Con los ojos clavados en el Orden del Día, un único punto, se acordó de cuando, de niños, tapaban los carteles de indicaciones a la playa. Cómo disfrutaban confundiendo a los turistas. Con la piel negra y llena de sal, trepaban entre los árboles y las rocas y rociaban con spray negro las indicaciones. Los conductores de coches alquilados se perdían. Aun así, ¿cómo era que los franceses y los alemanes encontraban siempre su recóndita calita? Siempre tampoco. Nadie supera a un local en conocimiento geográfico. Ventajas de nacer en un pueblo costero. Luego llegaron los GPS y, después, las Apps de localización. Ahí ya no hubo nada que hacer. Imposible borrar de ellas las playas y las calas.Sin apartar la mirada de la única frase de la página –le gustaba aprenderse de memoria los puntos del Orden del Día para ir más segura, pero esta vez no hacía falta–, pensó que igual aquellas pequeñas gamberradas, de las que la pandilla siempre se sintió tan orgullosa, no eran actos tan inocentes. ¿Y si todo había empezado ahí? Mareando turistas. Se quitó la idea de la cabeza. De nada servía culpar a su parte adolescente de lo que había sucedido. Había sido su parte adulta, su parte alcaldesa, la que había conducido al pueblo a esta situación. Ella, que dijo sí hace un año a la propuesta de la Asociación Turistas fuera de Bellaplaya. Ella y solo ella era la responsable.Reenvió el mail a todos los concejales y asociaciones –no hacía falta, todo el mundo sabía de qué iban a hablar– y cerró el ordenador. El Pleno se había convocado en el salón de plenos a las 9 de la noche. Era la hora estándar porque la mayoría de los concejales trabajaban, aunque este verano había muchos en paro. A ver si refrescaba, porque la reunión iba a ser larga y acalorada. Llegó antes para encender el aire acondicionado, pero sin excesos. Las facturas, a ver cómo pagaban las facturas con la que se les venía encima.También había quedado para hablar con el líder de la oposición. Juan era un tipo majo, en sus antípodas ideológicas, pero ¿qué es la ideología en un pueblo pequeño? Como ella, se culpaba por lo sucedido. Él también había votado sí a contratar aquel servicio. De hecho, todos los concejales lo hicieron. Votar sí –algunos por voto delegado–, e ignorar todas y cada una de las advertencias de la asociación de Hoteleros y Comerciantes del pueblo. Pero de nada servían ahora las culpas. Ni los lloros. La política, también la municipal, o sobre todo la municipal, significaba hacer cosas. O deshacer. Había convocado a la Policía Municipal, por lo que pudiera pasar. El pueblo estaba revuelto. Y desocupado, que era lo más preocupante. La Asociación Turistas fuera se había disuelto, pero todos sabían quienes eran. Había que evitar represalias. En el fondo, todos habían querido lo mejor para el pueblo. ¿Cómo iban a imaginar que esto podría pasar?Cuando, hacía un año, la empresa tecnológica que habían contratado les expuso el planteamiento de sus nuevos veranos, les pareció un sueño imposible. El gemelo digital de Bellaplaya, una vez aplicado el algoritmo corrector, era un sitio feliz. Sin aglomeraciones, sin saturación. Sin atascos. Sin colas en los parkings. Sin restaurantes atestados. Sin botellones nocturnos perennes. Solo había que trasladar su juego de niños al mundo digital. ¿Imposible? No, si tienes dinero para comprar el algoritmo. Y Bellaplaya lo tenía. Vaya si lo tenía. A espuertas. Doce meses atrás, mientras los concejales, bronceados y algunos aún con arena en la piel, votaban sí, el paseo marítimo del pueblo estaba a rebosar. La alcaldesa lo recordaba porque después del Pleno se fueron a celebrarlo. Brindaron por el acogedor futuro de Bellaplaya. Cuántas veces había rememorado ese momento. Lo hizo cuando en junio llamaron del primer hotel asustados: no llegaban reservas. También cuando en julio los dos chiringuitos de la playa urbana renunciaron a la concesión. No venía nadie. Más aún cuando comprobó que las listas del paro superaban todos los registros históricos de los peores inviernos. Pero, sobre todo, cuando escribió a la empresa a la que habían contratado para preguntarles qué estaba pasando y le contestaron con los términos que el Ayuntamiento había demandado: «Bellaplaya ya no aparece en los mapas». 