Había un ambiente más plácido y menos selecto que en el Festival de Cannes. Cuando se terminó la mítica comedia ‘El guateque’ de Blake Edwards, el público lanzó globos en la gran sala del teatro Coursive de la Rochelle, en el oeste de Francia . La productora y guionista Sylvie Pialat, exesposa del mítico director Maurice Pialat (fallecido en 2003), encabezaba en el escenario la comitiva de los responsables y decenas de voluntarios. Todos ellos habían hecho posible un certamen cinematográfico poco conocido a nivel internacional, pero más que disfrutón para cualquier cinéfilo. Faltaba poco para la medianoche del 4 al 5 de julio —la víspera se había vivido en esa misma sala uno de los momentos destacados con la proyección de ‘Los lunes al sol’ — y acababa de terminarse la 54ª edición del Festival Internacional de Cine de la Rochelle (FEMA, por sus siglas en francés). Este certamen no es uno más de los numerosos festivales culturales que se celebran cada verano en Francia, sino una cita subrayada en rojo en el calendario por muchos amantes del séptimo arte. Con menos glamur, pero también más accesible y menos estresante que Cannes, el FEMA permite ver preestrenos, los filmes más destacados que se han proyectado en mayo en el festival más prestigioso del mundo, así como numerosos clásicos.Menos de una semana después de ese certamen, otro evento cultural empieza cada verano en la Rochelle: el Francofollies. Creado en 1985 por el periodista radiofónico Jean-Louis Foulquier, este festival acoge cada año a varios de los músicos franceses más conocidos. Aya Nakamura, los raperos Gims y Orelsan y el cantante de pop Mika fueron las estrellas de la última edición, que reunió a más de 100.000 festivaleros en la monumental zona portuaria. Con el FEMA y el Francofollies , la Rochelle ofrece una potente oferta cultural durante la primera quincena de julio. Y esta se ve acompañada a lo largo del año por otros acontecimientos parecidos, como el Festival Internacional del Cine de Aventuras o con el de la ficción televisiva.No obstante, el atractivo de esta ciudad portuaria, con unos 80.000 habitantes, no recae solo en su oferta cultural. Situada a unos 500 kilómetros al suroeste de París, la Rochelle es un destino sugerente por la tríada cultura-historia-playa. Después de las tres horas en tren que la separan de la capital, la carta de bienvenida para los visitantes es su monumental estación ferroviaria. A poco más de cinco minutos andando, se encuentra el puerto. Gracias a sus torres y fortificaciones, es uno de esos lugares que permiten fácilmente viajar hacia el pasado.Marcada por un brutal cerco en el siglo XVIIDurante el final de la Edad Media y principios de la Moderna, la Rochelle sobresalía en Francia por su condición de principal puerto del Atlántico. El comercio con los puertos ingleses y hanseáticos enriquecieron a sus élites locales. Esa intensa actividad económica moldeó la identidad del principal feudo del protestantismo galo a principios del siglo XVII. Sus monumentos, como la elegante torre de la Linterna o en el patio del Ayuntamiento donde permanece una gran cruz de los hugonotes, rememoran ese pasado, en que fue entre 1621 y 1628 una república independiente que pretendía imitar a las Provincias Unidas (Países Bajos). Sus habitantes evocan ese periodo para presumir de su actual reputación de ser una ciudad «bella y rebelde».Foto en la entrada de las torres del puerto fortificado de la Rochelle. Fortificaciones de la Rochelle Patricia BoutinEse pasado tuvo, sin embargo, su parte trágica con el feroz sitio de la Rochelle durante 14 meses entre 1627 y 1628. Después de renegar de la política conciliadora de su padre Enrique IV —autor del edicto de Nantes y precursor de la libertad de conciencia—, el rey francés Luis XIII apostó por erradicar el foco de rebelión rochelés matando de hambre a sus habitantes. Sometió a la ciudad a un asedio, solo roto de manera puntual por las tropas inglesas, del que solo sobrevivieron 5.000 de los 27.000 habitantes. La hambruna hizo estragos y hubo numerosos casos de canibalismo. Fue un episodio icónico de las guerras de religión en Francia, al que Alejandro Dumas dedicó numerosas páginas en su saga literaria de Los Tres Mosqueteros. Un momento histórico que todavía