«Solo creo en un milagro: se llama Rafael de Paula». Lo dijo Bergamín del genio que guardaba el misterio entero en sus yemas. Apenas veinte kilómetros separaban su barrio de Santiago de la Plaza Real, llena hasta el tejadillo. Rebosaba, vibraba, esperaba… Era la cuarta cita de Morante, el torero que bebió en las fuentes del paulismo. De ese Rafael belmontista hasta la médula, pero admirador del coloso de Gelves, el del azulejo de la famosa sentencia, que esta temporada de verano se quedó pequeña. Porque quien no ha visto este año a José Antonio en El Puerto no sabe lo que es una tarde de toros. ¡Bendita locura! ¡Bendita expectación! Era la cuarta, la de esos lances definitivos en su póquer de ‘No hay billetes’ soñados por Zúñiga, pero sin ese triunfo rotundo tan deseado. Tampoco pudo ser en la última, con el peor lote -cómo no-, pero impartiendo de nuevo la clase más valiosa. La gloria fue, sin embargo, para Borja Jiménez y David de Miranda, aupados a hombros con los mejores toros y alguna oreja generosilla.Enfundado en el vestido de Resurrección, el negro con azabache cristalizado, se citó con la afición. Manso de solemnidad el primero, en el que ahondó en verónicas de más intención que limpieza por el punteo del animal, con una media inmensa. Ración y media de capotazos de Domínguez se llevó Espléndido, que de su nombre tenía poco. Sabía lo que se dejaba detrás, con un pitón izquierdo por el que desparramaba la vista, con miraditas nada agradables. Descaradamente se piró a su querencia en el inicio de faena, pero el cigarrero lo sostuvo con capaz maestría entre las rayas mientras intercalaba ambos lados sin importarle la condición del astado salmantino, que al menos obedecía a los toques. Atalonado y vertical Morante, con pases de pecho silabeados, con hondura. En las distancias cortas, pasándoselo muy cerca, con un valor tremendísimo en su aguante con la zocata. A la primera lo cazó, que no era fácil, y paseó un trofeo. Se esperaba el milagro en el cuarto, pero no fue… Cuesta arriba y de abanto comportamiento, para no llevar la contraria a sus hermanos. De la grácil belleza de sus chicuelinas se pasó al horror en el derribo al piquero, con el pitón de Volador merodeando el cuello del caballo, ileso por fortuna. Aquella escena acongojó al graderío, que contempló luego el aplomo morantista, pisando el sitio de la verdad, el sitio del ‘ay’ con el muletazo del ‘bieenn’, pues el deslucidísimo animal no daba para el ‘ooole.’ Ni un cuarto de recorrido tenía el de Matilla, con el que no se alargó. Ni para un análisis picaron al segundo, que no quería jaco. Presto al quite estuvo en el tercio de banderillas el director de lidia, siempre pendiente. Borja, tras un intenso y fenomenal prólogo, se atacó, con más garra que templanza por ese importante pitón izquierdo de Principal, un gran ejemplar con el que no terminó de acoplarse. Más disposición que fuste tuvo la faena, premiada con una oreja. Se creció el de Espartinas en el noble quinto, con una colosal y variada bienvenida capotera. ¡Extraordinaria! En pie los tendidos y en pie la música. Un alboroto, que continuó en las chicuelinas del quite, abrochado con una larga -larguísima- a una mano. Tras un trébol de pendulares, se asentó sobre la derecha, mucho más reposado, sintiéndose bajo las notas del Concierto de Aranjuez con un Gestor de mejor condición que poder, al que no se le podía apretar demasiado por abajo. Emotiva su obra y de gala la ovación a la banda antes de la cruz -otra vez- de su espada, que no frenó el galardón que lo aupaba en volandas. «¡Torero, torero!», coreaban en la vuelta al ruedo. Tocaron palmas por Huelva antes del turno de David de Miranda, con delicados delantales ante un tercero en el que se atisbaba más clase que fortaleza, más nobleza que casta. De bárbara ajuste el quite por saltilleras, quieto como un poste de la luz de alta tensión. Brindó a los tendidos -con muchos onubenses- y se postró de hinojos en una apertura a dos manos. ¡Cómo aguantó en el último! Por los pelos se libró. Vertical y suave su labor, sin terminar de bajar la mano para no desfondar a Vecino, que se fue apagando, ya sin apenas gas en el soberano arrimón. Su aquilatado valor lo expuso hasta las bernadinas finales. La estocada sumó puntos para la doble pañolada. El Puerto de Santa María Plaza Real Domingo, 9 de agosto de 2026. Última corrida de la temporada de verano. