Las fotografías familiares adquirieron un nuevo significado a la luz de la tragedia. En ellas, el matrimonio Dupont de Ligonnès, formado por Agnès y Xavier, sonreía rodeado de sus cuatro hijos, Arthur, Thomas, Anne y Benoît; todos atrapados en el tiempo, delante de paisajes luminosos y escenarios de celebración. Todavía no muertos.En 2011, fueron los vecinos quienes dieron la voz de alarma, al ver que durante varios días de abril las celosías del número 55 del boulevard Schuman, en Nantes, permanecían cerradas y la casa, por lo general llena de vida, imbuida de la cotidianidad del barrio y de quienes la habitaban, se había quedado repentinamente en silencio. Alguien había colgado en la puerta principal un cartel para el correo: «Devolver al remitente».La policía inspeccionó el domicilio respondiendo a la preocupación del vecindario, pero al principio no encontró nada. Solo evidencias de que todos parecían haberse marchado. El interior estaba limpio, faltaban las sábanas en algunas camas y los marcos que decoraban la pared de la escalera estaban vacíos, como si quienes aparecían en las instantáneas que antes decoraban el lugar hubieran decidido llevarse con ellos sus recuerdos felices, porque no pensaban volver.Ocurrió en la primavera de 2011. Días después del registro infructuoso, los allegados de los Dupont de Ligonnès recibieron una extraña carta en la que se explicaba aquella ausencia: Xavier trabajaba para la DEA, el departamento policial estadounidense que combate el tráfico de drogas, y su seguridad se había visto comprometida, por lo que la familia al completo había tenido que recurrir a un programa de protección de testigos. Durante un largo plazo, no podrían comunicarse con sus seres queridos. Esa era su manera de despedirse, pero la madre de Agnès no creyó una palabra e insistió a las autoridades. Algo extraño había ocurrido, estaba segura, así que la policía volvió al domicilio de los Dupont de Ligonnès y esta vez buscó con más ahínco. Su hallazgo resultó aterrador.Arriba, de izquierda a derecha, Xavier Dupont de Ligonnès, el asesino de toda su familia; su esposa, Agnès, y su hijo Thomas. Abajo, de izquierda a derecha, los otros tres hijos, Anne, Arthur y Benoît. AfpLos cuerpos estaban envueltos en mantas y bolsas de basura, enterrados bajo la terraza del patio interior: Agnes, que entonces tenía 48 años; Arthur, Thomas, Anne y Benoît, el más pequeño, de 13. También estaban los cadáveres de sus dos perros labradores… pero Xavier no. Xavier había desaparecido. Convertido automáticamente en el principal sospechoso, la policía inició su búsqueda.Nunca lo capturó.Mientras reconstruían los movimientos que el supuesto asesino había dado en los días posteriores al múltiple crimen, hasta perderle la pista en el hotel de carretera de un pequeño pueblo al sureste del país, donde las cámaras lo habían grabado marchándose a pie del aparcamiento, la máscara de Xavier se fue llenando poco a poco de grietas hasta dejar al descubierto el rostro de un desconocido, quizás el de un monstruo, si nos atenemos a la primera acepción de esta palabra en el diccionario: «ser que presenta anomalías o desviaciones notables respecto a su especie». Pero, en cualquier caso, el de un impostor.Bajo la apariencia de exitoso emprendedor de ascendencia aristócrata que lo antecedía, Xavier Dupont de Ligonnès, que en 2011 tenía 50 años, ocultaba sus fracasos como empresario y una inminente quiebra que lo hubiera puesto en evidencia delante de todos aquellos que lo admiraban, incluidos su mujer y sus hijos. Esta es la razón más probable para que decidiera acabar con ellos.Fue metódico. Aprendió a disparar un rifle del calibre 22 que había heredado de su padre aquel enero, y se hizo con un silenciador. Además, días antes de los crímenes compró una pala y también cal viva. Ganó tiempo al abandonar la casa sin sangre ni