Vive exilada en Málaga desde 2019. Tras varios intentos de asesinato y secuestro, Lydia Cacho abandonó México debido a sus investigaciones sobre trata de menores, corrupción política y violencia de Estado. Autora de libros como ‘Los demonios del Edén’ (2005), ‘Memorias de una infamia’ (2007) y ‘Esclavas del poder’ (2010), publica ahora ‘Un halcón bajo mi ventana’ (Lumen) , una novela sobre una adolescente que crece entre el movimiento estudiantil del 68, el feminismo, la matanza de Tlatelolco y la violencia de Estado como parte de una misma maquinaria. En esta conversación, Lydia Cacho habla del exilio, de la censura y la memoria política latinoamericana.—Julieta es la voz de una conciencia en formación. ¿Por qué eligió a una adolescente como narrador?—A diferencia de mis libros anteriores, incluso de los infantiles, no hubo una decisión formal sobre la voz. Yo llevaba años con esta historia en la cabeza. Había querido hacer un documental sobre el tema y terminé acumulando muchísima investigación: documentos, testimonios, anécdotas familiares reales que venían de mi familia paterna y que estaban guardadas en algún lugar de mi memoria. Y un día apareció Julieta. Es la primera vez que me sucede algo así: un personaje que llega incluso contra mi voluntad o mis ideas previas.—Julieta está expuesta a una memoria femenina clandestina: conversaciones en cocinas, cafés, vínculos íntimos entre mujeres.—Las voces de las mujeres son las que construyen la historia verdadera en las calles del mundo. La memoria emocional pertenece a las mujeres. La memoria oficial, la del poder, históricamente les ha pertenecido a los hombres. La novela simplemente revela eso. No fue una decisión ideológica previa. Surgió de manera natural. Julieta crece en ese contexto, como millones de niñas en América Latina.—La novela conecta Tlatelolco, el Halconazo y la guerra sucia como una misma maquinaria de violencia estatal.—Creo que esa violencia sistémica a veces entra en estado de somnolencia durante décadas y luego reaparece cuando existen avances sociales o nuevas libertades. Porque esas libertades implican una pérdida de control para el poder: control económico, político, cultural.—Y en el libro ese poder es masculino.—Sí. Incluso dentro de la izquierda hay una tendencia a desplazar o silenciar a las mujeres. Me llamó mucho la atención que Isabel Coixet subrayara precisamente una frase de la novela: «Los hombres siempre están hablando». Creo que muchas chicas de trece o catorce años miran el mundo así. Parece que no escuchan, pero están intentando comprenderlo todo.—En la novela aparecen Elena Garro, Oriana Fallaci, Leonora Carrington e incluso Claudia Sheinbaum de niña.—Muchas de esas anécdotas son reales. Yo crecí escuchando historias de mujeres que estuvieron vinculadas al movimiento del 68. La anécdota de Elena Garro, por ejemplo, es verdadera. Esa contradicción entre la mujer brillante, política, antisistema, y al mismo tiempo la obligación doméstica de ir a hacerle la sopa al marido. Y lo de Sheinbaum surgió mientras escribía. Escuché una declaración suya en la que decía que acompañaba a su madre a las marchas cuando era niña. Me pareció profundamente simbólico: otra niña más dentro de esa historia. La parte en la que Julieta imagina que esa niña llegará a ser presidenta ya es invención mía.—Sus libros periodísticos operan desde la denuncia. ¿Esta novela marca un cambio hacia la memoria?—Sí, afortunadamente. También tiene que ver con el exilio. Yo llegué a los sesenta años habiéndolo perdido todo: mi casa, mi país, mi vida anterior. Y comprendí que no quería quedarme encerrada para siempre en los temas sobre los que ya había escrito. Cada vez que alguien me pregunta por otro libro sobre trata, digo: «Lean los anteriores». Ya dije lo que tenía que decir. No quiero vivir dentro de una jaula ideológica. Mi trabajo está vivo y tiene que evolucionar.—¿La ficción le permitió salir de esa jaula?—Sí. Durante años intenté escribir otra novela y terminé tirándola a la basura porque estaba forzando las historias dentro de una estructura que no funcionaba. Después entendí que tenía que esperar. Que primero tenía que salir de la depresión del exilio. Y entonces apareció Julieta. O quizá yo llegué finalmente hasta ella.