Jamie Maclean atiende la videollamada de ABC desde una pequeña granja familiar en el extremo noroeste de Escocia . Al principio de la conversación, gira la cámara del móvil. «Espera, déjame enseñarte dónde estoy». Y entonces aparece un paisaje de postal con una ensenada y una pequeña embarcación cerca de la orilla. «Fue en un barco como ese donde nació nuestro amor por el mar», explica. En ese rincón al que los tres hermanos acudían desde niños porque su abuelo construyó allí una cabaña, comenzó una historia que décadas después los llevaría a remar cerca de 14.500 kilómetros a través del océano más grande del planeta durante 139 días, siete horas y diecisiete minutos, hasta convertirse en la primera tripulación en completar esa travesía del Pacífico sin escalas ni asistencia y recaudar más de un millón de libras para financiar proyectos de acceso al agua potable en Madagascar.Allí fue donde Jamie, Ewan y Lachlan Maclean aprendieron a convivir con el mar mucho antes de imaginar que acabarían cruzando juntos dos océanos. «Pasábamos el tiempo intentando pescar, atrapando cangrejos y langostas… casi siempre sin éxito», recuerda. «No había teléfonos móviles, ni ordenadores, ni televisión. Todo eso hizo que disfrutáramos muchísimo tiempo juntos al aire libre. Y esa pasión evolucionó hasta convertirse en lo que hacemos hoy». Aquella aventura llegará a las librerías en septiembre bajo el título ‘ Three Brothers in a Boat’ .Para Jamie, «una parte importante tiene que ver con cómo nos educaron nuestros padres, con los valores que quisieron transmitirnos y con la enorme libertad que nos dieron desde muy pequeños para salir, cometer errores, explorar y vivir aventuras, especialmente en la naturaleza», explica. Aquella libertad, recuerda, les enseñó a resolver problemas sin esperar siempre la intervención de un adulto y a sentirse cómodos en entornos imprevisibles.La causa antes que la aventuraAquella forma de crecer terminó marcando también las decisiones que tomarían de adultos. El primer gran desafío llegó con el Atlántico, una expedición que nació cuando Lachlan descubrió una de las competiciones de remo oceánico que cruzan el océano desde Canarias hasta el Caribe .«Lo primero que nos atrajo fue precisamente el reto y la aventura», recuerda. Pero «estas expediciones nunca consisten únicamente en remar. Hay una preparación enorme detrás, una campaña solidaria, una recaudación de fondos… Todo eso terminó convirtiéndose en una parte fundamental del proyecto». Tras completar el Atlántico en 35 días decidieron dar un paso más. Crearon la McLean Foundation , una organización benéfica. Lo llamativo es que la causa apareció antes que la aventura. «Nos fijamos el objetivo de recaudar un millón de libras incluso antes de decidir cuál sería el siguiente desafío». La elección de Madagascar nació de un viaje que Lachlan había realizado años antes y del encuentro con Jamie Spencer, fundador de la organización escocesa Feedback Madagascar. Les habló de escuelas, centros sanitarios, conservación ambiental y proyectos para llevar agua potable a comunidades rurales. «Crecimos en Escocia, un lugar donde sobra el agua. Sabes que el agua es importante, pero cuesta comprender de verdad lo que significa no tenerla». « En Madagascar vimos pueblos con acceso a agua limpia y otros que todavía no la tenían . La diferencia entre ambos era enorme. Comprendimos que el agua es el punto de partida para cualquier desarrollo. La salud, la educación o la economía… absolutamente todo depende del agua».Aquella visita terminó de convencerlos de que el siguiente desafío debía ser todavía mayor. Pero no tardaron en descubrir que el océano Pacífico, el más grande del planeta, no hace precisamente honor a su nombre. «No somos conscientes de lo inmenso que es», dice Jamie. «Ni siquiera nosotros lo éramos. Es casi la mitad del planeta cubierta por un azul interminable». Mientras el Atlántico, explica, suele permitir que las embarcaciones aprovechen los vientos alisios para avanzar hacia el Caribe, el Pacífico cambia constantemente de carácter. Es un océano que obliga a adaptarse una y otra vez.Un viaje lleno de complicaciones… y felicidadLos vientos empujaron la embarcación mucho más al norte de lo previsto y durante semanas intentaron recuperar el rumbo mientras el mar castigaba el bote sin descanso. «Pasábamos los días