Skip to content
  miércoles 28 octubre 2026
  • Aviso Legal
  • Política de Cookies
  • Política de Privacidad
  • Contacto
Radar Cultural | Localiza la cultura española
  • Literatura
  • Arte
  • Cine
  • Música
  • Teatro
  • Toros
  • Televisión
Tendencias
11 de febrero de 2025Miguel Ángel Aulestia Martínez presenta «Hume y Kant. Dos colosos de la filosofía moderna» 22 de octubre de 2026La diplomática 26 de octubre de 2026Colette, novia del mundo 1 de abril de 2025Ángela María Sierra Bustillo convierte el duelo en un camino de esperanza con su primer libro 27 de junio de 2025Neysha Santos Piñero debuta en la literatura con una antología cargada de magia y emociones 22 de octubre de 2026En los 40 años de Fobia: “Tocar era la manera de estar juntos, como nuestros amigos que se juntaban a jugar fútbol o ajedrez” 3 de septiembre de 2024José María Cárdenas Ramos presenta su primera novela «Bajo el viejo Fresno», una evocación histórica y personal 16 de octubre de 2026Cifuentes, sobre la falta de acuerdo entre Podemos y Frente Amplio para las elecciones: «Al PSOE le interesa la fragmentación de la izquierda porque lleva a la desilusión de los votantes y se beneficia» 6 de abril de 2026José Pablo Casal López rescata la memoria de un indiano cántabro en su primera obra literaria 23 de diciembre de 2025Mitsue Fernández Castro invita a reconectar con la esencia interior a través de la fantasía simbólica
Radar Cultural | Localiza la cultura española
  • Aviso Legal
  • Política de Cookies
  • Política de Privacidad
  • Contacto
Radar Cultural | Localiza la cultura española
  Arte  Escribir en los tiempos de la IA: entre la caza de brujas y la vergüenza de la confesión
Arte

Escribir en los tiempos de la IA: entre la caza de brujas y la vergüenza de la confesión

27 de octubre de 2026
FacebookX TwitterPinterestLinkedInTumblrRedditVKWhatsAppEmail