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Hermanos García Jiménez, desiguales de presencia y de variado juego. Morante de la Puebla, de azabache y pedrería cristalina: estocada trasera (oreja); pinchazo, otro hondo y descabello (saludos). Borja Jiménez, de celeste y oro: pinchazo y estocada desprendida y perpendicular (oreja); pinchazo y otro hondo (oreja). David de Miranda, de teja y oro: estocada tendida (dos orejas); estocada caída (oreja).Otro premio logró del sexto, con un pitón izquierdo por el que colocaba la cara, que era también la mano de Miranda, y más costoso a estribor en una desigual faena, como la corrida de Matilla. Soberbio fue el prólogo rodilla en tierra, abriendo los caminos de Venturoso, que volteó duramente a Pereira con los palos. El de Trigueros brindó a Morante, artífice principal de los cuatro históricos reventones de su inolvidable temporada de verano portuense. En el recuerdo, también, la huella de Aguado y su lujosa naturalidad. «Solo creo en un milagro: se llama Rafael de Paula». Lo dijo Bergamín del genio que guardaba el misterio entero en sus yemas. Apenas veinte kilómetros separaban su barrio de Santiago de la Plaza Real, llena hasta el tejadillo. Rebosaba, vibraba, esperaba… Era la cuarta cita de Morante, el torero que bebió en las fuentes del paulismo. De ese Rafael belmontista hasta la médula, pero admirador del coloso de Gelves, el del azulejo de la famosa sentencia, que esta temporada de verano se quedó pequeña. Porque quien no ha visto este año a José Antonio en El Puerto no sabe lo que es una tarde de toros. ¡Bendita locura! ¡Bendita expectación! Era la cuarta, la de esos lances definitivos en su póquer de ‘No hay billetes’ soñados por Zúñiga, pero sin ese triunfo rotundo tan deseado. Tampoco pudo ser en la última, con el peor lote -cómo no-, pero impartiendo de nuevo la clase más valiosa. La gloria fue, sin embargo, para Borja Jiménez y David de Miranda, aupados a hombros con los mejores toros y alguna oreja generosilla.Enfundado en el vestido de Resurrección, el negro con azabache cristalizado, se citó con la afición. Manso de solemnidad el primero, en el que ahondó en verónicas de más intención que limpieza por el punteo del animal, con una media inmensa. Ración y media de capotazos de Domínguez se llevó Espléndido, que de su nombre tenía poco. Sabía lo que se dejaba detrás, con un pitón izquierdo por el que desparramaba la vista, con miraditas nada agradables. Descaradamente se piró a su querencia en el inicio de faena, pero el cigarrero lo sostuvo con capaz maestría entre las rayas mientras intercalaba ambos lados sin importarle la condición del astado salmantino, que al menos obedecía a los toques. Atalonado y vertical Morante, con pases de pecho silabeados, con hondura. En las distancias cortas, pasándoselo muy cerca, con un valor tremendísimo en su aguante con la zocata. A la primera lo cazó, que no era fácil, y paseó un trofeo. Se esperaba el milagro en el cuarto, pero no fue… Cuesta arriba y de abanto comportamiento, para no llevar la contraria a sus hermanos. De la grácil belleza de sus chicuelinas se pasó al horror en el derribo al piquero, con el pitón de Volador merodeando el cuello del caballo, ileso por fortuna. Aquella escena acongojó al graderío, que contempló luego el aplomo morantista, pisando el sitio de la verdad, el sitio del ‘ay’ con el muletazo del ‘bieenn’, pues el deslucidísimo animal no daba para el ‘ooole.’ Ni un cuarto de recorrido tenía el de Matilla, con el que no se alargó. Ni para un análisis picaron al segundo, que no quería jaco. Presto al quite estuvo en el tercio de banderillas el director de lidia, siempre pendiente. Borja, tras un intenso y fenomenal prólogo, se atacó, con más garra que templanza por ese importante pitón izquierdo de Principal, un gran ejemplar con el que no terminó de acoplarse. Más disposición que fuste tuvo la faena, premiada con una oreja. Se creció el de Espartinas en el noble quinto, con una colosal y variada bienvenida capotera. ¡Extraordinaria! En pie los tendidos y en pie la música. Un alboroto, que continuó en las chicuelinas del quite, abrochado con una larga -larguísima- a una mano. Tras un trébol de pendulares, se asentó sobre la derecha, mucho más reposado, sintiéndose bajo las notas del Concierto de Aranjuez con un Gestor de mejor condición que poder, al que no se le podía apretar demasiado por abajo. Emotiva su obra y de gala la ovación a la banda antes de la cruz -otra vez- de su espada, que no frenó el galardón que lo aupaba en volandas. «¡Torero, torero!», coreaban en la vuelta al ruedo. Tocaron palmas por Huelva antes del turno de David de Miranda, con delicados delantales ante un tercero en el que se atisbaba más clase que fortaleza, más nobleza que casta. De bárbara ajuste el quite por saltilleras, quieto como un poste de la luz de alta tensión. Brindó a los tendidos -con muchos onubenses- y se postró de hinojos en una apertura a dos manos. ¡Cómo aguantó en el último! Por los pelos se libró. Vertical y suave su labor, sin terminar de bajar la mano para no desfondar a Vecino, que se fue apagando, ya sin apenas gas en el soberano arrimón. Su aquilatado valor lo expuso hasta las bernadinas finales. La estocada sumó puntos para la doble pañolada. El Puerto de Santa María Plaza Real Domingo, 9 de agosto de 2026. Última corrida de la temporada de verano. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Hermanos García Jiménez, desiguales de presencia y de variado juego. Morante de la Puebla, de azabache y pedrería cristalina: estocada trasera (oreja); pinchazo, otro hondo y descabello (saludos). Borja Jiménez, de celeste y oro: pinchazo y estocada desprendida y perpendicular (oreja); pinchazo y otro hondo (oreja). David de Miranda, de teja y oro: estocada tendida (dos orejas); estocada caída (oreja).Otro premio logró del sexto, con un pitón izquierdo por el que colocaba la cara, que era también la mano de Miranda, y más costoso a estribor en una desigual faena, como la corrida de Matilla. Soberbio fue el prólogo rodilla en tierra, abriendo los caminos de Venturoso, que volteó duramente a Pereira con los palos. El de Trigueros brindó a Morante, artífice principal de los cuatro históricos reventones de su inolvidable temporada de verano portuense. En el recuerdo, también, la huella de Aguado y su lujosa naturalidad.
«Solo creo en un milagro: se llama Rafael de Paula». Lo dijo Bergamín del genio que guardaba el misterio entero en sus yemas. Apenas veinte kilómetros separaban su barrio de Santiago de la Plaza Real, llena hasta el tejadillo. Rebosaba, vibraba, esperaba… Era la … cuarta cita de Morante, el torero que bebió en las fuentes del paulismo. De ese Rafael belmontista hasta la médula, pero admirador del coloso de Gelves, el del azulejo de la famosa sentencia, que esta temporada de verano se quedó pequeña. Porque quien no ha visto este año a José Antonio en El Puerto no sabe lo que es una tarde de toros. ¡Bendita locura! ¡Bendita expectación! Era la cuarta, la de esos lances definitivos en su póquer de ‘No hay billetes’ soñados por Zúñiga, pero sin ese triunfo rotundo tan deseado. Tampoco pudo ser en la última, con el peor lote -cómo no-, pero impartiendo de nuevo la leción mayor, la clase más valiosa. La gloria fue, sin embargo, para Borja Jiménez y David de Miranda, aupados a hombros con los mejores toros y alguna oreja generosilla.