completamente empapados de agua salada. Puede parecer un detalle menor, pero es una auténtica pesadilla. La sal acaba destrozándote la piel, aparecen heridas por todo el cuerpo, hacía muchísimo calor y el barco recibía olas de costado constantemente. Todo eso convierte la vida diaria en algo extremadamente incómodo».Jamie habla de aquella experiencia con serenidad, al tiempo que reconoce que la realidad superó cualquier expectativa. «Fue muchísimo más duro de lo que habíamos imaginado. Sinceramente, si hubiéramos sabido exactamente todo lo que implicaba, probablemente alguien habría tenido que convencernos para hacerlo», dice con la honestidad de quien sabe que la épica suele ocultar una dureza que rara vez aparece en las fotografías. «Salimos pensando que sería una expedición más sencilla de lo que realmente terminó siendo, pero no me arrepiento en absoluto. Estoy muy contento de haberlo hecho».El mundo reducido a un boteDurante cuatro meses y medio, el mundo quedó reducido a una embarcación de poco más de ocho metros, con tres hermanos, el horizonte y el océano extendiéndose en todas las direcciones.« Cuando sales al mar estás completamente solo . Todo lo que tienes es lo que llevas a bordo del barco durante los meses que vas a permanecer allí. Eso hace que la vida se simplifique muchísimo. Cada decisión gira alrededor del rumbo, la comida del día, los turnos de remo y el descanso». Y «aunque estás en un entorno extremadamente exigente y estresante, la vida se vuelve muy sencilla. Y de esa sencillez nace una claridad mental que es muy difícil encontrar en tierra ».En esa rutina también desempeñó un papel decisivo la relación entre los tres hermanos. «Después de las dos travesías regresamos mucho más unidos de lo que habíamos salido», asegura Jamie. «Claro que hubo momentos difíciles, pero todos éramos conscientes de que nuestro estado de ánimo afectaba al de los demás». Esa conciencia compartida los obligó a resolver cualquier tensión antes de que creciera. «Como crecimos juntos, nos conocemos perfectamente, y siempre tuvimos muy presente que sería una auténtica pena arruinar una experiencia tan extraordinaria simplemente por no ser capaces de resolver nuestras diferencias».«Después de las dos travesías regresamos mucho más unidos de lo que habíamos salido»El océano, además de ponerlos a prueba, les regaló momentos maravillosos que no podrán olvidar. «Vimos amaneceres y atardeceres increíbles, ballenas, delfines y pequeños pájaros que nos acompañaban durante semanas enteras. Fue un auténtico privilegio».Su momento más intenso llegó cuando pensaban que todo estaba a punto de terminar. Después de 105 días en el mar, los modelos meteorológicos indicaban que podrían llegar a Australia en apenas diecisiete jornadas más. «Después de tanto tiempo, diecisiete días parecían casi la recta final». La ilusión duró poco. Un potente ciclón que ascendía desde Tasmania obligó a cambiar la ruta y buscar refugio en Nueva Caledonia. En apenas unas horas la llegada prevista pasó de diecisiete a treinta y seis días.Milagros de la naturalezaSin embargo, aquel contratiempo fue un regalo. Durante varios días navegaron entre Nueva Caledonia y las Islas Loyalty, rodeados de arrecifes de coral y aguas transparentes. En un momento tuvieron que fondear muy cerca de la costa y aunque no podían desembarcar, despertaron frente a una playa de arena blanca. «Por primera vez en más de tres meses volvimos a oler vegetación», recuerda. «Puede parecer una tontería, pero llevábamos tanto tiempo respirando únicamente aire salado que aquel olor nos emocionó profundamente». Poco después llegaron otros sonidos. «Empezamos a escuchar el canto de los pájaros al amanecer» e incluso una ballena emergió a apenas unos metros de la embarcación. « Fue un lugar de una belleza absolutamente extraordinaria . Aquel tramo es probablemente mi recuerdo más bonito de toda la travesía».El 30 de agosto de 2024, por la madrugada, los tres hermanos alcanzaron finalmente la costa australiana tras haber remado más de 14.500 kilómetros a través del océano más grande del planeta. El esfuerzo físico terminó allí. La adaptación a la vida cotidiana tardó bastante más.