Dicen que la más joven de las cinco cantó antes de morir una vieja tonadilla irlandesa que su vecina reconoció y compartió luego al declarar, pero no es seguro. Todo en este caso sin resolver es resbaladizo, a pesar de las mil y una veces que se ha abordado. Lo que sí está claro es que nadie oyó gritos. Al igual que en los cuatro asesinatos anteriores, fueron el silencio y la oscuridad de la noche los únicos testigos del crimen que, como una excepción, no se cometió al aire libre, sino en el cuarto miserable que Mary Kelly alquilaba en una planta baja de Spitalfields, el corazón del barrio londinense de Whitechapel. Ella fue la última víctima de Jack el Destripador, el asesino en serie más famoso del mundo. La madrugada del 9 de noviembre de 1888, en aquella habitación minúscula de luz amarillenta, que Kelly había convertido en su hogar, se practicó una carnicería. El frío y la niebla del invierno se colaban por una ventana que llevaba mucho tiempo rota. Había una cama pequeña pegada a la pared, donde a la mañana siguiente encontrarían el cuerpo de Mary con la garganta rebanada, el rostro destrozado y el abdomen abierto. Junto al cadáver, un lavamanos y algunos muebles viejos, desperdigados por el espacio diminuto. La ropa —corsés y faldas que en su día fueron buenos, pero ahora ya estaban gastados y descosidos por el uso— estaba pulcramente doblada sobre una silla, y ese contraste entre lo cotidiano de lo doméstico y lo abominable de la tortura habría de subrayar todavía más el hecho terrible, como una mancha de tinta negra expandiéndose por un inmaculado vestido de novia.«No hubo familia que reclamara su cadáver, ni conocido alguno capaz de desandar su historia y determinar cómo había terminado en aquella habitación cochambrosa»Dicen que Mery Kelly volvió borracha y acompañada a casa, pero ningún tabernero de la zona recordaría después haberla visto bebiendo en su local. La tarde antes de morir había discutido con su compañero y había salido tras echarlo del cuarto para perderse por las callejuelas de su populoso y pauperizado vecindario. En Whitechapel, epicentro de las actuaciones del Destripador, se vivía una situación que mezclaba el pánico permanente con cierta fascinación morbosa, azuzada por la prensa sensacionalista y los palos de ciego de la investigación que la Policía Metropolitana y Scotland Yard no lograban encauzar. Más de 2000 entrevistas y el perfil de 300 sospechosos, descartados uno a uno, no consiguieron desvelar la identidad de Jack, para el que Kelly supuso su quinto ataque, tras el cual se esfumó sin dejar rastro.La pesadilla había empezado el 31 de agosto de ese mismo año, cuando un carretero encontró el cuerpo degollado y eviscerado de Mary Ann «Polly» Nichols, de 43 años y dudosa reputación para la época, en la entrada de un establo de Whitechapel, en Buck’s Row. A partir de ese momento, las muertes se sucedieron. El 8 de septiembre, el cadáver de Annie Chapman apareció en el patio trasero de Hanbury Street; el 30 de septiembre, fueron los de Elizabeth Stride y Catherine Eddowes. Las cuatro mujeres tenían un perfil y una edad similares, y solo Stride se libró de las mutilaciones post mortem, quizás porque el asesino intuyó que iba a ser descubierto y huyó antes de terminar su macabro trabajo.Pero Mary era distinta. A ella no la asaltó en plena calle, sino en su domicilio, y además aún no había cumplido los treinta.El otoño del terrorLas teorías sobre quién se ocultaba tras la máscara del más temible de los criminales se multiplicaron y dieron pie a novelas, películas y cómics de calidad variable. En el largometraje ‘Asesinato por decreto’ (Bob Clark, 1979), Christopher Plummer y James Mason se transformaron en Holmes y Watson para concluir que Jack el Destripador era Sir William Gull, médico al servicio de las altas esferas, contratado para borrar el rastro del desliz de un aristócrata. En el ensayo ‘Retrato de un asesino’ (2002), Patricia Cornwell, famosa