Calle José Ortega y Gasset, número 45. Son las doce y media de un sábado de primavera y Miguel Sanz , el joven quiosquero, no da abasto. Los vecinos bajan a comprar el pan y el periódico. Y con ellos, los nietos, los hijos, los sobrinos, los amigos, los que van de paso, los que han venido desde otras partes de la ciudad. «¿Tienes revistas de Física cuántica?». «¿Me guardaste los periódicos de toda la semana?». El quiosquero asiente y una pesada bolsa, repleta de papel de prensa. También hay libros. Y autores que acuden a firmarlos. Hoy somos dos. Todo ocurre a pie de calle, donde ocurren los asuntos importantes. Entre las calles Conde de Peñalver y Príncipe de Vergara, en Madrid, se encuentra el Quiosco de Miguel, un local de expendio de prensa, revistas y libros que se resiste al naufragio del cierre o al galimatías del souvenir. Vecino, lector e historiador. No sé si en ese orden, pero sí con inmensa convicción, Miguel Sanz regenta desde hace once años uno de los puntos de encuentro más vistosos y ágiles de todo Madrid. Este quiosco no es el único en su tipo, pero sí de los primeros en hacer emerger como una transfusión de entusiasmo, inteligencia y trabajo. El Quiosco de Miguel hace lo que otros no consiguen: propiciar el encuentro ente quienes, viviendo en el mismo barrio, compran y se informan a través de cabeceras distintas. Entre la prensa, la prisa y la prosa, aún es posible pensar que los periódicos y las novelas sostienen el pulso de la vida. Así lo demuestran quiscos como el de Miguel, cuya sola existencia recuerda a las páginas de ‘El vendedor de tabaco’, del austríaco Robert Seethaler . Ambientada en los días en los que el Tercer Reich está a punto de anexionar Austria, esta novela cuenta la historia de Franz Huchel, un chico que a sus 17 años comienza a trabajar como aprendiz en un estanco al que acude a diario Sigmund Freud. En esa Viena sobre la que se cierne la invasión, el estanco se convierte en el templo de los periódicos y la conversación. El lugar de la convivencia, como el Quiosco de Miguel. Calle José Ortega y Gasset, número 45. Son las doce y media de un sábado de primavera y Miguel Sanz , el joven quiosquero, no da abasto. Los vecinos bajan a comprar el pan y el periódico. Y con ellos, los nietos, los hijos, los sobrinos, los amigos, los que van de paso, los que han venido desde otras partes de la ciudad. «¿Tienes revistas de Física cuántica?». «¿Me guardaste los periódicos de toda la semana?». El quiosquero asiente y una pesada bolsa, repleta de papel de prensa. También hay libros. Y autores que acuden a firmarlos. Hoy somos dos. Todo ocurre a pie de calle, donde ocurren los asuntos importantes. Entre las calles Conde de Peñalver y Príncipe de Vergara, en Madrid, se encuentra el Quiosco de Miguel, un local de expendio de prensa, revistas y libros que se resiste al naufragio del cierre o al galimatías del souvenir. Vecino, lector e historiador. No sé si en ese orden, pero sí con inmensa convicción, Miguel Sanz regenta desde hace once años uno de los puntos de encuentro más vistosos y ágiles de todo Madrid. Este quiosco no es el único en su tipo, pero sí de los primeros en hacer emerger como una transfusión de entusiasmo, inteligencia y trabajo. El Quiosco de Miguel hace lo que otros no consiguen: propiciar el encuentro ente quienes, viviendo en el mismo barrio, compran y se informan a través de cabeceras distintas. Entre la prensa, la prisa y la prosa, aún es posible pensar que los periódicos y las novelas sostienen el pulso de la vida. Así lo demuestran quiscos como el de Miguel, cuya sola existencia recuerda a las páginas de ‘El vendedor de tabaco’, del austríaco Robert Seethaler . Ambientada en los días en los que el Tercer Reich está a punto de anexionar Austria, esta novela cuenta la historia de Franz Huchel, un chico que a sus 17 años comienza a trabajar como aprendiz en un estanco al que acude a diario Sigmund Freud. En esa Viena sobre la que se cierne la invasión, el estanco se convierte en el templo de los periódicos y la conversación. El lugar de la convivencia, como el Quiosco de Miguel.

Calle José Ortega y Gasset, número 45. Son las doce y media de un sábado de primavera y Miguel Sanz, el joven quiosquero, no da abasto. Los vecinos bajan a comprar el pan y el periódico. Y con ellos, los nietos, los hijos, … los sobrinos, los amigos, los que van de paso, los que han venido desde otras partes de la ciudad. «¿Tienes revistas de Física cuántica?». «¿Me guardaste los periódicos de toda la semana?». El quiosquero asiente y una pesada bolsa, repleta de papel de prensa. También hay libros. Y autores que acuden a firmarlos. Hoy somos dos. Todo ocurre a pie de calle, donde ocurren los asuntos importantes.
Entre las calles Conde de Peñalver y Príncipe de Vergara, en Madrid, se encuentra el Quiosco de Miguel, un local de expendio de prensa, revistas y libros que se resiste al naufragio del cierre o al galimatías del souvenir. Vecino, lector e historiador. No sé si en ese orden, pero sí con inmensa convicción, Miguel Sanz regenta desde hace once años uno de los puntos de encuentro más vistosos y ágiles de todo Madrid. Este quiosco no es el único en su tipo, pero sí de los primeros en hacer emerger como una transfusión de entusiasmo, inteligencia y trabajo. El Quiosco de Miguel hace lo que otros no consiguen: propiciar el encuentro ente quienes, viviendo en el mismo barrio, compran y se informan a través de cabeceras distintas.
Entre la prensa, la prisa y la prosa, aún es posible pensar que los periódicos y las novelas sostienen el pulso de la vida. Así lo demuestran quiscos como el de Miguel, cuya sola existencia recuerda a las páginas de ‘El vendedor de tabaco’, del austríaco Robert Seethaler. Ambientada en los días en los que el Tercer Reich está a punto de anexionar Austria, esta novela cuenta la historia de Franz Huchel, un chico que a sus 17 años comienza a trabajar como aprendiz en un estanco al que acude a diario Sigmund Freud. En esa Viena sobre la que se cierne la invasión, el estanco se convierte en el templo de los periódicos y la conversación. El lugar de la convivencia, como el Quiosco de Miguel.
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