—¿Siente un cambio generacional en la forma de contar?—La historia es cíclica, pero no idéntica. Cambian las formas del discurso y del control. Yo crecí en un colegio de refugiados españoles. Escuchábamos historias de guerra, de exilio, de silencios. Eso moldeó nuestra manera de entender el mundo. Pero no subestimo a las generaciones jóvenes. Lo que ocurre ahora es que las formas de control son mucho más sofisticadas. Antes la censura era explícita: te prohibían publicar, te despedían. Ahora las redes sociales producen autocensura. El control se volvió mucho más complejo.—¿Qué tendría que pasar para que pudiera regresar a México?—Emocionalmente, una parte de mí sigue allí. Pero en términos de seguridad seguimos esperando justicia. Mario Marín está preso, pero todavía no sentenciado. Y mientras esas redes de poder sigan existiendo, el peligro continúa. Iré próximamente con un equipo de seguridad privado para presentar este libro.—¿Qué significa eso para usted?—Es profundamente simbólico. Esta novela representa una nueva etapa de mi vida. Durante años pensé que quizá ya no volvería a escribir ficción de esta manera. Poder regresar al Museo de Antropología, encontrarme con mi familia, con amistades y lectores jóvenes, significa muchísimo para mí. Después de vivir perseguida y amenazada durante más de veinte años, una aprende a celebrar pequeñas victorias.—¿Escribir sigue siendo un acto de valentía?—Absolutamente. Sentarse a escribir un libro es un acto de libertad brutal. Los mejores libros son aquellos en los que una autora o un autor deja el alma, más allá de cualquier intención ideológica. Son historias que necesitan salir con urgencia.—Vuelve el debate sobre Hernán Cortés, la conquista y la colonia. ¿Qué opina?—A mí todo lo de Hernán Cortés me parece una especie de función de circo. Isabel Díaz Ayuso es una mujer profundamente ignorante, aunque muy eficaz en términos de espectáculo político. Tiene una enorme necesidad de protagonismo y no le importa exhibir esa ignorancia para construir un personaje público. Lo que me sorprende no es tanto lo que ella dice, sino la importancia que se le concede a ese tipo de provocaciones. Porque la discusión seria sobre la colonización en México existe desde hace muchísimo tiempo. Nadie pone en duda la violencia, la imposición ideológica, el racismo y la destrucción cultural que implicó la conquista. Toda colonización tiene que ver con destruir la alteridad. Con imponer la idea de que solo existe una manera legítima de vivir, de creer y de entender el mundo. Y eso sigue teniendo consecuencias hasta hoy. A mí también me cuesta comprender ciertas cosas de España. Lo importante no es Hernán Cortés convertido en espectáculo político, sino quién tiene el poder de narrar la historia y desde dónde se construye esa memoria. Y, en ese sentido, mi novela también habla de eso. Vive exilada en Málaga desde 2019. Tras varios intentos de asesinato y secuestro, Lydia Cacho abandonó México debido a sus investigaciones sobre trata de menores, corrupción política y violencia de Estado. Autora de libros como ‘Los demonios del Edén’ (2005), ‘Memorias de una infamia’ (2007) y ‘Esclavas del poder’ (2010), publica ahora ‘Un halcón bajo mi ventana’ (Lumen) , una novela sobre una adolescente que crece entre el movimiento estudiantil del 68, el feminismo, la matanza de Tlatelolco y la violencia de Estado como parte de una misma maquinaria. En esta conversación, Lydia Cacho habla del exilio, de la censura y la memoria política latinoamericana.—Julieta es la voz de una conciencia en formación. ¿Por qué eligió a una adolescente como narrador?—A diferencia de mis libros anteriores, incluso de los infantiles, no hubo una decisión formal sobre la voz. Yo llevaba años con esta historia en la cabeza. Había querido hacer un documental sobre el tema y terminé acumulando muchísima investigación: documentos, testimonios, anécdotas familiares reales que venían de mi familia paterna y que estaban guardadas en algún lugar de mi memoria. Y un día apareció Julieta. Es la primera vez que me sucede algo así: un personaje que llega incluso contra mi voluntad o mis ideas previas.