«Las primeras semanas fueron como una niebla», admite Jamie. «Entrar en un supermercado y tener que decidir qué comprar para cenar, o volver a reuniones con mucha gente no fue fácil. Durante más de cuatro meses nuestra vida había consistido únicamente en nosotros tres. Regresar de repente a un mundo lleno de estímulos fue un proceso lento».Fotos de la expedición CedidasAntes de despedirse, Jamie explica que «lo más importante de nuestra historia no trata realmente de remar un océano. Tanto el Atlántico como el Pacífico nos demostraron que es posible dedicarte a algo que te apasiona, que te emociona y que disfrutas profundamente, mientras al mismo tiempo mejoras la vida de otras personas». Y añade que «nos gusta resumirlo con una idea muy sencilla: puedes ayudarte a ti mismo ayudando a los demás».En su opinión, «existe la idea de que cuando haces algo por una causa solidaria estás renunciando a algo, como si perdieras una parte de ti» pero «nuestra experiencia ha sido exactamente la contraria. Estos viajes fueron apasionantes, emocionantes y profundamente enriquecedores precisamente porque tenían un propósito . Y ese propósito sobrevivirá mucho más tiempo que nuestras historias sobre tormentas o sobre remar durante meses».Para Jamie, «lo realmente valioso es saber que ese esfuerzo seguirá mejorando la vida de personas a las que probablemente nunca conoceremos» y «no hace falta cruzar un océano ni hacer algo extraordinario. Cada persona puede dedicar tiempo a aquello que ama y, al mismo tiempo, utilizarlo para ayudar a otros. Eso es lo que los tres queremos seguir haciendo durante el resto de nuestra vida». Jamie Maclean atiende la videollamada de ABC desde una pequeña granja familiar en el extremo noroeste de Escocia . Al principio de la conversación, gira la cámara del móvil. «Espera, déjame enseñarte dónde estoy». Y entonces aparece un paisaje de postal con una ensenada y una pequeña embarcación cerca de la orilla. «Fue en un barco como ese donde nació nuestro amor por el mar», explica. En ese rincón al que los tres hermanos acudían desde niños porque su abuelo construyó allí una cabaña, comenzó una historia que décadas después los llevaría a remar cerca de 14.500 kilómetros a través del océano más grande del planeta durante 139 días, siete horas y diecisiete minutos, hasta convertirse en la primera tripulación en completar esa travesía del Pacífico sin escalas ni asistencia y recaudar más de un millón de libras para financiar proyectos de acceso al agua potable en Madagascar.Allí fue donde Jamie, Ewan y Lachlan Maclean aprendieron a convivir con el mar mucho antes de imaginar que acabarían cruzando juntos dos océanos. «Pasábamos el tiempo intentando pescar, atrapando cangrejos y langostas… casi siempre sin éxito», recuerda. «No había teléfonos móviles, ni ordenadores, ni televisión. Todo eso hizo que disfrutáramos muchísimo tiempo juntos al aire libre. Y esa pasión evolucionó hasta convertirse en lo que hacemos hoy». Aquella aventura llegará a las librerías en septiembre bajo el título ‘ Three Brothers in a Boat’ .Para Jamie, «una parte importante tiene que ver con cómo nos educaron nuestros padres, con los valores que quisieron transmitirnos y con la enorme libertad que nos dieron desde muy pequeños para salir, cometer errores, explorar y vivir aventuras, especialmente en la naturaleza», explica. Aquella libertad, recuerda, les enseñó a resolver problemas sin esperar siempre la intervención de un adulto y a sentirse cómodos en entornos imprevisibles.La causa antes que la aventuraAquella forma de crecer terminó marcando también las decisiones que tomarían de adultos. El primer gran desafío llegó con el Atlántico, una expedición que nació cuando Lachlan descubrió una de las competiciones de remo oceánico que cruzan el océano desde Canarias hasta el Caribe .«Lo primero que nos atrajo fue precisamente el reto y la aventura», recuerda. Pero «estas expediciones nunca consisten únicamente en remar. Hay una preparación enorme detrás, una campaña solidaria, una recaudación de fondos… Todo eso terminó convirtiéndose en una parte fundamental del proyecto». Tras completar el Atlántico en 35 días decidieron dar un paso más. Crearon la McLean Foundation , una organización benéfica. Lo llamativo es que la causa apareció antes que la aventura. «Nos fijamos el objetivo de recaudar un millón de libras incluso antes de decidir cuál sería el siguiente desafío». La elección de Madagascar nació de un viaje que Lachlan había realizado años antes y del encuentro con