Hay un libro en Venecia que solo se puede leer caminando. Se trata del laberinto dedicado a Jorge Luis Borges en la isla de San Giorgio Maggiore , que acaba de recuperar su trazado original tras una restauración que coincide con los 40 años de la muerte del escritor argentino. Construido en 2011, cuando se cumplían 25 años del fallecimiento de Borges, fue idea de su viuda, María Kodama , para quien Venecia era, en sí misma, «un laberinto de sutil complejidad y delicadeza».El laberinto vegetal, con forma de libro abierto, está enmarcado en dos filas de cipreses . Sus setos de boj componen de un modo perfecto el nombre del escritor argentino y las iniciales de su esposa junto a símbolos de sus obras como un reloj de arena o un bastón. Está situado a la sombra de un antiguo monasterio benedictino cuyo claustro fue diseñado por Andrea Palladio. « María Kodama intentó realizarlo en varias ciudades europeas, pero era un proyecto muy complejo», explica a ABC Renata Codello, arquitecta y secretaria general de la Fundación Giorgio Cini , que acoge el laberinto. La primera complejidad es que el laberinto debía poder ‘leerse’ desde una terraza, y la segunda, que debía ser vegetal y no de piedra, lo que dificultaba fijar su recorrido con el paso del tiempo.Para cumplir la primera condición, hubo que esperar al año 2007, cuando fue transformado un antiguo dormitorio benedictino de 128 metros de largo en la biblioteca de la fundación, en la isla de San Giorgio. Sus ventanas asomaban hacia el solar donde se alzaría el futuro laberinto. «Era un espacio prácticamente inutilizado, que fue depósito de material bélico durante la guerra y que antes había sido un huerto medicinal. Esa idea del ‘lugar que cura’ nos parecía ya muy sugerente », recuerda la arquitecta.Localizar el lugar adecuado fue casi tan complicado como resolver la cuestión de plantar un jardín en la laguna. « En Venecia las raíces no profundizan, se expanden , y por eso hubo que construir una estructura de grandes vasijas para protegerlas, regarlas y conservar el dibujo, lo que es complejísimo», asegura Codello. En 2019, ocho años después de su inauguración, la marea inundó parte del laberinto con 40 cm de agua salada, y aunque lavaron las plantas con agua dulce, muchas quedaron dañadas. Ahora, como gesto por los 40 años del fallecimiento de Borges, el programa de mecenazgo de PwC Italia ha cubierto gran parte de su restauración . «Nos llena de orgullo poder dar nueva vida a un lugar tan querido y tan emblemático», asegura Giovanni Andrea Toselli, presidente de PwC Italia.Proceso de restauración y diseñoRenata Codello explica que al tratarse de un jardín, «el proceso de restauración ha cuestionado los métodos habituales usados con obras inertes». «Fue como restaurar un mosaico con teselas desgastadas. Había que encontrar plantas grandes que encajaran en su rígida geometría» , recuerda. «Cuando llegaron, primero extrajimos las plantas muertas sin dañar las raíces de las vivas, y luego plantamos las nuevas y esperamos a que se adaptaran. Algunas no arraigaron y hubo que reemplazarlas de nuevo», describe con paciencia. Ahora el resultado es espectacular. Está formado por 3.250 plantas de boj . Mientras que los setos miden 40 cm de ancho y 75 de alto, los pasillos miden también 75 cm de ancho. El recorrido es de 1.150 metros si no te pierdes, pero se convierte en más de 1.750 metros si te pierdes o te dejas llevar por sus vueltas. Además, se ha instalado un mapa táctil que reproduce y explica el laberinto, y ayuda a memorizar el recorrido antes de entrar en él. Aunque lo mejor es apuntarse a una visita guiada para sacarle todo el partido posible. El diseñador de su trazado tiene también una historia borgiana. Se trataba de Randoll Coate (1909-2005). Era un diplomático británico que trabó amistad con Borges y que cuando se jubiló dio rienda suelta a la pasión de diseñar laberintos. Inspirándose en el cuento ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’ , que el argentino escribió en 1941, imaginó «un laberinto de laberintos». No pudo verlo realizado hasta 2003, diecisiete años después de la muerte del escritor. Lo construyó en San Rafael (Argentina). Años después del fallecimiento del propio Coate, la Fundación Giorgio Cini retomó ese mismo diseño para hacer el laberinto de Venecia, concluido en 2011.