recuerda la ciudad en el presente, aunque en la actualidad no queda ningún atisbo de independentismo. En la plaza enfrente del Ayuntamiento —un renovado edificio del siglo XIII—, se homenajea al alcalde de ese periodo mitificado, al rebelde Jean Guiton (1585-1654), que se fue al exilio tras la victoria de Luis XIII en 1628, pero al que repatriarían pocos años después gracias a su reputación de excelente ingeniero naval. Cerca de esa céntrica plaza, se encuentra el interesante museo sobre el Nuevo Mundo, situado en un elegante palacete del siglo XVIII. Explica al detalle cómo la Rochelle, tras el feroz cerco, continuó siendo un puerto dinámico que se enriqueció gracias a la brutal trata de esclavos a lo largo del siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX. Fue el segundo puerto esclavista de Francia, solo por detrás del de Nantes.Las calles con arcos, las callejuelas con adoquines al lado del puerto, un palacio de Justicia considerado un monumento nacional… Es larga la lista de los lugares cargados de historia. Fácilmente, uno puede pasar de la parte antigua que empieza en la torre del Reloj a darse un paseo por el puerto fortificado avanzando por la calle de las Damas, cuyo nombre evoca a las mujeres que se despedían de los marines en los muelles. Y siguiendo por esa zona peatonal se llega a la playa.Archipiélago de islas paradisíacasPara los que quieran disfrutar del sol y les seduzca el agua (a veces un poco fría) del Atlántico, lo más recomendable es ir a otro de los atractivos de esta ciudad, muy turística: las islas de Ré y Oléron. Ambas están conectadas con puentes con la zona metropolitana rochelesa o con viajes directos en barco.Panorámica de la Rochelle. Izquierda, puerto de la ciudad. Derecha, foto del patio del Museo del Nuevo Mundo de la Rochelle E.B.Gracias a sus playas de arena, sus paisajes bien conservados con sus emblemáticas marismas saladas o la presencia de numerosos criaderos de ostras, la isla de Ré es uno de los lugares predilectos de veraneo para la burguesía parisina. Cuando uno se pasea con los ojos bien abiertos por sus pueblos con casas blancas, no resulta sorprendente que se cruce con algún actor o político conocido. De hecho, allí vive actualmente Gisèle Pelicot, icono mundial de la lucha contra la violencia machista, tras haber sufrido durante casi una década decenas de violaciones por parte de su entonces marido (Dominique) y decenas de desconocidos que reclutó a través de una página de libertinaje, y que se aprovecharon de que ella estaba drogada y adormecida.La isla de Ré es un lugar caro, pero con una belleza evidente y sin la ostentación ni el lujo desbordante de Cannes, Saint-Tropez y otras localidades de la Costa Azul. En cambio, la de Oléron —el segundo territorio insular más grande de la Francia metropolitana después de Córcega— tiene la mala (o buena) reputación de ser un lugar más popular y frecuentado, donde se construyó en el pasado de manera más descontrolada. Eso no impide que desde sus playas pueda disfrutarse de las vistas magníficas del fuerte Boyard, una fortificación en alta mar construida durante la primera mitad del siglo XIX para proteger la Rochelle y, sobre todo, el arsenal militar de Rochefort, segunda ciudad más poblada del departamento rochelés. Esa fortificación es conocida por muchos franceses por un programa de televisión homónimo. Bastante menos conocida, pero no por ello insignificante, resulta la isla de Aix . Con apenas 186 habitantes, un litoral virgen y hermoso y solo accesible en barco, es un lugar idóneo para relajarse y sentirse como si uno estuviera en medio de una isla desierta. El archipiélago rochelés ofrece ambientes para todos los gustos. Los pijos parisinos prefieren Ré, Oléron es más popular y Aix se trata, sin duda, de un rincón idóneo para los hippies. Además de numerosos turistas, también atraen a algunos arqueólogos. Tras años escrutando ese territorio insular, la asociación local Ré Patrimoine descubrió recientemente la zona exacta donde se produjo la batalla del puente Feneau en 1627, en que las tropas francesas masacraron a unos 3.500 soldados ingleses, irlandeses y hugonotes galos, comandados por el duque de Buckingham. La historia, la cultura y la playa siempre van de la mano en la Rochelle. Había