por sus intrigas policiacas protagonizadas por la médica forense Kay Scarpetta, sostiene que el pintor Walter Richard Sickert (1860 – 1942), aficionado a plasmar en sus lienzos escenas un tanto sórdidas, inspiradas en crímenes reales, encaja a la perfección en el perfil del monstruo… y así podríamos llenar páginas y páginas enteras con hipótesis plausibles sobre quién cometió los asesinatos de Whitechapel. ¿Pero quiénes eran ellas? La historiadora Hallie Rubenhold (Los Ángeles, 1971) se hace esta misma pregunta en ‘Las cinco mujeres’ (Roca Editorial, 2025), donde reúne las biografías de Nichols, Chapman, Stride, Eddowes y Kelly, y no se conforma con la trama superficial de la tragedia, sino que se sumerge en la realidad de la época para contextualizar los sangrientos sucesos del «otoño del terror», ocurridos apenas un año después de que la reina Victoria celebrara su jubileo de oro al frente de la monarquía británica.Cartel de uno de los asesinatos de Jack el Destripador Con un estilo ágil, que nos lleva a avanzar en la lectura casi sin darnos cuenta, Rubenhold nos cuenta como las cinco víctimas del destripador lo fueron también del tiempo que les tocó vivir, un periodo de desigualdades extremas, en el que Londres tenía dos caras: la de los carísimos festejos del aniversario real y la de las revueltas y protestas en las principales plazas de la capital por las penosas condiciones de vida con las que un elevadísimo porcentaje de la población, sin trabajo ni domicilio fijos, debía conformarse. De esta miseria, Whitechapel, con casi 80 000 habitantes y más de 200 pensiones, era el máximo exponente; y las mujeres, las que más sufrían, abocadas con frecuencia a la prostitución y sin protección alguna que velara su sueño, a menudo a la intemperie. Si volvemos a Kelly, para terminar como empezamos, aún podemos añadir un dato más con la intención de reforzar su halo de misterio, y es que no hubo familia que reclamara su cadáver, ni conocido alguno capaz de desandar su historia y determinar cómo había terminado en aquella habitación cochambrosa, en el corazón de una ciudad capaz de generar al más temible de los asesinos. No tenía acento, pero sí buenos modales, que remitían a una buena educación. A unos les contó que era irlandesa y había llegado a Londres con su familia, cuando todavía era una niña; a otros, que venía de Gales. Se rumoreaba que había estado casada con un minero, fallecido en una explosión, y hay pistas que la sitúan fugazmente en París, de donde escapó cuando intentaron obligarla a prostituirse, pero nada de esto se sabía con certeza. Es muy probable que Mary Kelly ni siquiera fuera su verdadero nombre. Dicen que la más joven de las cinco cantó antes de morir una vieja tonadilla irlandesa que su vecina reconoció y compartió luego al declarar, pero no es seguro. Todo en este caso sin resolver es resbaladizo, a pesar de las mil y una veces que se ha abordado. Lo que sí está claro es que nadie oyó gritos. Al igual que en los cuatro asesinatos anteriores, fueron el silencio y la oscuridad de la noche los únicos testigos del crimen que, como una excepción, no se cometió al aire libre, sino en el cuarto miserable que Mary Kelly alquilaba en una planta baja de Spitalfields, el corazón del barrio londinense de Whitechapel. Ella fue la última víctima de Jack el Destripador, el asesino en serie más famoso del mundo. La madrugada del 9 de noviembre de 1888, en aquella habitación minúscula de luz amarillenta, que Kelly había convertido en su hogar, se practicó una carnicería. El frío y la niebla del invierno se colaban por una ventana que llevaba mucho tiempo rota. Había una cama pequeña pegada a la pared, donde a la mañana siguiente encontrarían el cuerpo de Mary con la garganta rebanada, el rostro destrozado y el abdomen abierto. Junto al cadáver, un lavamanos y algunos muebles viejos, desperdigados por el espacio diminuto. La ropa —corsés y faldas que en su día fueron buenos, pero ahora ya estaban gastados y descosidos por el uso— estaba pulcramente doblada sobre una silla, y ese contraste entre lo cotidiano de lo doméstico y lo abominable de la tortura habría de subrayar todavía más el hecho terrible, como una mancha de tinta negra expandiéndose por un inmaculado vestido de novia.