Un libro promete una historia, una voz, un mundo. Hasta hace poco, eso bastaba: ahora el lector exige también una prueba de que entre sus líneas alguien dudó entre una palabra y otra, y los escritores, que son quienes más defienden esa duda, no se ponen de acuerdo en dónde acaba lo que le permiten a la máquina.Jorge Volpi pasó meses probando modelos de lenguaje para dar voz a la IA que narra ‘La República’ y acabó desarrollando su propia aplicación. Para él, el problema no es la herramienta sino usarla «sin responsabilidad, sin criterio y sin transparencia». Olga Tokarczuk lo comprobó este año: la Nobel reconoció que había adquirido un modelo avanzado y que ampliaba y profundizaba su pensamiento creativo. La reacción fue tan dura que tuvo que aclarar que ninguno de sus textos, incluida su próxima novela, se había escrito con IA, salvo para agilizar la investigación preliminar. Manuel Jabois la usa como sustituto de Google para documentarse y para explorar posibilidades léxicas. Quien crea que el trabajo consiste en pegar lo que devuelve la máquina, advierte, «no entendió nada». El patrón se repite: documentar, comprobar, no escribir.Ni siquiera ese uso modesto se acepta sin reservas. En mayo, la Conferencia de Escritoras y Escritores, reunida en Potes (Cantabria), criticó a los colegas que hacen declaraciones contrarias a los intereses del gremio, como consultar a una IA sobre sus propios libros. Según su portavoz, Manuel Rico , presidente de la Asociación Colegial de Escritores, eso «alimenta» a la máquina.Hay quien mira más lejos. El poeta, traductor y editor Juan F. Rivero (Sevilla, 1991), premio Libro del Año 2021 del Gremio de Librerías de Madrid por ‘Las hogueras azules’, escribía este lunes en X que la IA le parece imparable por una razón poco épica: el oficio está plagado de gente cuyo objetivo no es producir obra artística, sino ganar dinero o lectores con un producto comercial al que la máquina le sale a cuenta.Eso, matizaba, no significa que la escritura, ni siquiera la puramente humana, esté acabada. Lo que prevé es una distancia cada vez mayor entre la escritura comercial y la artística, en la que el estilo será crucial y la elección de los temas cambiará de raíz, quizá como la irrupción de la fotografía alteró la pintura en los siglos XIX y XX y, por arrastre, a las demás artes ancladas hasta entonces en el paradigma mimético. Él no piensa usarla para nada que no sea la pura documentación, pero cree que la pregunta ya no es si usarla ni en qué grado, sino «cómo dirigirnos a un mundo que la ha internalizado como el recurso por antonomasia».Detectores y juramentosHace apenas unos días, cuando el escándalo de Thélyson Orélien por el Goncourt ya parecía haber sido dejado atrás, Almadía suspendió en España las presentaciones de ‘Donde el agua trabaja’, la novela ganadora de su premio de novela breve. Pangram, en una investigación de ‘El País’, atribuyó a la máquina el 99% del contenido del libro. La editorial recordó que el autor, David Silva Rojas, había jurado no usar IA y dijo no tener elementos para desconfiar de su palabra. La ironía, sin embargo, es que el acusador es otra máquina.No todos ven en esta ola de controles una defensa legítima de la autoría: hay quien habla de caza de brujas, otros advierten que «100 % humano» se convierta en sinónimo de calidad, como si no existieran muchas novelas malas escritas sin ayuda de ninguna máquina. La sospecha, aun cuando se desmonte, deja su marca. Y tampoco el caso es limpio: el propio Orélien ha admitido usar herramientas para documentarse , en particular con expresiones de otros idiomas, y reconocido errores de plagio pasados, mientras su editorial quebequesa asegura haber encontrado indicios de uso de IA en los metadatos de unos documentos. Entre la caza de brujas y la ingenuidad cabe poco espacio, y hoy no hay nadie con autoridad para ocuparlo.Para la ‘bestseller’ nacional Dolores Redondo «nada es 100%», pero ha decidido adelantarse a la sospecha. En la contracubierta de su último libro, ‘Todas las noches, todas las ciudades’ figura el sello ‘Sine Machina’, que certifica que no ha intervenido la inteligencia artificial. La autora lo con perspectiva histórica. «El plagio y las novelas ‘a chorro’ existen desde siempre, y hasta a Cervantes lo plagiaron», asegura Redondo.Ella misma usa Save Creative, un registro europeo que guarda cada sesión de trabajo. Enseña lo que archiva: cien mil copias, la página 5, la 12, la 220, un año y pico de crecimiento del texto. Aun así, «es triste que seas tú el que tenga que buscar herramientas» para demostrar que lo has escrito tú. Añade que sus libros ya han alimentado a esos sistemas: una asociación presentó una reclamación y, al consultarlo, comprobaron que había usuarios que los habían subido para pedir ayuda con una novela del estilo.Los que no se escondenRedondo ocupa un extremo. En el otro están quienes han decidido no esconderse. La novelista Sara Barquinero la utiliza muchísimo y dice que «no le da vergüenza admitirlo»: se programó un modelo propio que conoce su situación profesional, le resuelve desde facturas hasta correos