Son habituales de la escena nacional: Natalia Menéndez y María Folguera. Dos mujeres cuyas criaturas teatrales hemos visto esta misma temporada sobre las tablas. La primera abrazó a Jacinto Benavente para recuperar en el Español la tragedia de [[LINK:INTERNO|||Article|||69b180149868b0e4aa8f656b|||‘Malquerida’ de la mano de Aitana Sánchez-Gijón]]; y la segunda, apostó por darle una vuelta al [[LINK:INTERNO|||Article|||6a16d8c456a94a0007b554fc|||‘Ubú Rey’ de Alfred Jarry]] en la Nave 10 del Matadero. Ambas conocen el teatro desde la dirección y la escritura; y también desde el apartado de la gestión. Aunque en esta ocasión han decidido apostar por otras maneras: por la publicación de un ensayo en el que abordar qué hay detrás de todo eso que se ve sobre el escenario.
Menéndez, por su parte, edita ‘Como se pone en pie una obra de teatro’ (Cátedra): un “manual para ayudantes de dirección”, que reza el subtítulo, en el que desmenuza la profesión en colaboración con otras cinco mujeres: Ainhoa Amestoy y Pilar Valenciano, como coordinadoras, además de Ana Barceló, Cristina Hermida y Valle del Saz. Y, como directora, el mensaje es claro: “Poco a poco, la ayudantía de dirección se ha ido haciendo imprescindible”. Y va más allá: “Sobre todo en teatros institucionales”, puntualiza quien dirigió el Teatro Español entre 2019 y 2023. Destaca así a la figura del ayudante como una pieza fundamental en la mediación “favoreciendo las relaciones con el equipo” y un rol que se debate entre la técnica, el arte y la creación. “Es quien conoce los tiempos y proporciona la calma cuando la tempestad aparece (…) También queremos provocar la curiosidad de los amantes de la cultura, de las artes escénicas y de las artes vivas con la voluntad de abarcar a un público más amplio que descubra un oficio oculto y bello que provoca y sugiere tantas revelaciones. Pretendemos que se dejen sorprender y que vibren con este encuentro”, se explica en la introducción de un libro “escrito desde el amor al teatro y con la voluntad de abrir su espacio a todos los amantes de las artes escénicas”, añade la editorial.
El hombre (o la mujer) que «susurra» al artista
Para la directora, un o una ayudante es aquel que “vela por la reescritura escénica, la que sostiene sin mostrarse, la que susurra al artista para que no se caiga, la que anota el mapa de las emociones, de los silencios, de las pausas; la que está alerta y en la sombra coloca aquel elemento indispensable o sabe sostener la fragilidad de todos los que conforman la creación y la técnica…”.
Para ello, indica, es “fundamental” saber responder a cuestiones como qué es un género dramático, qué es un estilo dramático, si existen diferencias estilísticas entre la autoría/dramaturgia y la puesta en escena… Es cuando se dominan estas respuestas cuando se “puede ofrecer soluciones más acertadas a los desafíos que surgen durante el proceso creativo y aportar ideas valiosas tanto desde el punto de vista artístico como por lo que respecta a los aspectos técnicos”.
Y siendo prácticos, este decálogo del buen ayudante también pone en valor este puesto por razones menos poéticas: “Genera empleo”, escribe Menéndez de manera contundente. “si una persona es buena ayudante de dirección conseguirá trabajar mucho más que muchos creadores escénicos (…) Si hay algo que llama la atención cuando se ejerce con maestría (…) es la creatividad con la que se pueden lograr mejoras en el montaje, facilitar la comunicación, encontrar soluciones o hacer posible la localización de objetos y recursos necesarios”, escribe la dramaturga en su ensayo.
Doce meses de contrastes
Y por otro lado, Siruela publica ‘La prisa y la espera’, donde Folguera desmenuza durante un año el proceso creativo y, principalmente, la dificultad de ejercerlo en una época dominada por la volubilidad, la impaciencia y la inteligencia artificial. Un texto con cierto aire canalla que Christina Rosenvinge, que trabajó con la autora en aquella ‘Safo’ estrenada en el Teatro Romano de Mérida, destaca por “conjugar sabiduría y desfachatez de forma sorprendente”.
Un ensayo en el que una escritora, la propia Folguera, narra el salto al abismo que realizó en su vida. Deja un trabajo de oficina para dedicarse por entero a la literatura. “Iniciar un proceso de escritura significa aprender a aceptar que el tiempo se burla; que no se dejará controlar. Cada mañana me siento ante mi mesa y le tiendo la mano: podríamos aliarnos para ordenar el oficio de la escritura. Imaginar plazos, buscar vías de financiación; pensar del modo más eficiente”, escribe la autora.