un ambiente más plácido y menos selecto que en el Festival de Cannes. Cuando se terminó la mítica comedia ‘El guateque’ de Blake Edwards, el público lanzó globos en la gran sala del teatro Coursive de la Rochelle, en el oeste de Francia . La productora y guionista Sylvie Pialat, exesposa del mítico director Maurice Pialat (fallecido en 2003), encabezaba en el escenario la comitiva de los responsables y decenas de voluntarios. Todos ellos habían hecho posible un certamen cinematográfico poco conocido a nivel internacional, pero más que disfrutón para cualquier cinéfilo. Faltaba poco para la medianoche del 4 al 5 de julio —la víspera se había vivido en esa misma sala uno de los momentos destacados con la proyección de ‘Los lunes al sol’ — y acababa de terminarse la 54ª edición del Festival Internacional de Cine de la Rochelle (FEMA, por sus siglas en francés). Este certamen no es uno más de los numerosos festivales culturales que se celebran cada verano en Francia, sino una cita subrayada en rojo en el calendario por muchos amantes del séptimo arte. Con menos glamur, pero también más accesible y menos estresante que Cannes, el FEMA permite ver preestrenos, los filmes más destacados que se han proyectado en mayo en el festival más prestigioso del mundo, así como numerosos clásicos.Menos de una semana después de ese certamen, otro evento cultural empieza cada verano en la Rochelle: el Francofollies. Creado en 1985 por el periodista radiofónico Jean-Louis Foulquier, este festival acoge cada año a varios de los músicos franceses más conocidos. Aya Nakamura, los raperos Gims y Orelsan y el cantante de pop Mika fueron las estrellas de la última edición, que reunió a más de 100.000 festivaleros en la monumental zona portuaria. Con el FEMA y el Francofollies , la Rochelle ofrece una potente oferta cultural durante la primera quincena de julio. Y esta se ve acompañada a lo largo del año por otros acontecimientos parecidos, como el Festival Internacional del Cine de Aventuras o con el de la ficción televisiva.No obstante, el atractivo de esta ciudad portuaria, con unos 80.000 habitantes, no recae solo en su oferta cultural. Situada a unos 500 kilómetros al suroeste de París, la Rochelle es un destino sugerente por la tríada cultura-historia-playa. Después de las tres horas en tren que la separan de la capital, la carta de bienvenida para los visitantes es su monumental estación ferroviaria. A poco más de cinco minutos andando, se encuentra el puerto. Gracias a sus torres y fortificaciones, es uno de esos lugares que permiten fácilmente viajar hacia el pasado.Marcada por un brutal cerco en el siglo XVIIDurante el final de la Edad Media y principios de la Moderna, la Rochelle sobresalía en Francia por su condición de principal puerto del Atlántico. El comercio con los puertos ingleses y hanseáticos enriquecieron a sus élites locales. Esa intensa actividad económica moldeó la identidad del principal feudo del protestantismo galo a principios del siglo XVII. Sus monumentos, como la elegante torre de la Linterna o en el patio del Ayuntamiento donde permanece una gran cruz de los hugonotes, rememoran ese pasado, en que fue entre 1621 y 1628 una república independiente que pretendía imitar a las Provincias Unidas (Países Bajos). Sus habitantes evocan ese periodo para presumir de su actual reputación de ser una ciudad «bella y rebelde».Foto en la entrada de las torres del puerto fortificado de la Rochelle. Fortificaciones de la Rochelle Patricia BoutinEse pasado tuvo, sin embargo, su parte trágica con el feroz sitio de la Rochelle durante 14 meses entre 1627 y 1628. Después de renegar de la política conciliadora de su padre Enrique IV —autor del edicto de Nantes y precursor de la libertad de conciencia—, el rey francés Luis XIII apostó por erradicar el foco de rebelión rochelés matando de hambre a sus habitantes. Sometió a la ciudad a un asedio, solo roto de manera puntual por las tropas inglesas, del que solo sobrevivieron 5.000 de los 27.000 habitantes. La hambruna hizo estragos y hubo numerosos casos de canibalismo. Fue un episodio icónico de las guerras de religión en Francia, al que Alejandro Dumas dedicó numerosas páginas en su saga literaria de Los Tres Mosqueteros. Un momento histórico que todavía