Jamie Spencer, fundador de la organización escocesa Feedback Madagascar. Les habló de escuelas, centros sanitarios, conservación ambiental y proyectos para llevar agua potable a comunidades rurales. «Crecimos en Escocia, un lugar donde sobra el agua. Sabes que el agua es importante, pero cuesta comprender de verdad lo que significa no tenerla». « En Madagascar vimos pueblos con acceso a agua limpia y otros que todavía no la tenían . La diferencia entre ambos era enorme. Comprendimos que el agua es el punto de partida para cualquier desarrollo. La salud, la educación o la economía… absolutamente todo depende del agua».Aquella visita terminó de convencerlos de que el siguiente desafío debía ser todavía mayor. Pero no tardaron en descubrir que el océano Pacífico, el más grande del planeta, no hace precisamente honor a su nombre. «No somos conscientes de lo inmenso que es», dice Jamie. «Ni siquiera nosotros lo éramos. Es casi la mitad del planeta cubierta por un azul interminable». Mientras el Atlántico, explica, suele permitir que las embarcaciones aprovechen los vientos alisios para avanzar hacia el Caribe, el Pacífico cambia constantemente de carácter. Es un océano que obliga a adaptarse una y otra vez.Un viaje lleno de complicaciones… y felicidadLos vientos empujaron la embarcación mucho más al norte de lo previsto y durante semanas intentaron recuperar el rumbo mientras el mar castigaba el bote sin descanso. «Pasábamos los días completamente empapados de agua salada. Puede parecer un detalle menor, pero es una auténtica pesadilla. La sal acaba destrozándote la piel, aparecen heridas por todo el cuerpo, hacía muchísimo calor y el barco recibía olas de costado constantemente. Todo eso convierte la vida diaria en algo extremadamente incómodo».Jamie habla de aquella experiencia con serenidad, al tiempo que reconoce que la realidad superó cualquier expectativa. «Fue muchísimo más duro de lo que habíamos imaginado. Sinceramente, si hubiéramos sabido exactamente todo lo que implicaba, probablemente alguien habría tenido que convencernos para hacerlo», dice con la honestidad de quien sabe que la épica suele ocultar una dureza que rara vez aparece en las fotografías. «Salimos pensando que sería una expedición más sencilla de lo que realmente terminó siendo, pero no me arrepiento en absoluto. Estoy muy contento de haberlo hecho».El mundo reducido a un boteDurante cuatro meses y medio, el mundo quedó reducido a una embarcación de poco más de ocho metros, con tres hermanos, el horizonte y el océano extendiéndose en todas las direcciones.« Cuando sales al mar estás completamente solo . Todo lo que tienes es lo que llevas a bordo del barco durante los meses que vas a permanecer allí. Eso hace que la vida se simplifique muchísimo. Cada decisión gira alrededor del rumbo, la comida del día, los turnos de remo y el descanso». Y «aunque estás en un entorno extremadamente exigente y estresante, la vida se vuelve muy sencilla. Y de esa sencillez nace una claridad mental que es muy difícil encontrar en tierra ».En esa rutina también desempeñó un papel decisivo la relación entre los tres hermanos. «Después de las dos travesías regresamos mucho más unidos de lo que habíamos salido», asegura Jamie. «Claro que hubo momentos difíciles, pero todos éramos conscientes de que nuestro estado de ánimo afectaba al de los demás». Esa conciencia compartida los obligó a resolver cualquier tensión antes de que creciera. «Como crecimos juntos, nos conocemos perfectamente, y siempre tuvimos muy presente que sería una auténtica pena arruinar una experiencia tan extraordinaria simplemente por no ser capaces de resolver nuestras diferencias».«Después de las dos travesías regresamos mucho más unidos de lo que habíamos salido»El océano, además de ponerlos a prueba, les regaló momentos maravillosos que no podrán olvidar. «Vimos amaneceres y atardeceres increíbles, ballenas, delfines y pequeños pájaros que nos acompañaban durante semanas enteras. Fue un auténtico privilegio».Su momento más intenso llegó cuando pensaban que todo estaba a punto de terminar. Después de 105 días en el mar, los modelos meteorológicos indicaban que podrían llegar a Australia en apenas diecisiete jornadas más. «Después de tanto tiempo, diecisiete días parecían casi la recta final». La ilusión duró poco. Un potente ciclón que ascendía desde