estridencias, y mediante la carta con la falsa historia de la DEA. Solo en un detalle fundamental el supuesto asesino desafió a la estadística, y es que no trató de suicidarse tras la matanza. En lugar de dispararse a sí mismo después de hacerlo contra aquellos que más lo querían, dando pie a uno de los mayores misterios criminales de la historia de Francia, se esfumó sin dejar rastro.Una tragedia anteriorLa mención a la estadística no es banal. Por lo terrible, nos gustaría creer que lo sucedido en el 55 del boulevard Schuman en 2011 no puede mirarse en ningún espejo; creer que es una aberración única, la maldad en estado puro, la mentira vital e infrecuente de quien en absolutamente nada dice la verdad. Pero, por desgracia, esto ya había ocurrido y lo habíamos leído antes, aunque con una importante diferencia al final: que en esta primera tragedia sí se atrapó al impostor.Emmanuel Carrère, autor de ‘El adversario’. Ignacio GilEl 9 de enero de 1993, cerca de la frontera entre Francia y Suiza, Jean-Claude Romand mató a su mujer a golpes, y a sus dos hijos de 7 y 5 años a tiros. De la misma manera, acabó con la vida de sus padres unas horas más tarde, y también intentó estrangular a su amante, aunque en este caso no tuvo éxito. Terminada la masacre, regresó a su casa, con su mujer y sus hijos muertos, y le prendió fuego. Quería morir, pero los bomberos lograron rescatarle y, mientras se recuperaba en el hospital, se descubrió su gran engaño. Durante casi dos décadas había hecho creer a su entorno que era un prestigioso médico con un puesto de alto rango en la Organización Mundial de la Salud, pero todo era mentira. Nunca pasó de segundo de carrera donde, al suspender un examen, abandonó la facultad. Desde entonces, la estafa había sido su medio de subsistencia. Aprovechaba su falsa posición en el organismo internacional y sus supuestos contactos para lograr que sus familiares y amigos le confiaran su dinero para invertirlo. Cuando el castillo de naipes que había construido amenazó con caer e intuyó que pronto iba a ser descubierto, optó por matar, como si al «borrar» a quienes habían sido engañados el engaño en sí mismo pudiera desaparecer.Romand fue condenado a cadena perpetua en 1996 y salió de la cárcel en 2019.Sobre este suceso, Emmanuel Carrère (París, 1957) escribió una pequeña obra maestra, que condensa en 176 páginas una extensísima investigación y, sobre todo, una larga lista de preguntas sin respuesta que merecen ser formuladas y justifican el relato del crimen. La llamó ‘El adversario’.En hebreo Satán significa «adversario», «opositor», «acusador». Significa «enemigo». Las fotografías familiares adquirieron un nuevo significado a la luz de la tragedia. En ellas, el matrimonio Dupont de Ligonnès, formado por Agnès y Xavier, sonreía rodeado de sus cuatro hijos, Arthur, Thomas, Anne y Benoît; todos atrapados en el tiempo, delante de paisajes luminosos y escenarios de celebración. Todavía no muertos.En 2011, fueron los vecinos quienes dieron la voz de alarma, al ver que durante varios días de abril las celosías del número 55 del boulevard Schuman, en Nantes, permanecían cerradas y la casa, por lo general llena de vida, imbuida de la cotidianidad del barrio y de quienes la habitaban, se había quedado repentinamente en silencio. Alguien había colgado en la puerta principal un cartel para el correo: «Devolver al remitente».La policía inspeccionó el domicilio respondiendo a la preocupación del vecindario, pero al principio no encontró nada. Solo evidencias de que todos parecían haberse marchado. El interior estaba limpio, faltaban las sábanas en algunas camas y los marcos que decoraban la pared de la escalera estaban vacíos, como si quienes aparecían en las instantáneas que antes decoraban el lugar hubieran decidido llevarse con ellos sus recuerdos felices, porque no pensaban volver.Ocurrió