recuerda la ciudad en el presente, aunque en la actualidad no queda ningún atisbo de independentismo. En la plaza enfrente del Ayuntamiento —un renovado edificio del siglo XIII—, se homenajea al alcalde de ese periodo mitificado, al rebelde Jean Guiton (1585-1654), que se fue al exilio tras la victoria de Luis XIII en 1628, pero al que repatriarían pocos años después gracias a su reputación de excelente ingeniero naval. Cerca de esa céntrica plaza, se encuentra el interesante museo sobre el Nuevo Mundo, situado en un elegante palacete del siglo XVIII. Explica al detalle cómo la Rochelle, tras el feroz cerco, continuó siendo un puerto dinámico que se enriqueció gracias a la brutal trata de esclavos a lo largo del siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX. Fue el segundo puerto esclavista de Francia, solo por detrás del de Nantes.Las calles con arcos, las callejuelas con adoquines al lado del puerto, un palacio de Justicia considerado un monumento nacional… Es larga la lista de los lugares cargados de historia. Fácilmente, uno puede pasar de la parte antigua que empieza en la torre del Reloj a darse un paseo por el puerto fortificado avanzando por la calle de las Damas, cuyo nombre evoca a las mujeres que se despedían de los marines en los muelles. Y siguiendo por esa zona peatonal se llega a la playa.Archipiélago de islas paradisíacasPara los que quieran disfrutar del sol y les seduzca el agua (a veces un poco fría) del Atlántico, lo más recomendable es ir a otro de los atractivos de esta ciudad, muy turística: las islas de Ré y Oléron. Ambas están conectadas con puentes con la zona metropolitana rochelesa o con viajes directos en barco.Panorámica de la Rochelle. Izquierda, puerto de la ciudad. Derecha, foto del patio del Museo del Nuevo Mundo de la Rochelle E.B.Gracias a sus playas de arena, sus paisajes bien conservados con sus emblemáticas marismas saladas o la presencia de numerosos criaderos de ostras, la isla de Ré es uno de los lugares predilectos de veraneo para la burguesía parisina. Cuando uno se pasea con los ojos bien abiertos por sus pueblos con casas blancas, no resulta sorprendente que se cruce con algún actor o político conocido. De hecho, allí vive actualmente Gisèle Pelicot, icono mundial de la lucha contra la violencia machista, tras haber sufrido durante casi una década decenas de violaciones por parte de su entonces marido (Dominique) y decenas de desconocidos que reclutó a través de una página de libertinaje, y que se aprovecharon de que ella estaba drogada y adormecida.La isla de Ré es un lugar caro, pero con una belleza evidente y sin la ostentación ni el lujo desbordante de Cannes, Saint-Tropez y otras localidades de la Costa Azul. En cambio, la de Oléron —el segundo territorio insular más grande de la Francia metropolitana después de Córcega— tiene la mala (o buena) reputación de ser un lugar más popular y frecuentado, donde se construyó en el pasado de manera más descontrolada. Eso no impide que desde sus playas pueda disfrutarse de las vistas magníficas del fuerte Boyard, una fortificación en alta mar construida durante la primera mitad del siglo XIX para proteger la Rochelle y, sobre todo, el arsenal militar de Rochefort, segunda ciudad más poblada del departamento rochelés. Esa fortificación es conocida por muchos franceses por un programa de televisión homónimo. Bastante menos conocida, pero no por ello insignificante, resulta la isla de Aix . Con apenas 186 habitantes, un litoral virgen y hermoso y solo accesible en barco, es un lugar idóneo para relajarse y sentirse como si uno estuviera en medio de una isla desierta. El archipiélago rochelés ofrece ambientes para todos los gustos. Los pijos parisinos prefieren Ré, Oléron es más popular y Aix se trata, sin duda, de un rincón idóneo para los hippies. Además de numerosos turistas, también atraen a algunos arqueólogos. Tras años escrutando ese territorio insular, la asociación local Ré Patrimoine descubrió recientemente la zona exacta donde se produjo la batalla del puente Feneau en 1627, en que las tropas francesas masacraron a unos 3.500 soldados ingleses, irlandeses y hugonotes galos, comandados por el duque de Buckingham. La historia, la cultura y la playa siempre van de la mano en la Rochelle.