100% de efectividad, le dijeron. Buscó el nombre del pueblo en Google Maps, pero Bellaplaya no aparecía. «Calas cercanas», tecleó. Le salieron las de los pueblos de alrededor.Necesitó un par de días para telefonear a la compañía y plantear revertir la situación. Como la otra vez, tardarían unos meses en desarrollar el nuevo algoritmo. Les pasarían el nuevo presupuesto en cuanto lo tuvieran. Mientras tanto, ¿qué le parecía contratar influencers? Hoy, iban a debatirlo entre todos. Sí, iban a solucionarlo. El pueblo que se confunde unido, rectifica unido.La alcaldesa encendió su micrófono y se puso de pie. No recordaba haber estado tan blanca ningún verano. No se había atrevido ni a pisar la playa. Como si la vida se le fuera en ese pleno, como si fuera su último acto de servicio al pueblo, impostó con fuerza su voz:– Queridos concejales y vecinos, arrancamos el Pleno de hoy con un único punto del día: Volver a poner Bellaplaya en los mapas digitales.Se hizo el silencio. Luego, murmullos. Nadie en aquella sala dudaba del momento histórico que estaban viviendo. Nadie se sentía libre de culpa. Fue entonces cuando una pareja de agentes de la Policía Nacional irrumpió en el Salón de Plenos.– Señora, queda usted detenida por usurpación de función pública.La alcaldesa tardó unos segundos en reaccionar. Miró a los agentes. Luego a Juan y al resto de concejales.– ¿Cómo?– Usurpación de función pública —repitió el agente—. Tiene derecho a guardar silencio y…– ¡Pero soy la alcaldesa!– Eso es precisamente lo que no consta.– ¿Cómo que no consta? Soy la alcaldesa de Bellaplaya.El policía le mostró la orden de detención:– Señora, Bellaplaya no existe. Con los ojos clavados en el Orden del Día, un único punto, se acordó de cuando, de niños, tapaban los carteles de indicaciones a la playa. Cómo disfrutaban confundiendo a los turistas. Con la piel negra y llena de sal, trepaban entre los árboles y las rocas y rociaban con spray negro las indicaciones. Los conductores de coches alquilados se perdían. Aun así, ¿cómo era que los franceses y los alemanes encontraban siempre su recóndita calita? Siempre tampoco. Nadie supera a un local en conocimiento geográfico. Ventajas de nacer en un pueblo costero. Luego llegaron los GPS y, después, las Apps de localización. Ahí ya no hubo nada que hacer. Imposible borrar de ellas las playas y las calas.Sin apartar la mirada de la única frase de la página –le gustaba aprenderse de memoria los puntos del Orden del Día para ir más segura, pero esta vez no hacía falta–, pensó que igual aquellas pequeñas gamberradas, de las que la pandilla siempre se sintió tan orgullosa, no eran actos tan inocentes. ¿Y si todo había empezado ahí? Mareando turistas. Se quitó la idea de la cabeza. De nada servía culpar a su parte adolescente de lo que había sucedido. Había sido su parte adulta, su parte alcaldesa, la que había conducido al pueblo a esta situación. Ella, que dijo sí hace un año a la propuesta de la Asociación Turistas fuera de Bellaplaya. Ella y solo ella era la responsable.Reenvió el mail a todos los concejales y asociaciones –no hacía falta, todo el mundo sabía de qué iban a hablar– y cerró el ordenador. El Pleno se había convocado en el salón de plenos a las 9 de la noche. Era la hora estándar porque la mayoría de los concejales trabajaban, aunque este verano había muchos en paro. A ver si refrescaba, porque la reunión iba a ser larga y acalorada. Llegó antes para encender el aire acondicionado, pero sin excesos. Las facturas, a ver cómo pagaban las facturas con la que se les venía encima.También había quedado para hablar con el líder de la oposición. Juan era un tipo majo, en sus antípodas ideológicas, pero ¿qué es la ideología en un pueblo pequeño? Como ella, se culpaba por lo sucedido. Él también había votado sí a contratar aquel servicio. De hecho, todos los concejales lo hicieron. Votar sí –algunos por voto delegado–, e ignorar todas y cada una de las advertencias de la asociación de Hoteleros y Comerciantes del pueblo. Pero de nada servían ahora las culpas. Ni los lloros. La política, también la municipal, o sobre todo la municipal, significaba hacer cosas. O deshacer. Había convocado a la Policía Municipal, por lo que pudiera pasar. El pueblo estaba revuelto. Y desocupado, que era lo más preocupante. La Asociación Turistas fuera se había disuelto, pero todos sabían quienes eran. Había que evitar represalias. En el fondo, todos habían querido lo mejor para el pueblo. ¿Cómo iban a imaginar que esto podría pasar?Cuando, hacía un año, la empresa tecnológica