al súbito pillaje nocturno. El aire acondicionado con el ventanal abierto se mezclaba en su piel con la tórrida noche húmeda. Me conmovía su deseo, su manera de entregarse, y pensaba: es la última vez que despertarás esta pasión en una chica tan hermosa y joven. A mi edad, y en esto sí que me creerán, se agradece el tacto pero sobre todo el halago.Fuimos a comer algunas veces y como siempre en estos casos el agujero estaba en la relación con su padre. Ella decía: «Es que mi vida no le importa, creo que le aburro cuando le hablo». Nunca me daba detalles concretos de ningún desprecio y para dar consistencia a su argumento citaba frases de su madre.Muchos hombres nos hemos beneficiado de chicas que buscan en nosotros reflejos de su padre. Por admiración, por desatención o por despecho, un padre determina casi siempre el modo de amar de su hija. Me gustaba el juego, y su amor, pero al tiempo que proyectaba algo de su padre en mí, yo no podía evitar ver en ella a una hija y pensaba si aquello era lo que querría para María.Empecé a sugerirle que invitara a comer a su padre al restaurante al que solíamos ir pero ella estaba convencida de que no iba a servir de nada y enseguida cambiaba de conversación. Unos días antes de mi cumpleaños me preguntó qué regalo quería y le pedí que concertara el almuerzo al que se estaba negando. Sabía que si era por complacerme, lo haría. Obtuvo la respuesta al instante y yo leí el mensaje y era el de un padre feliz. Pero ella estuvo nerviosa hasta que llegó el día y lo que más temía era no saber de qué hablar y que si le contaba su vida su padre se aburriera.El día llegó y reservé una mesa cerca de la suya para tener una idea de cómo todo sucedía. Era un hombre afable, de unos 60, sonriente, radiante de comer con su hija. Escuchó todo lo que le dijo, le hizo preguntas, pidió otra botella de vino, le repitió varias veces la alegría por la invitación –aunque lógicamente pagó él– y por lo menos tres veces le dijo que la quería mucho. Estaba tan contento que a cada camarero que se acercaba le explicaba que era su hija, y aunque la escena tenía algo de perverso porque yo estaba en la mesa de detrás y todos sabían lo que había, me sentía tan contento como él y me di cuenta de lo mucho que quería a aquella chica. Al día siguiente almorzamos juntos y además de agradecerme la insistencia me preguntó por qué estaba tan seguro de que iba a ir bien. Le conté que de mi época de hacer entrevistas recordaba que la gente me contaba mucho más de lo que eran conscientes y alguno, al ver el texto transcrito, había llegado a preguntarme: «Oye, y esto, ¿cómo lo has sabido?». Desde entonces come con su padre cada semana y una vez elige ella el restaurante, y la siguiente él. Yo no estoy para verlos pero sé que les va muy bien. En cuanto a nosotros, nos continuamos viendo a menudo, pero siempre de día y nunca más el pillaje nocturno. A veces lo echo de menos pero cuando me pregunto si no fui tonto deshaciendo el nudo, abro un poco la puerta de la habitación de mi hija para escucharla respirar, profundamente dormida, y pienso que Santa Claus tiene el mejor trabajo del mundo. La conocí el verano de sus 25 años y yo tenía casi el doble. Ella iba a lo que iba –porque aunque no me crean, escribir nos sostiene con su mano victoriosa pese a los naufragios del cuerpo– y nos acostumbramos al súbito pillaje nocturno. El aire acondicionado con el ventanal abierto se mezclaba en su piel con la tórrida noche húmeda. Me conmovía su deseo, su manera de entregarse, y pensaba: es la última vez que despertarás esta pasión en una chica tan hermosa y joven. A mi edad, y en esto sí que me creerán, se agradece el tacto pero sobre todo el halago.Fuimos a comer algunas veces y como siempre en estos casos el agujero estaba en la relación con su padre. Ella decía: «Es que mi vida no le importa, creo que le aburro cuando le hablo». Nunca me daba detalles concretos de ningún desprecio y para dar consistencia a su argumento citaba frases de su madre.Muchos hombres nos hemos beneficiado de chicas que buscan en nosotros reflejos de su padre. Por admiración, por desatención o por despecho, un padre determina casi siempre el modo de amar de su hija. Me gustaba el juego, y su amor, pero al tiempo que proyectaba algo de su padre en mí, yo no podía evitar ver en ella a una hija y pensaba si aquello era lo que querría para María.Empecé a sugerirle que invitara a comer a su padre al restaurante al que solíamos ir pero ella estaba convencida de que no iba a servir de nada y enseguida cambiaba de conversación. Unos días antes de mi cumpleaños me preguntó qué regalo quería y le pedí que concertara el almuerzo al que se estaba negando. Sabía que si era por complacerme, lo haría. Obtuvo la respuesta al instante y yo leí el mensaje y era el de un padre feliz. Pero ella estuvo nerviosa hasta que llegó el día y lo que más temía era no saber de qué hablar y que si le contaba