Tasmania obligó a cambiar la ruta y buscar refugio en Nueva Caledonia. En apenas unas horas la llegada prevista pasó de diecisiete a treinta y seis días.Milagros de la naturalezaSin embargo, aquel contratiempo fue un regalo. Durante varios días navegaron entre Nueva Caledonia y las Islas Loyalty, rodeados de arrecifes de coral y aguas transparentes. En un momento tuvieron que fondear muy cerca de la costa y aunque no podían desembarcar, despertaron frente a una playa de arena blanca. «Por primera vez en más de tres meses volvimos a oler vegetación», recuerda. «Puede parecer una tontería, pero llevábamos tanto tiempo respirando únicamente aire salado que aquel olor nos emocionó profundamente». Poco después llegaron otros sonidos. «Empezamos a escuchar el canto de los pájaros al amanecer» e incluso una ballena emergió a apenas unos metros de la embarcación. « Fue un lugar de una belleza absolutamente extraordinaria . Aquel tramo es probablemente mi recuerdo más bonito de toda la travesía».El 30 de agosto de 2024, por la madrugada, los tres hermanos alcanzaron finalmente la costa australiana tras haber remado más de 14.500 kilómetros a través del océano más grande del planeta. El esfuerzo físico terminó allí. La adaptación a la vida cotidiana tardó bastante más.«Las primeras semanas fueron como una niebla», admite Jamie. «Entrar en un supermercado y tener que decidir qué comprar para cenar, o volver a reuniones con mucha gente no fue fácil. Durante más de cuatro meses nuestra vida había consistido únicamente en nosotros tres. Regresar de repente a un mundo lleno de estímulos fue un proceso lento».Fotos de la expedición CedidasAntes de despedirse, Jamie explica que «lo más importante de nuestra historia no trata realmente de remar un océano. Tanto el Atlántico como el Pacífico nos demostraron que es posible dedicarte a algo que te apasiona, que te emociona y que disfrutas profundamente, mientras al mismo tiempo mejoras la vida de otras personas». Y añade que «nos gusta resumirlo con una idea muy sencilla: puedes ayudarte a ti mismo ayudando a los demás».En su opinión, «existe la idea de que cuando haces algo por una causa solidaria estás renunciando a algo, como si perdieras una parte de ti» pero «nuestra experiencia ha sido exactamente la contraria. Estos viajes fueron apasionantes, emocionantes y profundamente enriquecedores precisamente porque tenían un propósito . Y ese propósito sobrevivirá mucho más tiempo que nuestras historias sobre tormentas o sobre remar durante meses».Para Jamie, «lo realmente valioso es saber que ese esfuerzo seguirá mejorando la vida de personas a las que probablemente nunca conoceremos» y «no hace falta cruzar un océano ni hacer algo extraordinario. Cada persona puede dedicar tiempo a aquello que ama y, al mismo tiempo, utilizarlo para ayudar a otros. Eso es lo que los tres queremos seguir haciendo durante el resto de nuestra vida».
Jamie Maclean atiende la videollamada de ABC desde una pequeña granja familiar en el extremo noroeste de Escocia. Al principio de la conversación, gira la cámara del móvil. «Espera, déjame enseñarte dónde estoy». Y entonces aparece un paisaje de postal con una ensenada y … una pequeña embarcación cerca de la orilla. «Fue en un barco como ese donde nació nuestro amor por el mar», explica.
En ese rincón al que los tres hermanos acudían desde niños porque su abuelo construyó allí una cabaña, comenzó una historia que décadas después los llevaría a remar cerca de 14.500 kilómetros a través del océano más grande del planeta durante 139 días, siete horas y diecisiete minutos, hasta convertirse en la primera tripulación en completar esa travesía del Pacífico sin escalas ni asistencia y recaudar más de un millón de libras para financiar proyectos de acceso al agua potable en Madagascar.
Allí fue donde Jamie, Ewan y Lachlan Maclean aprendieron a convivir con el mar mucho antes de imaginar que acabarían cruzando juntos dos océanos. «Pasábamos el tiempo intentando pescar, atrapando cangrejos y langostas… casi siempre sin éxito», recuerda. «No había teléfonos móviles, ni ordenadores, ni televisión. Todo eso hizo que disfrutáramos muchísimo tiempo juntos al aire libre. Y esa pasión evolucionó hasta convertirse en lo que hacemos hoy». Aquella aventura llegará a las librerías en septiembre bajo el título ‘Three Brothers in a Boat’.