«No hubo familia que reclamara su cadáver, ni conocido alguno capaz de desandar su historia y determinar cómo había terminado en aquella habitación cochambrosa»Dicen que Mery Kelly volvió borracha y acompañada a casa, pero ningún tabernero de la zona recordaría después haberla visto bebiendo en su local. La tarde antes de morir había discutido con su compañero y había salido tras echarlo del cuarto para perderse por las callejuelas de su populoso y pauperizado vecindario. En Whitechapel, epicentro de las actuaciones del Destripador, se vivía una situación que mezclaba el pánico permanente con cierta fascinación morbosa, azuzada por la prensa sensacionalista y los palos de ciego de la investigación que la Policía Metropolitana y Scotland Yard no lograban encauzar. Más de 2000 entrevistas y el perfil de 300 sospechosos, descartados uno a uno, no consiguieron desvelar la identidad de Jack, para el que Kelly supuso su quinto ataque, tras el cual se esfumó sin dejar rastro.La pesadilla había empezado el 31 de agosto de ese mismo año, cuando un carretero encontró el cuerpo degollado y eviscerado de Mary Ann «Polly» Nichols, de 43 años y dudosa reputación para la época, en la entrada de un establo de Whitechapel, en Buck’s Row. A partir de ese momento, las muertes se sucedieron. El 8 de septiembre, el cadáver de Annie Chapman apareció en el patio trasero de Hanbury Street; el 30 de septiembre, fueron los de Elizabeth Stride y Catherine Eddowes. Las cuatro mujeres tenían un perfil y una edad similares, y solo Stride se libró de las mutilaciones post mortem, quizás porque el asesino intuyó que iba a ser descubierto y huyó antes de terminar su macabro trabajo.Pero Mary era distinta. A ella no la asaltó en plena calle, sino en su domicilio, y además aún no había cumplido los treinta.El otoño del terrorLas teorías sobre quién se ocultaba tras la máscara del más temible de los criminales se multiplicaron y dieron pie a novelas, películas y cómics de calidad variable. En el largometraje ‘Asesinato por decreto’ (Bob Clark, 1979), Christopher Plummer y James Mason se transformaron en Holmes y Watson para concluir que Jack el Destripador era Sir William Gull, médico al servicio de las altas esferas, contratado para borrar el rastro del desliz de un aristócrata. En el ensayo ‘Retrato de un asesino’ (2002), Patricia Cornwell, famosa por sus intrigas policiacas protagonizadas por la médica forense Kay Scarpetta, sostiene que el pintor Walter Richard Sickert (1860 – 1942), aficionado a plasmar en sus lienzos escenas un tanto sórdidas, inspiradas en crímenes reales, encaja a la perfección en el perfil del monstruo… y así podríamos llenar páginas y páginas enteras con hipótesis plausibles sobre quién cometió los asesinatos de Whitechapel. ¿Pero quiénes eran ellas? La historiadora Hallie Rubenhold (Los Ángeles, 1971) se hace esta misma pregunta en ‘Las cinco mujeres’ (Roca Editorial, 2025), donde reúne las biografías de Nichols, Chapman, Stride, Eddowes y Kelly, y no se conforma con la trama superficial de la tragedia, sino que se sumerge en la realidad de la época para contextualizar los sangrientos sucesos del «otoño del terror», ocurridos apenas un año después de que la reina Victoria celebrara su jubileo de oro al frente de la monarquía británica.Cartel de uno de los asesinatos de Jack el Destripador Con un estilo ágil, que nos lleva a avanzar en la lectura casi sin darnos cuenta, Rubenhold nos cuenta como las cinco víctimas del destripador lo fueron también del tiempo que les tocó vivir, un periodo de desigualdades extremas, en el que Londres tenía dos caras: la de los carísimos festejos del aniversario