Podría decirse que Soraya se ha reconciliado con Soraya. La cantante extremeña (Valencia de Alcántara, Cáceres, 43 años), una de las pocas voces que han sobrevivido a la cuarta edición de Operación Triunfo —emitida en 2005, por primera vez en Telecinco— lleva más de 20 años en la música y solo ahora parece sentirse cómoda en su piel. “Agradezco no tener la misma energía de antes; tengo más experiencia y sé cómo economizar mi energía, cómo utilizarla bien”, asegura en conversación con EL PAÍS, una tarde de mayo que parece de julio, en la terraza de una azotea madrileña.
La cantante extremeña se encuentra promocionando su octavo disco de estudio, ‘Ilúmina’, fruto de un momento personal duro superado gracias a la música. Asegura que ya no es el “caballo desbocado” que solía ser, y que ha entendido que no puede controlarlo todo: “Es una lección que he aprendido cayéndome y pegándome unos golpes muy gordos”
Podría decirse que Soraya se ha reconciliado con Soraya. La cantante extremeña (Valencia de Alcántara, Cáceres, 43 años), una de las pocas voces que han sobrevivido a la cuarta edición de Operación Triunfo —emitida en 2005, por primera vez en Telecinco— lleva más de 20 años en la música y solo ahora parece sentirse cómoda en su piel. “Agradezco no tener la misma energía de antes; tengo más experiencia y sé cómo economizar mi energía, cómo utilizarla bien”, asegura en conversación con EL PAÍS, una tarde de mayo que parece de julio, en la terraza de una azotea madrileña.
El pasado 13 de febrero, Soraya lanzó su octavo álbum de estudio, Ilúmina, una vuelta a la música de baile, con la electrónica por bandera, que sigue promocionando al ritmo que le conviene. No todos los triunfitos pueden decir lo mismo, pero ella es dueña, desde hace 16 años, de su propio sello discográfico, Valentia Records, lo que le permite mucha libertad pero también entraña riesgos: “Cuando dejé las grandes multinacionales, dije: ‘Me tengo que autoeditar’. Porque sentía que ellas ya no me daban lo que yo necesitaba”, comenta, antes de confesar que en ocasiones ha echado de menos tener su respaldo.
Un juanpalomo, en definitiva, que encaja con el perfil de Soraya como artista. Ella misma admite que, durante muchos años, hasta que conoció a su marido y padre de sus dos hijas, Miguel Ángel Herrera, se dedicó exclusivamente a trabajar. “Yo he sido muy exigente, como buena virgo. He tenido que forjarme una carrera”, recuerda, “pero la intensidad tiene que bajar, está bajando y ha bajado, gracias a Dios”. Se refiere a esa energía que ha perdido con los años, pero que ahora sabe administrar mejor: “Yo siempre me he considerado un caballo desbocado, un caballo de carreras capaz de todo, de ir a mil por hora con toda la fuerza. Pero gracias al paso del tiempo ya no necesito eso, ya no estoy en una carrera”, resume quien fue representante de España en Eurovisión en 2009, con La noche es para mí.
A Soraya no le importa admitir que es ambiciosa, aunque sabe que no se lo puede confesar a cualquiera: “Desgraciadamente, me encuentro con mucha gente a la que a veces tengo que pensar si decir la verdad o no”. Quizás esta desconfianza viene de todas aquellas veces que se la ha criticado, cuestionado e intentado cambiar, desde su físico a sus decisiones como madre y su uso de las redes sociales —que ella defiende como su reducto y el de sus seguidores—: “Creo que la fuerza que tengo se malinterpreta. Cuando tomo decisiones, cuando doy algún paso, yo antes he pensado mucho en lo que hago, valorado si está bien o no. Esa seguridad a veces se interpreta como prepotencia”, argumenta. Consciente de la imagen que proyecta, la cantante no pide permiso ni perdón: “Soy una mujer que hablo mucho conmigo misma, una mujer muy normal. Pero cuando expongo mis ideas, soy rotunda. A veces la gente no está en ese proceso, no lo entiende”.