«Cada visitante encuentra un indicio en el que se reconoce, en el que se pierde o en el que vuelve a encontrarse» Renata Codello Arquitecta y secretaria general de la Fundación Giorgio Cini«Estamos acostumbrados a pensar que las grandes arquitecturas del pasado ya contienen todos los significados posibles y, sin embargo, esta obra contemporánea es capaz de añadir otros», subraya Renata Codello mientras mira el laberinto que considera «una obra de arte extraordinaria» . Asegura convencida que en él aprendemos a «detenernos a escuchar el espacio» y que «cada visitante encuentra un indicio en el que se reconoce, en el que se pierde o en el que vuelve a encontrarse». «Solemos preocuparnos por ‘llegar al final’ del laberinto pero éste nos enseña a apreciar la riqueza del recorrido, la riqueza literaria, la riqueza del cuidado, la vitalidad del lugar, la riqueza que golpea todos los sentidos», reconoce.El escritor argentino consideraba el laberinto como metáfora de la complejidad del universo y de la condición humana , pero era también una imagen de esperanza, pues al haber sido diseñado por alguien, esconde siempre una lógica interna que permite encontrar la salida. El secreto de los laberintos no es llegar al final sin perderse, sino aprender a volver a encontrarse. Lo han restaurado y abierto al público para custodiar esa memoria. Hay un libro en Venecia que solo se puede leer caminando. Se trata del laberinto dedicado a Jorge Luis Borges en la isla de San Giorgio Maggiore , que acaba de recuperar su trazado original tras una restauración que coincide con los 40 años de la muerte del escritor argentino. Construido en 2011, cuando se cumplían 25 años del fallecimiento de Borges, fue idea de su viuda, María Kodama , para quien Venecia era, en sí misma, «un laberinto de sutil complejidad y delicadeza».El laberinto vegetal, con forma de libro abierto, está enmarcado en dos filas de cipreses . Sus setos de boj componen de un modo perfecto el nombre del escritor argentino y las iniciales de su esposa junto a símbolos de sus obras como un reloj de arena o un bastón. Está situado a la sombra de un antiguo monasterio benedictino cuyo claustro fue diseñado por Andrea Palladio. « María Kodama intentó realizarlo en varias ciudades europeas, pero era un proyecto muy complejo», explica a ABC Renata Codello, arquitecta y secretaria general de la Fundación Giorgio Cini , que acoge el laberinto. La primera complejidad es que el laberinto debía poder ‘leerse’ desde una terraza, y la segunda, que debía ser vegetal y no de piedra, lo que dificultaba fijar su recorrido con el paso del tiempo.Para cumplir la primera condición, hubo que esperar al año 2007, cuando fue transformado un antiguo dormitorio benedictino de 128 metros de largo en la biblioteca de la fundación, en la isla de San Giorgio. Sus ventanas asomaban hacia el solar donde se alzaría el futuro laberinto. «Era un espacio prácticamente inutilizado, que fue depósito de material bélico durante la guerra y que antes había sido un huerto medicinal. Esa idea del ‘lugar que cura’ nos parecía ya muy sugerente », recuerda la arquitecta.Localizar el lugar adecuado fue casi tan complicado como resolver la cuestión de plantar un jardín en la laguna. « En Venecia las raíces no profundizan, se expanden , y por eso hubo que construir una estructura de grandes vasijas para protegerlas, regarlas y conservar el dibujo, lo que es complejísimo», asegura Codello. En 2019, ocho años después de su inauguración, la marea inundó parte del laberinto con 40 cm de agua salada, y aunque lavaron las plantas con agua dulce, muchas quedaron dañadas. Ahora, como gesto por los 40 años del fallecimiento de Borges, el programa de mecenazgo de PwC Italia ha cubierto gran parte de su restauración . «Nos llena de orgullo poder dar nueva vida a un lugar tan querido y tan emblemático», asegura Giovanni Andrea Toselli, presidente de PwC Italia.Proceso de restauración y diseñoRenata Codello explica que al tratarse de un jardín, «el proceso de restauración ha cuestionado los métodos habituales usados con obras