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Para Jamie, «una parte importante tiene que ver con cómo nos educaron nuestros padres, con los valores que quisieron transmitirnos y con la enorme libertad que nos dieron desde muy pequeños para salir, cometer errores, explorar y vivir aventuras, especialmente en la naturaleza», explica. Aquella libertad, recuerda, les enseñó a resolver problemas sin esperar siempre la intervención de un adulto y a sentirse cómodos en entornos imprevisibles.
La causa antes que la aventura
Aquella forma de crecer terminó marcando también las decisiones que tomarían de adultos. El primer gran desafío llegó con el Atlántico, una expedición que nació cuando Lachlan descubrió una de las competiciones de remo oceánico que cruzan el océano desde Canarias hasta el Caribe.
«Lo primero que nos atrajo fue precisamente el reto y la aventura», recuerda. Pero «estas expediciones nunca consisten únicamente en remar. Hay una preparación enorme detrás, una campaña solidaria, una recaudación de fondos… Todo eso terminó convirtiéndose en una parte fundamental del proyecto».
Tras completar el Atlántico en 35 días decidieron dar un paso más. Crearon la McLean Foundation, una organización benéfica. Lo llamativo es que la causa apareció antes que la aventura. «Nos fijamos el objetivo de recaudar un millón de libras incluso antes de decidir cuál sería el siguiente desafío».
La elección de Madagascar nació de un viaje que Lachlan había realizado años antes y del encuentro con Jamie Spencer, fundador de la organización escocesa Feedback Madagascar. Les habló de escuelas, centros sanitarios, conservación ambiental y proyectos para llevar agua potable a comunidades rurales. «Crecimos en Escocia, un lugar donde sobra el agua. Sabes que el agua es importante, pero cuesta comprender de verdad lo que significa no tenerla». «En Madagascar vimos pueblos con acceso a agua limpia y otros que todavía no la tenían. La diferencia entre ambos era enorme. Comprendimos que el agua es el punto de partida para cualquier desarrollo. La salud, la educación o la economía… absolutamente todo depende del agua».
Aquella visita terminó de convencerlos de que el siguiente desafío debía ser todavía mayor. Pero no tardaron en descubrir que el océano Pacífico, el más grande del planeta, no hace precisamente honor a su nombre. «No somos conscientes de lo inmenso que es», dice Jamie. «Ni siquiera nosotros lo éramos. Es casi la mitad del planeta cubierta por un azul interminable». Mientras el Atlántico, explica, suele permitir que las embarcaciones aprovechen los vientos alisios para avanzar hacia el Caribe, el Pacífico cambia constantemente de carácter. Es un océano que obliga a adaptarse una y otra vez.
Un viaje lleno de complicaciones… y felicidad
Los vientos empujaron la embarcación mucho más al norte de lo previsto y durante semanas intentaron recuperar el rumbo mientras el mar castigaba el bote sin descanso. «Pasábamos los días completamente empapados de agua salada. Puede parecer un detalle menor, pero es una auténtica pesadilla. La sal acaba destrozándote la piel, aparecen heridas por todo el cuerpo, hacía muchísimo calor y el barco recibía olas de costado constantemente. Todo eso convierte la vida diaria en algo extremadamente incómodo».
Jamie habla de aquella experiencia con serenidad, al tiempo que reconoce que la realidad superó cualquier expectativa. «Fue muchísimo más duro de lo que habíamos imaginado. Sinceramente, si hubiéramos sabido exactamente todo lo que implicaba, probablemente alguien habría tenido que convencernos para hacerlo», dice con la honestidad de quien sabe que la épica suele ocultar una dureza que rara vez aparece en las fotografías. «Salimos pensando que sería una expedición más sencilla de lo que realmente terminó siendo, pero no me arrepiento en absoluto. Estoy muy contento de haberlo hecho».
El mundo reducido a un bote
Durante cuatro meses y medio, el mundo quedó reducido a una embarcación de poco más de ocho metros, con tres hermanos, el horizonte y el océano extendiéndose en todas las direcciones.
«Cuando sales al mar estás completamente solo. Todo lo que tienes es lo que llevas a bordo del barco durante los meses que vas a permanecer allí. Eso hace que la vida se simplifique muchísimo. Cada decisión gira alrededor del rumbo, la comida del día, los turnos de remo y el descanso». Y «aunque estás en un entorno extremadamente exigente y estresante, la vida se vuelve muy sencilla. Y de esa sencillez nace una claridad mental que es muy difícil encontrar en tierra».