Había un ambiente más plácido y menos selecto que en el Festival de Cannes. Cuando se terminó la mítica comedia ‘El guateque’ de Blake Edwards, el público lanzó globos en la gran sala del teatro Coursive de la Rochelle, en el oeste de Francia. … La productora y guionista Sylvie Pialat, exesposa del mítico director Maurice Pialat (fallecido en 2003), encabezaba en el escenario la comitiva de los responsables y decenas de voluntarios. Todos ellos habían hecho posible un certamen cinematográfico poco conocido a nivel internacional, pero más que disfrutón para cualquier cinéfilo.
Faltaba poco para la medianoche del 4 al 5 de julio —la víspera se había vivido en esa misma sala uno de los momentos destacados con la proyección de ‘Los lunes al sol’— y acababa de terminarse la 54ª edición del Festival Internacional de Cine de la Rochelle (FEMA, por sus siglas en francés). Este certamen no es uno más de los numerosos festivales culturales que se celebran cada verano en Francia, sino una cita subrayada en rojo en el calendario por muchos amantes del séptimo arte. Con menos glamur, pero también más accesible y menos estresante que Cannes, el FEMA permite ver preestrenos, los filmes más destacados que se han proyectado en mayo en el festival más prestigioso del mundo, así como numerosos clásicos.
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Menos de una semana después de ese certamen, otro evento cultural empieza cada verano en la Rochelle: el Francofollies. Creado en 1985 por el periodista radiofónico Jean-Louis Foulquier, este festival acoge cada año a varios de los músicos franceses más conocidos. Aya Nakamura, los raperos Gims y Orelsan y el cantante de pop Mika fueron las estrellas de la última edición, que reunió a más de 100.000 festivaleros en la monumental zona portuaria. Con el FEMA y el Francofollies, la Rochelle ofrece una potente oferta cultural durante la primera quincena de julio. Y esta se ve acompañada a lo largo del año por otros acontecimientos parecidos, como el Festival Internacional del Cine de Aventuras o con el de la ficción televisiva.
No obstante, el atractivo de esta ciudad portuaria, con unos 80.000 habitantes, no recae solo en su oferta cultural. Situada a unos 500 kilómetros al suroeste de París, la Rochelle es un destino sugerente por la tríada cultura-historia-playa. Después de las tres horas en tren que la separan de la capital, la carta de bienvenida para los visitantes es su monumental estación ferroviaria. A poco más de cinco minutos andando, se encuentra el puerto. Gracias a sus torres y fortificaciones, es uno de esos lugares que permiten fácilmente viajar hacia el pasado.
Marcada por un brutal cerco en el siglo XVII
Durante el final de la Edad Media y principios de la Moderna, la Rochelle sobresalía en Francia por su condición de principal puerto del Atlántico. El comercio con los puertos ingleses y hanseáticos enriquecieron a sus élites locales. Esa intensa actividad económica moldeó la identidad del principal feudo del protestantismo galo a principios del siglo XVII. Sus monumentos, como la elegante torre de la Linterna o en el patio del Ayuntamiento donde permanece una gran cruz de los hugonotes, rememoran ese pasado, en que fue entre 1621 y 1628 una república independiente que pretendía imitar a las Provincias Unidas (Países Bajos). Sus habitantes evocan ese periodo para presumir de su actual reputación de ser una ciudad «bella y rebelde».
(Patricia Boutin)
Ese pasado tuvo, sin embargo, su parte trágica con el feroz sitio de la Rochelle durante 14 meses entre 1627 y 1628. Después de renegar de la política conciliadora de su padre Enrique IV —autor del edicto de Nantes y precursor de la libertad de conciencia—, el rey francés Luis XIII apostó por erradicar el foco de rebelión rochelés matando de hambre a sus habitantes. Sometió a la ciudad a un asedio, solo roto de manera puntual por las tropas inglesas, del que solo sobrevivieron 5.000 de los 27.000 habitantes. La hambruna hizo estragos y hubo numerosos casos de canibalismo.
