Quienes hayan leído los episodios que hoy concluyo comprenderán que la última entrega de esta serie vaya dedicada a los ferroviarios muertos en acto de servicio, entre ellos, a Vital García, Antonio Fernández y Gonzalo García, tres maquinistas de mi familia.Los accidentes de tren han tenido un gran eco literario y cinematográfico , pero la ficción en mi caso no fue más que una mala jugada del destino que golpeó mi infancia. Sigue viva la angustia de mi abuela cuando supo en 1963 que su hermano estaba atrapado bajo la locomotora tras sufrir un descarrilamiento en Álava . Tardaron ocho horas en sacarlo, pero fue inútil. Recuerdo su cadáver, con un rosario en las manos, en el salón de la casa de mis abuelos. Yo tenía ocho años.Flotaba en el ambiente la muerte de Vital, el hermano de mi abuelo, que falleció en los años 30 en un choque de dos trenes. Dejó viuda a mi tía Rosario y a su hijo Vital. Ya siendo ella muy mayor, recuerdo los atardeceres en el mirador de su piso frente a un retrato de su marido fallecido hacía más de 40 años.Creo que era en torno a 1970 cuando Gonzalo, primo de mi padre, conducía un tren con balasto que se estrelló en un túnel de Cantabria. No había cumplido los 35 años. Viene a mi cabeza su jovialidad en la casa de sus padres en la estación de Santander , a unos pocos metros de las vías. Fue la última vez que le vi. Su padre, también ferroviario, murió en 1979 en una residencia de Alicante. Se fue de este mundo en la más absoluta soledad. Sólo quedo yo como testigo de su triste entierro en un cementerio vacío.Todo esto quedó registrado en un viejo álbum con fotos en el que mi abuelo narraba la historia de la saga de los García, tres generaciones nacidas en Miranda de Ebro , que vivieron por y para el ferrocarril. Mi abuelo me contaba que Alfonso XIII le había regalado un puro en uno de sus viajes a San Sebastián y que los falangistas habían estado a punto de fusilarle en la estación de Miranda en 1937. Le acusaban de haber hecho el saludo comunista en un paso a nivel. Al parecer, un vecino suyo, que era sargento, le salvó.Mi padre y sus dos hermanos trabajaron en Renfe en su juventud, pero dejaron el oficio. Razón por la cual, desde que nací, mi abuelo Pedro me subía a las máquinas de vapor, me contaba que fue despedido por la Compañía del Norte tras sumarse a la huelga de 1917 y que conducía trenes llenos de trigo y cebada con destino a Alemania durante la II Guerra Mundial .Fue destinado como jefe de la reserva de Ollargan, junto a Bilbao, en los años 60 antes de jubilarse. En una exposición de Comisiones Obreras, aparecía una fotografía mía de niño en una máquina de vapor. Estaba tomada en el lugar donde me quedó grabada la imagen del resplandor de las llamas en una noche en la que decenas de chabolas ardieron en el monte tras ser desalojados sus vecinos. Yo tenía seis años.En Ollargan, los amigos de mi abuelo me tiraban caramelos desde las máquinas en la larga curva que circunvalaba las instalacionesEn Ollargan, los amigos de mi abuelo me tiraban caramelos desde las máquinas en la larga curva que circunvalaba las instalaciones. Vivíamos en una casita con huerta donde había una sala con un teléfono para avisar de las incidencias. Volví hace no muchos años y allí ya no quedaba nada. Nada. Habían asesinado a un militante socialista muy cerca del sitio de los caramelos. Ignoro si estos fragmentos inconexos tienen sentido, pero surgen en mi mente como si todo hubiera sucedido ayer. Podría contar otras muchas historias de ferroviarios, pero es preciso concluir. La vida ha pasado sin detenerse como los trenes en Ollargan . Quienes hayan leído los episodios que hoy concluyo comprenderán que la última entrega de esta serie vaya dedicada a los ferroviarios muertos en acto de servicio, entre ellos, a Vital García, Antonio Fernández y Gonzalo García, tres maquinistas de mi familia.Los accidentes de tren han tenido un gran eco literario y cinematográfico , pero la ficción en mi caso no fue más que una mala jugada del destino que golpeó mi infancia. Sigue viva la angustia de mi abuela cuando supo en 1963 que su hermano estaba atrapado bajo la locomotora tras sufrir un descarrilamiento en Álava . Tardaron ocho horas en sacarlo, pero fue inútil. Recuerdo su cadáver, con un rosario en las manos, en el salón de la casa de mis abuelos. Yo tenía ocho años.Flotaba en el ambiente la muerte de Vital, el hermano de mi abuelo, que falleció en los años 30 en un choque de dos trenes. Dejó viuda a mi tía Rosario y a su hijo Vital. Ya siendo ella muy mayor, recuerdo los atardeceres en el mirador de su piso frente a un retrato de su marido fallecido hacía más de 40 años.Creo que era en torno a 1970 cuando Gonzalo, primo de mi padre, conducía un tren con balasto que se estrelló en un túnel de Cantabria. No había cumplido los 35 años. Viene a mi cabeza su jovialidad en la casa de sus padres en la estación de Santander , a unos pocos metros de las vías. Fue la última vez que le vi. Su padre, también ferroviario, murió en 1979 en una residencia de Alicante. Se fue de este mundo en la más absoluta soledad. Sólo quedo yo como testigo de su triste entierro en un cementerio vacío.Todo esto quedó registrado en un viejo álbum con fotos en el que mi abuelo narraba la historia de la saga de los García, tres generaciones nacidas en Miranda de Ebro , que vivieron por y para el ferrocarril. Mi abuelo me contaba que Alfonso XIII le había regalado