en la primavera de 2011. Días después del registro infructuoso, los allegados de los Dupont de Ligonnès recibieron una extraña carta en la que se explicaba aquella ausencia: Xavier trabajaba para la DEA, el departamento policial estadounidense que combate el tráfico de drogas, y su seguridad se había visto comprometida, por lo que la familia al completo había tenido que recurrir a un programa de protección de testigos. Durante un largo plazo, no podrían comunicarse con sus seres queridos. Esa era su manera de despedirse, pero la madre de Agnès no creyó una palabra e insistió a las autoridades. Algo extraño había ocurrido, estaba segura, así que la policía volvió al domicilio de los Dupont de Ligonnès y esta vez buscó con más ahínco. Su hallazgo resultó aterrador.Arriba, de izquierda a derecha, Xavier Dupont de Ligonnès, el asesino de toda su familia; su esposa, Agnès, y su hijo Thomas. Abajo, de izquierda a derecha, los otros tres hijos, Anne, Arthur y Benoît. AfpLos cuerpos estaban envueltos en mantas y bolsas de basura, enterrados bajo la terraza del patio interior: Agnes, que entonces tenía 48 años; Arthur, Thomas, Anne y Benoît, el más pequeño, de 13. También estaban los cadáveres de sus dos perros labradores… pero Xavier no. Xavier había desaparecido. Convertido automáticamente en el principal sospechoso, la policía inició su búsqueda.Nunca lo capturó.Mientras reconstruían los movimientos que el supuesto asesino había dado en los días posteriores al múltiple crimen, hasta perderle la pista en el hotel de carretera de un pequeño pueblo al sureste del país, donde las cámaras lo habían grabado marchándose a pie del aparcamiento, la máscara de Xavier se fue llenando poco a poco de grietas hasta dejar al descubierto el rostro de un desconocido, quizás el de un monstruo, si nos atenemos a la primera acepción de esta palabra en el diccionario: «ser que presenta anomalías o desviaciones notables respecto a su especie». Pero, en cualquier caso, el de un impostor.Bajo la apariencia de exitoso emprendedor de ascendencia aristócrata que lo antecedía, Xavier Dupont de Ligonnès, que en 2011 tenía 50 años, ocultaba sus fracasos como empresario y una inminente quiebra que lo hubiera puesto en evidencia delante de todos aquellos que lo admiraban, incluidos su mujer y sus hijos. Esta es la razón más probable para que decidiera acabar con ellos.Fue metódico. Aprendió a disparar un rifle del calibre 22 que había heredado de su padre aquel enero, y se hizo con un silenciador. Además, días antes de los crímenes compró una pala y también cal viva. Ganó tiempo al abandonar la casa sin sangre ni estridencias, y mediante la carta con la falsa historia de la DEA. Solo en un detalle fundamental el supuesto asesino desafió a la estadística, y es que no trató de suicidarse tras la matanza. En lugar de dispararse a sí mismo después de hacerlo contra aquellos que más lo querían, dando pie a uno de los mayores misterios criminales de la historia de Francia, se esfumó sin dejar rastro.Una tragedia anteriorLa mención a la estadística no es banal. Por lo terrible, nos gustaría creer que lo sucedido en el 55 del boulevard Schuman en 2011 no puede mirarse en ningún espejo; creer que es una aberración única, la maldad en estado puro, la mentira vital e infrecuente de quien en absolutamente nada dice la verdad. Pero, por desgracia, esto ya había ocurrido y lo habíamos leído antes, aunque con una importante diferencia al final: que en esta primera tragedia sí se atrapó al impostor.Emmanuel Carrère, autor de ‘El adversario’. Ignacio GilEl 9 de enero de 1993, cerca de la frontera entre Francia y Suiza, Jean-Claude Romand mató a su mujer a golpes, y a sus dos hijos de 7 y 5 años a tiros. De la misma manera, acabó con la vida de sus padres unas horas más tarde, y también intentó estrangular a su amante, aunque en este caso no tuvo