Antes de llegar a este momento vital, ha habido otros: una Soraya del pasado con la que la del presente es indulgente, casi cariñosa, pero que ya no volverá: “He tratado de imponerme a la vida muchas veces y eso es imposible. Es una lección que he aprendido cayéndome y pegándome unos golpes muy gordos. Al final, la vida te enseña que el rumbo no lo marcas tú; en mi caso, fue por la adrenalina de la juventud, la poca experiencia. Me metí a volar como azafata de vuelo y pensé que tenía el mundo a mis pies, pero no era así”. Ahora ya no le interesa el control: “Me he dado cuenta de que a veces hay que dejarse llevar por la magia de la vida, fluir un poco más. A veces las cosas no salen porque es necesario que no salgan”.
Sigue habiendo momentos malos, claro. Como el que la condujo hasta Ilúmina: “Entonces yo necesitaba luz porque venía de las sombras; me encontraba en un momento muy triste después de la pérdida de un bebé y una vez más la música me rescató; tenía la necesidad de comunicarme, de sacar lo que llevaba dentro”. Sobre las 12 canciones del disco, Soraya, que ya hablaba de Dios y de su fe antes de la reciente ola de orgullo cristiano, se refiere a ellas como “plegarias”: “Detrás de cada canción hay un mensaje muy potente de mí y para mí, y por supuesto para mi público”. Del tema que cierra el álbum y que le da título, afirma: “Ilúmina es un rezo, es mi conexión directa con Dios».

Para Soraya hay algo tan importante como la búsqueda de respuestas: la afirmación de su identidad. Perdida durante años en este maremágnum de la artista que intentaba agradar a todo el mundo y al mismo tiempo imponerse; parecer simpática, pero también inspirar respeto, hubo un momento en el que la cantante se preguntó quién era ella realmente. Acostumbrada a ponerse una peluca y ser una Soraya diferente en cada trabajo, ha decidido quedarse con su pelo corto rubio platino. “Una imagen mía que es muy icónica”, resume. No hay vuelta atrás: “Mi colección de pelucas se la regalé a unos amigos. Es algo muy simbólico, movido por la autoafirmación de quién soy. Yo ya no juego a los personajes, soy yo la que está al mando de todo esto”.
La cantante de Self Control también asegura empezar a cansarse de la exposición mediática: “Debo confesar que cada vez me cuesta más. Tras tantos años delante de tanta gente, apetece dar un paso atrás y estar en un segundo plano”. Pero no de sus redes sociales, en las que es muy activa (477.000 seguidores en Instagram; 286.000 en TikTok), aunque matiza: “Muestro cositas puntuales, pero hay muchas cosas que no subo. Cuando me apetece compartir algo, lo comparto, sabiendo lo que hago y lo que estoy compartiendo. Comparto mi vida, comparto a mis hijas, comparto mi estilo de vida porque yo confío en que las redes sociales, a pesar de los peligros que pueden llegar a tener, son un lugar donde podemos aprender con un buen uso de todos. A mí cada día me ayudan a hacer recetas muy interesantes; hay mujeres que me inspiran cuando comparten su vida, hacen mi día un poquito más alegre. Me gustaría ser esa luz en mis redes sociales para otras personas”.
Sobre planes próximos, tiene el verano cubierto. Aunque la cita más ilusionante vendrá antes: “Tengo la suerte de poderle cantar al Papa; voy a ser una de las artistas que va a estar ahí, el día 7 de junio en Madrid, la diócesis me ha elegido”. Cuenta además que quiere sacar más música: “Tengo un plan con Sofía Coll, una cantante de electrónica de la que me encanta su voz y su imagen”. Y se acuerda de su amiga Marta Sánchez, con quien tiene pendiente una colaboración que saldrá “tarde o temprano”. “Yo le digo a Marta que la voy a esperar toda la vida”, promete.
EL PAÍS