un puro en uno de sus viajes a San Sebastián y que los falangistas habían estado a punto de fusilarle en la estación de Miranda en 1937. Le acusaban de haber hecho el saludo comunista en un paso a nivel. Al parecer, un vecino suyo, que era sargento, le salvó.Mi padre y sus dos hermanos trabajaron en Renfe en su juventud, pero dejaron el oficio. Razón por la cual, desde que nací, mi abuelo Pedro me subía a las máquinas de vapor, me contaba que fue despedido por la Compañía del Norte tras sumarse a la huelga de 1917 y que conducía trenes llenos de trigo y cebada con destino a Alemania durante la II Guerra Mundial .Fue destinado como jefe de la reserva de Ollargan, junto a Bilbao, en los años 60 antes de jubilarse. En una exposición de Comisiones Obreras, aparecía una fotografía mía de niño en una máquina de vapor. Estaba tomada en el lugar donde me quedó grabada la imagen del resplandor de las llamas en una noche en la que decenas de chabolas ardieron en el monte tras ser desalojados sus vecinos. Yo tenía seis años.En Ollargan, los amigos de mi abuelo me tiraban caramelos desde las máquinas en la larga curva que circunvalaba las instalacionesEn Ollargan, los amigos de mi abuelo me tiraban caramelos desde las máquinas en la larga curva que circunvalaba las instalaciones. Vivíamos en una casita con huerta donde había una sala con un teléfono para avisar de las incidencias. Volví hace no muchos años y allí ya no quedaba nada. Nada. Habían asesinado a un militante socialista muy cerca del sitio de los caramelos. Ignoro si estos fragmentos inconexos tienen sentido, pero surgen en mi mente como si todo hubiera sucedido ayer. Podría contar otras muchas historias de ferroviarios, pero es preciso concluir. La vida ha pasado sin detenerse como los trenes en Ollargan . Quienes hayan leído los episodios que hoy concluyo comprenderán que la última entrega de esta serie vaya dedicada a los ferroviarios muertos en acto de servicio, entre ellos, a Vital García, Antonio Fernández y Gonzalo García, tres maquinistas de mi familia.Los accidentes de tren han tenido un gran eco literario y cinematográfico , pero la ficción en mi caso no fue más que una mala jugada del destino que golpeó mi infancia. Sigue viva la angustia de mi abuela cuando supo en 1963 que su hermano estaba atrapado bajo la locomotora tras sufrir un descarrilamiento en Álava . Tardaron ocho horas en sacarlo, pero fue inútil. Recuerdo su cadáver, con un rosario en las manos, en el salón de la casa de mis abuelos. Yo tenía ocho años.Flotaba en el ambiente la muerte de Vital, el hermano de mi abuelo, que falleció en los años 30 en un choque de dos trenes. Dejó viuda a mi tía Rosario y a su hijo Vital. Ya siendo ella muy mayor, recuerdo los atardeceres en el mirador de su piso frente a un retrato de su marido fallecido hacía más de 40 años.Creo que era en torno a 1970 cuando Gonzalo, primo de mi padre, conducía un tren con balasto que se estrelló en un túnel de Cantabria. No había cumplido los 35 años. Viene a mi cabeza su jovialidad en la casa de sus padres en la estación de Santander , a unos pocos metros de las vías. Fue la última vez que le vi. Su padre, también ferroviario, murió en 1979 en una residencia de Alicante. Se fue de este mundo en la más absoluta soledad. Sólo quedo yo como testigo de su triste entierro en un cementerio vacío.Todo esto quedó registrado en un viejo álbum con fotos en el que mi abuelo narraba la historia de la saga de los García, tres generaciones nacidas en Miranda de Ebro , que vivieron por y para el ferrocarril. Mi abuelo me contaba que Alfonso XIII le había regalado un puro en uno de sus viajes a San Sebastián y que los falangistas habían estado a punto de fusilarle en la estación de Miranda en 1937. Le acusaban de haber hecho el saludo comunista en un paso a nivel. Al parecer, un vecino suyo, que era sargento, le salvó.Mi padre y sus dos hermanos trabajaron en Renfe en su juventud, pero dejaron el oficio. Razón por la cual, desde que nací, mi abuelo Pedro me subía a las máquinas de vapor, me contaba que fue despedido por la Compañía del Norte tras sumarse a la huelga de 1917 y que conducía trenes llenos de trigo y cebada con destino a Alemania durante la II Guerra Mundial .Fue destinado como jefe de la reserva de Ollargan, junto a Bilbao, en los años 60 antes de jubilarse. En una exposición de Comisiones Obreras, aparecía una fotografía mía de niño en una máquina de vapor. Estaba tomada en el lugar donde me quedó grabada la imagen del resplandor de las llamas en una noche en la que decenas de chabolas ardieron en el monte tras ser desalojados sus vecinos. Yo tenía seis años.En Ollargan, los amigos de mi abuelo me tiraban caramelos desde las máquinas en la larga curva que circunvalaba las instalacionesEn Ollargan, los amigos de mi abuelo me tiraban caramelos desde las máquinas en la larga curva que circunvalaba las instalaciones. Vivíamos en una casita con huerta donde había una sala con un teléfono para avisar de las incidencias. Volví hace no muchos años y allí ya no quedaba nada. Nada. Habían asesinado a un militante socialista muy cerca del sitio de los caramelos. Ignoro si estos fragmentos inconexos tienen sentido, pero surgen en mi mente como si todo hubiera sucedido ayer. Podría contar otras muchas historias de ferroviarios, pero es preciso concluir. La vida ha pasado sin detenerse como los trenes en Ollargan . RSS de noticias de cultura