En esa rutina también desempeñó un papel decisivo la relación entre los tres hermanos. «Después de las dos travesías regresamos mucho más unidos de lo que habíamos salido», asegura Jamie. «Claro que hubo momentos difíciles, pero todos éramos conscientes de que nuestro estado de ánimo afectaba al de los demás». Esa conciencia compartida los obligó a resolver cualquier tensión antes de que creciera. «Como crecimos juntos, nos conocemos perfectamente, y siempre tuvimos muy presente que sería una auténtica pena arruinar una experiencia tan extraordinaria simplemente por no ser capaces de resolver nuestras diferencias».
«Después de las dos travesías regresamos mucho más unidos de lo que habíamos salido»
El océano, además de ponerlos a prueba, les regaló momentos maravillosos que no podrán olvidar. «Vimos amaneceres y atardeceres increíbles, ballenas, delfines y pequeños pájaros que nos acompañaban durante semanas enteras. Fue un auténtico privilegio».
Su momento más intenso llegó cuando pensaban que todo estaba a punto de terminar. Después de 105 días en el mar, los modelos meteorológicos indicaban que podrían llegar a Australia en apenas diecisiete jornadas más. «Después de tanto tiempo, diecisiete días parecían casi la recta final». La ilusión duró poco. Un potente ciclón que ascendía desde Tasmania obligó a cambiar la ruta y buscar refugio en Nueva Caledonia. En apenas unas horas la llegada prevista pasó de diecisiete a treinta y seis días.
Milagros de la naturaleza
Sin embargo, aquel contratiempo fue un regalo. Durante varios días navegaron entre Nueva Caledonia y las Islas Loyalty, rodeados de arrecifes de coral y aguas transparentes. En un momento tuvieron que fondear muy cerca de la costa y aunque no podían desembarcar, despertaron frente a una playa de arena blanca. «Por primera vez en más de tres meses volvimos a oler vegetación», recuerda. «Puede parecer una tontería, pero llevábamos tanto tiempo respirando únicamente aire salado que aquel olor nos emocionó profundamente».
Poco después llegaron otros sonidos. «Empezamos a escuchar el canto de los pájaros al amanecer» e incluso una ballena emergió a apenas unos metros de la embarcación. «Fue un lugar de una belleza absolutamente extraordinaria. Aquel tramo es probablemente mi recuerdo más bonito de toda la travesía».
El 30 de agosto de 2024, por la madrugada, los tres hermanos alcanzaron finalmente la costa australiana tras haber remado más de 14.500 kilómetros a través del océano más grande del planeta. El esfuerzo físico terminó allí. La adaptación a la vida cotidiana tardó bastante más.
«Las primeras semanas fueron como una niebla», admite Jamie. «Entrar en un supermercado y tener que decidir qué comprar para cenar, o volver a reuniones con mucha gente no fue fácil. Durante más de cuatro meses nuestra vida había consistido únicamente en nosotros tres. Regresar de repente a un mundo lleno de estímulos fue un proceso lento».
(Cedidas)
Antes de despedirse, Jamie explica que «lo más importante de nuestra historia no trata realmente de remar un océano. Tanto el Atlántico como el Pacífico nos demostraron que es posible dedicarte a algo que te apasiona, que te emociona y que disfrutas profundamente, mientras al mismo tiempo mejoras la vida de otras personas». Y añade que «nos gusta resumirlo con una idea muy sencilla: puedes ayudarte a ti mismo ayudando a los demás».
En su opinión, «existe la idea de que cuando haces algo por una causa solidaria estás renunciando a algo, como si perdieras una parte de ti» pero «nuestra experiencia ha sido exactamente la contraria. Estos viajes fueron apasionantes, emocionantes y profundamente enriquecedores precisamente porque tenían un propósito. Y ese propósito sobrevivirá mucho más tiempo que nuestras historias sobre tormentas o sobre remar durante meses».
Para Jamie, «lo realmente valioso es saber que ese esfuerzo seguirá mejorando la vida de personas a las que probablemente nunca conoceremos» y «no hace falta cruzar un océano ni hacer algo extraordinario. Cada persona puede dedicar tiempo a aquello que ama y, al mismo tiempo, utilizarlo para ayudar a otros. Eso es lo que los tres queremos seguir haciendo durante el resto de nuestra vida».
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