su vida su padre se aburriera.El día llegó y reservé una mesa cerca de la suya para tener una idea de cómo todo sucedía. Era un hombre afable, de unos 60, sonriente, radiante de comer con su hija. Escuchó todo lo que le dijo, le hizo preguntas, pidió otra botella de vino, le repitió varias veces la alegría por la invitación –aunque lógicamente pagó él– y por lo menos tres veces le dijo que la quería mucho. Estaba tan contento que a cada camarero que se acercaba le explicaba que era su hija, y aunque la escena tenía algo de perverso porque yo estaba en la mesa de detrás y todos sabían lo que había, me sentía tan contento como él y me di cuenta de lo mucho que quería a aquella chica. Al día siguiente almorzamos juntos y además de agradecerme la insistencia me preguntó por qué estaba tan seguro de que iba a ir bien. Le conté que de mi época de hacer entrevistas recordaba que la gente me contaba mucho más de lo que eran conscientes y alguno, al ver el texto transcrito, había llegado a preguntarme: «Oye, y esto, ¿cómo lo has sabido?». Desde entonces come con su padre cada semana y una vez elige ella el restaurante, y la siguiente él. Yo no estoy para verlos pero sé que les va muy bien. En cuanto a nosotros, nos continuamos viendo a menudo, pero siempre de día y nunca más el pillaje nocturno. A veces lo echo de menos pero cuando me pregunto si no fui tonto deshaciendo el nudo, abro un poco la puerta de la habitación de mi hija para escucharla respirar, profundamente dormida, y pienso que Santa Claus tiene el mejor trabajo del mundo. La conocí el verano de sus 25 años y yo tenía casi el doble. Ella iba a lo que iba –porque aunque no me crean, escribir nos sostiene con su mano victoriosa pese a los naufragios del cuerpo– y nos acostumbramos al súbito pillaje nocturno. El aire acondicionado con el ventanal abierto se mezclaba en su piel con la tórrida noche húmeda. Me conmovía su deseo, su manera de entregarse, y pensaba: es la última vez que despertarás esta pasión en una chica tan hermosa y joven. A mi edad, y en esto sí que me creerán, se agradece el tacto pero sobre todo el halago.Fuimos a comer algunas veces y como siempre en estos casos el agujero estaba en la relación con su padre. Ella decía: «Es que mi vida no le importa, creo que le aburro cuando le hablo». Nunca me daba detalles concretos de ningún desprecio y para dar consistencia a su argumento citaba frases de su madre.Muchos hombres nos hemos beneficiado de chicas que buscan en nosotros reflejos de su padre. Por admiración, por desatención o por despecho, un padre determina casi siempre el modo de amar de su hija. Me gustaba el juego, y su amor, pero al tiempo que proyectaba algo de su padre en mí, yo no podía evitar ver en ella a una hija y pensaba si aquello era lo que querría para María.Empecé a sugerirle que invitara a comer a su padre al restaurante al que solíamos ir pero ella estaba convencida de que no iba a servir de nada y enseguida cambiaba de conversación. Unos días antes de mi cumpleaños me preguntó qué regalo quería y le pedí que concertara el almuerzo al que se estaba negando. Sabía que si era por complacerme, lo haría. Obtuvo la respuesta al instante y yo leí el mensaje y era el de un padre feliz. Pero ella estuvo nerviosa hasta que llegó el día y lo que más temía era no saber de qué hablar y que si le contaba su vida su padre se aburriera.El día llegó y reservé una mesa cerca de la suya para tener una idea de cómo todo sucedía. Era un hombre afable, de unos 60, sonriente, radiante de comer con su hija. Escuchó todo lo que le dijo, le hizo preguntas, pidió otra botella de vino, le repitió varias veces la alegría por la invitación –aunque lógicamente pagó él– y por lo menos tres veces le dijo que la quería mucho. Estaba tan contento que a cada camarero que se acercaba le explicaba que era su hija, y aunque la escena tenía algo de perverso porque yo estaba en la mesa de detrás y todos sabían lo que había, me sentía tan contento como él y me di cuenta de lo mucho que quería a aquella chica. Al día siguiente almorzamos juntos y además de agradecerme la insistencia me preguntó por qué estaba tan seguro de que iba a ir bien. Le conté que de mi época de hacer entrevistas recordaba que la gente me contaba mucho más de lo que eran conscientes y alguno, al ver el texto transcrito, había llegado a preguntarme: «Oye, y esto, ¿cómo lo has sabido?». Desde entonces come con su padre cada semana y una vez elige ella el restaurante, y la siguiente él. Yo no estoy para verlos pero sé que les va muy bien. En cuanto a nosotros, nos continuamos viendo a menudo, pero siempre de día y nunca más el pillaje nocturno. A veces lo echo de menos pero cuando me pregunto si no fui tonto deshaciendo el nudo, abro un poco la puerta de la habitación de mi hija para escucharla respirar, profundamente dormida, y pienso que Santa Claus tiene el mejor trabajo del mundo. RSS de noticias de cultura
