Mi cuerpo no tiene arreglo. Pasan los años y, más que un anciano tranquilo, corro el peligro de convertirme en un viejo verde. No contento con ese riesgo, mi cuerpo se llena de sorpresas una y otra vez. Salgo de una reunión de trabajo, discuto en una mesa en la que se han sentado el miedo, el odio, la nostalgia y el resentimiento, bajo hasta la calle y me encuentro en la esquina con un hombre que le pega una paliza a una mujer, empujones, puñetazos y patadas. Como vivimos en un mundo acostumbrado a la brutalidad, una renovada brutalidad, pienso que no es mi problema, cosas así ocurren todos los días en todas partes. Dejo de mirar y sigo el camino que lleva a mi casa. Un paso, dos pasos, tres pasos, el mundo es un globo que se me escapó. Pero mi maldito cuerpo es una caja de sorpresas y cuando me siento delante del televisor noto que el ojo derecho se está hinchando, tengo el labio partido, me sangra la nariz rota y me duele el costado de forma intolerable. ¿Por qué yo, si a mí no me han pegado?
Mi cuerpo no tiene arreglo. Pasan los años y, más que un anciano tranquilo, corro el peligro de convertirme en un viejo verde. No contento con ese riesgo, mi cuerpo se llena de sorpresas una y otra vez. Salgo de una reunión de trabajo, discuto en una mesa en la que se han sentado el miedo, el odio, la nostalgia y el resentimiento, bajo hasta la calle y me encuentro en la esquina con un hombre que le pega una paliza a una mujer, empujones, puñetazos y patadas. Como vivimos en un mundo acostumbrado a la brutalidad, una renovada brutalidad, pienso que no es mi problema, cosas así ocurren todos los días en todas partes. Dejo de mirar y sigo el camino que lleva a mi casa. Un paso, dos pasos, tres pasos, el mundo es un globo que se me escapó. Pero mi maldito cuerpo es una caja de sorpresas y cuando me siento delante del televisor noto que el ojo derecho se está hinchando, tengo el labio partido, me sangra la nariz rota y me duele el costado de forma intolerable. ¿Por qué yo, si a mí no me han pegado? Seguir leyendo
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El nuevo ensayo de Enrique Díaz Álvarez nos enfrenta a la crueldad de nuestros días

Mi cuerpo no tiene arreglo. Pasan los años y, más que un anciano tranquilo, corro el peligro de convertirme en un viejo verde. No contento con ese riesgo, mi cuerpo se llena de sorpresas una y otra vez. Salgo de una reunión de trabajo, discuto en una mesa en la que se han sentado el miedo, el odio, la nostalgia y el resentimiento, bajo hasta la calle y me encuentro en la esquina con un hombre que le pega una paliza a una mujer, empujones, puñetazos y patadas. Como vivimos en un mundo acostumbrado a la brutalidad, una renovada brutalidad, pienso que no es mi problema, cosas así ocurren todos los días en todas partes. Dejo de mirar y sigo el camino que lleva a mi casa. Un paso, dos pasos, tres pasos, el mundo es un globo que se me escapó. Pero mi maldito cuerpo es una caja de sorpresas y cuando me siento delante del televisor noto que el ojo derecho se está hinchando, tengo el labio partido, me sangra la nariz rota y me duele el costado de forma intolerable. ¿Por qué yo, si a mí no me han pegado?
Estas cosas pasan por leer, por no acompañar la apatía con una buena dosis de ignorancia. Desde que ganó el premio Anagrama con La palabra que aparece (2021), tengo la debilidad de seguir los ensayos de Enrique Díaz Álvarez, profesor de pensamiento político contemporáneo en la UNAM. Ayer terminé la lectura de su nuevo ensayo, Lo intolerable (2026) y se me quedó en el cuerpo la repulsión, la vergüenza y la responsabilidad colectiva ante la crueldad de nuestros días. Bajo el ruido crispado de la actualidad, hay una estrategia precisa de acostumbrarnos a convivir con lo intolerable. La violencia y los genocidios habitan sin escrúpulos entre nosotros. Uno da noticias de libros para aconsejar su lectura. Yo aconsejo que no lean este libro los que quieran vivir tranquilos mientras ven como los matones golpean a sus víctimas. Los ojos se ponen morados por las palizas que reciben otros cuerpos.
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