—Julieta está expuesta a una memoria femenina clandestina: conversaciones en cocinas, cafés, vínculos íntimos entre mujeres.—Las voces de las mujeres son las que construyen la historia verdadera en las calles del mundo. La memoria emocional pertenece a las mujeres. La memoria oficial, la del poder, históricamente les ha pertenecido a los hombres. La novela simplemente revela eso. No fue una decisión ideológica previa. Surgió de manera natural. Julieta crece en ese contexto, como millones de niñas en América Latina.—La novela conecta Tlatelolco, el Halconazo y la guerra sucia como una misma maquinaria de violencia estatal.—Creo que esa violencia sistémica a veces entra en estado de somnolencia durante décadas y luego reaparece cuando existen avances sociales o nuevas libertades. Porque esas libertades implican una pérdida de control para el poder: control económico, político, cultural.—Y en el libro ese poder es masculino.—Sí. Incluso dentro de la izquierda hay una tendencia a desplazar o silenciar a las mujeres. Me llamó mucho la atención que Isabel Coixet subrayara precisamente una frase de la novela: «Los hombres siempre están hablando». Creo que muchas chicas de trece o catorce años miran el mundo así. Parece que no escuchan, pero están intentando comprenderlo todo.—En la novela aparecen Elena Garro, Oriana Fallaci, Leonora Carrington e incluso Claudia Sheinbaum de niña.—Muchas de esas anécdotas son reales. Yo crecí escuchando historias de mujeres que estuvieron vinculadas al movimiento del 68. La anécdota de Elena Garro, por ejemplo, es verdadera. Esa contradicción entre la mujer brillante, política, antisistema, y al mismo tiempo la obligación doméstica de ir a hacerle la sopa al marido. Y lo de Sheinbaum surgió mientras escribía. Escuché una declaración suya en la que decía que acompañaba a su madre a las marchas cuando era niña. Me pareció profundamente simbólico: otra niña más dentro de esa historia. La parte en la que Julieta imagina que esa niña llegará a ser presidenta ya es invención mía.—Sus libros periodísticos operan desde la denuncia. ¿Esta novela marca un cambio hacia la memoria?—Sí, afortunadamente. También tiene que ver con el exilio. Yo llegué a los sesenta años habiéndolo perdido todo: mi casa, mi país, mi vida anterior. Y comprendí que no quería quedarme encerrada para siempre en los temas sobre los que ya había escrito. Cada vez que alguien me pregunta por otro libro sobre trata, digo: «Lean los anteriores». Ya dije lo que tenía que decir. No quiero vivir dentro de una jaula ideológica. Mi trabajo está vivo y tiene que evolucionar.—¿La ficción le permitió salir de esa jaula?—Sí. Durante años intenté escribir otra novela y terminé tirándola a la basura porque estaba forzando las historias dentro de una estructura que no funcionaba. Después entendí que tenía que esperar. Que primero tenía que salir de la depresión del exilio. Y entonces apareció Julieta. O quizá yo llegué finalmente hasta ella.—¿Siente un cambio generacional en la forma de contar?—La historia es cíclica, pero no idéntica. Cambian las formas del discurso y del control. Yo crecí en un colegio de refugiados españoles. Escuchábamos historias de guerra, de exilio, de silencios. Eso moldeó nuestra manera de entender el mundo. Pero no subestimo a las generaciones jóvenes. Lo que ocurre ahora es que las formas de control son mucho más sofisticadas. Antes la censura era explícita: te prohibían publicar, te despedían. Ahora las redes sociales producen autocensura. El control se volvió mucho más complejo.—¿Qué tendría que pasar para que pudiera regresar a México?—Emocionalmente, una parte de mí sigue allí. Pero en términos de seguridad seguimos esperando justicia. Mario Marín está preso, pero todavía no sentenciado. Y mientras esas redes de poder sigan existiendo, el peligro continúa. Iré próximamente con un equipo de seguridad privado para presentar este libro.—¿Qué significa eso para usted?—Es profundamente simbólico. Esta novela representa una nueva etapa de mi vida. Durante años pensé que quizá ya no volvería a escribir ficción de esta manera. Poder regresar al Museo de Antropología, encontrarme con mi familia, con amistades y lectores jóvenes, significa muchísimo para mí. Después de vivir perseguida y amenazada durante más de veinte años, una aprende a celebrar pequeñas victorias.