éxito. Terminada la masacre, regresó a su casa, con su mujer y sus hijos muertos, y le prendió fuego. Quería morir, pero los bomberos lograron rescatarle y, mientras se recuperaba en el hospital, se descubrió su gran engaño. Durante casi dos décadas había hecho creer a su entorno que era un prestigioso médico con un puesto de alto rango en la Organización Mundial de la Salud, pero todo era mentira. Nunca pasó de segundo de carrera donde, al suspender un examen, abandonó la facultad. Desde entonces, la estafa había sido su medio de subsistencia. Aprovechaba su falsa posición en el organismo internacional y sus supuestos contactos para lograr que sus familiares y amigos le confiaran su dinero para invertirlo. Cuando el castillo de naipes que había construido amenazó con caer e intuyó que pronto iba a ser descubierto, optó por matar, como si al «borrar» a quienes habían sido engañados el engaño en sí mismo pudiera desaparecer.Romand fue condenado a cadena perpetua en 1996 y salió de la cárcel en 2019.Sobre este suceso, Emmanuel Carrère (París, 1957) escribió una pequeña obra maestra, que condensa en 176 páginas una extensísima investigación y, sobre todo, una larga lista de preguntas sin respuesta que merecen ser formuladas y justifican el relato del crimen. La llamó ‘El adversario’.En hebreo Satán significa «adversario», «opositor», «acusador». Significa «enemigo».
Las fotografías familiares adquirieron un nuevo significado a la luz de la tragedia. En ellas, el matrimonio Dupont de Ligonnès, formado por Agnès y Xavier, sonreía rodeado de sus cuatro hijos, Arthur, Thomas, Anne y Benoît; todos atrapados en el tiempo, delante de paisajes luminosos … y escenarios de celebración. Todavía no muertos.
En 2011, fueron los vecinos quienes dieron la voz de alarma, al ver que durante varios días de abril las celosías del número 55 del boulevard Schuman, en Nantes, permanecían cerradas y la casa, por lo general llena de vida, imbuida de la cotidianidad del barrio y de quienes la habitaban, se había quedado repentinamente en silencio. Alguien había colgado en la puerta principal un cartel para el correo: «Devolver al remitente».
La policía inspeccionó el domicilio respondiendo a la preocupación del vecindario, pero al principio no encontró nada. Solo evidencias de que todos parecían haberse marchado. El interior estaba limpio, faltaban las sábanas en algunas camas y los marcos que decoraban la pared de la escalera estaban vacíos, como si quienes aparecían en las instantáneas que antes decoraban el lugar hubieran decidido llevarse con ellos sus recuerdos felices, porque no pensaban volver.
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Marina Sanmartín
Ocurrió en la primavera de 2011. Días después del registro infructuoso, los allegados de los Dupont de Ligonnès recibieron una extraña carta en la que se explicaba aquella ausencia: Xavier trabajaba para la DEA, el departamento policial estadounidense que combate el tráfico de drogas, y su seguridad se había visto comprometida, por lo que la familia al completo había tenido que recurrir a un programa de protección de testigos. Durante un largo plazo, no podrían comunicarse con sus seres queridos. Esa era su manera de despedirse, pero la madre de Agnès no creyó una palabra e insistió a las autoridades. Algo extraño había ocurrido, estaba segura, así que la policía volvió al domicilio de los Dupont de Ligonnès y esta vez buscó con más ahínco. Su hallazgo resultó aterrador.

(Afp)
Los cuerpos estaban envueltos en mantas y bolsas de basura, enterrados bajo la terraza del patio interior: Agnes, que entonces tenía 48 años; Arthur, Thomas, Anne y Benoît, el más pequeño, de 13. También estaban los cadáveres de sus dos perros labradores… pero Xavier no. Xavier había desaparecido. Convertido automáticamente en el principal sospechoso, la policía inició su búsqueda.