real y la de las revueltas y protestas en las principales plazas de la capital por las penosas condiciones de vida con las que un elevadísimo porcentaje de la población, sin trabajo ni domicilio fijos, debía conformarse. De esta miseria, Whitechapel, con casi 80 000 habitantes y más de 200 pensiones, era el máximo exponente; y las mujeres, las que más sufrían, abocadas con frecuencia a la prostitución y sin protección alguna que velara su sueño, a menudo a la intemperie. Si volvemos a Kelly, para terminar como empezamos, aún podemos añadir un dato más con la intención de reforzar su halo de misterio, y es que no hubo familia que reclamara su cadáver, ni conocido alguno capaz de desandar su historia y determinar cómo había terminado en aquella habitación cochambrosa, en el corazón de una ciudad capaz de generar al más temible de los asesinos. No tenía acento, pero sí buenos modales, que remitían a una buena educación. A unos les contó que era irlandesa y había llegado a Londres con su familia, cuando todavía era una niña; a otros, que venía de Gales. Se rumoreaba que había estado casada con un minero, fallecido en una explosión, y hay pistas que la sitúan fugazmente en París, de donde escapó cuando intentaron obligarla a prostituirse, pero nada de esto se sabía con certeza. Es muy probable que Mary Kelly ni siquiera fuera su verdadero nombre.
Dicen que la más joven de las cinco cantó antes de morir una vieja tonadilla irlandesa que su vecina reconoció y compartió luego al declarar, pero no es seguro. Todo en este caso sin resolver es resbaladizo, a pesar de las mil y una veces … que se ha abordado. Lo que sí está claro es que nadie oyó gritos. Al igual que en los cuatro asesinatos anteriores, fueron el silencio y la oscuridad de la noche los únicos testigos del crimen que, como una excepción, no se cometió al aire libre, sino en el cuarto miserable que Mary Kelly alquilaba en una planta baja de Spitalfields, el corazón del barrio londinense de Whitechapel. Ella fue la última víctima de Jack el Destripador, el asesino en serie más famoso del mundo.
La madrugada del 9 de noviembre de 1888, en aquella habitación minúscula de luz amarillenta, que Kelly había convertido en su hogar, se practicó una carnicería. El frío y la niebla del invierno se colaban por una ventana que llevaba mucho tiempo rota. Había una cama pequeña pegada a la pared, donde a la mañana siguiente encontrarían el cuerpo de Mary con la garganta rebanada, el rostro destrozado y el abdomen abierto. Junto al cadáver, un lavamanos y algunos muebles viejos, desperdigados por el espacio diminuto. La ropa —corsés y faldas que en su día fueron buenos, pero ahora ya estaban gastados y descosidos por el uso— estaba pulcramente doblada sobre una silla, y ese contraste entre lo cotidiano de lo doméstico y lo abominable de la tortura habría de subrayar todavía más el hecho terrible, como una mancha de tinta negra expandiéndose por un inmaculado vestido de novia.
«No hubo familia que reclamara su cadáver, ni conocido alguno capaz de desandar su historia y determinar cómo había terminado en aquella habitación cochambrosa»
Dicen que Mery Kelly volvió borracha y acompañada a casa, pero ningún tabernero de la zona recordaría después haberla visto bebiendo en su local. La tarde antes de morir había discutido con su compañero y había salido tras echarlo del cuarto para perderse por las callejuelas de su populoso y pauperizado vecindario. En Whitechapel, epicentro de las actuaciones del Destripador, se vivía una situación que mezclaba el pánico permanente con cierta fascinación morbosa, azuzada por la prensa sensacionalista y los palos de ciego de la investigación que la Policía Metropolitana y Scotland Yard no lograban encauzar. Más de 2000 entrevistas y el perfil de 300 sospechosos, descartados uno a uno, no consiguieron desvelar la identidad de Jack, para el que Kelly supuso su quinto ataque, tras el cual se esfumó sin dejar rastro.