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Fue un episodio icónico de las guerras de religión en Francia, al que Alejandro Dumas dedicó numerosas páginas en su saga literaria de Los Tres Mosqueteros. Un momento histórico que todavía recuerda la ciudad en el presente, aunque en la actualidad no queda ningún atisbo de independentismo. En la plaza enfrente del Ayuntamiento —un renovado edificio del siglo XIII—, se homenajea al alcalde de ese periodo mitificado, al rebelde Jean Guiton (1585-1654), que se fue al exilio tras la victoria de Luis XIII en 1628, pero al que repatriarían pocos años después gracias a su reputación de excelente ingeniero naval.
Cerca de esa céntrica plaza, se encuentra el interesante museo sobre el Nuevo Mundo, situado en un elegante palacete del siglo XVIII. Explica al detalle cómo la Rochelle, tras el feroz cerco, continuó siendo un puerto dinámico que se enriqueció gracias a la brutal trata de esclavos a lo largo del siglo XVIII y durante la primera mitad del XIX. Fue el segundo puerto esclavista de Francia, solo por detrás del de Nantes.
Las calles con arcos, las callejuelas con adoquines al lado del puerto, un palacio de Justicia considerado un monumento nacional… Es larga la lista de los lugares cargados de historia. Fácilmente, uno puede pasar de la parte antigua que empieza en la torre del Reloj a darse un paseo por el puerto fortificado avanzando por la calle de las Damas, cuyo nombre evoca a las mujeres que se despedían de los marines en los muelles. Y siguiendo por esa zona peatonal se llega a la playa.
Archipiélago de islas paradisíacas
Para los que quieran disfrutar del sol y les seduzca el agua (a veces un poco fría) del Atlántico, lo más recomendable es ir a otro de los atractivos de esta ciudad, muy turística: las islas de Ré y Oléron. Ambas están conectadas con puentes con la zona metropolitana rochelesa o con viajes directos en barco.
(E.B.)
Gracias a sus playas de arena, sus paisajes bien conservados con sus emblemáticas marismas saladas o la presencia de numerosos criaderos de ostras, la isla de Ré es uno de los lugares predilectos de veraneo para la burguesía parisina. Cuando uno se pasea con los ojos bien abiertos por sus pueblos con casas blancas, no resulta sorprendente que se cruce con algún actor o político conocido. De hecho, allí vive actualmente Gisèle Pelicot, icono mundial de la lucha contra la violencia machista, tras haber sufrido durante casi una década decenas de violaciones por parte de su entonces marido (Dominique) y decenas de desconocidos que reclutó a través de una página de libertinaje, y que se aprovecharon de que ella estaba drogada y adormecida.
La isla de Ré es un lugar caro, pero con una belleza evidente y sin la ostentación ni el lujo desbordante de Cannes, Saint-Tropez y otras localidades de la Costa Azul. En cambio, la de Oléron —el segundo territorio insular más grande de la Francia metropolitana después de Córcega— tiene la mala (o buena) reputación de ser un lugar más popular y frecuentado, donde se construyó en el pasado de manera más descontrolada.
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Eso no impide que desde sus playas pueda disfrutarse de las vistas magníficas del fuerte Boyard, una fortificación en alta mar construida durante la primera mitad del siglo XIX para proteger la Rochelle y, sobre todo, el arsenal militar de Rochefort, segunda ciudad más poblada del departamento rochelés. Esa fortificación es conocida por muchos franceses por un programa de televisión homónimo. Bastante menos conocida, pero no por ello insignificante, resulta la isla de Aix. Con apenas 186 habitantes, un litoral virgen y hermoso y solo accesible en barco, es un lugar idóneo para relajarse y sentirse como si uno estuviera en medio de una isla desierta.
El archipiélago rochelés ofrece ambientes para todos los gustos. Los pijos parisinos prefieren Ré, Oléron es más popular y Aix se trata, sin duda, de un rincón idóneo para los hippies. Además de numerosos turistas, también atraen a algunos arqueólogos. Tras años escrutando ese territorio insular, la asociación local Ré Patrimoine descubrió recientemente la zona exacta donde se produjo la batalla del puente Feneau en 1627, en que las tropas francesas masacraron a unos 3.500 soldados ingleses, irlandeses y hugonotes galos, comandados por el duque de Buckingham. La historia, la cultura y la playa siempre van de la mano en la Rochelle.
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