Nunca lo capturó.
Mientras reconstruían los movimientos que el supuesto asesino había dado en los días posteriores al múltiple crimen, hasta perderle la pista en el hotel de carretera de un pequeño pueblo al sureste del país, donde las cámaras lo habían grabado marchándose a pie del aparcamiento, la máscara de Xavier se fue llenando poco a poco de grietas hasta dejar al descubierto el rostro de un desconocido, quizás el de un monstruo, si nos atenemos a la primera acepción de esta palabra en el diccionario: «ser que presenta anomalías o desviaciones notables respecto a su especie». Pero, en cualquier caso, el de un impostor.
Bajo la apariencia de exitoso emprendedor de ascendencia aristócrata que lo antecedía, Xavier Dupont de Ligonnès, que en 2011 tenía 50 años, ocultaba sus fracasos como empresario y una inminente quiebra que lo hubiera puesto en evidencia delante de todos aquellos que lo admiraban, incluidos su mujer y sus hijos. Esta es la razón más probable para que decidiera acabar con ellos.
Fue metódico. Aprendió a disparar un rifle del calibre 22 que había heredado de su padre aquel enero, y se hizo con un silenciador. Además, días antes de los crímenes compró una pala y también cal viva. Ganó tiempo al abandonar la casa sin sangre ni estridencias, y mediante la carta con la falsa historia de la DEA. Solo en un detalle fundamental el supuesto asesino desafió a la estadística, y es que no trató de suicidarse tras la matanza. En lugar de dispararse a sí mismo después de hacerlo contra aquellos que más lo querían, dando pie a uno de los mayores misterios criminales de la historia de Francia, se esfumó sin dejar rastro.
Una tragedia anterior
La mención a la estadística no es banal. Por lo terrible, nos gustaría creer que lo sucedido en el 55 del boulevard Schuman en 2011 no puede mirarse en ningún espejo; creer que es una aberración única, la maldad en estado puro, la mentira vital e infrecuente de quien en absolutamente nada dice la verdad. Pero, por desgracia, esto ya había ocurrido y lo habíamos leído antes, aunque con una importante diferencia al final: que en esta primera tragedia sí se atrapó al impostor.

(Ignacio Gil)
El 9 de enero de 1993, cerca de la frontera entre Francia y Suiza, Jean-Claude Romand mató a su mujer a golpes, y a sus dos hijos de 7 y 5 años a tiros. De la misma manera, acabó con la vida de sus padres unas horas más tarde, y también intentó estrangular a su amante, aunque en este caso no tuvo éxito. Terminada la masacre, regresó a su casa, con su mujer y sus hijos muertos, y le prendió fuego. Quería morir, pero los bomberos lograron rescatarle y, mientras se recuperaba en el hospital, se descubrió su gran engaño. Durante casi dos décadas había hecho creer a su entorno que era un prestigioso médico con un puesto de alto rango en la Organización Mundial de la Salud, pero todo era mentira. Nunca pasó de segundo de carrera donde, al suspender un examen, abandonó la facultad. Desde entonces, la estafa había sido su medio de subsistencia. Aprovechaba su falsa posición en el organismo internacional y sus supuestos contactos para lograr que sus familiares y amigos le confiaran su dinero para invertirlo. Cuando el castillo de naipes que había construido amenazó con caer e intuyó que pronto iba a ser descubierto, optó por matar, como si al «borrar» a quienes habían sido engañados el engaño en sí mismo pudiera desaparecer.
Romand fue condenado a cadena perpetua en 1996 y salió de la cárcel en 2019.
Sobre este suceso, Emmanuel Carrère (París, 1957) escribió una pequeña obra maestra, que condensa en 176 páginas una extensísima investigación y, sobre todo, una larga lista de preguntas sin respuesta que merecen ser formuladas y justifican el relato del crimen. La llamó ‘El adversario’.
En hebreo Satán significa «adversario», «opositor», «acusador». Significa «enemigo».
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