—¿Escribir sigue siendo un acto de valentía?—Absolutamente. Sentarse a escribir un libro es un acto de libertad brutal. Los mejores libros son aquellos en los que una autora o un autor deja el alma, más allá de cualquier intención ideológica. Son historias que necesitan salir con urgencia.—Vuelve el debate sobre Hernán Cortés, la conquista y la colonia. ¿Qué opina?—A mí todo lo de Hernán Cortés me parece una especie de función de circo. Isabel Díaz Ayuso es una mujer profundamente ignorante, aunque muy eficaz en términos de espectáculo político. Tiene una enorme necesidad de protagonismo y no le importa exhibir esa ignorancia para construir un personaje público. Lo que me sorprende no es tanto lo que ella dice, sino la importancia que se le concede a ese tipo de provocaciones. Porque la discusión seria sobre la colonización en México existe desde hace muchísimo tiempo. Nadie pone en duda la violencia, la imposición ideológica, el racismo y la destrucción cultural que implicó la conquista. Toda colonización tiene que ver con destruir la alteridad. Con imponer la idea de que solo existe una manera legítima de vivir, de creer y de entender el mundo. Y eso sigue teniendo consecuencias hasta hoy. A mí también me cuesta comprender ciertas cosas de España. Lo importante no es Hernán Cortés convertido en espectáculo político, sino quién tiene el poder de narrar la historia y desde dónde se construye esa memoria. Y, en ese sentido, mi novela también habla de eso.
Vive exilada en Málaga desde 2019. Tras varios intentos de asesinato y secuestro, Lydia Cacho abandonó México debido a sus investigaciones sobre trata de menores, corrupción política y violencia de Estado. Autora de libros como ‘Los demonios del Edén’ (2005), ‘Memorias de una infamia’ ( … 2007) y ‘Esclavas del poder’ (2010), publica ahora ‘Un halcón bajo mi ventana’ (Lumen), una novela sobre una adolescente que crece entre el movimiento estudiantil del 68, el feminismo, la matanza de Tlatelolco y la violencia de Estado como parte de una misma maquinaria. En esta conversación, Lydia Cacho habla del exilio, de la censura y la memoria política latinoamericana.
—Julieta es la voz de una conciencia en formación. ¿Por qué eligió a una adolescente como narrador?
—A diferencia de mis libros anteriores, incluso de los infantiles, no hubo una decisión formal sobre la voz. Yo llevaba años con esta historia en la cabeza. Había querido hacer un documental sobre el tema y terminé acumulando muchísima investigación: documentos, testimonios, anécdotas familiares reales que venían de mi familia paterna y que estaban guardadas en algún lugar de mi memoria. Y un día apareció Julieta. Es la primera vez que me sucede algo así: un personaje que llega incluso contra mi voluntad o mis ideas previas.
—Julieta está expuesta a una memoria femenina clandestina: conversaciones en cocinas, cafés, vínculos íntimos entre mujeres.
—Las voces de las mujeres son las que construyen la historia verdadera en las calles del mundo. La memoria emocional pertenece a las mujeres. La memoria oficial, la del poder, históricamente les ha pertenecido a los hombres. La novela simplemente revela eso. No fue una decisión ideológica previa. Surgió de manera natural. Julieta crece en ese contexto, como millones de niñas en América Latina.
—La novela conecta Tlatelolco, el Halconazo y la guerra sucia como una misma maquinaria de violencia estatal.
—Creo que esa violencia sistémica a veces entra en estado de somnolencia durante décadas y luego reaparece cuando existen avances sociales o nuevas libertades. Porque esas libertades implican una pérdida de control para el poder: control económico, político, cultural.
—Y en el libro ese poder es masculino.
—Sí. Incluso dentro de la izquierda hay una tendencia a desplazar o silenciar a las mujeres. Me llamó mucho la atención que Isabel Coixet subrayara precisamente una frase de la novela: «Los hombres siempre están hablando». Creo que muchas chicas de trece o catorce años miran el mundo así. Parece que no escuchan, pero están intentando comprenderlo todo.
—En la novela aparecen Elena Garro, Oriana Fallaci, Leonora Carrington e incluso Claudia Sheinbaum de niña.
