Maria del Mar Bonet celebró el domingo en París el quincuagésimo aniversario de su actuación histórica en el teatro Olympia. Mezcló las canciones que interpretó entonces con las de su nuevo disco, ‘L’aigua no cansa’, para dar profundidad y sentido a su carrera artística. El concierto, tal como se anunciaba en grandes rótulos en la fachada del teatro, estaba patrocinado por «le gouvernement de la Catalogne». Salvador Illa tenía previsto asistir pero canceló el viaje la semana pasada, cuando Pedro Sánchez anticipó la convocatoria electoral. Lo mismo tuvo que hacer Francina Armengol, presidente del Congreso y amiga de la cantante. Quien sí asistió, acompañado por la expresidenta del parlamento catalán, Laura Borràs, fue Carles Puigdemont, cuya orden de detención ha sido momentáneamente anulada por el juez de la Audiencia Nacional, Pablo Larena. Este contexto no artístico situaba sin embargo a la señora Bonet en el pedestal que por su talento, calidad y clase merece, y la convertía en un símbolo de la normalidad que poco a poco va recuperando Cataluña, que ha dejado por suerte de ser una tribu en que los siguientes matan a los anteriores a golpes de machete para volver a ser una cultura con su continuidad independientemente del signo político del gobierno y en la que lo que prevalece es la belleza y el talento.. Aunque pudiera parecer contradictorio, es lo normal entre personas serias que el presidente patrocine lo que considere que es de interés público aunque no pueda asistir porque asuntos más emergentes le requieren; y que en cambio Puigdemont, que por no pagar no pagó ni su entrada, pudiera acudir sin problema al no tener absolutamente nada mejor que hacer. Ante un público entregado, Maria del Mar Bonet defendió un repertorio cuidado, exigente, con pocas concesiones al facilismo, y acompañada por cinco músicos de gran virtuosismo: Toni Pastor (laúd), Marc Grasas (guitarra), Marko Lohikari (contrabajo), Benjamí Salom (violín) y José Llorach (percusión). Entre los grandes éxitos, destacaron ‘Aigo’, ‘Blaus i sol de roses blanques’, ‘Me’n aniré de casa’, ‘La Balanguera’ y ‘Què volen aquesta gent’, esta última dedicada veladamente a Puigdemont, aunque sin mencionarlo directamente. A diferencia de lo que ocurría en este tipo de conciertos hace apenas cinco o diez años, los gritos en la platea en favor de la independencia fueron esporádicos, breves y no tuvieron ninguna resonancia. Algo ha cambiado y para bien.Tan bien como perdura la capacidad de emocionar de una artista que con los años no sólo no ha perdido la luz, sino que ha ganado el matices y ahora interpreta sus canciones de un modo más cálido y más sabio, como corresponde a su mayor conocimiento y edad. La señora Bonet está magnífica de voz, lúcida en los nuevos arreglos con que presenta sus canciones y vibrante en su interpretación perfeccionista y carismática.París le rindió un merecido homenaje que no sólo tuvo lugar en el teatro. Unos días antes, cuando llegó a la ciudad para preparar el concierto, el taxi tuvo que dejarla a él y a su manager, Yanni Munujos, a un kilómetro de distancia del hotel La Bastille donde se alojaban. Las calles estaban cortadas por el enfrentamiento violento de algunos estudiantes con la Policía. Uno de los agentes que les vio cargando maletas y guitarras, y pisando cristales rotos, advirtió a sus compañeros de quién era la artista, e inmediatamente le abrieron un pasillo hasta el hotel además de cargar con su equipaje. El joven agente que la conoció, de 26 años, que por razones de seguridad prefiere identificarse con su nombre, Jean-Claude, estaba sentado a mi lado en la platea: «Conocí a Maria del Mar por mi padre y por sus ideas anarquistas y libertarias. Y ‘regardez moi’, ahora soy un policía. La empecé a querer por mi padre, es verdad, pero poco a poco fui conociendo toda su obra y me enamoré de su calidad, de la belleza, de su delicada manera de ver el mundo, y del aire cálido de nuestro mar que transmiten sus canciones».De mar y de belleza, de París cuando Parí era la única libertad que muchos conocían, y del agua que no cansa estuvo tejido el magnífico concierto de Maria del Mar Bonet en el Olympia. También de hijos de anarquistas que aprenden la importancia del orden sin renunciar al amor a la belleza, de presidentes que protegen la cultura aunque los artistas no les protejan a ellos, y de prófugos amnistiados porque perdonar siempre es siempre lo hermoso y lo divino y lo que nos distingue de las bestias. Maria