y, para cada libro, le avisa de pequeños fallos de raccord. A Vila-Matas le sirve para algo similar , en su caso, para encontrar frases suyas que no es capaz de localizar. Mikel Santiago, que además de novelista es informático, nunca le pediría una escena o un diálogo, pero sí que analice el manuscrito y marque dónde pierde ritmo. Javier Cercas lo resume desde otro lado: un escritor no escribe para producir texto, sino para descubrir lo que no sabía antes de sentarse.Los premios, mientras tanto, piden juramentos. Las bases del Planeta exigen al autor una declaración expresa de que su obra no es resultado de sistemas, herramientas o técnicas derivadas o vinculadas con la inteligencia artificial. Este año, con un récord de 1.424 manuscritos, todas las novelas finalistas han pasado además un filtro con herramientas de verificación para descartar el uso de IA. Es la misma lógica de Almadía: palabra del autor y detector. Hay otro matiz, y es que una redacción tan amplia no distingue entre escribir con IA y consultarla, que es justo lo que hacen casi todos los escritores citados arriba.A todo esto se suma una desconfianza de signo contrario, la de los autores hacia las máquinas. El 96 % de los escritores y traductores españoles, en una encuesta a 9.000 profesionales de las principales asociaciones, considera imprescindible su autorización expresa para entrenar modelos con sus obras. En junio de 2025, ABC publicó que CEDRO había identificado en LibGen , un repositorio pirata de origen ruso, 49.461 títulos publicados en España, de hasta 41.000 escritores y más de 1.100 editoriales. El listado llega de Camilo José Cela, fallecido en 2002, a David Uclés, y pasa por Rosa Montero, Javier Cercas, Almudena Grandes o la propia Dolores Redondo. Los trabajadores de OpenAI y Meta han reconocido en procedimientos judiciales en Estados Unidos que sus empresas recurrieron a esos contenidos para entrenar sus modelos. Montero prefiere no hablar de piratería, que tiene algo de romántico, sino de robo. Julia Navarro es más tajante: «Esto no es piratería, son bandas organizadas que roban». Los escritores se defienden así de dos sospechas a la vez: la de usar la máquina y la de haber sido su alimento. La paradoja se cierra sobre sí misma. Las máquinas que, según denuncian los autores, se alimentaron de sus libros sin permiso son hoy las que los acusan, y los premios, que les exigen jurar que no las han usado, les piden además que prueben su inocencia. Demostrar que se es humano se ha convertido en una tarea más del oficio de escribir. Un libro promete una historia, una voz, un mundo. Hasta hace poco, eso bastaba: ahora el lector exige también una prueba de que entre sus líneas alguien dudó entre una palabra y otra, y los escritores, que son quienes más defienden esa duda, no se ponen de acuerdo en dónde acaba lo que le permiten a la máquina.Jorge Volpi pasó meses probando modelos de lenguaje para dar voz a la IA que narra ‘La República’ y acabó desarrollando su propia aplicación. Para él, el problema no es la herramienta sino usarla «sin responsabilidad, sin criterio y sin transparencia». Olga Tokarczuk lo comprobó este año: la Nobel reconoció que había adquirido un modelo avanzado y que ampliaba y profundizaba su pensamiento creativo. La reacción fue tan dura que tuvo que aclarar que ninguno de sus textos, incluida su próxima novela, se había escrito con IA, salvo para agilizar la investigación preliminar. Manuel Jabois la usa como sustituto de Google para documentarse y para explorar posibilidades léxicas. Quien crea que el trabajo consiste en pegar lo que devuelve la máquina, advierte, «no entendió nada». El patrón se repite: documentar, comprobar, no escribir.Ni siquiera ese uso modesto se acepta sin reservas. En mayo, la Conferencia de Escritoras y Escritores, reunida en Potes (Cantabria), criticó a los colegas que hacen declaraciones contrarias a los intereses del gremio, como consultar a una IA sobre sus propios libros. Según su portavoz, Manuel Rico , presidente de la Asociación Colegial de Escritores, eso «alimenta» a la máquina.Hay quien mira más lejos. El poeta, traductor y editor Juan F. Rivero (Sevilla, 1991), premio Libro del Año 2021 del Gremio de Librerías de Madrid por ‘Las hogueras azules’, escribía este lunes en X que la IA le parece imparable por una razón poco épica: el oficio está plagado de gente cuyo objetivo no es producir obra artística, sino ganar dinero o lectores con un producto comercial al que la máquina le sale a cuenta.Eso, matizaba, no significa que la escritura, ni siquiera la puramente humana, esté acabada. Lo que prevé es una distancia cada vez mayor entre la escritura comercial y la artística, en la que el estilo será crucial y la elección de los temas cambiará de raíz, quizá como la irrupción de la fotografía alteró la pintura en los siglos XIX y XX y, por arrastre, a las demás artes ancladas hasta entonces en el paradigma mimético. Él no piensa usarla para nada que no sea la pura documentación, pero cree que la pregunta ya no es si usarla ni en qué grado, sino «cómo dirigirnos a un mundo que la ha internalizado