Noticia relacionada
-
Crímenes verídicos
Marina Sanmartín
La pesadilla había empezado el 31 de agosto de ese mismo año, cuando un carretero encontró el cuerpo degollado y eviscerado de Mary Ann «Polly» Nichols, de 43 años y dudosa reputación para la época, en la entrada de un establo de Whitechapel, en Buck’s Row. A partir de ese momento, las muertes se sucedieron. El 8 de septiembre, el cadáver de Annie Chapman apareció en el patio trasero de Hanbury Street; el 30 de septiembre, fueron los de Elizabeth Stride y Catherine Eddowes. Las cuatro mujeres tenían un perfil y una edad similares, y solo Stride se libró de las mutilaciones post mortem, quizás porque el asesino intuyó que iba a ser descubierto y huyó antes de terminar su macabro trabajo.
Pero Mary era distinta. A ella no la asaltó en plena calle, sino en su domicilio, y además aún no había cumplido los treinta.
El otoño del terror
Las teorías sobre quién se ocultaba tras la máscara del más temible de los criminales se multiplicaron y dieron pie a novelas, películas y cómics de calidad variable. En el largometraje ‘Asesinato por decreto’ (Bob Clark, 1979), Christopher Plummer y James Mason se transformaron en Holmes y Watson para concluir que Jack el Destripador era Sir William Gull, médico al servicio de las altas esferas, contratado para borrar el rastro del desliz de un aristócrata. En el ensayo ‘Retrato de un asesino’ (2002), Patricia Cornwell, famosa por sus intrigas policiacas protagonizadas por la médica forense Kay Scarpetta, sostiene que el pintor Walter Richard Sickert (1860 – 1942), aficionado a plasmar en sus lienzos escenas un tanto sórdidas, inspiradas en crímenes reales, encaja a la perfección en el perfil del monstruo… y así podríamos llenar páginas y páginas enteras con hipótesis plausibles sobre quién cometió los asesinatos de Whitechapel.
¿Pero quiénes eran ellas?
La historiadora Hallie Rubenhold (Los Ángeles, 1971) se hace esta misma pregunta en ‘Las cinco mujeres’ (Roca Editorial, 2025), donde reúne las biografías de Nichols, Chapman, Stride, Eddowes y Kelly, y no se conforma con la trama superficial de la tragedia, sino que se sumerge en la realidad de la época para contextualizar los sangrientos sucesos del «otoño del terror», ocurridos apenas un año después de que la reina Victoria celebrara su jubileo de oro al frente de la monarquía británica.
_20260820113700-U88673703637Zny-680x1080@diario_abc.jpg)
Con un estilo ágil, que nos lleva a avanzar en la lectura casi sin darnos cuenta, Rubenhold nos cuenta como las cinco víctimas del destripador lo fueron también del tiempo que les tocó vivir, un periodo de desigualdades extremas, en el que Londres tenía dos caras: la de los carísimos festejos del aniversario real y la de las revueltas y protestas en las principales plazas de la capital por las penosas condiciones de vida con las que un elevadísimo porcentaje de la población, sin trabajo ni domicilio fijos, debía conformarse. De esta miseria, Whitechapel, con casi 80 000 habitantes y más de 200 pensiones, era el máximo exponente; y las mujeres, las que más sufrían, abocadas con frecuencia a la prostitución y sin protección alguna que velara su sueño, a menudo a la intemperie.
Si volvemos a Kelly, para terminar como empezamos, aún podemos añadir un dato más con la intención de reforzar su halo de misterio, y es que no hubo familia que reclamara su cadáver, ni conocido alguno capaz de desandar su historia y determinar cómo había terminado en aquella habitación cochambrosa, en el corazón de una ciudad capaz de generar al más temible de los asesinos. No tenía acento, pero sí buenos modales, que remitían a una buena educación. A unos les contó que era irlandesa y había llegado a Londres con su familia, cuando todavía era una niña; a otros, que venía de Gales. Se rumoreaba que había estado casada con un minero, fallecido en una explosión, y hay pistas que la sitúan fugazmente en París, de donde escapó cuando intentaron obligarla a prostituirse, pero nada de esto se sabía con certeza. Es muy probable que Mary Kelly ni siquiera fuera su verdadero nombre.
RSS de noticias de cultura