del Mar Bonet celebró el domingo en París el quincuagésimo aniversario de su actuación histórica en el teatro Olympia. Mezcló las canciones que interpretó entonces con las de su nuevo disco, ‘L’aigua no cansa’, para dar profundidad y sentido a su carrera artística. El concierto, tal como se anunciaba en grandes rótulos en la fachada del teatro, estaba patrocinado por «le gouvernement de la Catalogne». Salvador Illa tenía previsto asistir pero canceló el viaje la semana pasada, cuando Pedro Sánchez anticipó la convocatoria electoral. Lo mismo tuvo que hacer Francina Armengol, presidente del Congreso y amiga de la cantante. Quien sí asistió, acompañado por la expresidenta del parlamento catalán, Laura Borràs, fue Carles Puigdemont, cuya orden de detención ha sido momentáneamente anulada por el juez de la Audiencia Nacional, Pablo Larena. Este contexto no artístico situaba sin embargo a la señora Bonet en el pedestal que por su talento, calidad y clase merece, y la convertía en un símbolo de la normalidad que poco a poco va recuperando Cataluña, que ha dejado por suerte de ser una tribu en que los siguientes matan a los anteriores a golpes de machete para volver a ser una cultura con su continuidad independientemente del signo político del gobierno y en la que lo que prevalece es la belleza y el talento.. Aunque pudiera parecer contradictorio, es lo normal entre personas serias que el presidente patrocine lo que considere que es de interés público aunque no pueda asistir porque asuntos más emergentes le requieren; y que en cambio Puigdemont, que por no pagar no pagó ni su entrada, pudiera acudir sin problema al no tener absolutamente nada mejor que hacer. Ante un público entregado, Maria del Mar Bonet defendió un repertorio cuidado, exigente, con pocas concesiones al facilismo, y acompañada por cinco músicos de gran virtuosismo: Toni Pastor (laúd), Marc Grasas (guitarra), Marko Lohikari (contrabajo), Benjamí Salom (violín) y José Llorach (percusión). Entre los grandes éxitos, destacaron ‘Aigo’, ‘Blaus i sol de roses blanques’, ‘Me’n aniré de casa’, ‘La Balanguera’ y ‘Què volen aquesta gent’, esta última dedicada veladamente a Puigdemont, aunque sin mencionarlo directamente. A diferencia de lo que ocurría en este tipo de conciertos hace apenas cinco o diez años, los gritos en la platea en favor de la independencia fueron esporádicos, breves y no tuvieron ninguna resonancia. Algo ha cambiado y para bien.Tan bien como perdura la capacidad de emocionar de una artista que con los años no sólo no ha perdido la luz, sino que ha ganado el matices y ahora interpreta sus canciones de un modo más cálido y más sabio, como corresponde a su mayor conocimiento y edad. La señora Bonet está magnífica de voz, lúcida en los nuevos arreglos con que presenta sus canciones y vibrante en su interpretación perfeccionista y carismática.París le rindió un merecido homenaje que no sólo tuvo lugar en el teatro. Unos días antes, cuando llegó a la ciudad para preparar el concierto, el taxi tuvo que dejarla a él y a su manager, Yanni Munujos, a un kilómetro de distancia del hotel La Bastille donde se alojaban. Las calles estaban cortadas por el enfrentamiento violento de algunos estudiantes con la Policía. Uno de los agentes que les vio cargando maletas y guitarras, y pisando cristales rotos, advirtió a sus compañeros de quién era la artista, e inmediatamente le abrieron un pasillo hasta el hotel además de cargar con su equipaje. El joven agente que la conoció, de 26 años, que por razones de seguridad prefiere identificarse con su nombre, Jean-Claude, estaba sentado a mi lado en la platea: «Conocí a Maria del Mar por mi padre y por sus ideas anarquistas y libertarias. Y ‘regardez moi’, ahora soy un policía. La empecé a querer por mi padre, es verdad, pero poco a poco fui conociendo toda su obra y me enamoré de su calidad, de la belleza, de su delicada manera de ver el mundo, y del aire cálido de nuestro mar que transmiten sus canciones».De mar y de belleza, de París cuando Parí era la única libertad que muchos conocían, y del agua que no cansa estuvo tejido el magnífico concierto de Maria del Mar Bonet en el Olympia. También de hijos de anarquistas que aprenden la importancia del orden sin renunciar al amor a la belleza, de presidentes que protegen la cultura aunque los artistas no les protejan a ellos, y de prófugos amnistiados porque perdonar siempre es siempre lo hermoso y lo divino y lo que nos distingue de las bestias.
