Si pudiera leer todo lo que se publica, sabría que los árboles se comunican bajo tierra y se apoyan en tiempos de crisis. Que hay un manuscrito del siglo XV ilustrado con plantas que nadie ha podido descifrar, o una enciclopedia visual de un mundo surrealista, con frutas que sangran y peces que se convierten en aves. Claro que es imposible leer todo lo que se publica, porque, en un mundo en el que salen más libros de la imprenta que niños del paritorio, los árboles corren tanto peligro como el oxígeno. Y no hay señal de alerta que valga para evitarlo. En realidad, todo da un poco lo mismo, porque lo único que importa no es ya lo que leas sino lo que dices que has leído. Que el libro adorne una estantería colorida, que quede bonito, no que sus páginas sean un tratado sobre la tontería humana, que deberían. Es la era de las imposturas, del escaparate, del figurinismo. De demostrar que estás ahí, y para estar, ahí o en donde sea, hay que leer sin leer, hablar sin saber y opinar de todo, hasta de lo que no se tiene ningún juicio. Con las series pasa lo mismo que con los libros. Se estrenan tantas que es imposible seguirles la pista, más con un algoritmo que entierra las novedades con más novedades y en una sociedad que olvida porque se empacha, con maratones, dobles o triples velocidades y temporadas que enmiendan las anteriores pero tardan tanto que hasta el fan más acérrimo se lía. Nada se sabe y todo se olvida. Yo recuerdo las series de mi infancia, incluso la hora a la que las veía, como recuerdo los libros que me marcaron cuando era niña, pero apenas puedo repetir la trama de uno de los muchos capítulos que vi la semana pasada. Claro que los niños memorizan y recuerdan por una cuestión de supervivencia e, imagino, los adultos olvidamos por lo mismo. Noticia relacionada opinion No No La ventana indiscreta ¡Esto es de locos! Lucía CabanelasYa advirtió Ferrán Adriá que no es lo mismo crear que producir, y que cuando se produce no hay tiempo de crear. El ‘streaming’ ha convertido las series y películas en contenidos que salen de una cadena de montaje. Se triplica la cantidad pero se pierde el calado. Se ve pero se olvida. Se siente pero se ignora. Si pudiera leer todo lo que se publica, sabría que los árboles se comunican bajo tierra y se apoyan en tiempos de crisis. Que hay un manuscrito del siglo XV ilustrado con plantas que nadie ha podido descifrar, o una enciclopedia visual de un mundo surrealista, con frutas que sangran y peces que se convierten en aves. Claro que es imposible leer todo lo que se publica, porque, en un mundo en el que salen más libros de la imprenta que niños del paritorio, los árboles corren tanto peligro como el oxígeno. Y no hay señal de alerta que valga para evitarlo. En realidad, todo da un poco lo mismo, porque lo único que importa no es ya lo que leas sino lo que dices que has leído. Que el libro adorne una estantería colorida, que quede bonito, no que sus páginas sean un tratado sobre la tontería humana, que deberían. Es la era de las imposturas, del escaparate, del figurinismo. De demostrar que estás ahí, y para estar, ahí o en donde sea, hay que leer sin leer, hablar sin saber y opinar de todo, hasta de lo que no se tiene ningún juicio. Con las series pasa lo mismo que con los libros. Se estrenan tantas que es imposible seguirles la pista, más con un algoritmo que entierra las novedades con más novedades y en una sociedad que olvida porque se empacha, con maratones, dobles o triples velocidades y temporadas que enmiendan las anteriores pero tardan tanto que hasta el fan más acérrimo se lía. Nada se sabe y todo se olvida. Yo recuerdo las series de mi infancia, incluso la hora a la que las veía, como recuerdo los libros que me marcaron cuando era niña, pero apenas puedo repetir la trama de uno de los muchos capítulos que vi la semana pasada. Claro que los niños memorizan y recuerdan por una cuestión de supervivencia e, imagino, los adultos olvidamos por lo mismo. Noticia relacionada opinion No No La ventana indiscreta ¡Esto es de locos! Lucía CabanelasYa advirtió Ferrán Adriá que no es lo mismo crear que producir, y que cuando se produce no hay tiempo de crear. El ‘streaming’ ha convertido las series y películas en contenidos que salen de una cadena de montaje. Se triplica la cantidad pero se pierde el calado. Se ve pero se olvida. Se siente pero se ignora.
Si pudiera leer todo lo que se publica, sabría que los árboles se comunican bajo tierra y se apoyan en tiempos de crisis. Que hay un manuscrito del siglo XV ilustrado con plantas que nadie ha podido descifrar, o una enciclopedia visual de un mundo … surrealista, con frutas que sangran y peces que se convierten en aves. Claro que es imposible leer todo lo que se publica, porque, en un mundo en el que salen más libros de la imprenta que niños del paritorio, los árboles corren tanto peligro como el oxígeno. Y no hay señal de alerta que valga para evitarlo.
En realidad, todo da un poco lo mismo, porque lo único que importa no es ya lo que leas sino lo que dices que has leído. Que el libro adorne una estantería colorida, que quede bonito, no que sus páginas sean un tratado sobre la tontería humana, que deberían. Es la era de las imposturas, del escaparate, del figurinismo. De demostrar que estás ahí, y para estar, ahí o en donde sea, hay que leer sin leer, hablar sin saber y opinar de todo, hasta de lo que no se tiene ningún juicio.
Con las series pasa lo mismo que con los libros. Se estrenan tantas que es imposible seguirles la pista, más con un algoritmo que entierra las novedades con más novedades y en una sociedad que olvida porque se empacha, con maratones, dobles o triples velocidades y temporadas que enmiendan las anteriores pero tardan tanto que hasta el fan más acérrimo se lía. Nada se sabe y todo se olvida. Yo recuerdo las series de mi infancia, incluso la hora a la que las veía, como recuerdo los libros que me marcaron cuando era niña, pero apenas puedo repetir la trama de uno de los muchos capítulos que vi la semana pasada. Claro que los niños memorizan y recuerdan por una cuestión de supervivencia e, imagino, los adultos olvidamos por lo mismo.
Noticia relacionada
Ya advirtió Ferrán Adriá que no es lo mismo crear que producir, y que cuando se produce no hay tiempo de crear. El ‘streaming’ ha convertido las series y películas en contenidos que salen de una cadena de montaje. Se triplica la cantidad pero se pierde el calado. Se ve pero se olvida. Se siente pero se ignora.
RSS de noticias de play