que habían contratado les expuso el planteamiento de sus nuevos veranos, les pareció un sueño imposible. El gemelo digital de Bellaplaya, una vez aplicado el algoritmo corrector, era un sitio feliz. Sin aglomeraciones, sin saturación. Sin atascos. Sin colas en los parkings. Sin restaurantes atestados. Sin botellones nocturnos perennes. Solo había que trasladar su juego de niños al mundo digital. ¿Imposible? No, si tienes dinero para comprar el algoritmo. Y Bellaplaya lo tenía. Vaya si lo tenía. A espuertas. Doce meses atrás, mientras los concejales, bronceados y algunos aún con arena en la piel, votaban sí, el paseo marítimo del pueblo estaba a rebosar. La alcaldesa lo recordaba porque después del Pleno se fueron a celebrarlo. Brindaron por el acogedor futuro de Bellaplaya. Cuántas veces había rememorado ese momento. Lo hizo cuando en junio llamaron del primer hotel asustados: no llegaban reservas. También cuando en julio los dos chiringuitos de la playa urbana renunciaron a la concesión. No venía nadie. Más aún cuando comprobó que las listas del paro superaban todos los registros históricos de los peores inviernos. Pero, sobre todo, cuando escribió a la empresa a la que habían contratado para preguntarles qué estaba pasando y le contestaron con los términos que el Ayuntamiento había demandado: «Bellaplaya ya no aparece en los mapas». 100% de efectividad, le dijeron. Buscó el nombre del pueblo en Google Maps, pero Bellaplaya no aparecía. «Calas cercanas», tecleó. Le salieron las de los pueblos de alrededor.Necesitó un par de días para telefonear a la compañía y plantear revertir la situación. Como la otra vez, tardarían unos meses en desarrollar el nuevo algoritmo. Les pasarían el nuevo presupuesto en cuanto lo tuvieran. Mientras tanto, ¿qué le parecía contratar influencers? Hoy, iban a debatirlo entre todos. Sí, iban a solucionarlo. El pueblo que se confunde unido, rectifica unido.La alcaldesa encendió su micrófono y se puso de pie. No recordaba haber estado tan blanca ningún verano. No se había atrevido ni a pisar la playa. Como si la vida se le fuera en ese pleno, como si fuera su último acto de servicio al pueblo, impostó con fuerza su voz:– Queridos concejales y vecinos, arrancamos el Pleno de hoy con un único punto del día: Volver a poner Bellaplaya en los mapas digitales.Se hizo el silencio. Luego, murmullos. Nadie en aquella sala dudaba del momento histórico que estaban viviendo. Nadie se sentía libre de culpa. Fue entonces cuando una pareja de agentes de la Policía Nacional irrumpió en el Salón de Plenos.– Señora, queda usted detenida por usurpación de función pública.La alcaldesa tardó unos segundos en reaccionar. Miró a los agentes. Luego a Juan y al resto de concejales.– ¿Cómo?– Usurpación de función pública —repitió el agente—. Tiene derecho a guardar silencio y…– ¡Pero soy la alcaldesa!– Eso es precisamente lo que no consta.– ¿Cómo que no consta? Soy la alcaldesa de Bellaplaya.El policía le mostró la orden de detención:– Señora, Bellaplaya no existe.
Con los ojos clavados en el Orden del Día, un único punto, se acordó de cuando, de niños, tapaban los carteles de indicaciones a la playa. Cómo disfrutaban confundiendo a los turistas. Con la piel negra y llena de sal, trepaban entre los árboles y … las rocas y rociaban con spray negro las indicaciones. Los conductores de coches alquilados se perdían. Aun así, ¿cómo era que los franceses y los alemanes encontraban siempre su recóndita calita? Siempre tampoco. Nadie supera a un local en conocimiento geográfico. Ventajas de nacer en un pueblo costero. Luego llegaron los GPS y, después, las Apps de localización. Ahí ya no hubo nada que hacer. Imposible borrar de ellas las playas y las calas.
Sin apartar la mirada de la única frase de la página –le gustaba aprenderse de memoria los puntos del Orden del Día para ir más segura, pero esta vez no hacía falta–, pensó que igual aquellas pequeñas gamberradas, de las que la pandilla siempre se sintió tan orgullosa, no eran actos tan inocentes. ¿Y si todo había empezado ahí? Mareando turistas. Se quitó la idea de la cabeza. De nada servía culpar a su parte adolescente de lo que había sucedido. Había sido su parte adulta, su parte alcaldesa, la que había conducido al pueblo a esta situación. Ella, que dijo sí hace un año a la propuesta de la Asociación Turistas fuera de Bellaplaya. Ella y solo ella era la responsable.