como el recurso por antonomasia».Detectores y juramentosHace apenas unos días, cuando el escándalo de Thélyson Orélien por el Goncourt ya parecía haber sido dejado atrás, Almadía suspendió en España las presentaciones de ‘Donde el agua trabaja’, la novela ganadora de su premio de novela breve. Pangram, en una investigación de ‘El País’, atribuyó a la máquina el 99% del contenido del libro. La editorial recordó que el autor, David Silva Rojas, había jurado no usar IA y dijo no tener elementos para desconfiar de su palabra. La ironía, sin embargo, es que el acusador es otra máquina.No todos ven en esta ola de controles una defensa legítima de la autoría: hay quien habla de caza de brujas, otros advierten que «100 % humano» se convierta en sinónimo de calidad, como si no existieran muchas novelas malas escritas sin ayuda de ninguna máquina. La sospecha, aun cuando se desmonte, deja su marca. Y tampoco el caso es limpio: el propio Orélien ha admitido usar herramientas para documentarse , en particular con expresiones de otros idiomas, y reconocido errores de plagio pasados, mientras su editorial quebequesa asegura haber encontrado indicios de uso de IA en los metadatos de unos documentos. Entre la caza de brujas y la ingenuidad cabe poco espacio, y hoy no hay nadie con autoridad para ocuparlo.Para la ‘bestseller’ nacional Dolores Redondo «nada es 100%», pero ha decidido adelantarse a la sospecha. En la contracubierta de su último libro, ‘Todas las noches, todas las ciudades’ figura el sello ‘Sine Machina’, que certifica que no ha intervenido la inteligencia artificial. La autora lo con perspectiva histórica. «El plagio y las novelas ‘a chorro’ existen desde siempre, y hasta a Cervantes lo plagiaron», asegura Redondo.Ella misma usa Save Creative, un registro europeo que guarda cada sesión de trabajo. Enseña lo que archiva: cien mil copias, la página 5, la 12, la 220, un año y pico de crecimiento del texto. Aun así, «es triste que seas tú el que tenga que buscar herramientas» para demostrar que lo has escrito tú. Añade que sus libros ya han alimentado a esos sistemas: una asociación presentó una reclamación y, al consultarlo, comprobaron que había usuarios que los habían subido para pedir ayuda con una novela del estilo.Los que no se escondenRedondo ocupa un extremo. En el otro están quienes han decidido no esconderse. La novelista Sara Barquinero la utiliza muchísimo y dice que «no le da vergüenza admitirlo»: se programó un modelo propio que conoce su situación profesional, le resuelve desde facturas hasta correos y, para cada libro, le avisa de pequeños fallos de raccord. A Vila-Matas le sirve para algo similar , en su caso, para encontrar frases suyas que no es capaz de localizar. Mikel Santiago, que además de novelista es informático, nunca le pediría una escena o un diálogo, pero sí que analice el manuscrito y marque dónde pierde ritmo. Javier Cercas lo resume desde otro lado: un escritor no escribe para producir texto, sino para descubrir lo que no sabía antes de sentarse.Los premios, mientras tanto, piden juramentos. Las bases del Planeta exigen al autor una declaración expresa de que su obra no es resultado de sistemas, herramientas o técnicas derivadas o vinculadas con la inteligencia artificial. Este año, con un récord de 1.424 manuscritos, todas las novelas finalistas han pasado además un filtro con herramientas de verificación para descartar el uso de IA. Es la misma lógica de Almadía: palabra del autor y detector. Hay otro matiz, y es que una redacción tan amplia no distingue entre escribir con IA y consultarla, que es justo lo que hacen casi todos los escritores citados arriba.A todo esto se suma una desconfianza de signo contrario, la de los autores hacia las máquinas. El 96 % de los escritores y traductores españoles, en una encuesta a 9.000 profesionales de las principales asociaciones, considera imprescindible su autorización expresa para entrenar modelos con sus obras. En junio de 2025, ABC publicó que CEDRO había identificado en LibGen , un repositorio pirata de origen ruso, 49.461 títulos publicados en España, de hasta 41.000 escritores y más de 1.100 editoriales. El listado llega de Camilo José Cela, fallecido en 2002, a David Uclés, y pasa por Rosa Montero, Javier Cercas, Almudena Grandes o la propia Dolores Redondo. Los trabajadores de OpenAI y Meta han reconocido en procedimientos judiciales en Estados Unidos que sus empresas recurrieron a esos contenidos para entrenar sus modelos. Montero prefiere no hablar de piratería, que tiene algo de romántico, sino de robo. Julia Navarro es más tajante: «Esto no es piratería, son bandas organizadas que roban». Los escritores se defienden así de dos sospechas a la vez: la de usar la máquina y la de haber sido su alimento. La paradoja se cierra sobre sí misma. Las máquinas que, según denuncian los autores, se alimentaron de sus libros sin permiso son hoy las que los acusan, y los premios, que les exigen jurar que no las han usado, les piden además que prueben su inocencia. Demostrar que se es humano se ha convertido en una tarea más del oficio de escribir.  

