Dentro del amplio y variado panorama musical español, existe un personaje como salido de otra época, un auténtico forajido sonoro y estético que parece traído del pasado, concretamente, de los agitados años cincuenta en algún punto fronterizo entre Estados Unidos y México, cuando el boogaloo, el swing y rhythm and blues hacían menear las caderas de una forma frenética y desinhibida. Su nombre: Tito Ramírez (Granada, 1988). “Me llaman emperador de todos los ritmos unificados”, dice con sorna este músico enmascarado, capaz de meter el veneno del ritmo a un cadáver.
Dentro del amplio y variado panorama musical español, existe un personaje como salido de otra época, un auténtico forajido sonoro y estético que parece traído del pasado, concretamente, de los agitados años cincuenta en algún punto fronterizo entre Estados Unidos y México, cuando el boogaloo, el swing y rhythm and blues hacían menear las caderas de una forma frenética y desinhibida. Su nombre: Tito Ramírez (Granada, 1988). “Me llaman emperador de todos los ritmos unificados”, dice con sorna este músico enmascarado, capaz de meter el veneno del ritmo a un cadáver. Seguir leyendo
Dentro del amplio y variado panorama musical español, existe un personaje como salido de otra época, un auténtico forajido sonoro y estético que parece traído del pasado, concretamente, de los agitados años cincuenta en algún punto fronterizo entre Estados Unidos y México, cuando el boogaloo, el swing y rhythm and blues hacían menear las caderas de una forma frenética y desinhibida. Su nombre: Tito Ramírez (Granada, 1988). “Me llaman emperador de todos los ritmos unificados”, dice con sorna este músico enmascarado, capaz de meter el veneno del ritmo a un cadáver.
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