Si Strindberg dijo en ‘El pelícano’ que “un hijo es una pregunta que se le hace al destino”, Folguera en esta ocasión afirma que “una obra de arte también” cumple esa norma. La creadora muestra así su lucha contra lo que denomina “un tiempo nuevo”. Comienza a tirar del hilo de la memoria y la curiosidad para reflexionar acerca de cómo toda obra de arte está íntimamente ligada a Kairós, el dios griego de la oportunidad, y a Cronos, otra forma de medir el tiempo para los antiguos: “Kairós siempre pasa corriendo; si dudas, te dejará atrás y, cuando te gires para intentar agarrarlo, no podrás, porque tus dedos resbalarán sobre su calva diáfana. Los artistas tienen mucho miedo de perder a Kairós. Cuelgan atrapasueños del marco de la ventana para retenerlo”, afirma.
“Tanto el mercado como las musas se comportan como un gato caprichoso: dan por supuestos los servicios de la escribana para sacar adelante el artículo, la obra de teatro, la novela (…) Desde que dejé mi trabajo de oficina, donde la vida se medía en meses y donde se podía ejercer cierto control sobre el calendario, he tenido que negociar cada mañana con el tiempo. Estoy a punto de finalizar mi primer año de dedicación exclusiva a la escritura. Hasta ahora mi sustento principal durante catorce años estuvo en la labor para un teatro madrileño público, con factura mensual, agosto incluido; puntualmente compaginaba este trabajo con mis proyectos artísticos -escribe-. Recuerdo la sensación de aquel primer enero de vida nueva. Me sentaba y planificaba, elaboraba propuestas de proyectos, quería ser estratégica y tocar todas las puertas posibles. Y a continuación me quedaba un poco sorprendida al ver que nadie tenía ninguna prisa por contestar. Era una sensación injustificable, porque, evidentemente, yo sabía que el mundo exterior no había cambiado desde el 1 de enero, y nadie iba a correr por un e-mail acerca de un taller o de un artículo”.
Salir de las instituciones en busca de libertad creativa
Tras catorce años en el Teatro Circo Price de Madrid, seis de ellos como directora artística, María Folguera sabía bien contra lo que luchaba: “Como responsable de programación, era yo la que decía: ‘Hasta dentro de un par de meses no podré confirmarte nada’, y los artistas me contestaban muy educados y pacientes. No es que la situación haya dado un giro radical: en esa misma época a menudo también era yo la artista aspirante, fuera de la oficina, con otros proyectos para otras instituciones o productoras, y también contestaba educada y paciente a todos los que me emplazaban. Pero en enero de 2024 había elegido desarraigarme de la institución donde trabajé tantos años, y entre las manos solo tenía una posición: la del artista, la de llamar a puertas, educada y paciente. Disponible para un asalto en cualquier momento. Alerta y a la vez serena (…) Yo misma había rechazado proyectos de artistas, aplazado compromisos, renegociado cachés y pedido paciencia con la lentitud de un proceso -siempre con argumentos válidos en mi opinión, pero al fin y al cabo era duro para quien buscaba el apoyo del marco institucional y no lo encontraba o le resultaba insuficiente-. ‘Las cosas de palacio van despacio’, dice el refrán. Y, sin embargo, al artista que entretiene a la corte en palacio se le exige disponibilidad y respuesta rápida; entusiasmo, creatividad y emoción con escaso reconocimiento hacia el valor de sus largos periodos de incubación, desarrollo y ejecución”. Ya decía Rubens que los príncipes pagan tarde…
De este modo, a partir de materiales sacados de ‘Las hilanderas’, de Velázquez, o ‘Misery’, de Stephen King, pasando por Peter Pan, ‘Las mil y una noches’ o la obra de Carmen Martín Gaite, Folguera reflexiona sobre cómo el tiempo de la creación artística no es lineal ni ordenado ni pertenece a una lógica mesurable. Frente a la inmediatez de los tiempos, el ensayo certifica que la inspiración creativa sigue siendo “volátil, caprichosa y ajena a nuestras súplicas”.
Y así, la creadora no busca caer en el lamento: “Esto no son lágrimas de creadora burguesa, sino que es mi mandíbula de creadora burguesa que rechina, el bocado de caballo que el artista se impone”.
