En 1988, Charles Bukowski escribió el poema ‘Joe’ sobre la visita de un entrevistador alemán con heroico saque para el jaco. En el texto, la novia de Bukowski está “impresionada” con el invitado, y el escritor se pone “un poco celoso”, no solo por ello, sino porque “para un hombre que aparenta ser duro es difícil conocer a alguien que de verdad lo es, de manera natural”. La elegía termina en réquiem, pues Joe es atropellado por un camión cuando anda por el arcén de una autopista, borracho tras celebrar su 43º cumpleaños.
En 1988, Charles Bukowski escribió el poema ‘Joe’ sobre la visita de un entrevistador alemán con heroico saque para el jaco. En el texto, la novia de Bukowski está “impresionada” con el invitado, y el escritor se pone “un poco celoso”, no solo por ello, sino porque “para un hombre que aparenta ser duro es difícil conocer a alguien que de verdad lo es, de manera natural”. La elegía termina en réquiem, pues Joe es atropellado por un camión cuando anda por el arcén de una autopista, borracho tras celebrar su 43º cumpleaños. Seguir leyendo
En 1988, Charles Bukowski escribió el poema ‘Joe’ sobre la visita de un entrevistador alemán con heroico saque para el jaco. En el texto, la novia de Bukowski está “impresionada” con el invitado, y el escritor se pone “un poco celoso”, no solo por ello, sino porque “para un hombre que aparenta ser duro es difícil conocer a alguien que de verdad lo es, de manera natural”. La elegía termina en réquiem, pues Joe es atropellado por un camión cuando anda por el arcén de una autopista, borracho tras celebrar su 43º cumpleaños.
“Joe” no era otro que el escritor alemán Jörg Fauser (1944-1987), quien dista de ser una anécdota periférica de Chinaski. La mayoría de semblanzas le pintan como “figura legendaria de la escena literaria underground alemana”, “escritor maldito” que “vivió con la misma intensidad con la que escribía”, pero tras esa ristra de clichés rockeros se esconde un autor notable, quien escribió al menos una obra brutal.
Materia primaes una autobiografía velada, en la onda de Serguei Dovlátov, John Fante o el Ham on rye de Bukowski. Su protagonista es Harry Gelb, un joven frankfurtés que anhela convertirse en escritor a pesar de que el mundo literario está para él tan lejos “como la luna”. La novela empieza in medias res, con una engañosa primera frase como-iba-diciendo (“En Estambul viví la mayor parte del tiempo…”), y a los dos párrafos ya está hablando de meterse todo lo que cae en sus manos (“principalmente opio puro”).
El lector escarmentado por los libros de adicciones, con sus ciclos de pillar/meterse/colocón/mono/pillar, tan fascinantes como mis visitas al Consum, tal vez esté levantando una ceja de recelo. Pero Materia prima no es una novela de yonquis, del mismo modo que El bebedor de Hans Fallada no es una novela de borrachos. Fauser trasciende cualquier tipo de nicho, sea subcultural o toxicómano, incluso marginal.
En su periplo, el protagonista se cruza con ocupas, anarcos, troskos, pintores yonquis, moteros, obreros borrachos, editores farsantes, cineastas sin talento, aspirantes a beats, hippies, incluso William Burroughs
El motivo hay que buscarlo en la alienación. “Todo escritor (…) tiene que ser a la vez un marginado en la naturaleza de las cosas”, decía Alexander Baron. Fauser no se marginó solo de la sociedad cuadrada, como pretendía la contracultura, sino también de esta. En su periplo —que abarca la muerte de los sixties y el inicio de los setenta— Gelb se cruza con ocupas, anarcos, troskos, pintores yonquis, moteros, obreros borrachos, editores farsantes, cineastas sin talento, aspirantes a beats (a los que llama “paletos”), hippies (“soltaban frases hechas y rebajaron el tono general de las conversaciones a un nivel lamentable”), incluso William Burroughs en persona.

La mayoría de encuentros se tiñen de desencanto. El autor dista de ser cínico, pero no puede evitar reaccionar con humor amargo a la integridad ruinosa y la caprichosa liviandad de sus compañeros de viaje. “Ahora se revelaban como lo que se suponía que eran sus padres”, dice de los comuneros, “pequeños burgueses miedosos que nada temían más que el trato con aquellos que ellos mismos habían desclasado”. Cuando entra a trabajar para una revista “under” observa que sus editores “formaban parte de una clase de personas que yo aún no conocía: jóvenes y ágiles negociantes que conocían perfectamente la jerga de la subcultura, imitaban sus rituales y costumbres y al mismo tiempo la explotaban”.
Gelb, ese cuerpo extraño, vestido del modo menos molón posible (“parecía un empleado de banca”), pica una y otra vez en los mamoneos de la industria y la “desfachatez” de la izquierda pija, y con cada timo su “odio” se incrementa. Pero Gelb también sabe que “de lo sublime a lo ridículo no [hay] más que un paso”, y relata sus reveses con flemática, y cómica, autocrítica.
“El dedo meñique del pie de una buena mujer es mejor que una buena novela”, afirma (con razón) Fauser
Materia prima es también un libro sobre vocación escritora, en su vertiente no solemne. “El dedo meñique del pie de una buena mujer es mejor que una buena novela”, afirma (con razón) Fauser, quien asimismo pasa gran parte de su tiempo escribiendo o aprendiendo a hacerlo (sus intentos de narrar al modo “cut-up” resultan en cachondos fiascos). Las apreciaciones sobre el oficio, prácticas (“Si lo conviertes en costumbre, pronto tendrás un poemario”) o místicas (“Otros tenían músculos o dinero o hermosos culos para arreglárselas en el infierno. Los escritores tenían sus mitos”), son un sustancial acicate a la memoria.
Materia prima es, así, una novela para leer, pero también para releer a lo largo de una vida; un colega con el que siempre te apetecerá sentarte a platicar. Favorita instantánea, de aquí para siempre.
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