Viene a ser una de las máximas virtudes en el toreo el hecho de tener embroque, uno propio, conste, que te defina, algo así como la firma, la rúbrica última y primera de tu impronta. Fueron los toreros de la llamada ‘edad de plata’ los que lo trajeron, pues si es cierto que ya don Juan Belmonte (e intuyo que antes Antonio Montes) nos marca el camino, es con Joaquín Rodríguez ‘Cagancho’ cuando el embroque se humaniza, en esa unión de toro y torero en el momento exacto donde el diestro manda sobre la res, y le da su cuerpo en ese cargar la suerte, cuando el peligro acecha. A su vez, Curro Puya viene a traer su embroque propio, en un arrebujarse con las manos bajas que marcaría un antes y un después del toreo a la verónica. Y como aquí, en las cosas del arte no manda nadie. Se puede decir que ha habido infinidad de figuras del toreo que carecen de eso mismo, de embroque propio. Por ello Manolete tuvo mayor impronta que muchos, pues si bien es cierto que ni se cruzaba ni cargaba la suerte en ese echarle la pata alante, sí que en su toreo en línea posee embroque, y es de tal personalidad que resulta inequívocamente él, Manolete a solas. Y en otra versión más amparada en la gracia del gesto como gesta hay que mencionar a Chicuelo, y claro está a Pepe Luis Vázquez, padre e hijo, y a Antonio Bienvenida, todos con la naturalidad de acompañar, sí, pero en ese acompañar que somete. El embroque castellano lo asimilamos a Domingo Ortega, que si bien carente de ángel, sí que andaba sobrado de sabiduría; el de Chenel, el de El Viti, el de Camino… semejantes por clásicos. Y en un embroque más profundo, haciendo quintaesencia de esta cuestión cuasi milagrosa, están Ordoñez, Romero y Paula, cada cual con su embrujo, pues lo que en el de Ronda pudiera ser frío, en el de Camas y en el de Jerez resultaba ardiente fogosidad. A día de hoy podemos nombrar a Morante, a Ortega y a Aguado, si bien no me olvido de José Tomas, cada cual a su visión de ser. Viene a ser una de las máximas virtudes en el toreo el hecho de tener embroque, uno propio, conste, que te defina, algo así como la firma, la rúbrica última y primera de tu impronta. Fueron los toreros de la llamada ‘edad de plata’ los que lo trajeron, pues si es cierto que ya don Juan Belmonte (e intuyo que antes Antonio Montes) nos marca el camino, es con Joaquín Rodríguez ‘Cagancho’ cuando el embroque se humaniza, en esa unión de toro y torero en el momento exacto donde el diestro manda sobre la res, y le da su cuerpo en ese cargar la suerte, cuando el peligro acecha. A su vez, Curro Puya viene a traer su embroque propio, en un arrebujarse con las manos bajas que marcaría un antes y un después del toreo a la verónica. Y como aquí, en las cosas del arte no manda nadie. Se puede decir que ha habido infinidad de figuras del toreo que carecen de eso mismo, de embroque propio. Por ello Manolete tuvo mayor impronta que muchos, pues si bien es cierto que ni se cruzaba ni cargaba la suerte en ese echarle la pata alante, sí que en su toreo en línea posee embroque, y es de tal personalidad que resulta inequívocamente él, Manolete a solas. Y en otra versión más amparada en la gracia del gesto como gesta hay que mencionar a Chicuelo, y claro está a Pepe Luis Vázquez, padre e hijo, y a Antonio Bienvenida, todos con la naturalidad de acompañar, sí, pero en ese acompañar que somete. El embroque castellano lo asimilamos a Domingo Ortega, que si bien carente de ángel, sí que andaba sobrado de sabiduría; el de Chenel, el de El Viti, el de Camino… semejantes por clásicos. Y en un embroque más profundo, haciendo quintaesencia de esta cuestión cuasi milagrosa, están Ordoñez, Romero y Paula, cada cual con su embrujo, pues lo que en el de Ronda pudiera ser frío, en el de Camas y en el de Jerez resultaba ardiente fogosidad. A día de hoy podemos nombrar a Morante, a Ortega y a Aguado, si bien no me olvido de José Tomas, cada cual a su visión de ser.
Jesús Soto de Paula
Viene a ser una de las máximas virtudes en el toreo el hecho de tener embroque, uno propio, conste, que te defina, algo así como la firma, la rúbrica última y primera de tu impronta. Fueron los toreros de la llamada ‘edad de plata’ los … que lo trajeron, pues si es cierto que ya don Juan Belmonte (e intuyo que antes Antonio Montes) nos marca el camino, es con Joaquín Rodríguez ‘Cagancho’ cuando el embroque se humaniza, en esa unión de toro y torero en el momento exacto donde el diestro manda sobre la res, y le da su cuerpo en ese cargar la suerte, cuando el peligro acecha. A su vez, Curro Puya viene a traer su embroque propio, en un arrebujarse con las manos bajas que marcaría un antes y un después del toreo a la verónica. Y como aquí, en las cosas del arte no manda nadie. Se puede decir que ha habido infinidad de figuras del toreo que carecen de eso mismo, de embroque propio. Por ello Manolete tuvo mayor impronta que muchos, pues si bien es cierto que ni se cruzaba ni cargaba la suerte en ese echarle la pata alante, sí que en su toreo en línea posee embroque, y es de tal personalidad que resulta inequívocamente él, Manolete a solas. Y en otra versión más amparada en la gracia del gesto como gesta hay que mencionar a Chicuelo, y claro está a Pepe Luis Vázquez, padre e hijo, y a Antonio Bienvenida, todos con la naturalidad de acompañar, sí, pero en ese acompañar que somete. El embroque castellano lo asimilamos a Domingo Ortega, que si bien carente de ángel, sí que andaba sobrado de sabiduría; el de Chenel, el de El Viti, el de Camino… semejantes por clásicos. Y en un embroque más profundo, haciendo quintaesencia de esta cuestión cuasi milagrosa, están Ordoñez, Romero y Paula, cada cual con su embrujo, pues lo que en el de Ronda pudiera ser frío, en el de Camas y en el de Jerez resultaba ardiente fogosidad. A día de hoy podemos nombrar a Morante, a Ortega y a Aguado, si bien no me olvido de José Tomas, cada cual a su visión de ser.
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