María Folguera y Natalia Menéndez presentan por separado dos ensayos centrados en el proceso creativo y en los tiempos del mismo
Son habituales de la escena nacional: Natalia Menéndez y María Folguera. Dos mujeres cuyas criaturas teatrales hemos visto esta misma temporada sobre las tablas. La primera abrazó a Jacinto Benavente para recuperar en el Español la tragedia de ‘Malquerida’ de la mano de Aitana Sánchez-Gijón; y la segunda, apostó por darle una vuelta al ‘Ubú Rey’ de Alfred Jarry en la Nave 10 del Matadero. Ambas conocen el teatro desde la dirección y la escritura; y también desde el apartado de la gestión. Aunque en esta ocasión han decidido apostar por otras maneras: por la publicación de un ensayo en el que abordar qué hay detrás de todo eso que se ve sobre el escenario.
Menéndez, por su parte, edita ‘Como se pone en pie una obra de teatro’ (Cátedra): un “manual para ayudantes de dirección”, que reza el subtítulo, en el que desmenuza la profesión en colaboración con otras cinco mujeres: Ainhoa Amestoy y Pilar Valenciano, como coordinadoras, además de Ana Barceló, Cristina Hermida y Valle del Saz. Y, como directora, el mensaje es claro: “Poco a poco, la ayudantía de dirección se ha ido haciendo imprescindible”. Y va más allá: “Sobre todo en teatros institucionales”, puntualiza quien dirigió el Teatro Español entre 2019 y 2023. Destaca así a la figura del ayudante como una pieza fundamental en la mediación “favoreciendo las relaciones con el equipo” y un rol que se debate entre la técnica, el arte y la creación. “Es quien conoce los tiempos y proporciona la calma cuando la tempestad aparece (…) También queremos provocar la curiosidad de los amantes de la cultura, de las artes escénicas y de las artes vivas con la voluntad de abarcar a un público más amplio que descubra un oficio oculto y bello que provoca y sugiere tantas revelaciones. Pretendemos que se dejen sorprender y que vibren con este encuentro”, se explica en la introducción de un libro “escrito desde el amor al teatro y con la voluntad de abrir su espacio a todos los amantes de las artes escénicas”, añade la editorial.
El hombre (o la mujer) que «susurra» al artista
Para la directora, un o una ayudante es aquel que “vela por la reescritura escénica, la que sostiene sin mostrarse, la que susurra al artista para que no se caiga, la que anota el mapa de las emociones, de los silencios, de las pausas; la que está alerta y en la sombra coloca aquel elemento indispensable o sabe sostener la fragilidad de todos los que conforman la creación y la técnica…”.
Para ello, indica, es “fundamental” saber responder a cuestiones como qué es un género dramático, qué es un estilo dramático, si existen diferencias estilísticas entre la autoría/dramaturgia y la puesta en escena… Es cuando se dominan estas respuestas cuando se “puede ofrecer soluciones más acertadas a los desafíos que surgen durante el proceso creativo y aportar ideas valiosas tanto desde el punto de vista artístico como por lo que respecta a los aspectos técnicos”.
Y siendo prácticos, este decálogo del buen ayudante también pone en valor este puesto por razones menos poéticas: “Genera empleo”, escribe Menéndez de manera contundente. “si una persona es buena ayudante de dirección conseguirá trabajar mucho más que muchos creadores escénicos (…) Si hay algo que llama la atención cuando se ejerce con maestría (…) es la creatividad con la que se pueden lograr mejoras en el montaje, facilitar la comunicación, encontrar soluciones o hacer posible la localización de objetos y recursos necesarios”, escribe la dramaturga en su ensayo.
Doce meses de contrastes
Y por otro lado, Siruela publica ‘La prisa y la espera’, donde Folguera desmenuza durante un año el proceso creativo y, principalmente, la dificultad de ejercerlo en una época dominada por la volubilidad, la impaciencia y la inteligencia artificial. Un texto con cierto aire canalla que Christina Rosenvinge, que trabajó con la autora en aquella ‘Safo’ estrenada en el Teatro Romano de Mérida, destaca por “conjugar sabiduría y desfachatez de forma sorprendente”.
Un ensayo en el que una escritora, la propia Folguera, narra el salto al abismo que realizó en su vida. Deja un trabajo de oficina para dedicarse por entero a la literatura. “Iniciar un proceso de escritura significa aprender a aceptar que el tiempo se burla; que no se dejará controlar. Cada mañana me siento ante mi mesa y le tiendo la mano: podríamos aliarnos para ordenar el oficio de la escritura. Imaginar plazos, buscar vías de financiación; pensar del modo más eficiente”, escribe la autora.