Reenvió el mail a todos los concejales y asociaciones –no hacía falta, todo el mundo sabía de qué iban a hablar– y cerró el ordenador. El Pleno se había convocado en el salón de plenos a las 9 de la noche. Era la hora estándar porque la mayoría de los concejales trabajaban, aunque este verano había muchos en paro. A ver si refrescaba, porque la reunión iba a ser larga y acalorada. Llegó antes para encender el aire acondicionado, pero sin excesos. Las facturas, a ver cómo pagaban las facturas con la que se les venía encima.
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También había quedado para hablar con el líder de la oposición. Juan era un tipo majo, en sus antípodas ideológicas, pero ¿qué es la ideología en un pueblo pequeño? Como ella, se culpaba por lo sucedido. Él también había votado sí a contratar aquel servicio. De hecho, todos los concejales lo hicieron. Votar sí –algunos por voto delegado–, e ignorar todas y cada una de las advertencias de la asociación de Hoteleros y Comerciantes del pueblo. Pero de nada servían ahora las culpas. Ni los lloros. La política, también la municipal, o sobre todo la municipal, significaba hacer cosas. O deshacer.
Había convocado a la Policía Municipal, por lo que pudiera pasar. El pueblo estaba revuelto. Y desocupado, que era lo más preocupante. La Asociación Turistas fuera se había disuelto, pero todos sabían quienes eran. Había que evitar represalias. En el fondo, todos habían querido lo mejor para el pueblo. ¿Cómo iban a imaginar que esto podría pasar?
Cuando, hacía un año, la empresa tecnológica que habían contratado les expuso el planteamiento de sus nuevos veranos, les pareció un sueño imposible. El gemelo digital de Bellaplaya, una vez aplicado el algoritmo corrector, era un sitio feliz. Sin aglomeraciones, sin saturación. Sin atascos. Sin colas en los parkings. Sin restaurantes atestados. Sin botellones nocturnos perennes. Solo había que trasladar su juego de niños al mundo digital. ¿Imposible? No, si tienes dinero para comprar el algoritmo. Y Bellaplaya lo tenía. Vaya si lo tenía. A espuertas.
Doce meses atrás, mientras los concejales, bronceados y algunos aún con arena en la piel, votaban sí, el paseo marítimo del pueblo estaba a rebosar. La alcaldesa lo recordaba porque después del Pleno se fueron a celebrarlo. Brindaron por el acogedor futuro de Bellaplaya.
Cuántas veces había rememorado ese momento. Lo hizo cuando en junio llamaron del primer hotel asustados: no llegaban reservas. También cuando en julio los dos chiringuitos de la playa urbana renunciaron a la concesión. No venía nadie. Más aún cuando comprobó que las listas del paro superaban todos los registros históricos de los peores inviernos. Pero, sobre todo, cuando escribió a la empresa a la que habían contratado para preguntarles qué estaba pasando y le contestaron con los términos que el Ayuntamiento había demandado: «Bellaplaya ya no aparece en los mapas». 100% de efectividad, le dijeron.
Buscó el nombre del pueblo en Google Maps, pero Bellaplaya no aparecía. «Calas cercanas», tecleó. Le salieron las de los pueblos de alrededor.
Necesitó un par de días para telefonear a la compañía y plantear revertir la situación. Como la otra vez, tardarían unos meses en desarrollar el nuevo algoritmo. Les pasarían el nuevo presupuesto en cuanto lo tuvieran. Mientras tanto, ¿qué le parecía contratar influencers?
Hoy, iban a debatirlo entre todos. Sí, iban a solucionarlo. El pueblo que se confunde unido, rectifica unido.
La alcaldesa encendió su micrófono y se puso de pie. No recordaba haber estado tan blanca ningún verano. No se había atrevido ni a pisar la playa. Como si la vida se le fuera en ese pleno, como si fuera su último acto de servicio al pueblo, impostó con fuerza su voz:
– Queridos concejales y vecinos, arrancamos el Pleno de hoy con un único punto del día: Volver a poner Bellaplaya en los mapas digitales.
Se hizo el silencio. Luego, murmullos. Nadie en aquella sala dudaba del momento histórico que estaban viviendo. Nadie se sentía libre de culpa. Fue entonces cuando una pareja de agentes de la Policía Nacional irrumpió en el Salón de Plenos.
– Señora, queda usted detenida por usurpación de función pública.
La alcaldesa tardó unos segundos en reaccionar. Miró a los agentes. Luego a Juan y al resto de concejales.
– ¿Cómo?
– Usurpación de función pública —repitió el agente—. Tiene derecho a guardar silencio y…
– ¡Pero soy la alcaldesa!
– Eso es precisamente lo que no consta.
– ¿Cómo que no consta? Soy la alcaldesa de Bellaplaya.
El policía le mostró la orden de detención:
– Señora, Bellaplaya no existe.
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