Un libro promete una historia, una voz, un mundo. Hasta hace poco, eso bastaba: ahora el lector exige también una prueba de que entre sus líneas alguien dudó entre una palabra y otra, y los escritores, que son quienes más defienden esa duda, no se … ponen de acuerdo en dónde acaba lo que le permiten a la máquina.

Jorge Volpi pasó meses probando modelos de lenguaje para dar voz a la IA que narra ‘La República’ y acabó desarrollando su propia aplicación. Para él, el problema no es la herramienta sino usarla «sin responsabilidad, sin criterio y sin transparencia». Olga Tokarczuk lo comprobó este año: la Nobel reconoció que había adquirido un modelo avanzado y que ampliaba y profundizaba su pensamiento creativo.

La reacción fue tan dura que tuvo que aclarar que ninguno de sus textos, incluida su próxima novela, se había escrito con IA, salvo para agilizar la investigación preliminar. Manuel Jabois la usa como sustituto de Google para documentarse y para explorar posibilidades léxicas. Quien crea que el trabajo consiste en pegar lo que devuelve la máquina, advierte, «no entendió nada». El patrón se repite: documentar, comprobar, no escribir.

Noticia relacionada


  • Alana S. Portero: «Si Lorca reaparece tanto es porque algo no hemos aprendido todavía»


    • Alana S. Portero: «Si Lorca reaparece tanto es porque algo no hemos aprendido todavía»

    Carmen Burné

Ni siquiera ese uso modesto se acepta sin reservas. En mayo, la Conferencia de Escritoras y Escritores, reunida en Potes (Cantabria), criticó a los colegas que hacen declaraciones contrarias a los intereses del gremio, como consultar a una IA sobre sus propios libros. Según su portavoz, Manuel Rico, presidente de la Asociación Colegial de Escritores, eso «alimenta» a la máquina.

Hay quien mira más lejos. El poeta, traductor y editor Juan F. Rivero (Sevilla, 1991), premio Libro del Año 2021 del Gremio de Librerías de Madrid por ‘Las hogueras azules’, escribía este lunes en X que la IA le parece imparable por una razón poco épica: el oficio está plagado de gente cuyo objetivo no es producir obra artística, sino ganar dinero o lectores con un producto comercial al que la máquina le sale a cuenta.

Más noticias

Paula Ortiz filma las entrañas del Vaticano: «Dirigir al Papa impone más presión que dirigir a cualquier actor»

19 de octubre de 2026

Michel Laprise: «Los artistas han de ganarse la atención del público desde el primer minuto»

22 de octubre de 2026

Patrick Radden Keefe, el reportero que se convirtió en superventas: «Truman Capote hizo cosas que yo jamás haría»

19 de octubre de 2026

El Museo Sorolla crece… en un antiguo taller de coches

14 de octubre de 2026

Eso, matizaba, no significa que la escritura, ni siquiera la puramente humana, esté acabada. Lo que prevé es una distancia cada vez mayor entre la escritura comercial y la artística, en la que el estilo será crucial y la elección de los temas cambiará de raíz, quizá como la irrupción de la fotografía alteró la pintura en los siglos XIX y XX y, por arrastre, a las demás artes ancladas hasta entonces en el paradigma mimético. Él no piensa usarla para nada que no sea la pura documentación, pero cree que la pregunta ya no es si usarla ni en qué grado, sino «cómo dirigirnos a un mundo que la ha internalizado como el recurso por antonomasia».