Enfundado en el vestido de Resurrección, el negro con azabache cristalizado, se citó con la afición. Manso de solemnidad el primero, en el que ahondó en verónicas de más intención que limpieza por el punteo del animal, con una media inmensa. Ración y media de capotazos de Domínguez se llevó Espléndido, que de su nombre tenía poco. Sabía lo que se dejaba detrás, con un pitón izquierdo por el que desparramaba la vista, con miraditas nada agradables. Descaradamente se piró a su querencia en el inicio de faena, pero el cigarrero lo sostuvo con capaz maestría entre las rayas mientras intercalaba ambos lados sin importarle la condición del astado salmantino, que al menos obedecía a los toques. Atalonado y vertical Morante, con pases de pecho silabeados, con hondura. En las distancias cortas, pasándoselo muy cerca, con un valor tremendísimo en su aguante con la zocata. A la primera lo cazó, que no era fácil, y paseó un trofeo.
Se esperaba el milagro en el cuarto, pero no fue… Cuesta arriba y de abanto comportamiento, para no llevar la contraria a sus hermanos. De la grácil belleza de sus chicuelinas se pasó al horror en el derribo al piquero, con el pitón de Volador merodeando el cuello del caballo, ileso por fortuna. Aquella escena acongojó al graderío, que contempló luego el aplomo morantista, pisando el sitio de la verdad, el sitio del ‘ay’ con el muletazo del ‘bieenn’, pues el deslucidísimo animal no daba para el ‘ooole.’ Ni un cuarto de recorrido tenía el de Matilla, con el que no se alargó.
Ni para un análisis picaron al segundo, que no quería jaco. Presto al quite estuvo en el tercio de banderillas el director de lidia, siempre pendiente. Borja, tras un intenso y fenomenal prólogo, se atacó, con más garra que templanza por ese importante pitón izquierdo de Principal, un gran ejemplar con el que no terminó de acoplarse. Más disposición que fuste tuvo la faena, premiada con una oreja. Se creció el de Espartinas en el noble quinto, con una colosal y variada bienvenida capotera. ¡Extraordinaria! En pie los tendidos y en pie la música. Un alboroto, que continuó en las chicuelinas del quite, abrochado con una larga -larguísima- a una mano. Tras un trébol de pendulares, se asentó sobre la derecha, mucho más reposado, sintiéndose bajo las notas del Concierto de Aranjuez con un Gestor de mejor condición que poder, al que no se le podía apretar demasiado por abajo. Emotiva su obra y de gala la ovación a la banda antes de la cruz -otra vez- de su espada, que no frenó el galardón que lo aupaba en volandas. «¡Torero, torero!», coreaban en la vuelta al ruedo.
Tocaron palmas por Huelva antes del turno de David de Miranda, con delicados delantales ante un tercero en el que se atisbaba más clase que fortaleza, más nobleza que casta. De bárbara ajuste el quite por saltilleras, quieto como un poste de la luz de alta tensión. Brindó a los tendidos -con muchos onubenses- y se postró de hinojos en una apertura a dos manos. ¡Cómo aguantó en el último! Por los pelos se libró. Vertical y suave su labor, sin terminar de bajar la mano para no desfondar a Vecino, que se fue apagando, ya sin apenas gas en el soberano arrimón. Su aquilatado valor lo expuso hasta las bernadinas finales. La estocada sumó puntos para la doble pañolada.
El Puerto de Santa María
-
Plaza Real
Domingo, 9 de agosto de 2026. Última corrida de la temporada de verano. Cartel de ‘No hay billetes’. Toros de Hermanos García Jiménez, desiguales de presencia y de variado juego.
-
Morante de la Puebla,
de azabache y pedrería cristalina: estocada trasera (oreja); pinchazo, otro hondo y descabello (saludos). -
Borja Jiménez,
de celeste y oro: pinchazo y estocada desprendida y perpendicular (oreja); pinchazo y otro hondo (oreja). -
David de Miranda,
de teja y oro: estocada tendida (dos orejas); estocada caída (oreja).
-
Otro premio logró del sexto, con un pitón izquierdo por el que colocaba la cara, que era también la mano de Miranda, y más costoso a estribor en una desigual faena, como la corrida de Matilla. Soberbio fue el prólogo rodilla en tierra, abriendo los caminos de Venturoso, que volteó duramente a Pereira con los palos. El de Trigueros brindó a Morante, artífice principal de los cuatro históricos reventones de esta temporada de verano en la que ha dejado marcada su honda estela. En el recuerdo, también, la huella de Aguado y su lujosa naturalidad.
RSS de noticias de cultura