inertes». «Fue como restaurar un mosaico con teselas desgastadas. Había que encontrar plantas grandes que encajaran en su rígida geometría» , recuerda. «Cuando llegaron, primero extrajimos las plantas muertas sin dañar las raíces de las vivas, y luego plantamos las nuevas y esperamos a que se adaptaran. Algunas no arraigaron y hubo que reemplazarlas de nuevo», describe con paciencia. Ahora el resultado es espectacular. Está formado por 3.250 plantas de boj . Mientras que los setos miden 40 cm de ancho y 75 de alto, los pasillos miden también 75 cm de ancho. El recorrido es de 1.150 metros si no te pierdes, pero se convierte en más de 1.750 metros si te pierdes o te dejas llevar por sus vueltas. Además, se ha instalado un mapa táctil que reproduce y explica el laberinto, y ayuda a memorizar el recorrido antes de entrar en él. Aunque lo mejor es apuntarse a una visita guiada para sacarle todo el partido posible. El diseñador de su trazado tiene también una historia borgiana. Se trataba de Randoll Coate (1909-2005). Era un diplomático británico que trabó amistad con Borges y que cuando se jubiló dio rienda suelta a la pasión de diseñar laberintos. Inspirándose en el cuento ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’ , que el argentino escribió en 1941, imaginó «un laberinto de laberintos». No pudo verlo realizado hasta 2003, diecisiete años después de la muerte del escritor. Lo construyó en San Rafael (Argentina). Años después del fallecimiento del propio Coate, la Fundación Giorgio Cini retomó ese mismo diseño para hacer el laberinto de Venecia, concluido en 2011.«Cada visitante encuentra un indicio en el que se reconoce, en el que se pierde o en el que vuelve a encontrarse» Renata Codello Arquitecta y secretaria general de la Fundación Giorgio Cini«Estamos acostumbrados a pensar que las grandes arquitecturas del pasado ya contienen todos los significados posibles y, sin embargo, esta obra contemporánea es capaz de añadir otros», subraya Renata Codello mientras mira el laberinto que considera «una obra de arte extraordinaria» . Asegura convencida que en él aprendemos a «detenernos a escuchar el espacio» y que «cada visitante encuentra un indicio en el que se reconoce, en el que se pierde o en el que vuelve a encontrarse». «Solemos preocuparnos por ‘llegar al final’ del laberinto pero éste nos enseña a apreciar la riqueza del recorrido, la riqueza literaria, la riqueza del cuidado, la vitalidad del lugar, la riqueza que golpea todos los sentidos», reconoce.El escritor argentino consideraba el laberinto como metáfora de la complejidad del universo y de la condición humana , pero era también una imagen de esperanza, pues al haber sido diseñado por alguien, esconde siempre una lógica interna que permite encontrar la salida. El secreto de los laberintos no es llegar al final sin perderse, sino aprender a volver a encontrarse. Lo han restaurado y abierto al público para custodiar esa memoria.
Hay un libro en Venecia que solo se puede leer caminando. Se trata del laberinto dedicado a Jorge Luis Borges en la isla de San Giorgio Maggiore, que acaba de recuperar su trazado original tras una restauración que coincide con los 40 años de … la muerte del escritor argentino. Construido en 2011, cuando se cumplían 25 años del fallecimiento de Borges, fue idea de su viuda, María Kodama, para quien Venecia era, en sí misma, «un laberinto de sutil complejidad y delicadeza».
El laberinto vegetal, con forma de libro abierto, está enmarcado en dos filas de cipreses. Sus setos de boj componen de un modo perfecto el nombre del escritor argentino y las iniciales de su esposa junto a símbolos de sus obras como un reloj de arena o un bastón. Está situado a la sombra de un antiguo monasterio benedictino cuyo claustro fue diseñado por Andrea Palladio.
«María Kodama intentó realizarlo en varias ciudades europeas, pero era un proyecto muy complejo», explica a ABC Renata Codello, arquitecta y secretaria general de la Fundación Giorgio Cini, que acoge el laberinto. La primera complejidad es que el laberinto debía poder ‘leerse’ desde una terraza, y la segunda, que debía ser vegetal y no de piedra, lo que dificultaba fijar su recorrido con el paso del tiempo.