Si Strindberg dijo en ‘El pelícano’ que “un hijo es una pregunta que se le hace al destino”, Folguera en esta ocasión afirma que “una obra de arte también” cumple esa norma. La creadora muestra así su lucha contra lo que denomina “un tiempo nuevo”. Comienza a tirar del hilo de la memoria y la curiosidad para reflexionar acerca de cómo toda obra de arte está íntimamente ligada a Kairós, el dios griego de la oportunidad, y a Cronos, otra forma de medir el tiempo para los antiguos: “Kairós siempre pasa corriendo; si dudas, te dejará atrás y, cuando te gires para intentar agarrarlo, no podrás, porque tus dedos resbalarán sobre su calva diáfana. Los artistas tienen mucho miedo de perder a Kairós. Cuelgan atrapasueños del marco de la ventana para retenerlo”, afirma.
“Tanto el mercado como las musas se comportan como un gato caprichoso: dan por supuestos los servicios de la escribana para sacar adelante el artículo, la obra de teatro, la novela (…) Desde que dejé mi trabajo de oficina, donde la vida se medía en meses y donde se podía ejercer cierto control sobre el calendario, he tenido que negociar cada mañana con el tiempo. Estoy a punto de finalizar mi primer año de dedicación exclusiva a la escritura. Hasta ahora mi sustento principal durante catorce años estuvo en la labor para un teatro madrileño público, con factura mensual, agosto incluido; puntualmente compaginaba este trabajo con mis proyectos artísticos -escribe-. Recuerdo la sensación de aquel primer enero de vida nueva. Me sentaba y planificaba, elaboraba propuestas de proyectos, quería ser estratégica y tocar todas las puertas posibles. Y a continuación me quedaba un poco sorprendida al ver que nadie tenía ninguna prisa por contestar. Era una sensación injustificable, porque, evidentemente, yo sabía que el mundo exterior no había cambiado desde el 1 de enero, y nadie iba a correr por un e-mail acerca de un taller o de un artículo”.
Salir de las instituciones en busca de libertad creativa
Tras catorce años en el Teatro Circo Price de Madrid, seis de ellos como directora artística, María Folguera sabía bien contra lo que luchaba: “Como responsable de programación, era yo la que decía: ‘Hasta dentro de un par de meses no podré confirmarte nada’, y los artistas me contestaban muy educados y pacientes. No es que la situación haya dado un giro radical: en esa misma época a menudo también era yo la artista aspirante, fuera de la oficina, con otros proyectos para otras instituciones o productoras, y también contestaba educada y paciente a todos los que me emplazaban. Pero en enero de 2024 había elegido desarraigarme de la institución donde trabajé tantos años, y entre las manos solo tenía una posición: la del artista, la de llamar a puertas, educada y paciente. Disponible para un asalto en cualquier momento. Alerta y a la vez serena (…) Yo misma había rechazado proyectos de artistas, aplazado compromisos, renegociado cachés y pedido paciencia con la lentitud de un proceso -siempre con argumentos válidos en mi opinión, pero al fin y al cabo era duro para quien buscaba el apoyo del marco institucional y no lo encontraba o le resultaba insuficiente-. ‘Las cosas de palacio van despacio’, dice el refrán. Y, sin embargo, al artista que entretiene a la corte en palacio se le exige disponibilidad y respuesta rápida; entusiasmo, creatividad y emoción con escaso reconocimiento hacia el valor de sus largos periodos de incubación, desarrollo y ejecución”. Ya decía Rubens que los príncipes pagan tarde…
De este modo, a partir de materiales sacados de ‘Las hilanderas’, de Velázquez, o ‘Misery’, de Stephen King, pasando por Peter Pan, ‘Las mil y una noches’ o la obra de Carmen Martín Gaite, Folguera reflexiona sobre cómo el tiempo de la creación artística no es lineal ni ordenado ni pertenece a una lógica mesurable. Frente a la inmediatez de los tiempos, el ensayo certifica que la inspiración creativa sigue siendo “volátil, caprichosa y ajena a nuestras súplicas”.
Y así, la creadora no busca caer en el lamento: “Esto no son lágrimas de creadora burguesa, sino que es mi mandíbula de creadora burguesa que rechina, el bocado de caballo que el artista se impone”.
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