Maria del Mar Bonet celebró el domingo en París el quincuagésimo aniversario de su actuación histórica en el teatro Olympia. Mezcló las canciones que interpretó entonces con las de su nuevo disco, ‘L’aigua no cansa’, para dar profundidad y sentido a su carrera artística. … El concierto, tal como se anunciaba en grandes rótulos en la fachada del teatro, estaba patrocinado por «le gouvernement de la Catalogne». Salvador Illa tenía previsto asistir pero canceló el viaje la semana pasada, cuando Pedro Sánchez anticipó la convocatoria electoral. Lo mismo tuvo que hacer Francina Armengol, presidente del Congreso y amiga de la cantante. Quien sí asistió, acompañado por la expresidenta del parlamento catalán, Laura Borràs, fue Carles Puigdemont, cuya orden de detención ha sido momentáneamente anulada por el juez de la Audiencia Nacional, Pablo Larena.
Este contexto no artístico situaba sin embargo a la señora Bonet en el pedestal que por su talento, calidad y clase merece, y la convertía en un símbolo de la normalidad que poco a poco va recuperando Cataluña, que ha dejado por suerte de ser una tribu en que los siguientes matan a los anteriores a golpes de machete para volver a ser una cultura con su continuidad independientemente del signo político del gobierno y en la que lo que prevalece es la belleza y el talento..
Aunque pudiera parecer contradictorio, es lo normal entre personas serias que el presidente patrocine lo que considere que es de interés público aunque no pueda asistir porque asuntos más emergentes le requieren; y que en cambio Puigdemont, que por no pagar no pagó ni su entrada, pudiera acudir sin problema al no tener absolutamente nada mejor que hacer.
Ante un público entregado, Maria del Mar Bonet defendió un repertorio cuidado, exigente, con pocas concesiones al facilismo, y acompañada por cinco músicos de gran virtuosismo: Toni Pastor (laúd), Marc Grasas (guitarra), Marko Lohikari (contrabajo), Benjamí Salom (violín) y José Llorach (percusión). Entre los grandes éxitos, destacaron ‘Aigo’, ‘Blaus i sol de roses blanques’, ‘Me’n aniré de casa’, ‘La Balanguera’ y ‘Què volen aquesta gent’, esta última dedicada veladamente a Puigdemont, aunque sin mencionarlo directamente. A diferencia de lo que ocurría en este tipo de conciertos hace apenas cinco o diez años, los gritos en la platea en favor de la independencia fueron esporádicos, breves y no tuvieron ninguna resonancia. Algo ha cambiado y para bien.
Tan bien como perdura la capacidad de emocionar de una artista que con los años no sólo no ha perdido la luz, sino que ha ganado el matices y ahora interpreta sus canciones de un modo más cálido y más sabio, como corresponde a su mayor conocimiento y edad. La señora Bonet está magnífica de voz, lúcida en los nuevos arreglos con que presenta sus canciones y vibrante en su interpretación perfeccionista y carismática.
París le rindió un merecido homenaje que no sólo tuvo lugar en el teatro. Unos días antes, cuando llegó a la ciudad para preparar el concierto, el taxi tuvo que dejarla a él y a su manager, Yanni Munujos, a un kilómetro de distancia del hotel La Bastille donde se alojaban. Las calles estaban cortadas por el enfrentamiento violento de algunos estudiantes con la Policía. Uno de los agentes que les vio cargando maletas y guitarras, y pisando cristales rotos, advirtió a sus compañeros de quién era la artista, e inmediatamente le abrieron un pasillo hasta el hotel además de cargar con su equipaje. El joven agente que la conoció, de 26 años, que por razones de seguridad prefiere identificarse con su nombre, Jean-Claude, estaba sentado a mi lado en la platea: «Conocí a Maria del Mar por mi padre y por sus ideas anarquistas y libertarias. Y ‘regardez moi’, ahora soy un policía. La empecé a querer por mi padre, es verdad, pero poco a poco fui conociendo toda su obra y me enamoré de su calidad, de la belleza, de su delicada manera de ver el mundo, y del aire cálido de nuestro mar que transmiten sus canciones».
De mar y de belleza, de París cuando Parí era la única libertad que muchos conocían, y del agua que no cansa estuvo tejido el magnífico concierto de Maria del Mar Bonet en el Olympia. También de hijos de anarquistas que aprenden la importancia del orden sin renunciar al amor a la belleza, de presidentes que protegen la cultura aunque los artistas no les protejan a ellos, y de prófugos amnistiados porque perdonar siempre es siempre lo hermoso y lo divino y lo que nos distingue de las bestias.
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