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Alejandra Santisteban Guiu
Para cumplir la primera condición, hubo que esperar al año 2007, cuando fue transformado un antiguo dormitorio benedictino de 128 metros de largo en la biblioteca de la fundación, en la isla de San Giorgio. Sus ventanas asomaban hacia el solar donde se alzaría el futuro laberinto. «Era un espacio prácticamente inutilizado, que fue depósito de material bélico durante la guerra y que antes había sido un huerto medicinal. Esa idea del ‘lugar que cura’ nos parecía ya muy sugerente», recuerda la arquitecta.
Localizar el lugar adecuado fue casi tan complicado como resolver la cuestión de plantar un jardín en la laguna. «En Venecia las raíces no profundizan, se expanden, y por eso hubo que construir una estructura de grandes vasijas para protegerlas, regarlas y conservar el dibujo, lo que es complejísimo», asegura Codello.
En 2019, ocho años después de su inauguración, la marea inundó parte del laberinto con 40 cm de agua salada, y aunque lavaron las plantas con agua dulce, muchas quedaron dañadas. Ahora, como gesto por los 40 años del fallecimiento de Borges, el programa de mecenazgo de PwC Italia ha cubierto gran parte de su restauración. «Nos llena de orgullo poder dar nueva vida a un lugar tan querido y tan emblemático», asegura Giovanni Andrea Toselli, presidente de PwC Italia.
Proceso de restauración y diseño
Renata Codello explica que al tratarse de un jardín, «el proceso de restauración ha cuestionado los métodos habituales usados con obras inertes». «Fue como restaurar un mosaico con teselas desgastadas. Había que encontrar plantas grandes que encajaran en su rígida geometría», recuerda. «Cuando llegaron, primero extrajimos las plantas muertas sin dañar las raíces de las vivas, y luego plantamos las nuevas y esperamos a que se adaptaran. Algunas no arraigaron y hubo que reemplazarlas de nuevo», describe con paciencia.
Ahora el resultado es espectacular. Está formado por 3.250 plantas de boj. Mientras que los setos miden 40 cm de ancho y 75 de alto, los pasillos miden también 75 cm de ancho. El recorrido es de 1.150 metros si no te pierdes, pero se convierte en más de 1.750 metros si te pierdes o te dejas llevar por sus vueltas. Además, se ha instalado un mapa táctil que reproduce y explica el laberinto, y ayuda a memorizar el recorrido antes de entrar en él. Aunque lo mejor es apuntarse a una visita guiada para sacarle todo el partido posible.
El diseñador de su trazado tiene también una historia borgiana. Se trataba de Randoll Coate (1909-2005). Era un diplomático británico que trabó amistad con Borges y que cuando se jubiló dio rienda suelta a la pasión de diseñar laberintos. Inspirándose en el cuento ‘El jardín de los senderos que se bifurcan’, que el argentino escribió en 1941, imaginó «un laberinto de laberintos». No pudo verlo realizado hasta 2003, diecisiete años después de la muerte del escritor. Lo construyó en San Rafael (Argentina). Años después del fallecimiento del propio Coate, la Fundación Giorgio Cini retomó ese mismo diseño para hacer el laberinto de Venecia, concluido en 2011.
«Cada visitante encuentra un indicio en el que se reconoce, en el que se pierde o en el que vuelve a encontrarse»
Renata Codello
Arquitecta y secretaria general de la Fundación Giorgio Cini
«Estamos acostumbrados a pensar que las grandes arquitecturas del pasado ya contienen todos los significados posibles y, sin embargo, esta obra contemporánea es capaz de añadir otros», subraya Renata Codello mientras mira el laberinto que considera «una obra de arte extraordinaria». Asegura convencida que en él aprendemos a «detenernos a escuchar el espacio» y que «cada visitante encuentra un indicio en el que se reconoce, en el que se pierde o en el que vuelve a encontrarse». «Solemos preocuparnos por ‘llegar al final’ del laberinto pero éste nos enseña a apreciar la riqueza del recorrido, la riqueza literaria, la riqueza del cuidado, la vitalidad del lugar, la riqueza que golpea todos los sentidos», reconoce.
El escritor argentino consideraba el laberinto como metáfora de la complejidad del universo y de la condición humana, pero era también una imagen de esperanza, pues al haber sido diseñado por alguien, esconde siempre una lógica interna que permite encontrar la salida. El secreto de los laberintos no es llegar al final sin perderse, sino aprender a volver a encontrarse. Lo han restaurado y abierto al público para custodiar esa memoria.
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