Detectores y juramentos

Hace apenas unos días, cuando el escándalo de Thélyson Orélien por el Goncourt ya parecía haber sido dejado atrás, Almadía suspendió en España las presentaciones de ‘Donde el agua trabaja’, la novela ganadora de su premio de novela breve. Pangram, en una investigación de ‘El País’, atribuyó a la máquina el 99% del contenido del libro. La editorial recordó que el autor, David Silva Rojas, había jurado no usar IA y dijo no tener elementos para desconfiar de su palabra. La ironía, sin embargo, es que el acusador es otra máquina.

Noticia relacionada


  • El escritor Thélyson Orélien admite el plagio pero niega haber utilizado la IA en su novela debut


    • El escritor Thélyson Orélien admite el plagio pero niega haber utilizado la IA en su novela debut

    ABC

No todos ven en esta ola de controles una defensa legítima de la autoría: hay quien habla de caza de brujas, otros advierten que «100 % humano» se convierta en sinónimo de calidad, como si no existieran muchas novelas malas escritas sin ayuda de ninguna máquina. La sospecha, aun cuando se desmonte, deja su marca. Y tampoco el caso es limpio: el propio Orélien ha admitido usar herramientas para documentarse, en particular con expresiones de otros idiomas, y reconocido errores de plagio pasados, mientras su editorial quebequesa asegura haber encontrado indicios de uso de IA en los metadatos de unos documentos. Entre la caza de brujas y la ingenuidad cabe poco espacio, y hoy no hay nadie con autoridad para ocuparlo.

Para la ‘bestseller’ nacional Dolores Redondo «nada es 100%», pero ha decidido adelantarse a la sospecha. En la contracubierta de su último libro, ‘Todas las noches, todas las ciudades’ figura el sello ‘Sine Machina’, que certifica que no ha intervenido la inteligencia artificial. La autora lo con perspectiva histórica. «El plagio y las novelas ‘a chorro’ existen desde siempre, y hasta a Cervantes lo plagiaron», asegura Redondo.

Ella misma usa Save Creative, un registro europeo que guarda cada sesión de trabajo. Enseña lo que archiva: cien mil copias, la página 5, la 12, la 220, un año y pico de crecimiento del texto. Aun así, «es triste que seas tú el que tenga que buscar herramientas» para demostrar que lo has escrito tú. Añade que sus libros ya han alimentado a esos sistemas: una asociación presentó una reclamación y, al consultarlo, comprobaron que había usuarios que los habían subido para pedir ayuda con una novela del estilo.

Los que no se esconden

Redondo ocupa un extremo. En el otro están quienes han decidido no esconderse. La novelista Sara Barquinero la utiliza muchísimo y dice que «no le da vergüenza admitirlo»: se programó un modelo propio que conoce su situación profesional, le resuelve desde facturas hasta correos y, para cada libro, le avisa de pequeños fallos de raccord. A Vila-Matas le sirve para algo similar, en su caso, para encontrar frases suyas que no es capaz de localizar. Mikel Santiago, que además de novelista es informático, nunca le pediría una escena o un diálogo, pero sí que analice el manuscrito y marque dónde pierde ritmo. Javier Cercas lo resume desde otro lado: un escritor no escribe para producir texto, sino para descubrir lo que no sabía antes de sentarse.

Los premios, mientras tanto, piden juramentos. Las bases del Planeta exigen al autor una declaración expresa de que su obra no es resultado de sistemas, herramientas o técnicas derivadas o vinculadas con la inteligencia artificial. Este año, con un récord de 1.424 manuscritos, todas las novelas finalistas han pasado además un filtro con herramientas de verificación para descartar el uso de IA. Es la misma lógica de Almadía: palabra del autor y detector. Hay otro matiz, y es que una redacción tan amplia no distingue entre escribir con IA y consultarla, que es justo lo que hacen casi todos los escritores citados arriba.