—Muchas de esas anécdotas son reales. Yo crecí escuchando historias de mujeres que estuvieron vinculadas al movimiento del 68. La anécdota de Elena Garro, por ejemplo, es verdadera. Esa contradicción entre la mujer brillante, política, antisistema, y al mismo tiempo la obligación doméstica de ir a hacerle la sopa al marido. Y lo de Sheinbaum surgió mientras escribía. Escuché una declaración suya en la que decía que acompañaba a su madre a las marchas cuando era niña. Me pareció profundamente simbólico: otra niña más dentro de esa historia. La parte en la que Julieta imagina que esa niña llegará a ser presidenta ya es invención mía.
—Sus libros periodísticos operan desde la denuncia. ¿Esta novela marca un cambio hacia la memoria?
—Sí, afortunadamente. También tiene que ver con el exilio. Yo llegué a los sesenta años habiéndolo perdido todo: mi casa, mi país, mi vida anterior. Y comprendí que no quería quedarme encerrada para siempre en los temas sobre los que ya había escrito. Cada vez que alguien me pregunta por otro libro sobre trata, digo: «Lean los anteriores». Ya dije lo que tenía que decir. No quiero vivir dentro de una jaula ideológica. Mi trabajo está vivo y tiene que evolucionar.
—¿La ficción le permitió salir de esa jaula?
—Sí. Durante años intenté escribir otra novela y terminé tirándola a la basura porque estaba forzando las historias dentro de una estructura que no funcionaba. Después entendí que tenía que esperar. Que primero tenía que salir de la depresión del exilio. Y entonces apareció Julieta. O quizá yo llegué finalmente hasta ella.
—¿Siente un cambio generacional en la forma de contar?
—La historia es cíclica, pero no idéntica. Cambian las formas del discurso y del control. Yo crecí en un colegio de refugiados españoles. Escuchábamos historias de guerra, de exilio, de silencios. Eso moldeó nuestra manera de entender el mundo. Pero no subestimo a las generaciones jóvenes. Lo que ocurre ahora es que las formas de control son mucho más sofisticadas. Antes la censura era explícita: te prohibían publicar, te despedían. Ahora las redes sociales producen autocensura. El control se volvió mucho más complejo.
—¿Qué tendría que pasar para que pudiera regresar a México?
—Emocionalmente, una parte de mí sigue allí. Pero en términos de seguridad seguimos esperando justicia. Mario Marín está preso, pero todavía no sentenciado. Y mientras esas redes de poder sigan existiendo, el peligro continúa. Iré próximamente con un equipo de seguridad privado para presentar este libro.
—¿Qué significa eso para usted?
—Es profundamente simbólico. Esta novela representa una nueva etapa de mi vida. Durante años pensé que quizá ya no volvería a escribir ficción de esta manera. Poder regresar al Museo de Antropología, encontrarme con mi familia, con amistades y lectores jóvenes, significa muchísimo para mí. Después de vivir perseguida y amenazada durante más de veinte años, una aprende a celebrar pequeñas victorias.
—¿Escribir sigue siendo un acto de valentía?
—Absolutamente. Sentarse a escribir un libro es un acto de libertad brutal. Los mejores libros son aquellos en los que una autora o un autor deja el alma, más allá de cualquier intención ideológica. Son historias que necesitan salir con urgencia.
—Vuelve el debate sobre Hernán Cortés, la conquista y la colonia. ¿Qué opina?
—A mí todo lo de Hernán Cortés me parece una especie de función de circo. Isabel Díaz Ayuso es una mujer profundamente ignorante, aunque muy eficaz en términos de espectáculo político. Tiene una enorme necesidad de protagonismo y no le importa exhibir esa ignorancia para construir un personaje público. Lo que me sorprende no es tanto lo que ella dice, sino la importancia que se le concede a ese tipo de provocaciones. Porque la discusión seria sobre la colonización en México existe desde hace muchísimo tiempo. Nadie pone en duda la violencia, la imposición ideológica, el racismo y la destrucción cultural que implicó la conquista. Toda colonización tiene que ver con destruir la alteridad. Con imponer la idea de que solo existe una manera legítima de vivir, de creer y de entender el mundo. Y eso sigue teniendo consecuencias hasta hoy. A mí también me cuesta comprender ciertas cosas de España. Lo importante no es Hernán Cortés convertido en espectáculo político, sino quién tiene el poder de narrar la historia y desde dónde se construye esa memoria. Y, en ese sentido, mi novela también habla de eso.
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