A todo esto se suma una desconfianza de signo contrario, la de los autores hacia las máquinas. El 96 % de los escritores y traductores españoles, en una encuesta a 9.000 profesionales de las principales asociaciones, considera imprescindible su autorización expresa para entrenar modelos con sus obras.

En junio de 2025, ABC publicó que CEDRO había identificado en LibGen, un repositorio pirata de origen ruso, 49.461 títulos publicados en España, de hasta 41.000 escritores y más de 1.100 editoriales. El listado llega de Camilo José Cela, fallecido en 2002, a David Uclés, y pasa por Rosa Montero, Javier Cercas, Almudena Grandes o la propia Dolores Redondo. Los trabajadores de OpenAI y Meta han reconocido en procedimientos judiciales en Estados Unidos que sus empresas recurrieron a esos contenidos para entrenar sus modelos. Montero prefiere no hablar de piratería, que tiene algo de romántico, sino de robo. Julia Navarro es más tajante: «Esto no es piratería, son bandas organizadas que roban». Los escritores se defienden así de dos sospechas a la vez: la de usar la máquina y la de haber sido su alimento.

La paradoja se cierra sobre sí misma. Las máquinas que, según denuncian los autores, se alimentaron de sus libros sin permiso son hoy las que los acusan, y los premios, que les exigen jurar que no las han usado, les piden además que prueben su inocencia. Demostrar que se es humano se ha convertido en una tarea más del oficio de escribir.

 RSS de noticias de cultura 

FacebookX TwitterPinterestLinkedInTumblrRedditVKWhatsAppEmail
Pilar Paz Pasamar, la última discípula de Juan Ramón
Muere Andrés Hernando, torero sobrio, puro y solidario
Últimas Entradas

Prostitución, gotelé, cine quinqui y Fran Perea

28 de octubre de 2026

El secreto del éxito de las series de médicos: «Es la batalla entre la vida y la muerte, y funciona desde hace 3.000 años»

28 de octubre de 2026

Pablo Motos desvela el cruel comentario que marcó sus inicios en televisión: «No querría yo ser vengativo, pero 20 años después, aquí estoy»

28 de octubre de 2026

Estopa: «La fama te hace olvidar de dónde vienes, hasta que llega el bofetón»

27 de octubre de 2026

Irán condena al cineasta Jafar Panahi, Palma de Oro en 2025, a cinco años de prisión

27 de octubre de 2026

El escritor David Silva Rojas defiende en un comunicado que su novela ‘Donde el agua trabaja’ no está escrita por la IA

27 de octubre de 2026

Enrique Vila-Matas, premio Nacional de las Letras: «Qué manía, ¡yo no hago metaliteratura!»

27 de octubre de 2026

La mujer «inquieta y andariega» (y 2)

27 de octubre de 2026

Una soltera sin filtros humilla a su cita con sus continuos desprecios: «¿Qué acaba de pasar? ¡Qué vergüenza!»

27 de octubre de 2026

Netflix pone fecha de estreno a la nueva temporada de ‘Animal’: la exitosa serie de Luis Zahera vuelve con nuevos capítulos

27 de octubre de 2026
    Radar Cultural | Localiza la cultura española
    ¿Quiénes somos? Radar Cultural es un periódico digital dedicado a la divulgación de la cultura en todas sus expresiones. Nuestro objetivo es ser un referente informativo y crítico para los amantes del arte, la literatura, la música, el teatro, el cine y otras manifestaciones culturales. Creemos en el poder de la cultura para transformar la sociedad. Por eso, nos comprometemos a ofrecer un periodismo de calidad, riguroso y plural, que dé voz a los creadores y pensadores más relevantes de nuestro tiempo. Nuestro equipo está formado por un grupo de periodistas y críticos especializados en diferentes áreas culturales. Todos ellos comparten una misma pasión: la de acercar la cultura al público de manera amena y accesible.
    © 2024,Todos los derechos reservados. RadarCultural.es